Óscar Osorio - 'El Milagroso de San Calixto'

El Milagroso de San Calixto

 

Esta crónica hace parte del libro Allende el mar. Crónicas de inmigrantes colombianos en Estados Unidos, escrito como resultado de un proyecto de investigación-creación desarrollado gracias a la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano y al año sabático otorgado por la Universidad del Valle. En tanto relato documental, la historia aquí contada se atiene estrictamente a la información allegada en la investigación. En relación con los procedimientos textuales, el cronista actúa con absoluta libertad en pro de lograr un tratamiento literario de dicho relato. En este sentido, la primera persona es una voz híbrida que se construye en un espacio de tensión entre la del cronista y la del protagonista.

 

Mi papá pertenecía a una familia liberal de Ubaté que sufrió la violencia conservadora; mi mamá, a una conservadora de Sesquilé que padeció la liberal. Mi abuela no quería que su hija se casara con un “cachiporro” y, en consecuencia, mi infancia transcurrió entre tensiones políticas muy desagradables. Me tocó ver agarrones fuertes, alegatos feroces. La siguiente generación heredamos el interés y continuamos con esas discusiones, pero con más inteligencia.

Mi papá empezó con una sierra a trabajar carpintería y logró tener una fábrica. La situación de la empresa lo obligaba a adquirir préstamos en la Caja Agraria y Davivienda. Los intereses eran altísimos y las amortizaciones se comían las ganancias. Entró en quiebra varias veces y se volvía a levantar. Un día, le embargaron las herramientas. Desistió. No soportó más la lucha contra las malas condiciones que ofrecía Colombia para la pequeña empresa y se vino a los Estados Unidos. Era el año 1985. Yo tenía catorce años. Él viajó, se instaló, se casó y se quedó para siempre.

Mi mami era profesora del María del Socorro, un colegio privado, de clase trabajadora, al occidente de Bogotá. Ahí nos educamos todos. Yo era un chino pilo, pero estudiaba solo lo que para mí era importante. Perdía muchas materias. Ella pasaba por la vergüenza de recibir esos reportes de su hijo. Sin embargo, fui el mejor del colegio en las pruebas de Estado y el primero en ingresar a Medicina en la Universidad Nacional.

Mis dos hermanas mayores estaban en universidades privadas: la Tadeo y la de los Andes. Tuvieron que retirarse cuando llegó la última crisis económica y mi papá emigró. Mi otra hermana, la menor, y yo nunca disfrutamos los lujos de las mayores e hicimos nuestras carreras en la universidad pública. Eso nos dio un componente de sensibilización humana y de formación política muy valioso.

En la Nacional, le dije al profesor Tobías Mojica que iba a perder Genética por voluntad propia, que no iba a presentar el examen final. “No, cómo se le ocurre, Freddy. Usted el próximo semestre entra a Cirugía y tiene que estar concentrado. Imagínese viniendo desde el San Juan de Dios a estudiar una materia acá. No haga eso”. “No me siento bien. No estoy satisfecho con lo que he aprendido”. “Pues estudie por su cuenta”. “Si me obligo a venir los sábados a la Nacional para ver Genética, voy a fortalecer mis conocimientos”. Era una decisión tomada. No me presenté. Me rajé. Repetí. Aprendí. Para mí la excelencia académica no se reduce a una calificación. Se trata es de la búsqueda apasionada de modelos más aproximados a la realidad observada.

La biblioteca de la universidad tenía libros de medicina desactualizados. Yo me quejaba mucho por eso. Quería hacer ciencia, pero era precario nuestro acceso a las fuentes de información. Algunos profesores entendían mi frustración. Orlando Acosta, un científico que desarrollaba vacunas transgénicas contra los virus de las plantas, me animaba: “Claro, usted tiene que salir del país”. Juan Yunis, quien fue director de inmunogenética del Instituto para el Cáncer Dana-Farber, me decía: “Usted tiene que irse a estudiar a Harvard”. Mis mejores profesores en ciencias básicas habían pasado por lo mismo en su juventud.

Decidí hacer un internado especial en Biología Molecular y me quedé un año en el laboratorio de virus de la Nacional. Ahí trabajé con el Rotavirus, que produce la gastroenteritis. Estuve un año y aprendí técnicas de biología molecular, la PCR, la secuenciación de proteínas y del DNA. En ese tiempo se hacía mediante procedimientos manuales. Yo sabía que ese conocimiento me iba a resultar valioso cuando hiciera el doctorado.

Con unos amigos muy cercanos, nos fuimos a hacer nuestro año rural en Puerto Inírida. Organizábamos brigadas de salud para las comunidades indígenas que sufrían mucho por enfermedades de la piel, parasitismos, gastroenteritis, malaria, entre otras patologías. Cogíamos los equipos y nos íbamos por esos ríos con profesionales de la salud: odontología, bacteriología, enfermería. Una experiencia bellísima.

Ahí estuve seis meses y me fui a terminar el rural en la provincia de Ocaña, en Norte de Santander. Me asignaron al municipio de San Calixto. Nunca en esa zona del Catatumbo había practicado un médico que fuera de la Nacional y que dedicara el tiempo necesario a los pacientes. No me importaba demorarme una hora en cada consulta. No salía al descanso del mediodía. Almorzaba algo rápido en el consultorio y seguía. Terminaba a las ocho de la noche. Jornadas de más de doce horas. Amaba hacer bien mi trabajo, darle al paciente la mejor atención posible.

