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Literatura

Velas quemadas

david gambarte 260El termómetro del alféizar marca dieciocho bajo cero. La noche insiste en manchar las ventanas de la calle Meerinkuja. Es diciembre pero aún no es Navidad.

Me incorporo dolorido; es algo a lo que ya estoy acostumbrado, como también lo estoy al dolor de cabeza y a la acidez de estómago, que me castigan continuamente. La casa está fresca porque ayer acerté a abrir la ventana justo antes de quedarme dormido. El olor a podrido que me arroja el armario al abrirlo me acaba de recordar el día en que entendí que todo había cambiado para mal. De hecho, les diré que probablemente debería haberme dado cuenta antes, pero no lo hice, y el caso es que aquella noche en la puerta del bar tuve conciencia de que el asqueroso olor de mi ropa era algo de lo que no me iba a deshacer nunca. Quizás fue el contraste con el olor a vela quemada lo que me hizo entender que mi vida era una mierda. Les contaré lo que pasó ese día de noviembre, normal y lluvioso de Espoo.

Aquel martes de noviembre me despertó el teléfono móvil. Casualmente me lo había dejado encima del pecho, durmiendo, como yo dormía, porque normalmente nadie me llama. Hay que decir que yo no tendría teléfono móvil si no fuera porque mi hermana se preocupó por darme uno. También entiendo que eso no tiene demasiado valor porque el teléfono es de segunda mano y porque me lo regaló cuando al imbécil de su marido le dieron uno nuevo en el trabajo. Lo que sí que tiene valor es que me llame de vez en cuando y que me pague las facturas que yo no puedo pagar. Pues bien, mi hermana me llamó porque quería que me pasara por su casa a llevarle ropa para lavar y, de paso, curarme las heridas. Se preguntarán qué heridas. Pues el asunto es que yo también me lo pregunto muchas veces. Se ve que cuando pierdo el control, a veces caigo y me golpeo con el suelo, con el borde de un banco o con lo que sea. No soy agresivo, no crean que soy de esos que van buscando problemas, no, sólo quiero que me dejen tranquilo y disfrutar de una cerveza con mis amigos. Después de la llamada de mi hermana, pensé que, si iba a ir a su casa esa misma tarde, debía ir a comprarle flores al centro comercial. En el Galleria hay una floristería; no es la mejor, pero sí es la única que nos quiere vender. Suvi, la dueña, siempre se porta muy bien conmigo.

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Rafael Priego García - Poesía

rafael priego 251Rafael Priego García, España. Poeta y profesor de instituto, en Rybners Gymnasium, Esbjerg, Dinamarca. Tiene a su haber la siguiente obra: Dispersiones o de como el corazón se infla y desinfla, Hjerting, 2016, parrafadas (trilogía antipoética), Esbjerg 2011: Parrafadas y una Letanía, Århus, 2007 y otras parrafadas y otra letanía, Fredericia 2009. Parrafadas y 1 mail, Esbjerg 2011. Voces (Trilogía tripartera), Aarhus 1999: Sabedor del tiempo (Poemas de lo cotidiano), Aarhus, 1995. Desde el Génesis (Ocurrencias de paso), Aarhus, 1997. Entre aguas (Versos a pie de página), Aarhus 1999. La historia de un segundo (Mil años haciendo historia) 1981-1991: Voz en silencio, Londres. 1991. Poemas profunsos, Madrid, 1989. Trozos de piel, Madrid, 1988. Dorias, Madrid, 1987. Nieve (El libro blanco), Madrid, 1985. Soliloquios, Madrid, 1984.Inquietudes, Madrid, 1981. Filosofía literaria, cosas que pasan (filsofía sentimental), Esbjerg, 2009.

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Copenhague

javier payeras 251Este texto-crónica-ensayo-poema sobre la experiencia del escritor guatemalteco Javier Payeras, con motivo de su visita a Copenhague para participar en el IV Festival de Literatura en español de Copenhague del año 2015.

 

“Copenhagen, you're the end”
Scott Walker

 

 

 

Toda la historia se cuenta sola.
Una imagen.
Algo recogido de la realidad para que no duela al perderse.
El sol negro del Mar Báltico.
Aves que giran como peces.
Nube que detiene la tarde y congela su breve luz.
Caminar sobre el agua.
El presente tan intenso. Este lugar. Este ahora y no verlo morirse.
Pero toda la vida se derrama en un día o en una hora o en un minuto.
Vencer la muerte a ratos. Ser testigo del deterioro.

