CARTA DE ALEMANIA (67)

De mi Cuaderno de Bitácora

 

Recién casados, mi esposa y yo emigramos a la Argentina, o más bien abandonamos Europa. De hecho, fue una decisión tomada como si fuese para siempre. Nos llevamos con nosotros todo, absolutamente todo lo que poseíamos, no dejamos atrás sino los afectos y los buenos consejos de nuestras dos familias, en los Países Bajos y en España. Nueve meses después estábamos otra vez en el Viejo Continente y a punto de convertirnos en padres, la primera de las tres veces que lo hemos sido. Ya entonces nos prometimos que si alguna vez volvíamos a Buenos Aires lo haríamos tal como al ir y regresar entonces: en barco. Sólo que en aquél tiempo había transatlánticos de línea que servían trayectos regulares. Hoy en día esos buques de pasajeros no existen. Existe, sí, la posibilidad de viajar en un crucero, pero cualquiera que nos conozca sabe que en la maldita vida nos van a ver a bordo de uno de esos grandes almacenes flotantes, auténticas ferias de las vanidades. De tal modo que si queríamos volver a Buenos Aires por vía marítima deberíamos optar por reservar pasaje en un carguero.

Y eso fue lo que hicimos. Viajamos allá en un carguero de contenedores, el MSC Venezuela, de bandera alemana, matrícula de Hamburgo, 33.750 toneladas, 208 metros de eslora y 29,8 de manga. Me siento feliz empleando los términos náuticos, regreso a mi niñez y mi adolescencia y a los largos paseos por el puerto de Huelva. El MSC Venezuela fue construido ese mismo año 2001 en los astilleros de Warnemünde, éste era su tercer viaje, y podía albergar hasta siete pasajeros, en tres cabinas dobles de la cubierta 5 y una sencilla de la cubierta 2. Nosotros ocupamos la llamada "cabina del sobrecargo", a estribor. La cabina constaba de una sala, un dormitorio con dos camas, y un cuarto de baño con ducha. Las dos ventanas laterales de la sala ofrecían la vista libre sobre el mar, pero las que daban a proa, tanto en la sala como en el dormitorio, estaban literalmente tapadas por el hacinamiento geométrico y tremendo, paralepipédico y avasallador, de los 2000 contenedores que partieron con nosotros desde Bremerhaven: el barco puede transportar hasta 2500. Y la ruta que hicimos fue: Felixstowe (en el ángulo NE de la desembocadura del Támesis), Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria, Río de Janeiro, Santos y Buenos Aires, estando previstos 21 días de navegación hasta allá. Fueron 22, a causa de una huelga general en Argentina un par de días antes de que llegáramos allá, y durante esos 22 días llevé un puntal Cuaderno de Bitácora del que quiero ofrecerles dos muestras del día 5.12.2001, hace ahora algo más de veinte años. La primera de las muestras es lírica, la segunda humorística, y si les despierta el interés por leer el resto del diario, lo pueden encontrar completo y con fotos bajo este enlace:
https://www.fronterad.com/cuaderno-de-bitacora-de-bremerhaven-a-buenos-aires-en-carguero/

