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Literatura

'La sal de los días', el último libro de Adriana Azucena Rodríguez

sal dias 250La sal de los días
Adriana Azucena Rodríguez
Minificciones
Ficción-express
2017

 

Sin dudas la minificción ha pegado de manera muy particular en América Latina. Es un género que no deja de crecer y que está muy acorde a los tiempos que vivimos. No dejan de surgir antologías especializadas sobre el tema, libros individuales e incluso ya hay editoriales que lentamente se están orientando a apoyar este género incipiente y que gana adeptos cada día. Una de las autoras que más se destaca en esta especialidad es Adriana Azucena Rodríguez. Ella tiene una sólida carrera literaria y académica y, con La sal de los días, su nuevo libro, no hace más que afirmarse como una de las escritoras fundamentales del género.

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La sonda y el ángel

menchu gutierrez 250El reservado, vulnerable Lichtenberg, oculto tras la perfecta máscara del aforismo, escribió en uno de sus cuadernos : «Autobiografía: no olvidar que una vez escribí la pregunta: ¿Qué es la aurora boreal? , la deposité en el granero de Graupner con esta dirección: A un ángel, y lleno de timidez volví a la mañana siguiente en busca de mi recado. ¡Oh, si hubiera habido un bromista que lo contestara!»

Se refiere así Lichtenberg a ese tiempo en el que, antes de que la razón entrase con bisturí en todos sus sueños y pareciera apoderarse de todo, la infinita capacidad de creer que era su infancia le permitía confiar de igual modo en las voces y en los ecos de esas voces, en las figuras y en sus sombras.

Cuando la razón finalmente llega y parece instalarse para siempre en nuestros sueños, estos mensajes encuentran otros «graneros», igualmente cargados de poder, inesperados buzones que se abren en la ranura de un armario, en el cajón medio abierto de un aparador.
En uno de sus internamientos en el manicomio -como relata en su extraordinario libro «El hombre jazmín»- la escritora Unica Zürn, segura de que se va a celebrar una fiesta, escribe mensajes a los poetas que ama en hojas de papel blanco; los enrolla y los hace volar desde la ventana «como pájaros blancos, emisarios de su transfiguración». Otro día, en el que la ventana está cerrada, invita a un poeta a visitarla; ata el mensaje con un cordón y lo deposita en el recipiente en el que la enfermera de noche guarda su instrumental. «Eso no es un buzón», le dice la enfermera, y ella no contesta: «sabe que aquella carta ya ha llegado a la otra tierra y la están leyendo.» Esa otra tierra que podría incluso ser la del mundo de los muertos.

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El agua

diego nieto 250El nacimiento viene de la muerte
y la muerte del nacimiento.
Concepción Budista
Chan Wing-Tsit

 

Con esa lentitud que delata recelo, el hombre se abrió paso entre la maleza y bajó la pendiente hasta la playa. Era la hora vertical del mediodía y no había sombras. A su izquierda y derecha, la arena se alargaba blanca; al frente, el mar, que a lo lejos se confundía con el cielo, más claro y sin nubes. En el día prefijado, avanzó con decisión. Lo detuvo la orilla. Se fijó en la espuma última de las olas: hecha añicos se arrastraba hacia sus zapatos, que finalmente mojaron. Se los quitó indignado, y al hacerlo se le cayeron las gafas. Las alzó en un movimiento mecánico y las sacudió como si fuera a necesitarlas donde iba. Mientras las acomodaba sobre la nariz, observó la inmensidad que había ido a buscar. Era agua, indudablemente. A la gente le encantaba el agua. Incluso recorría miles de kilómetros para retozar en ella y luego tumbarse al sol como elefantes marinos. Eran otros hombres esos. No escribían libros ni estudiaban filosofía; la fundación del imperio y su posterior caída les tenían sin cuidado. En el fondo, no podía negarlo en la intimidad de ese momento, aunque con muchos de ellos departiera amigablemente, los despreciaba. Cómo podía alguien perder el tiempo en el agua. Él la odiaba. Era un odio visceral. Siempre había sido así. Desde pequeño. Un profesor de educación física le había preguntado si alguna vez había estado a punto de ahogarse. Él no recordaba, por supuesto. Se limitó a responder, entonces, que el agua le daba asco. Era una sensación superior a él. El primer recuerdo que tenía era de infancia. Sus amigos se bañaban en el arroyo del Camino de Las Fuentes, antes que se lo tragara la ciudad. Era un lugar inmundo. Las aguas estaban casi estancadas; por allí cruzaba el ganado, conducido a un matadero próximo; y corriente arriba había una fábrica de vidrio que arrojaba en ellas todos sus desperdicios. No pudo evitar contrastar la fangosidad de aquel arroyo infantil con la limpidez del mar por el que avanzaba. Eran diferentes; sin embargo, en lo más recóndito de su composición química, eran una y la misma cosa; lo sabía.

