CARTA DE ALEMANIA (77)

In memoriam Jorge Risi

 

Jorge murió el 17.10. en México, y esa noticia tan inesperada me dejó desarbolado: ha sido uno de los mejores amigos que he tenido en mi vida, desde aquel día de 1965 que lo conocí, estando él en Colonia como alumno del gran violinista Max Rostal. Era Jorge un ser humano extraordinario y uno de los artistas que más he admirado: que siendo un virtuoso de la crème de la crème en su profesión, sacrificó su carrera a la pedagogía.

La historia de la música clásica continental le debe la creación del Cuarteto de Cuerdas Latinoamericano, con grabaciones excepcionales, y también un curso de interpretación del violín, modélico en su género: ha dejado su huella en docenas de alumnos que adoraban a su maestro, quien no por casualidad nació en una calle llamada Armonía, en Montevideo.
Su palabra franca, su sencillez innata, su afán pedagógico, le hacían inolvidable para quienes lo trataron, en Alemania (donde fue uno de los alumnos más brillantes del Conservatorio de Colonia), en México (donde se desempeñó como concertino en la Filarmónica de la capital) y en su país, donde al retorno de la democracia ocupó altos cargos profesionales, entre ellos la dirección del SODRE, el Servicio Oficial de Difusión, Representaciones y Espectáculos, que aglutina la Orquesta Sinfónica, el Coro, el Ballet, el Conjunto de Música de Cámara y la Orquesta Juvenil nacionales.

En su portal, donde renunció expressis verbis a presentarse a través de una “acumulación de naderías que pronto se llevará el viento, y que a lo sumo reflejan la magnitud del ego que las sustenta”, dejó escrito Jorge: “Una hoja de vida debe ser lo contrario a una hoja de muerte: lo pensé en abril de 1984 cuando salvé apenas la vida con las de mis hijos en un espectacular accidente en la Avenida Virreyes de México, o años más tarde, cuando todavía bajo efectos de la anestesia pude tocar los vendajes que atestiguaban que mi operación a corazón abierto había pasado exitosamente, respiré todo lo hondo que podía con aquel infierno de cables y tubos. Pasaron más de 20 años hasta que una consulta fortuita hizo que me implantaran un marcapasos urgentemente, que llevo como trofeo desde hace mucho”.

Cuando tuvo que abandonar el Uruguay a causa de la dictadura, vivió unos dos meses en nuestro apartamento, hasta que consiguió un trabajo, alquiló un piso e hizo venir a su esposa y sus hijos, cuyas edades son casi especulares con las de los nuestros. No sé más qué decir. Para nosotros también es una pérdida familiar.

Descansa en paz, Jorge. Nunca olvidaré el concierto de Mendelssohn que ensayaste en mi presencia una noche montevideana, en tu casa de Retiro. Descansa en paz, amigo tan querido.

* * *

Dos cosas que deseo añadir tienen que ver con su escritura no pedagógica.

La primera: En su portal (jorgerisi.com) y entre sus “Protocolos pandémicos” encontré esta joya:

«Hace algunos años escribí un cuento entre verdadero y fantasioso –como son todos los cuentos– en que afirmaba que la historia del violín arrancaba no, como generalmente se dice, en el Rabel oriental, sino en un pueblito cercano a Malmö, en Suecia, como consecuencia de un encuentro fortuito entre un chamán turco huido al norte por razones políticas o amorosas (ignoro hoy la denominación de los chamanes turcos, pero seguramente los hay) y un campesino sueco dedicado a talar los bosques de su país.
«A medida que avanzaba en el cuento, que, como se habrán dado cuenta, era un absurdo, fueron presentándose otros personajes de otras geografías y otras épocas lo que me obligó a apoyar estos dislates en una considerable bibliografía de consulta. Luego de varias búsquedas, frustrado, decidí inventar textos, autores y fechas que nunca habían existido. Incluso mencioné a mi nieto, Daniele Risi, por aquel entonces de 6 años, como autor de un sesudo texto sobre la filosofía de la cuerda frotada en los fiordos. Quizás esto pudo influir para que Daniele (15 años después) se haya dedicado a estudiar filosofía en la Universidad de Bologna, Italia. Nunca nadie descubrió el engaño, ni pretendió encontrar alguno de los textos mencionados».

Y la segunda cosa que quisiera añadir es que Jorge poseía un incombustible sentido del humor.