 

*

 

Aquellos edificios son piedras. Frío justo y lluvia. La escritura marca el nivel del mar.
Casas de ladrillo. Casas de Lego. Banderas danesas.
Nada es translúcido. Todo lo cubren ladrillos. Esa es la máscara.

 

*

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Entre el mar Pacífico y el Atlántico

adriana rosas 251A Marianita

 

 

Saltar del mar Pacífico al Atlántico en tres horas.
Estar entre torres artificiales de cristal y pasar a una chalupa que cruza un caño para adentrarnos en un mar intranquilo que se debate con un río que se le quiere meter. El debate entre el agua clara del mar y el agua marrón del río. El debate entre lo que somos y lo que nos quieren imponer.

Saltar del mar Pacífico al Atlántico en una hora.
Del casco antiguo de una ciudad frente a un mar de mareas que dejan los metros de tierra encharcada que a las horas serán rellenados por agua con peces minúsculos (como el cuadro en el Instituto de Lenguas Modernas del profesor Assa, el cuadro en el mar Atlántico del Monte Saint-Michel en la Normandía francesa).
De la ciudad del ‘Mercado del Marisco’ a la ciudad del comercio. La ‘Zona Libre’. Seremos libres alguna vez parecen decirnos.
La que una vez de bellos edificios y ahora en su centro (que es algo como el de mi ciudad) sus paredes descascaradas, con rastros de varios colores de sus pinturas. Los edificios donde alguna vez familias de alta alcurnia vivían rodeados de muchachas de servicios, niños por cuidar y fiestas y convites en las noches de largos bailes todos ataviados de esplendor. Y ahora, ahora, los mismos edificios con otros dentro, con sus paredes que se caen de poco en poco, con la pobreza para comer, para vestir, para hablar.
El debate entre el antes y el ahora que se busca cambiar.

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Y ahora que los grillos no suenan

santiago:vesag 250Inédito

 

El viento se llevaba el olor de la sal que se pegaba en la piel y se endurecía. En el patio de la choza colgaban dos hamacas, al borde de un arrecife esquelético donde crecían cientos de caracoles bañados una y otra vez por la marea que se abalanzaba sobre ellos. En la noche no se veía mucho más allá del patio: sólo un par de palmeras iluminadas por una única bombilla; más allá, la penumbra escondía el mar y el tronar de las olas.

—Hoy casi no suenan los grillos— dijo la casera mientras yo me desvestía para dormir.

—Será el calor— dije, y pensé que era cierto; el mar apenas traía brisa y la arena se había quedado caliente hasta después del anochecer.

Aquella noche hizo demasiado calor como para dormir. Me revolqué entre las sábanas y conté las salamandras en el techo más veces de las que me puedo acordar, pero no conseguí dormirme: el calor era agobiante y las olas no dejaban de estrellarse ruidosamente contra el arrecife. Decidí salir a caminar con los pies en el agua. La luna se reflejaba en el océano una y otra vez creando una avenida iluminada que iba desde la playa hasta el horizonte.
Entré en otra de las temblorosas casas de madera que sonaban como los espantos cuando la brisa es muy fuerte. Pero hoy no había brisa.

Era la casa de José, un negro alto, ya canoso, que se sentaba en el patio del frente de su casa hasta tarde mirando el mar. Hace dos meses apenas estaba empezando el verano en la playa. Verano, en oposición a la época del año donde el temporal inunda los pisos de las casas y en el pueblo caen peces como llovidos del cielo, y se quedan retorciéndose en las calles hasta que los barren de nuevo al mar o los recogen para el almuerzo. Yo había llegado hasta ese pueblo en una avioneta destartalada, y en una pista de aterrizaje pavimentada en el medio de la selva me había encontrado con él.

Me llevó en una carreta halada por un caballo, bajo el apaleante sol mientras él cantaba vallenatos que hablaban del ron de caña y del mismo sol bajo el cual estábamos siendo arrastrados ahora.

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El lenguaje de los helechos

alejandro arcila 250Inédito

 

Niño

 

“As lighting to the Children eased
With explanation kind”
Emily Dickinson

(“como para el niño el relámpago / que alguna explicación benévola mitiga”)
J.M.A.