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Por la memoría: Retratos y versos para los fusilados cubanos

tras rostros 250Tras los rostros
Orlando Rossardi
Editorial Aduana Vieja, Valencia
2017

 

Orlando Rossardi hilvana esta elegía con la endecha de quien se sabe testigo y anhela ser voz, romper cualquier silencio cómplice con la larga dictadura cubana que aún nos avergüenza. El poeta inspira la tristeza que desea transmitir sobre los impactantes retratos de los fusilados por el castrismo, que a diferencia de las tumbas de los soldados desconocidos sí tienen nombre y apellido para imponerse a la desmemoria histórica. Sus versos nacen desde los retratos que singularizan a cada fusilado; tal como los pintara –y pinta desde su exilio en Barcelona— el talentoso Juan Abreu.

La melancólica evocación logra en sus versos ser una estremecedora sinécdoque, parte por el todo donde un fusilado representa a todos los fusilados, donde un dolor asciende o desciende a ser el dolor, lo doloroso, la tragedia. Porque en este cuaderno que publica la Colección Atril de la cubano-hispana editorial Aduana Vieja, no se encuentran ni proclamas ni consignas. El recuerdo de los cientos de fusilamientos de disidentes elude los lugares comunes de las arengas políticas. Apenas, es decir, casi implícitamente, condena la violencia fanática, la venganza criminal. Y de ahí su mayor fuerza expresiva.

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Cuestionamiento a los movimientos políticos y artísticos de vanguardia en la obra de Roberto Bolaño

roberto bolaño 250En la obra del escritor chileno Roberto Bolaño, particularmente en Los Detectives Salvajes (1) (1998), hay una crítica no sólo a los movimientos de vanguardia y al establishment cultural mexicano, sino también a las falsas promesas revolucionarias de la izquierda latinoamericana que dejaron a las juventudes de los años setenta (a las que pertenece Roberto Bolaño) sumidas en la desesperanza.

En Los Detectives salvajes los personajes centrales (Ulises Lima y Arturo Belano) son dos escritores pertenecientes a lo que se conoce como el real visceralismo, un grupo de veinteañeros mexicanos que tienen nexos con los movimientos de vanguardia de los años veinte, sobre todo con los estridentistas y los surrealistas. Sin embargo, los real visceralistas no tratan de copiar los gestos de dichos movimientos, sino, por el contrario, mostrar su caducidad en un contexto como el latinoamericano en donde después de la matanza de estudiantes e intelectuales de izquierda en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco (2) (1968) y el asentamiento de la dictadura de Pinochet en Chile (1973-1990) los jóvenes entusiastas de la revolución no tienen cabida.

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La conversación pendiente

miguel rodriguez 251Mi hermana siempre ha estado un poco loca, lo sabemos todos en la familia, pero yo he preferido no decirle nada: ella es sensible, y éste un tema difícil de tratar que provoca comentarios incómodos en reuniones navideñas y cumpleaños. Hay cosas de las que quizás no hay por qué hablar, tampoco son tan importantes. A las muñecas con las que jugaba de niña, de hecho, no parecía importarles su estado de salud mental, y participaban con ella en conversaciones absurdas que nadie entendía, asuntos privados sobre otros juguetes que no vivían en la casa pero que formaban parte de su círculo de amigos. Siempre hubo un aparte, un mundo distante y diferenciado en el que se refugiaba y hablaba de cosas misteriosas a las que los demás no llegábamos. La buscábamos, pues, en los márgenes de las cosas, en los juguetes, en las palabras sueltas y distantes.