Hice fama y comenzó a llegar gente de Convención, de Teorama, de El Tarra. Unas filas largas. Le envié una carta al director del Hospital Emiro Quintero Cañizales, pidiendo que me enviaran máquinas de rayos x, que asignaran otro médico y una enfermera porque yo solo no daba abasto. Armé un equipo chévere y repliqué las brigadas de salud que había aprendido a hacer en Puerto Inírida. Eran jornadas de doce horas a caballo visitando comunidades campesinas. Me quedé dos años. Los pobladores se enamoraron de mí; yo, de ellos. Construimos una relación muy linda. Me decían el Milagroso de San Calixto.

Castiblanco en San Calixto

 

 

 

 

 

 

Lo más duro fue el encuentro con los grupos armados. En 1991 se hicieron los acuerdos de paz con el EPL y surgió el partido político Esperanza Paz y Libertad. Los que no se acogieron al proceso, los del Frente Libardo Mora, que luego se conocieron como Los Pelusos, se aliaron con paramilitares y exterminaron a cientos de sus antiguos compañeros. San Calixto fue uno de los epicentros de esa violencia. Megateo nació, creció y construyó su imperio criminal allá.

El día que llegué, me tocó hacer el levantamiento de un cadáver. Tenía dieciséis impactos de bala en el cráneo. Los registré en el acta. Estaba muy impresionado. “¿Quién hijueputa hace esto?”, exclamé. A mi alrededor estaba la gente de las FARC, del ELN, de Los Pelusos. Yo no lo sabía. Después me enteré de que la víctima pertenecía a Los Pelusos y había sido ajusticiado por las FARC. El asesino estaría ahí viendo cómo yo hacía la diligencia, escuchando el insulto.

Hubo elecciones y ganó un alcalde Peluso. Estaban celebrando y le dije: “Felicitaciones, alcalde; lástima que haya sido a punta de quemar urnas”. Comencé mal. Luego, lo empeoré. Los medicamentos que me llegaban para las brigadas de salud eran falsos, traídos de Venezuela. Me indigné y le envié una carta al secretario de salud del Norte de Santander denunciando que se estaban robando el dinero. La hice con copia al director del hospital, al alcalde, al personero y a la opinión pública. La pegué en TELECOM para que todo el mundo se enterara.

A los días, el segundo comandante de Los Pelusos nos reunió a todos los funcionarios de salud en una casita en las afueras y nos habló con su acento ocañero: “He matado a muchas gonorreas en la vida y matar a uno más me importa un culo. El hijueputa de ustedes que se meta en política se muere. Esto es de nosotros”. Estaba en una zona de masacres repetidas y le declaré la guerra a un alcalde que pertenecía a uno de los grupos más sanguinarios. No sé por qué hacía esas cosas.

Las diligencias de levantamiento de cadáveres eran frecuentes. A veces, también me tocaba caminar por trochas para atender a algún herido. Yo me iba acordando de los muertos que había visto entre esos matorrales. Todo el camino pensando que a mí me iban a matar los mismos que me llevaban a ver al paciente. Mucho, mucho, mucho miedo.

Un día, me llamaron para que examinara a una señora. Ella tenía una infección renal severa. Les dije que debíamos hospitalizarla inmediatamente. “No, médico, no la puede sacar”. “Tiene pielonefritis y se va a morir si no la internamos ya mismo. Debo ingresarla a cuidados intensivos”. “Ella es la mamá de Megateo. No puede salir de acá”. “Pero se va a morir”. “Él tiene muchos enemigos. No se puede”. Yo estaba muy asustado. Llegó Megateo y le dije que la lleváramos, al menos, al puesto de salud para administrarle los antibióticos. “En la casa”, me dijo. “Se nos va a morir. La sepsis”, traté de explicar. No cedió. Yo iba todos los días. El antibiótico le pegó bien y se salvó.

Un tiempo después, Mancuso hizo una masacre en San Calixto y mató a la mamá y a la hermana de Megateo. Las sacó de la casa y las descuartizó. Dejó los pedazos por ahí. Así son las cosas en el Catatumbo. Yo ya no estaba allá. Megateo había asesinado a mucha gente y se volvió peor, se convirtió en el capo, el hombre más poderoso de esa región y uno de los criminales más terribles del país.

La policía permanecía encerrada en un búnker de hormigón con muros de cincuenta centímetros de ancho. Antes de que yo fuera, el ejército hacía un operativo y llegaba un Black Hawk, se bajaba un médico militar y los veía. Eso era cada seis meses. Yo comencé a ir allá cuando me requerían. Ellos estaban muy agradecidos.

El enfermero me dijo: “Médico, la gente de Palmarito, que son los Elenos, le mandó a decir que usted solo puede ver a los policías o al ejército en el puesto de salud”. Sabía que eso significaba dejarlos sin consulta porque ellos no iban a tomar el riesgo de desplazarse por el pueblo. “¿Qué? ¿Me van a restringir el servicio a la fuerza pública? Dígales que yo siempre cumpliré con mi deber y atenderé a quien me necesite”.

Después de una de las tomas a San Calixto, examiné a varios policías. Ellos sufrían unas crisis de pánico terribles, por las tomas, por los hostigamientos, por el encierro. Me dijeron: “Médico, denos un certificado para que nos saquen de acá”. Yo les dije: “Yo puedo certificar que tienen trastorno de estrés postraumático, crisis de ansiedad y les puedo dar medicamentos, pero eso no les va a alcanzar para que los saquen de aquí”. Varios me dijeron casi llorando: “Gracias por vernos, gracias por cuidarnos cuando lo necesitamos. Usted es la única persona que nos habla en este pueblo”. Tenaz. Esa es la famosa presencia del Estado.