 

Un olor a tierra se levantó y el cielo gris, luminoso, se cerró sobre nuestras cabezas. El pueblo terminaba en esa esquina y la carretera bajaba un poco; tomando un leve giro a la derecha estaba la casa de la abuela. Papá y yo caminábamos conversando y el calor comenzaba a huir ante la inminente llegada de la lluvia.

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Libros

senora conquista 152La señora de la conquista
Novela
Víctor Montoya
Páginas 136
Grupo Editorial Kipus
2016

 

 

 

 

La señora de la conquista o el poder del lenguaje

Bajo este título La señora de la conquista, Víctor Montoya publica una nueva novela, cuya primera edición, bajo el sello del Grupo Editorial Kipus, sale en junio de 2016. Víctor Montoya es un escritor boliviano de extraña trayectoria. Joven aún, muy joven, fue torturado por los regímenes dictatoriales militares y gracias a Amnistía Internacional es liberado y llevado a Suecia en calidad de exiliado. Mientras estuvo en Suecia, nunca olvidó a su país y escribió varias obras con temática boliviana, vinculadas con su vida de exiliado, como Cuentos violentos, Ediciones Luciérnaga, Estocolmo, 1991; El laberinto del pecado, Ediciones Luciérnaga, Malmoe, 1993; Cuentos de la mina, Ediciones Luciérnaga, Estocolmo, 2000; Entre tumbas y pesadillas, Editorial heterogénesis, Lund-Suecia, 2002; Cuentos en el exilio, Ed. Kipus, Bolivia, 2011 y otras obras más que no mencionamos en este artículo.

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Libros

relato ceniza 152Relatos de ceniza
Maryse Renaud
Novela
Editorial Verbum
Páginas 216
2016

 

 

 

Quienes a través de los años hemos cuidado de una relación con el Caribe y con la isla de Martinica, esta novela, Relatos de Ceniza, de Maryse Renaud, oriunda de Martinica y profesora en Francia, ocupa inmediatamente un lugar muy especial. En efecto, como se lee en la novela, Cyparis (1875-1929) no fue el único sobreviviente de la erupción volcánica del Mont Pelée (Monte Pelado en el norte de la isla) en 1902, una erupción que destruyó «el pequeño París de las Antillas», la ciudad de Saint-Pierre, y pasó a la historia como una de las primeras catástrofes a principios del siglo XX. Y Ciparys fue (probablemente) la primera figura del siglo XX que, salida de una catástrofe, se convierte en un espectáculo, anunciando así lo que sería nuestra moderna sociedad del entretenimiento.

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Manuel Cobo. Autor de ficciones breves

carlos de la hoz 250Manuel Cobo, autor de ficciones breves, baja de su buhardilla para comprar cigarros en la tienda de la esquina. Como sólo piensa estar afuera unos pocos minutos, no juzga necesario cerrar la ventana.

La tarde es fresca, apacible, sin ruidos que perturben su trabajo, y Cobo piensa que cuando regrese podrá terminar por fin esa historia en la que trabaja desde hace un par de semanas. En verdad, resta poco: ajustar apenas unas cuantas palabras a las que no le encuentra fuerza y decidirse sobre colocar una que otra coma, detalles que él suele sortear sin dificultad. La certeza de que esta vez también podrá hacerlo cuando regrese, tiene feliz a Cobo, quien en este momento baja los escalones de uno en uno y con una sonrisa de satisfacción.

Pero durante su ausencia una repentina ventolera penetra por la ventana de la buhardilla y levanta de la mesa las hojas de papel, el bolígrafo de tinta negra, el lápiz, el borrador y hasta el pequeño diccionario de latín que Cobo conserva desde su juventud.

He aquí lo que, en un pausado pero doloroso inventario, alcanzan a ver los ojos asombrados de este escritor de ficciones breves una vez abre la puerta de su buhardilla: en un rincón de la sala, el rostro melancólico del personaje de su historia, más allá, cerca al cajón de sus queridos discos, la palabra consuelo, debajo de una silla el verbo recordar, y en la maceta de la incipiente planta de anturio, revuelta con la tierra mojada, solitaria y como aterida, la sílaba tras. Desperdigados por el suelo, también una miríada de pequeños fragmentos de palabras, letras y signos útiles para la escritura.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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