Con el desarrollo de la vida, mi hermana y sus juguetes dejaron un día la niñez y la casa familiar, y se llevaron consigo sus conversaciones, su locura, y lo que quedaba de mis preferencias con respecto a ambas. Se fueron de repente con sus vestidos y sus certezas, y la casa enmudeció de cordura y de soledad, y adquirió un silencio cuya naturaleza corrosiva nadie hasta entonces conocía. Las habitaciones donde antes había palabras y juegos se convirtieron de pronto en estancias a las que yo regresaba compulsivamente en busca de mi hermana, como si este comportamiento me facilitara una conexión con ella, aunque fuera a través de la locura. Jamás me interesó tan poco la vida que llamábamos normal. Pero esto tampoco funcionó, y no volví a verla ni a saber de ella durante muchos años, un tiempo en el que viví huérfano de piel y de lenguaje. Algo que aún no he llegado a comprender se apagó en mí durante aquel tiempo. Después uno visita estas habitaciones ya sin delirio, sin incendio, y se encuentra a solas con lo que queda de aquellas conversaciones, de los juegos, de la locura. Con los años, son estas estancias las que se van haciendo con la vida de la casa, las que van marcando la pauta de la conversación o de la tristeza. Fue entonces cuando, sin motivo ni señal previos, recibí una carta, su carta, en la que me anunciaba que al poco vendría a verme, a estar conmigo, su hermano, a llenar de historias los lugares callados y ausentes de mi vida.

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Por qué (y para qué) seguir hablando de literatura latinoamericana

rosalba campra 255Ponencia completa de la escritora argentina Rosalba Campra, realizada durante el V Festival de Literatura en español de Copenhague, el día viernes 29 de septiembre de 2017 en las instalaciones de la Universidad de Copenhague.

 

Una anécdota: un congreso internacional, hace unos años. Conversación con colegas conocidos en ese momento. Presentaciones. Una profesora de los Estados Unidos, cuando le preguntan “ ¿Tú de dónde eres?” responde: ”Soy americana”. Me lo preguntan a mí, mi contestación es: “Yo también”. Ella se da vuelta, y corrige: “No, tú no eres americana. Tú eres argentina”.

Recordando esta negación me pregunto aquí qué significa hablar hoy de “Latinoamérica” y si implica acaso (o no) alguna responsabilidad el definirse como “latinoamericano”. Me lo pregunto a partir de mi elección del término “América Latina”, en el título del primer libro que, hace muchos años ya, dediqué a estos problemas: una elección no solo léxica sino conceptual (1). Tomo esa anécdota como un punto de partida para las reflexiones que siguen: sobre los nombres, el objeto que designan, el itinerario recorrido entre el siglo XX y XXI, el replanteo de la identidad... ¡No puedo prometer que sean una respuesta al título que he propuesto para esta conversación!

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Mujer y denuncia en los dramas “Toda esta larga noche” de Jorge Díaz y “Tres Marías y una Rosa” de David Benavente

tres marias 250Tú no conocerás el miedo ni los platos de hojalata...
Alguien te hablará de los tiempos oscuros.
Jorge Díaz. “Toda esa larga noche”.

 

Al término de la Segunda Guerra Mundial, 1945, la división crucial en la que se vieron inmersas las naciones del mundo fue un momento cúspide para lo que sería el desarrollo histórico en la segunda mitad del siglo XX. La polarización de las dos fuerzas políticas y económicas como fueron el capitalismo y el comunismo llevó a los países a circunscribir sus ideologías, dinámicas sociales, políticas y económicas dentro de uno u otro de los dos países que conformaban estos frentes: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y los Estados Unidos de América. Esta situación dio inicio a la Guerra Fría e instó a los países a nivel mundial a tomar partido por alguna de estas dos fuerzas de poder.

El surgimiento de estos dos grupos de poder a nivel mundial ocasionó que en los países latinoamericanos se manifestaran choques sobre las vías que debían implantar los gobiernos, es decir alinearse a ideologías capitalistas o socialistas. Esta situación creó dos frentes de poder que luchaban por un mismo fin pero con diferentes concepciones de la realidad latinoamericana, mientras el gobierno optaba por la soberanía nacional ayudados por la potencia capitalista, Estados Unidos de América, las guerrillas luchaban por sus ideales patrióticos a través del socialismo, fundamentado en las revoluciones sociales surgidas en el siglo XX como fueron la Revolución Mexicana (1910), Rusa (1917), Cubana (1959) y Nicaragüense (1979).