Como no fue suficiente con desafiar al alcalde, lo hice también con Megateo. Yo creo que no me mató porque le había salvado a la mamá. El caso es que él tenía una finca y al lado había una casita de unos campesinos, una pareja de ancianos de más de noventa años. Él les corrió la cerca. El viejito le puso la queja a un grupo de soldados que patrullaban cerca de su finca. Los Pelusos lo sacaron a medianoche de la casa y lo mataron. El personero me dijo: “Médico, usted es un verraco. Megateo nos dio las coordenadas de donde está el cadáver y nos dijo que no fuéramos a hacer ruido. Necesito que me acompañe a la exhumación. Vamos en la ambulancia con la sirena encendida para que todo el mundo se entere. Estos hijueputas no nos van a intimidar. ¿Me ayuda con eso?”. Y yo: “Listo”. A mí no me mataron; al personero, sí.

Conté esa historia para el Huffington Post. La víspera de Navidad, cerca de cien hombres armados se tomaron el pueblo. Muchos feligreses que estaban en misa se quedaron encerrados, presas del terror, en la iglesia. Una gente fue al puesto de salud: “Médico, médico, hirieron al personero, sáquelo, sáquelo”. Cuando bajó la intensidad de los disparos, me metí, con un pañuelo en alto, y les dije que me dejaran sacar a los heridos. Habían caído el personero y un muchacho Johnny Ortega. Arrastré al personero. Ya estaba muerto. Saqué a Johnny y lo tratamos.

Estaba en Bucaramanga y me llamó el otro médico del centro de salud: “Freddy, por favor, no venga. No vuelva. Es algo muy grave”. “¿Qué pasó, mi hermano?”. “Llegó a la casa de mi papá el segundo comandante del batallón a preguntar qué vínculos teníamos entre nosotros. Dijo que usted escribía los comunicados a las FARC. “¿Quién puede estar diciendo eso, Walton?”, le pregunté. “El Mayor le dijo a mi papá, muy en privado, que había sido el alcalde. Freddy, esto está muy tenaz por acá, muy intenso. Esos tipos están haciendo una campaña para que los paracos lo maten”. Le pedí el favor de que me empacara las cosas. Fui a recogerlas, a firmar mi renuncia en el hospital y a entregar el cargo.

Le dije a Johnny Ortega que me sacara en la moto. Yo iba atrás con mi morral y lo que podía llevar. Lo demás, me lo mandarían después. En la última curva, ya para salir del pueblo, había un retén. Los paramilitares los hacían al frente del batallón de Ocaña. Paraban los buses. Con lista en mano, bajaban a la gente y la mataban. Megateo y el alcalde encargado, que también era Peluso y me detestaba, estaban vestidos de camuflado. Nos hicieron la señal de pare. Johnny me dijo: “Dígame, ¿acelero o paro?”. Y Yo: “Johnny, Johnny, no sea pendejo; pare, pare, pare. Si corremos, más adelante otros nos matan. Pare, pare, pare”.

Los saludé. “Hola, ¿cómo están?”. Le ordenaron a Johnny que se alejara. “¿Se va, médico?” Me acordé en ese momento de que el médico de Convención dejaba el puesto y me había pedido que me quedara allá de planta. Les contesté: “Sí, pero no de la región. Yo sigo acá. Voy a ser el médico de Convención”. “Ah, sí”. Yo muriéndome del miedo por dentro, pero aparentando tranquilidad: “Entonces, voy a seguir atendiendo en el área”. Hablaron entre ellos. “Okey, médico, nos veremos por aquí”, me dijo Megateo. Salimos. Yo no volví, por supuesto. A Johnny, un tiempo después, lo mataron los paramilitares en Ocaña.

Megateo murió hace seis años durante un enfrentamiento con el ejército y el Catatumbo sigue en conflicto. Salen unos grupos y entran otros; caen unos capos y se levantan otros. Un politólogo me dijo que es una zona imposible de rescatar porque allá están las rutas para sacar la coca por Venezuela.

Volví a Bogotá y comenzó la familia, los primos, los amigos: “No, Freddy, usted cómo se expone así. Váyase para Estados Unidos. Su papá lo está esperando”. Yo quería seguir ejerciendo en Colombia y me puse a trabajar en Red Salud, en el Seguro Social y, cada tercera noche, hacía turno en la unidad de urgencias del hospital de Chía. Ahí llegaron a deberme seis meses de salario. Trabajaba muy duro y decidí comprar un carro. Necesitaba moverme de un lado a otro de la ciudad para ver a mis pacientes. Me negaron el crédito. ¿Un médico, con tres turnos de trabajo, no podía comprarse un carro en Colombia? Qué decepción.

Además, el sistema de salud era terrible. Un gerente de Red Salud me dijo: “Usted está pidiendo endoscopia para pacientes con gastritis. ¿Por qué no empieza a tratarlos de una vez?”. “Porque debo hacer un diagnóstico preciso. Necesito saber si tienen Helicobacter y descartar otras patologías. Lo que usted está haciendo es una intromisión en mi criterio médico”. “Usted nos está saliendo muy caro. Necesito que baje los costos. Mire cuántos pacientes atiende. No les puede dedicar tanto tiempo”. No aguanté más. Decidí venirme para New York con el propósito de validar mi título y estudiar Neurociencias.

