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Los que ya no están

El rugido del tigre queda en su obra

duque_burgos_001Con ese sustantivo felino saludaba a sus amigos: tigre. Qiubo, tigre; qué más, tigre; qué estás leyendo tigre. Así saludaba. Con su toquecito de ironía o de humor. Con su sonrisa contenida. Ya fuera en Bogotá, en el Central Park de Nueva York o en el Festival de Cine de Cartagena. Caminaba pausado y parecía estar siempre lleno de literatura y

cinematografía. Era difícil imaginarlo interesado en otros afanes. En uno de esos festivales nos encontramos en el Parque de los Mártires y me interrogó con su pregunta felina: ¿qué estás escribiendo, tigre? Le respondí que había terminado el borrador de una novela, pero que tenía problemas con el nombre. Por qué, indagó. Porque se llama El hombre que vestía de azul profundo, y algún acelerado puede pensar que estoy plagiando el título de la película de Luc Besson. Es un nombre bello, dejéselo, puede tomarse como un homenaje, respondió y se marchó cargado de espaldas, metido en las primeras sombras, al lado de una joven y hermosa muchacha de abundante y lacio cabello negro.


Su fidelidad al arte de la palabra fue total. Escribiera novela o cuento, crónica o crítica de cine, su palabra era exquisita. Y precisa. Y si hablaba por radio o televisión, su palabra era certera, coherente y de una simpática eufonía. Lo escuché durante varios años, a partir de las 12 de la noche, en la cadena R.C.N. Valiosos apuntes y comentarios inundaban el silencio de la primera madrugada y colaboraban con la vigilia del trabajador nocturno o acompañaban con cultura al insomne que no lograba establecer cercanías con el sueño.
Remando hacia atrás, como le gustaba a Octavio Paz, me enteré de la existencia de Alberto Duque López por los suplementos dominicales de los años setenta y por el premio nacional que se ganó con la novela experimental Mateo el flautista (1968). Luego, Colcultura, en edición popular, le publicó Mi revólver es más largo que el tuyo. Todo esto puso a sonar su nombre. Alguien, para ampliar la leyenda, dijo que él, Ramón Illán y Álvaro Medina habían sido los únicos nadaístas del Caribe. Lo cierto es que Duque López ocupaba espacio en revistas, suplementos y periódicos. Yo, un muchacho situado en la periferia del Sinú, oía hablar del personaje y empezaba a admirarlo, pero a sentirlo lejano. Claro, normal, nos llevaba distancia en muchos ámbitos.

 

José Luis Garcés González Profesor del Dpto. de Español de la U. de Córdoba, Colombia. Coordinador de El Túnel, de Montería. Pronto aparecerá su libro Montería a sol y sombra.garces_001Siguiendo el camino de la vida, y escogiendo alguna muestra de su obra, en 1999 Duque López se ganó el concurso de novela Bienal José Eustasio Rivera con Muriel, mi Amor. Me la entregó en Cartagena; en canje le di mi breve volumen de prosa poética Cuerpos otra vez. La novela se inicia con una imagen que posee una fuerte carga poética: el personaje sentado en el muelle de Puerto Colombia mientras en el amanecer aparecen centenares de gaviotas y las primeras furias del sol. Es un hombre gordo, de gran fortaleza narrativa, cuya voluminosa barriga le impide amarrarse los cordones de los zapatos. Imagínense. En esa novela, donde la forma y el contenido se conjugan, el escritor cuenta las venturas y las desventuras de este gordo que resulta ejerciendo de guardaespaldas (le dicen Ballena, Elefante), y a quien por cosas del destino, que nunca perdona, le han asesinado a sus últimos cinco clientes, con los cuales había establecido una relación de amistad y de afectos.
Muriel es la mujer a quien el guardaespaldas ama, con la que comparte ciertas aficiones, como el cine; y es precisamente en una sala de cine donde comienza esta hermosa y dolorosa historia de amor y en la que, como el mismo autor dice, no logra Muriel llegar viva al final del cuento.
La forma como se narra la novela es lenta y está tocada de belleza y de homenajes cifrados; los diálogos son bien logrados, en ocasiones premeditadamente repetitivos, escritos al natural; abunda en puntos y aparte, lo cual le da claridad al texto; la influencia del cine es palpable, ya que el narrador se la pasa refiriéndose a películas que ha visto. Y a los actores y actrices. Y la obra misma parece estar escrita, como otras del mismo autor, pensando en el guión o en la estructura cinematográfica.
El final de Muriel, mi Amor es trágico; el hombre gordo mata a la mujer porque no soporta saberla ajena, negándose a insertarse en su sexo erecto y cabalgar encima de él; él, a su vez, muere en su ley, ajusticiado por sus enemigos y por su "oficio de muertos".
En esta historia se mezclan el dolor y el afecto, la ironía y el miedo, la reciente historia de Colombia y las reflexiones individuales; hay escenas que pueden estremecernos o dejarnos petrificados; el libro está impregnado de ternura y de horror; los personajes son humanos y descarnados, a quienes los construye y los destruye una sola pasión: el amor.