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¿Apenas se escriben reseñas literarias?

angel rama 250Inédita
En exclusiva para Aurora Boreal®

 

Porque casi no se pagan. Porque pocos las leen. Porque las asociaciones de bombos mutuos las han desprestigiado. Porque las editoriales las han convertido en publicidad. Porque muchos diarios han perdido el mierdómetro y publican reseñas horrendas. Porque las universidades no privilegian textos valorativos tan breves. Porque Twitter, Facebook, chateos y textos electrónicos las han hecho obsoletas…

Un poco de cada causa anterior, quizás en otro orden. Lo cierto es que las reseñas –y en general la crítica— anda a la zaga de la creación literaria, sea o no de ficción: poemas, novelas, cuentos, crónicas, tragedias, ensayos… El crítico en 2017 no sólo puede ser el clásico aguafiestas del que se burlaban en el siglo XIX y en casi todo el siglo pasado; sino una rara ave, especie en extinción, bicho extraño a los actuales recintos de la literatura.

Escasas reseñas en cualquier lengua. De escasa calidad, por lo general, hasta en revistas y semanarios poderosos, de largo –más bien antiguo-- prestigio. Escasas firmas reconocidas. Escasez de alicientes para los creadores, que ven cómo sus libros pasan inadvertidos, instantáneamente olvidados tras la noche de su presentación, con el consuelo de convertirse en long sellers, por el aquello de que el futuro aguanta cualquier pegatina. Escaso circuito para que interactúe el clásico trío emisor-mensaje-receptor. Y para colmo: escasa protección del reseñador, que suele recibir bombones y caramelos deletéreos.

Al casi velorio de la reseña asisten diversos invitados, no siempre dolientes o plañideras. Los más cómicos –hasta cuando se vuelven patéticos— son aquellos autores cuyos respectivos egos tienen pedestales de granito. No resisten la más mínima objeción a sus textos. Ven detrás de ellas sórdidos complots contra sus personas. Cada objeción es sufrida como lanzada por una bruja transalpina, vampiresa de novela gótica. Exigen los calificativos más sublimes, entre los cuales dos o tres “genial”, dos o tres “imperecedero”, dos o tres “incomparable”, arman la melosa melodía que danza en sus oídos. No compararlos con los más sólidos valores del canon, no exaltar su sorprendente originalidad o no asegurar que perdurarán para siempre jamás, son ofensas capaces de engrifarlos. Confunden reseña con panegírico. Hasta lloran de emoción cuando escuchan o leen que son el cogollito de la élite. Darían más risa si no fueran tantos, si no fueran tan burdos, si no albergaran tanto resentimiento ante los que no reconocen su excepcionalidad.

Detrás de los simpáticos ególatras –donde se incluyen muchos académicos de la lengua española-- se mueve una variopinta comparsa. La forman multiculturalistas y multigenéricos y multiraciales y multigeneracionales y siempre multi de algo. De algo donde los valores artísticos y estéticos suelen aparecer subordinados a un credo o doctrina, a una condición o característica exógena a las literarias. Sólo aplauden, en consecuencia, reseñas lastradas por lo que pregonan. Y si no empiezan por exaltar tales “méritos”, sencillamente las consideran deficientes, imperfectas. Impropias de lo que aún llaman “intelectual orgánico”, entre otras premisas neohegelianas, provenientes de la desvencijada estética marxista y las otras filiales deterministas.

Me consta –he padecido en cuartilla propia— los malos humores con los que han reaccionado algunos autores que he tenido el mal tino de reseñar. Omito nombres, aunque no soy culpable de que algún avezado lector adivine de quiénes trato. Al parecer, ahora que busco los ejemplos, este fenómeno suele abundar más entre poetas. Quizás se deba a que la susceptibilidad es proporcional al atiborramiento de autores, que como se sabe ni siquiera suelen leerse entre ellos, porque de no ser así las ediciones –que no suelen pasar de los quinientos ejemplares-- se agotarían, no dormirían en los abochornados closets o sin que nadie las marcara en sus sitios webs.