Viajé en marzo 10 del 2000 y empecé los cursos de inglés en el Berlitz. La Universidad Nacional envió, en un paquete sellado, los documentos traducidos que acreditaban mi título en Colombia y adelanté los trámites para que me asignaran el número del Educational Commission for Foreign Medical Graduates (ECFMG). Hice un observer en la Unidad de Cuidados Intermedios de Cardiología, en The New York Hospital of Queens, que, en ese tiempo, era Booth Memorial; luego, un voluntariado en Radiología Oncológica en el hospital de Elmhurst. El tiempo libre lo pasaba en la biblioteca preparándome para el step one, que es una prueba de conocimiento de ciencias básicas: bioquímica, patología, microbiología, fisiología, anatomía, genética, psiquiatría; y el step two, que es sobre las clínicas: cirugía, medicina interna, ginecología, pediatría. Después de pasar los exámenes, aplicaría para la residencia médica y haría la práctica.

Estaba muy concentrado en ese proceso, pero los ahorros que había hecho en esos años de trabajo como médico en Colombia se acabaron. Mi papá me dijo: “Mijo, yo sé que te sientes muy mal porque estás acostumbrado a tener tu plata en Colombia. ¿Por qué no montamos un negocio?” Su jefe tenía un local disponible y nos vinimos a verlo. Nos acompañó Ximena, una médica de la Universidad del Norte, de Barranquilla. Ella era mi novia en ese momento.

Cuando llegamos, nos encontramos con un techo lleno de goteras. Un aire acondicionado inmenso e inservible y una lámpara pesadísima colgaban de las vigas. Había cajas, polvo y mugre por todos lados. Me rentaban en dos mil dólares ese basurero sin baño y sin piso de concreto. Una ganga.

Le dije a Ximena que grabara un video y empecé a describir lo que sería mi bar en el corazón de la Roosevelt Avenue: “Voy a construir un mezanine a esta altura y ahí haré el stage; a este lado, la escalera; pondré acá el computador para la música y, en esas paredes, obras de arte”. Fui visualizando lo que, meses después, legalicé con el nombre Corporación Terraza Coffee Bar and Art. Después lo cambié a Terraza Seven Train Café. Hoy es Terraza 7.

Terraza 7

 

 

 

 

 

 

 

 

Firmamos el contrato. Yo mismo hice las reparaciones. Con mi papá, dos ayudantes y un caleño fornido que pasaba por la calle bajamos el aire. Era muy pesado y cayó durísimo. Después tumbamos la estructura que lo soportaba. Eso fue lo más difícil. Luego demolimos y comenzamos la construcción. Hice unos huecos de tres pies de profundidad y les metí bloques, varilla, concreto. Ahí clavé esos tres rieles de ferrocarril que sostienen toda la estructura del mezanine. Hice el stage, las bancas, todo. Me volví ingeniero, arquitecto, maestro de obra y soldador. Me gusta hacer las modificaciones que se necesitan. Hasta fabriqué esas mesas de hierro.

Abrí el 20 de junio del 2002, con jazz y bossa nova en vivo. Luego incluí tango contemporáneo. Usaba el programa Kazaa para bajar la música que la gente me pedía. Yo deseaba darle una identidad al lugar con mucho jazz de New York, blues y rock clásico, pero la clientela lo fue convirtiendo en un bar de rock en español. Los dos primeros años fue tremendo. Se quedaba un montón de gente afuera esperando a que otros salieran para poder entrar.

La mayoría de los clientes eran jóvenes colombianos y pronto empezaron los choques y los comentarios racistas: “Se nos están metiendo acá los mexicanitos”. Un día, alguien me dijo: “Oiga, parce, haga algo porque se nos llenó esto de ecuas”. Noté que en la ciudad se formaban grupos de inmigrantes latinoamericanos cerrados por su nacionalidad, que no se juntaban y no compartían su comida, su cultura, su arte. No quería que Terraza se convirtiera en eso y, a pesar del éxito económico, reaccioné inmediatamente. Decidí construir un espacio de diálogo, un lugar que rindiera culto a la memoria de los inmigrantes, pero sobre la base del aprecio por el otro y su cultura.

Yo pensaba que el jazz era importante en esta ciudad y que, por sus elementos de improvisación y ensamble, podría facilitar ese diálogo. Comencé a promover encuentros de músicas tradicionales con el jazz. Traje músicos que tocaban en sitios por la Roosevelt y hacían sones jarochos y huastecos, con jaranas y con leonas. Nos habituamos a celebrar el día de los muertos. Insistí con el tango contemporáneo, con free y straight-ahead jazz. Incluso los viernes rumberos, aunque predominaba la salsa, incorporaba sonidos brasileros, venezolanos, afroperuanos y del latin jazz. La gente se bajaba de nota, entonces los ponía a rumbear y, cuando estaban bien animados, otra vez daba la vuelta.

Algunos lo asimilaron, pero muchos dejaron de venir. Fue la época más difícil para mí, entre el 2003 y el 2006. Ya no alcanzaba a pagar los gastos y acumulé deudas. Estuve a punto de cerrar. Sin embargo, persistí con músicos tradicionales y llegaron unos muy buenos. La Cumbiamba NY y Radio Jarocho se presentaban seguido. Después, Diego Obregón y el grupo Chonta también se volvieron asiduos. Los Gaiteros de San Jacinto tocaron desde el inicio y siguieron viniendo cada que visitaban Nueva York.