En otra de sus novelas, El pez en el espejo, Duque López intenta poner en práctica sus conocimientos sobre la novela-verdad. Conoce bien a Hemingway, a Dos Pasos, a Capote, a Mailer. La historia la recuerda mucha gente, tanto en Barranquilla como en la costa. Un destacado estudiante de medicina, de veinticuatro años, asesina un lunes de carnaval a tres mujeres de forma macabra y por razones desconocidas. Este es el tema que narra Alberto Duque en El Pez en el Espejo, hecho real que el autor reconstruye con su mejor estilo.
Esta novela, al igual que Muriel, mi Amor, está impregnada de una belleza trágica, sus personajes son extremadamente crueles y tiernos. Duque expresa en estas dos obras la naturaleza dual de los humanos: sus respectivas porciones de luz y de sombra. Estos personajes aman la vida y manifiestan sus ganas de vivir en el amor al arte; pero también tienen una fuerte inclinación a la muerte, la cual, obvio, siempre termina golpeándolos, asfixiándolos, baleándolos.
duque_002Ahora bien, en cuanto a la forma, éste es un libro de diálogos bien logrados; de páginas tupidas de narración sin el descanso de un punto y aparte; los personajes entran y salen de manera que a algunos podría parecer desordenada (herencia cortazariana), pero uno siempre sabe quién está hablando, pues cada interlocutor tiene una voz que lo identifica y lo define.
Esta obra, que suscitó polémica social y periodística cuando se publicó en 1984, pues a Alberto se le acusó de precipitud, de no haber dejado enfriar el tema, de haberle dado un final más sicoanalítico que realista, se desarrolla entre el sueño y la realidad, entre el pasado y el presente; el hecho de poner la historia en boca de las víctimas le da fuerza a la novela. La novela no es de detectives y asesinos; el autor no se preocupa por buscar las razones profundas que indujeron al joven a cometer el crimen. De hecho, nunca sabremos qué pasó en realidad; el escritor sólo nos muestra la vida de Sebastián, un ser humano común y corriente, con amores y odios, gustos y aversiones; un ser humano que en cualquier momento puede verse enfrentado a la contradicción de saberse hombre, pero también bestia, a ese claroscuro que habita nuestro espíritu y del cual pocas veces tenemos conciencia. Roberto Burgos Cantor afirmó de este texto: "(el autor)...construye una novela violenta y tierna, de tiempo inmóvil y ritmo alucinado".
Además de literatura, Alberto dirigió tres cortometrajes: Sebastián, Paloma y Cenizas, uno de los cuales fue premiado en Moscú. Escribió en las revistas de cine "Cinema 2001" y "Toma 7". Con Germán Santamaría y Carlos Orlando Pardo, hizo en los años noventa un valioso programa de televisión cultural. En 2008, publico su última novela, un homenaje a Hemingway, uno de sus héroes, Ni siquiera la lluvia. El escritor y critico de arte Álvaro Medina, que lo visitó en la clínica nueve días antes de expirar, me comenta que Alberto le informó que dejaba terminada una novela con el cortazariano título de Mirándote mirarme, y que el tema, ¡oh secretos de la vida!, es la historia de un hombre que se quiere morir.
Alberto Duque López falleció el lunes 28 de junio en Bogotá. Deja expósitas a la crítica cinematográfica y a la literatura colombiana. Su trayectoria fue amplia y fructífera. Desde 1968 su trabajo creativo y crítico hizo valiosos aportes a nuestra literatura y al análisis del cine latinoamericano y universal. Se vio todas las películas, aunque su preferida era El samurai, con Alain Delon y bajo la dirección de Jean Pierre Melville. En toda su escritura, sin importar el género, privilegió la forma y los experimentos de lenguaje, y fue desde muy temprana edad un escritor de vanguardia. Sin embargo, en un país axiológicamente invertido como el nuestro, un diario importante de la capital del país reseñó su muerte en una breve columna interior, mientras en las otras cinco columnas anexas le hacía una entrevista destacada a un jovencito modisto, personaje que a la hora de las evaluaciones históricas no tiene ninguna importancia cultural. Pese a estas injusticias, el rugido del tigre queda en su obra.

 

 

Foto de Alberto Duque con Roberto Burgos Cantor de autor desconocido.
Foto de Alberto Duque con su nieta AntoniaⓒMargarita Duque Rincón.
Foto de José Luis Garcés GonzálezⓒCarlos Marín C. Claro.

 

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