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Hoy ha sido el día de concluir la travesía del golfo de Vizcaya, a eso de las 5.00 de la mañana ya estábamos rebasando el largo de Finisterre. He pasado una buena parte del día con los prismáticos a la mano y oteando el mar. El mar no sé si es el mayor tópico literario de entre los elementos que componen el planeta, pero tengo para mí que sí, que lo es. El aire sólo protagoniza de manera inmediata las novelas que tienen que ver con el vuelo, y de manera oculta la respiración de los personajes de las novelas, de quienes las escriben y de quienes las leen. En cuanto a la tierra, su presencia en la literatura importa como propiedad y como escenario, ya de acciones, ya de estados de ánimo. Por la tierra se pleitea y hasta se mata, sobre la tierra se persigue al enemigo y se posee a la hembra deseada, con la tierra expresamos algún sentimiento a través de nuestra percepción angustiada o feliz de un amanecer, de un crepúsculo, de un valle, de unas montañas, de un río, del paisaje de un asentamiento humano diminuto (la choza de un campesino) o la prepotencia de una urbe. Sí, el aire y la tierra también participan del concierto literario, pero el mar es más, sencillamente más, el mar es el gran solista. Su presencia impone de un modo que nunca podrán hacerlo las cordilleras. La montaña es sólida e inerte, sólo se anima por mor de aludes y avalanchas, de esporádicos desprendimientos. El mar está prodigiosamente vivo siempre, y en todo momento puede sorprendernos con un inesperado guiño del que no existe modelo desde el primer día de la Creación. El mar está tan prodigiosamente vivo al hacerse instantáneos añicos en las rocas cantábricas que hemos dejado a babor, como en esa ondulada planicie (si ello no es una contradicción) que contemplo ahora por la ventana de la sala en nuestra cabina. Y el mar es además líquido, como lo es nuestra sangre, y mercurial, como lo es el temperamento del ser humano. Qué duda cabe de que el mar también ha encontrado su puesto en la literatura como escenario, al igual que el aire y la tierra, y nos ha valido y nos vale para la expresión de sentimientos, pero además de todo ello el mar es el autor y el protagonista de una epopeya sin solución de continuidad que es él mismo, el mar, y ella misma, la mar. Una epopeya que dura desde el instante fundacional de lo creado y se extinguirá con la Creación misma, y no antes. Cuando la última ola vaya a deshacerse en no importa qué playa, nuestra terca y descabellada aventura sobre la Tierra habrá concluido definitivamente. Amén.

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Una de las tareas más delicadas de un viaje a bordo de un carguero es la de hacer cubitos de hielo en el alveolo congelador ad hoc de la heladera. Hay que tomar la cubitera de plástico o metal donde se forman, y llenarla de agua en el cuarto de baño bajo el grifo del lavabo, después de lo cual, y a pesar de la trepidación del barco, debe mantenerse en posición horizontal mientras: a) se cierra el grifo del lavabo; b) se sale del cuarto de baño, cuya puerta tuvimos la precaución de dejar abierta, se cierra esa puerta y se abre la de comunicación del dormitorio con la sala, que no puede permanecer abierta si lo está la del baño; c) se atraviesa la sala no sin antes haber tenido buen cuidado de no tropezar en el listón del suelo donde encaja la puerta de comunicación; d) se abre la heladera después de haber abierto el armario donde ella se aloja, manteniendo ambas puertas sujetas con la pierna (en este caso, por ejemplo, será la pierna derecha) para evitar que un bandazo del barco las cierre de golpe, ambas, además de propinarte un golpe en la indefensa rodilla y/o en el no menos indefenso tobillo; e) se abre el alveolo del congelador; y f) se introduce allí la cubitera, que en el mejor de los casos aún contiene un 70% del agua que recibió en el grifo del lavabo. Los bebedores consuetudinarios realizamos una tarea como ésta apelando subconscientemente a nuestras reservas de sonambulismo. Laus Bacchus! Y si ya lo conseguí anoche enmedio de la marejada del golfo de Vizcaya, aquí y ahora, al largo de Lisboa, ha sido un juego de niños.

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Este artículo se publicó previamente en el blog del autor en El Espectador, Bogotá

 

 

ricardo bada 008ricardoRicardo Bada
España, 1939. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Con una obra extensa: autor de La generación del 39 (cuentos, 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, 1994), Amos y perros (cuento, 1997), Me queda la palabra (ensayos, 1998) y Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, 2000). Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral de Heinrich Böll (Don Enrique, 1995) en castellano.

 

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Carta de Alemania (67), De mi Cuaderno de Bitácora enviada a Aurora Boreal® por Ricardo Bada. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ricardo Bada. Fotografía Ricardo Bada © Ricardo Bada. Fotografía del carguero tomada de internet. Este artículo se publicó previamente en en El Espectador, Bogotá

 

 

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