Conocí los tambores batá y la música cubana, fruto del sincretismo cultural y religioso del Caribe. También me aproximé a la cumbia y su mestizaje. Empezamos a hacer talleres y conciertos en los que se experimentaba con esos tambores y otras músicas, como el currulao. Así, fuimos logrando una identidad construida en la diversidad y en el diálogo intercultural.

Yo buscaba que, en el escenario, los músicos tradicionales interactuaran con los contemporáneos. Unas veces, funcionaba; otras, no. En ese tipo de encuentros se generan fraseos que, al sumarse, pueden construir lenguajes musicales novedosos o convertirse en la semilla de nuevos géneros. No ser músico me ha permitido sugerir experimentos atrevidos que un profesional probablemente evitaría.

Se volvió algo natural que quienes venían a tocar incorporaran nuevos sonidos. Fue muy bonito porque buscaba nada menos que la creación de nuevos lenguajes y, usando la frase atribuida a Newton, me paré en hombros de gigantes: los maestros tradicionales. Han sido muchos los músicos contemporáneos comprometidos con la propuesta: Eric Kurimski, Edward Pérez, Sofía Rey, Martín Bejarano, Yayo Serka, John Benítez, Diego Obregón, Aquiles Báez, Lucía Pulido, Ian Betancourth, Juan Medrano Cotito, Ronald Polo, Morris Cañate, Hugo Candelario, Nidia Góngora, Pedro Giraudo, Brahim Fibgane, Helio Alves, Samuel Torres, Alejandro Flórez, Víctor Prieto, Ricky Rodríguez, Manuel Varela, Edmar Castañeda, Magos Herrera, Arie Hoening, Chico Pinneiro, Curupira Colombia, Eleonora Nianchini. No me alcanza la memoria para nombrarlos a todos.

Empecé a curar proyectos que eran encuentros entre el jazz y músicas de Venezuela, de Colombia, de Perú, de Cuba, de Galicia. Fueron años de muchas confluencias. Con Brahim Fibgane aprendí que la música de Marruecos tiene una gran influencia en la latinoamericana. Especialmente, en la afrocolombiana y la afroperuana, pero también en la instrumentación de los sones Jaroches y Huastecos.

Gracias a esos diálogos, fui curador invitado para un concierto en el Flushing Town Hall. Lo llamé: From Morocco to Veracruz. Ahí se ven todas las influencias árabes, africanas y españolas que llegan a la música latinoamericana. Fue lindísimo. Las distintas bandas tocaban piezas de Marruecos, de Andalucía, de Madrid, de Cuba y de Veracruz. Cerramos con un jam session con todos los músicos de esas bandas. Es el concierto más bonito que he hecho. Una maravilla. Usamos exactamente el mismo concepto que tenemos acá, en Terraza 7, pero en ese espacio la propuesta se expuso a un grupo más numeroso y produjo un gran impacto.

Como pequeño empresario, he participado en otras iniciativas de interés para nuestra comunidad. Una de ellas, la relacionada con la salud de los empleados. Asegurar a un trabajador costaba alrededor de setecientos dólares por mes. Yo tenía la convicción de que hacerlo era también una manera de velar por el funcionamiento de nuestros negocios. Con Make the Road New York, impulsamos una reforma nacional y, en el 2009, fui a sustentar nuestra posición en el Congreso de los Estados Unidos.

Castiblanco con Nydia Velázquez en el Congreso de los Estados Unidos

 

 

 

 

 

 

 

En la mesa, había otros seis pequeños empresarios. En general, ellos y otros asistentes eran reacios al cambio. Mi discurso disidente, no obstante, fue positivo: “Sí podemos y sí debemos y sí es importante que nuestros empleados no tengan que pagar sus gastos médicos. Es una manera de defender la capacidad de compra de los salarios”.

Cuando venía en el tren de Washington a New York, el teléfono no paraba de sonar. Me llamaban del Washington Post, del New York Times, del Daily News. La gente me decía que había sido muy bueno ese discurso. Lindo, lindo. Fue hermoso enarbolar una bandera progresista desde la pequeña empresa y trabajar por la salud pública. Saber que uno va a defender una idea y que esta puede convertirse en una ley para todos los norteamericanos es una vaina poderosa. Me impactó mucho esa experiencia. Me enamoré de la política.

En tres ocasiones, el activismo me llevó a la Casa Blanca. Una fue muy especial porque nos reunimos con funcionarios del Departamento del Tesoro. Ellos nos llegaron con un paquete de exenciones de impuestos. Aunque los demás eran hablantes nativos de inglés, yo lideré la mesa y aclaré: “Nosotros no venimos por exenciones”. Ellos se timbraron. “¿Cuál es la propuesta?”. Les dije: “Las exenciones de impuestos no hacen que mi negocio venda más. Proteger la capacidad de compra de mis clientes y de mis empleados, sí. Queremos que las grandes empresas paguen impuestos proporcionales a sus ganancias y que el peso fiscal no recaiga solamente sobre nuestras pequeñas empresas. Eso es todo. Si los billonarios asumen la carga tributaria que les corresponde, se puede financiar mejor la educación y la salud, y generar préstamos sin interés o de bajo interés para los pequeños empresarios, que no tenemos acceso al crédito. Si la gente tiene capacidad de compra, todos ganamos”. No les gustó.