Al poco de enterarme de su muerte me puse a repasar sus muchísimas cartas escritas a máquina o manuscritas que estuve recibiendo a partir del momento en que él y Mecha, su esposa, regresaron por primera vez al Uruguay. Y volví a reírme, entre lágrimas, al releer una de la que él, como era su costumbre, no se quedó con copia, y cada vez que nos visitaba me pedía que la sacase de mi archivo y la leyese en voz alta. La escribió al enterarse del nacimiento de nuestra segunda hija, Montserrat, y luego de la afectuosa enhorabuena abordó de manera minuciosa un tema que le trajo por la calle de la Amargura, de la manera que me limito a transcribir ad pedem litterae:

«Radio Cassetero Philips:
La historia de este malparido artefacto es digna de ser contada. La detallo.
Fue casi decomisado en la aduana con la consiguiente angustia y el basureo del guarda de Aduanas ensoberbecido en su apolínea postura de censor de humanos.
Me costó en Koeln [=Colonia] algo así como 23.000 [pesos] uruguayos.
Lo ofrecí aquí por 65.000. Ni pelota. Bajé a 60.000, y me ofrecieron 55.000. No acepté. (Se cotizan a 80 o 90 en plaza, aclaro). Lo ofrecía a 55 y me ofrecieron 50. Seguí sin aceptar.
Lo bajé a 50 y me ofrecieron 45. Seguí sin aceptar.
Lo bajé a 45 y me ofrecieron 38. Seguí sin aceptar.
Lo bajé a 40 y me ofrecieron 35. Refuté.
En el interín, corría el triste invierno, y yo seguía gastando en avisos económicos para venderlo, esperando con alma de auténtico tahúr el momento del ansiado desquite.
Lo bajé a 38 y me ofrecieron una radio a transistores y 15.000. Me negué indignado.
Me ofrecieron 33 y acepté. Y entonces el aparato no funcionó más.
Perdí el cliente y mandé a arreglar el cassetero que no andaba. No así la radio, que funcionaba perfecta. La urgencia me acuciaba. Mis hijos comenzaban a lloriquear pidiendo alimento. La casa Philips tardó 10 días en darme presupuesto. Al cabo de los cuales me dijo que tardarían otro tanto en repararlo. En ese interín, manos anónimas me despojaron de mi billetera. En ella se encontraba la boleta para retirar el susodicho artefacto. Luego de larguísimos trámites, incluída la obtención de nuevos papeles identificatorios, hurtados conjuntamente con la boleta de marras, se pusieron en Philips a la búsqueda larga del aparato sin el control de la boleta. Al cabo de una semana lo hallaron. Pagué la reparación y me dirigí al diario más cercano para poner otro aviso. El cassetero andaba perfecto. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que la radio, que funcionaba perfecta, ahora lo había dejado de hacer. Volví a Philips, arrastrándome y babeando ira e impotencia, y comencé nuevamente el trámite para arregarlo. Muchos días después me lo entregaban. Revisé esta vez el cassetero. Funcionaba. La radio. Funcionaba. Grabé con el botón directo. Funcionaba.
Puse un nuevo aviso. Y luego comprobé que al poner el micrófono para grabaciones directas, funcionaba mal, no borraba, se oía lo de abajo, y a medias lo de arriba. Tan destruido estaba moralmente que demoré en llevarlo a arreglar nuevamente, con lo que venció el plazo de la garantía de reparación. Hubo que repararlo nuevamente y se pagó la reparación. Lo ofrecí en 25.000. Tuve ofrecimientos. Le compré un estuche por 2.000, para vestirlo mejor. Y finalmente lo vendí. Sí, leíste bien, lo vendí. Y nada menos que en 33.000, de los que he cobrado 15.000 y espero el resto dentro de poco. Lindo negocio. Necesitaba desahogarme y contarlo completo. Nadie ha resistido hasta el presente el relato verbal de lo mismo. Te quedo muy agradecido».

Una de las virtudes más acendradas de Jorge es aquella que Nietzsche le pedía al Superhombre, la de saber reírse de sí mismo. Y haciendo, como en esta carta, que nos riéramos con él. Parafraseo a Lorca: Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un oriental (ya que uruguayos sólo son los futbolistas, Borges dixit!) tan genio y figura, tan rico en aventura.

***

 

 

ricardo bada 008ricardoRicardo Bada
España, 1939. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Con una obra extensa: autor de La generación del 39 (cuentos, 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, 1994), Amos y perros (cuento, 1997), Me queda la palabra (ensayos, 1998) y Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, 2000). Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral de Heinrich Böll (Don Enrique, 1995) en castellano.

 

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Carta de Alemania (77), "In memoriam Jorge Risi" enviada a Aurora Boreal® por Ricardo Bada. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ricardo Bada. Fotografía Ricardo Bada © Ricardo Bada. Fotografía de Jorge Risi © tomadas de El Universal internet. Este texto apareció previamente en El Espectador, de Bogotá.

 

 

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