Mi mayor logro político fue mi contribución a la aprobación de la Ley de Pago de Días de Enfermedad de New York, que benefició a más de seis millones de neoyorquinos. Con Make the Road New York, trabajamos durante tres años por una política progresista. Hablé varias veces con el alcalde Bloomberg, que era uno de los más difíciles de convencer. En una de esas reuniones, él me preguntó cuántos empleados tenía. “Cinco”, le contesté. “En mis grandes compañías garantizo ese pago sin problema, pero para la pequeña empresa es una carga muy grande. Es una locura que usted lo pida”. “Mire, alcalde ―le dije―, si se hace progresivo, un mes de enfermedad para los empleados de las grandes corporaciones y una semana para los de las pequeñas empresas, habría más equidad social, se protegería la estabilidad laboral y, por ende, el poder de compra de la gente. Eso fortalecería los pequeños negocios”. Él ajustó su posición.

Small business leaders for paid sick days

 

 

 

 

 

 

 

Sin embargo, Christine Quinn, la vocera del Consejo de la ciudad y candidata a la alcaldía de New York, se opuso durante tres años a someter la propuesta a voto. En Univisión y Telemundo denuncié su oposición. Hice una campaña tremenda, hasta que ella cedió y aceptó que se sometiera al Concejo. Se aprobó. Quinn dio un discurso de victoria, como si ella lo hubiera impulsado. Los otros políticos estaban ahí, callados y contentos. Terminó la rueda de prensa y todos los periodistas con los que yo había hablado durante la campaña buscaron mi reacción. Yo les dije a uno por uno que esa era una victoria a pesar de ella: “Yo quiero que quede claro que es una victoria de los sindicatos, de los concejales progresistas, de los profesores, de la gente que se movilizó en las calles, de los trabajadores que impulsaron la ley a pesar de la oposición de Christine Quinn”. Repetí eso durante días.

Cuando Bill de Blassio le ganó la elección a la alcaldía, The New York Times señaló que una de las causas del desplome de la popularidad de Quinn había sido el desgaste que había tenido oponiéndose a ese proyecto.

Otra conquista importante fue impedir que el pequeño Business Improvement District de la 82 se expandiera a la Roosevelt y se convirtiera en el más grande de New York. Esos distritos obligan al pago de un impuesto a la propiedad que eleva los alquileres. De esa manera, desplazan los pequeños negocios y los reemplazan por las tiendas de cadena. Esa propuesta de expansión fue liderada por la concejal Yulissa Ferreras, quien había sido mi aliada en el Partido Demócrata. Yo creé la fundación Roosevelt Avenue Community Alliance y, junto con otros pequeños empresarios y vendedores ambulantes, logramos que se desestimara. Nunca, desde el comienzo de los BIDs, en los años ochenta, había ganado una comunidad. Nosotros lo hicimos.

Como líder de pequeños empresarios y asociado con varias organizaciones a nivel nacional, también me opuse al Trans-Pacific Partnership, el tratado de libre comercio más grande de la historia de la humanidad. Obama buscaba aprobarlo a través de un fast track. Nosotros queríamos que se sometiera a discusión y al escrutinio público, que se conociera el articulado. Le dijimos al representante Joseph Crowley lo deletéreo que era y le pedimos que no permitiera que se votara en fast track. Crowley nos tomaba el pelo.

Hicimos un evento de educación pública sobre los tratados de libre comercio y llevamos al Nobel de Economía Joseph Stiglitz. En ese evento fuimos voceros Carlos Salamanca, Jessica Ramos, varios líderes sindicales y yo. Diego Obregón, en la marimba de chonta, y Franco Pina, en el bombo, amenizaron. La gente estaba tocada con la música y yo desplegaba una pancarta que decía: “Joseph Crowley, detenga la guerra contra los pequeños negocios a través del fast track”. Después le hicimos una manifestación de doscientas personas afuera de su oficina, en la 37 con 82. Al presidente Obama le faltaron dos votos para su aprobación por vía del fast track. Uno de esos fue el de Joseph Crowley.

En las elecciones para el Senado Estatal de New York, Crowley nos quiso imponer a un candidato, José Peralta. Nosotros queríamos a Jessica Ramos y no lo aceptamos. Le metimos duro a las redes sociales y Jessica ganó sobrada. Eso empezó a mostrar la debilidad de Crowley.

También ayudé, en el 2018, cuando Alexandria Ocasio-Cortez, una mujer del Bronx y de ascendencia latina, se enfrentó al mismo Crowley por la candidatura del partido Demócrata en las elecciones para la Cámara de Representantes. Yo me reuní con ella en el café 77 e intercambiamos ideas sobre nuestras visiones del modelo económico, del neoliberalismo. Yo vi a una mujer repila, con una visión estructural muy clara y dije: “Wow, esta mujer es admirable, es la líder que tenemos que apoyar”. La gente decía que era una locura ir contra un político tan poderoso. Crowley era el gamonal del partido Demócrata en New York y lo vencimos en las primarias. Después, ella ganó su curul en el Congreso. Esa fue una gran victoria.

Castiblanco con Ocasio Cortez

 

 

 

 

 

 

 

Alexandria respondió y, cuando los recursos de la pandemia se fueron a las grandes compañías, ella peleó por la pequeña empresa y se negó a votar por la aprobación de recursos hasta que se aseguró de que el dinero también nos llegaría a nosotros. De esa manera, pude conseguir un crédito por primera vez en mi historia de veinte años como empresario.

Terraza 7 también se convirtió en una plataforma para la exposición del arte y la cultura local, del aporte creativo de los inmigrantes de distintos países. Con la gente de CUNY, de Jackson Hights Poetry Resist, de The Americas Poetry Festival of New York, de Arte Poética Press y de la revista Hybrido hicimos presentaciones de libros y lecturas de poesía desde el comienzo. Carlos Aguasaco orientaba algunos talleres de literatura aquí y, en el 2005, invitó a Carolina Chaves. Hacía un año me había separado de Ximena, con quien habíamos tenido a nuestro hijo Josué en el 2004. Después de una de esas reuniones, Carolina me dijo que estaba buscando trabajo. Iniciamos una bella amistad y nos hicimos novios. Nos casamos en el 2006.

Cuando ella entró al Graduate Center para hacer el doctorado en lingüística, se sumó al Colombian Studies Group y empezamos a hacer eventos políticos y culturales. Invitábamos a líderes sindicales, sociales, campesinos, indígenas, afrocolombianos, progresistas. Siempre había gaitas y tambores. La gente escuchaba el concierto, se llevaba su discurso y tomaba conciencia sobre su propia realidad.

Eso lo había aprendido cuando, con el Movimiento por la Paz en Colombia, trajimos a las madres de Soacha. Queríamos visibilizar la crisis humanitaria en Colombia. Ellas estaban contando esa historia tan desgarradora y los gaiteros empezaron a tocar la música de los velorios en los montes de María. Una cosa supremamente conmovedora. Todos nos soltamos en llanto. Yo dije: “Wow, ese es el camino: sensibilización de la comunicad y educación política con música”.

Gracias a esa actividad con el Movimiento por la Paz, me situé políticamente en relación con Colombia. Fui al congreso del Polo y, a finales del 2009, me reuní en Terraza 7 con un grupo de activistas. Les dije: “Yo entré al Polo porque me siento identificado con los principios de Carlos Gaviria Díaz, un demócrata liberal. No me gustó para nada la campaña de desprestigio que adelantó Gustavo Petro contra él, pero Petro es ahora nuestro candidato y estaré con él hasta el último momento de su campaña presidencial”. Salí a la calle con camisetas y chaquetas amarillas y le hablé a la gente del programa. Hicimos una campaña fuerte.

Cada vez que había un paro en Colombia, salíamos con una mesita, banderas y música. Repartíamos flyers y hablábamos con la gente. Algunos nos insultaban. “Guerrilleros hijueputas”, nos gritaban. Los colombianos de Jackson Heights eran, en su mayoría, de tendencia conservadora. Con el tiempo, Uribe se desprestigió y, aunque el ambiente seguía tenso, la gente fue menos agresiva.

Al final, me metí en la política electoral y, en el 2018, aspiré a una curul en representación de los colombianos en el exterior. Obtuve el aval del POLO y Coalición Colombia. Viajé a Europa y a Canadá. No me alcanzó el dinero para ir a Suramérica. Perdimos, pero conseguí muchos votos y conocí valiosos líderes colombianos residentes en el exterior. Aprendí a desarrollar una campaña electoral, a llevar una agenda y construir un programa. Fue muy chévere.

Castiblanco con Líderes del Polo

 

 

 

 

 

 

 

En marzo del 2019, me enfermé; Carolina, una semana después. Nos dio muy suave, algo de rinitis y pérdida del olfato por unos días. Pasó. Nos hicimos una prueba de anticuerpos y resultó positiva. Habíamos tenido COVID. Estábamos en el epicentro de la pandemia y nos tocó cerrar el 25 de marzo. Los empleados se fueron a unemployment. No sabíamos si abriríamos de nuevo. Fue muy duro, muy deprimente.

Como no podía hacer nada con Terraza cerrado, decidí validar mi carrera y me puse a estudiar para los exámenes. Me engomé otra vez con la ciencia, pero, el 25 de junio, nos permitieron abrir. Abandoné de nuevo y me dediqué a Terraza. Según las condiciones del aforo, solo podía haber seis personas adentro. Era imposible llevar el negocio así. Apliqué para usar el espacio de la calle y me aprobaron. Yo, feliz. Empecé a partir las mesas de hierro y a soldarlas, a cortar madera para la estructura, a poner materas. Arrancamos y nos fue muy bien. Éramos el único venue en New York haciendo música en vivo en ese momento. Venía mucha gente.

Terraza 7 cambió mucho con la pandemia. No solo por la ampliación que hicimos en la calle. Antes, había muchas figuras de papel maché mexicanas, por los eventos de los días de los muertos; teníamos tambores del Pacífico y muñecos de santería de cuando celebrábamos con los tambores batá; el techo estaba lleno de costales de café; colgábamos hamacas para que la gente estuviera relajada. En una de las entrevistas que me hizo The New York Times, la del 2016, hablé sobre esa decoración. Ya es otra cosa. Estamos fortaleciendo el restaurante y el diseño es más contemporáneo.

Sigo insistiendo en que Terraza 7, cargada de elementos urbanos y tradicionales, integre la idea de lo que es New York: un encuentro cultural. La estructura del mezanine en metal y el cielorraso en cobre, que reemplazó los costales, contrastan con el ladrillo expuesto y las baldosas mediterráneas de la pequeña cocina; las mesas de madera reciclada y metal oxidado, y la pintura negra, con esa antigua puerta de marruecos. Ese aviso viejo del tren 4, pegado a esta viga, lo compré en un mercado de pulgas. Yo quería resaltar la línea del tren 7, que transporta a los trabajadores inmigrantes de Queens y le da el nombre al negocio, pero no la encontré. También el color azul turquesa de la fachada es muy significativo: evoca el esplendor del mar y trae a la imaginación los viajes por barco que hicieron posible los cantes de ida y vuelta, ese maravilloso diálogo musical entre Latinoamérica y el Mediterráneo que es parte fundamental de la historia y la identidad de Terraza 7.

Todavía falta mucho para llegar adonde quiero. En algún momento, tendremos una librería para que la gente lea aquí o compre los libros; también, un cine club. Con Sebastián Ospina y Germán Jaramillo, reabriremos el teatro. En el restaurante, vamos a trabajar con comidas de Perú, de España, de las costas colombianas, de México, de Cuba.
Ya tenemos platos muy buenos y el menú es especial, es político-cultural: entradas muy sabrosas como la Cumbiamba NY, la Antonio Lizana o la Pedro Giraudo; el delicioso pulpo a la gallega Víctor Prieto o las tapas José del Valle y Brahim Fibgane; quesadillas exquisitas como la Alexandria Ocasio-Cortez, la Helio Alves o la Jessica Ramos; suculentas morcillas como las Jorge Enrique Robledo o las César Orozco; cócteles especiales como el fandango, la jarana, la cumbia amazónica, el currulao o Bachué. Es un homenaje a nuestras culturas y a las personas que tienen un impacto positivo en nuestra comunidad.

 

Veo las noticias y sufro por la violencia desatada en Colombia, por los líderes sociales asesinados, por la corrupción que no cesa. Tengo conciencia de que cada día es más difícil creer que podemos transformar nuestro país, pero visito a mi hermana y a mi cuñado, que siguen siendo profesores de la Universidad Nacional en Bogotá, y me emociono al constatar su inteligencia y su vitalidad. Entonces, pienso que tenemos todo, que sí podemos ser una potencia en muy poco tiempo, como lo hizo Corea. Lo malo es que no hay voluntad política y no elegimos bien. Sé que tengo que seguir creciendo políticamente para incidir más acá y allá. También sé que debo preservar la esperanza y luchar por construir una sociedad más justa. Siento, siempre lo he sentido, que es mi deber ser optimista y trabajar por el cambio, que no tengo alternativa.

Castiblanco con Llinas y otros amigos en Terraza 7

 

 

 

 

 

 

 

Terraza 7 nació como un mecanismo financiero para soportar mis estudios y se convirtió en una plataforma cultural, musical y política tan poderosa y demandante que terminó desplazando, por dos décadas ya, ese proyecto central en mi vida. Aquí he encontrado grandes motivaciones y me he conectado muy profundamente con la comunidad, con políticos, intelectuales, artistas, líderes sociales. Esa interacción me ha dado un liderazgo que me apasiona. Quiero validar mi carrera y hacer ciencia, y, también, que Terraza siga creciendo. Esos caminos están cruzados, pero se complementarán cuando logre que el negocio funcione más independientemente de mí. En ese momento, uniré en el escenario de la salud pública mi talante científico y mi activismo político. Espero que ocurra pronto.

(Freddy Castiblanco, New York, NY, agosto 9 de 2021)

 


 

Óscar Osorio
Óscar Osorio. Foto Julián Jaramillo Colombia. Profesor Titular de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Doctor en Literaturas Hispánicas y Luso-Brasileras de la Universidad de la Ciudad de New York (CUNY). Ha publicado los libros: poesía: La balada del sicario y otros infaustos (2002) y Poliafonía (2004); crónica: La mirada de los condenados: la masacre de Diners Club (2003, en coautoría con James Valderrama) y Un largo invierno sin promesas (2016); cuento: Hechicerías (2008), Una porfía forzosa (2012) y La casa anegada (2018); novela: El cronista y el espejo (XXXII Premio Cáceres de Novela Corta, España 2007). Crítica literaria: Historia de una pájara sin alas (2003), Violencia y marginalidad en la literatura hispanoamericana (2005), El narcotráfico en la novela colombiana (2014), El sicario en la novela colombiana (Premio de Ensayo Autores Vallecaucanos Jorge Isaacs, Cali 2015), Las ruinas del Paraíso (2020). Ha publicado textos narrativos en diversos periódicos y revistas literarias, y una veintena de artículos académicos en revistas de Colombia, Chile, Estados Unidos, Canadá, España y Dinamarca. Fue distinguido con la beca Colfuturo para estudios doctorales y con la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano para escribir crónicas de inmigrantes colombianos en Estados Unidos.

Crónica enviada a Aurora Boreal® por Óscar Osorio. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Óscar Osorio. Fotografías © “Archivo personal de Freddy Castiblanco. Fotografía Óscar Osorio © Julián Jaramillo. Fotos por orden ade aparición:  Nr. 1  Castiblanco con los Gaiteros de San Jacinto en Terraza |  Nr. 2. Castiblanco en San Calixto | Nr. 3 Terraza  |  Nr. 4 Castiblanco con Nydia Velázquez en el Congreso de los Estados Unidos | Nr. 5 Small Business leaders for paid sick days | Nr. 6  Castiblanco con Ocasio-Corte | Nr. 7 Castiblanco con los líderes del Polo | Nr.8 Castiblanco con Llinás y otros amigos en Terraza 7 | Nr. 9 Óscar Osorio.



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