Tres muestras para no caer en otro atiborramiento: Un cuaderno de poemas que al comentarlo dije que la exiliada newyorquina es una poetisa, femenino de poeta, como lo es actriz y no actor, heroína y no héroe; otro cuaderno cuyo autor mexicano es gay, pero no lo mencioné porque no creo que tal inclinación o actuación o predilección otorgue talento, y porque para aquellos poemas es una información irrelevante, lejana al mediano talento del conocido homosexual; y por último un cuaderno de poemas donde el cubano reside en Cuba y no se me ocurrió ofrecer ese dato periférico, poco significativo para la tranquila valoración sin virus político.

No me quejo, me gusta personificar al crítico literario. Pero hay que tener una fuerte vocación para no abandonar la escritura de reseñas, dejárselas al viento, como soñaba León Felipe para sus poemas.

“¿Serás masoquista?” –una vez me preguntó burlón un amigo colombiano, tras leer unos comentarios donde la rabiosa envidia al libro y al autor que yo valoraba competía con una ignorancia insondable, digna de una telenovela mexicana; con un odio hacia mí por recomendar su lectura que parecía sacado del pavoroso Gabinete del doctor Caligari; comentarios desde luego que escondidos en el anonimato, fea palabra no atajada por publicaciones temerosas de perder clientela y no estar a la altura de la tan falsa –por demagoga e inducida-- moda interactiva.
Tantas reticencias tal vez expliquen por qué muchos periodistas del sector cultural han abandonado la escritura de reseñas para devenir entrevistadores. La entrevista les ahorra trabajo y conflictos. Muchas veces salen del apuro hasta sin leerse la obra o conocer medianamente al autor. Un poeta cubano le sugirió a un crítico que preparaba todo un libro de conversaciones con él, que tenían que dividir los derechos de autor por lo menos a partes iguales. Y tenía razón, tacañerías aparte. La grabadora le ganaba a las horas-nalgas de la investigación y estudio, de la redacción.

No es común encontrar entrevistas donde se disfrute un diálogo crítico, una conversación chispeante donde el entrevistador pinche al autor con sus puntos de vista, productos de su lectura atenta y no de un prontuario que se repite con la misma haraganería que las malas reseñas. Mediocridad y prisa, junto a cicatera remuneración –y la subsecuente baja exigencia--, son los cómplices del bodrio. Un bodrio que indigesta las actuales publicaciones de habla hispana, casi sin excepción.

la casa verde 350En 2017, cuando celebramos que La Casa Verde cumple cincuenta años de haber recibido el entonces prestigioso y primer Premio Rómulo Gallegos, he tenido el enojoso privilegio de empezar a leer varias reseñas que sencillamente indican que las informaciones y juicios son de tijera y goma de pegar, no de la lectura –y menos relectura-- de la que consideramos mejor novela de Mario Vargas Llosa. Diarios prestigiosos en otras secciones, resbalan aquí con reseñas indignas de su público, sea en Barcelona o Miami o Puebla.

De ahí la defensa contra lecturas fútiles, inanes. Por encima de que ahora lo “moderno” parece ser no tener convicciones, no defender opiniones argumentadas; a favor de un relativismo donde la masificación –con su aporte comercial— está determinando la solicitud de reseñas, las prioridades en las ferias del libro. La trivialización como forma evidente del analfabetismo funcional colorea hasta programas de literatura en la enseñanza media de muchos países, según puede constatarse en la relación de obras literarias que incluyen. Novelas sin substancia de la pretenciosa Isabel Allende o supuestos poemas cochinos de Pedro Juan Gutiérrez y sus jóvenes epígonos cubanos --que harían reír a Charles Bokowski y jamás conseguirían una Black Sparrow Press--; parecen nublar las entendederas de entusiastas articulistas.

¿Por qué apenas se escriben reseñas literarias?, es una pregunta que puede complementarse: ¿Por qué se escriben reseñas sin un mínimo de profesionalismo? Lo evidente es que son pocas y suelen ser malas, ásperos adjetivos que arman mi opinión. Una opinión tal vez provisional, aunque ya no entro a beber al Bar Esperanza.

Lo armo a partir del conocido chiste francés: Un famoso crítico parisino recibe la invitación de un poeta a cenar en el excepcional La Tour d’Argent, esquina opuesta al Pont de Sally, sobre el Sena. Por supuesto que acepta. En las dos semanas siguientes se suceden las invitaciones: L’Olympia, Opera Bastille, Moulin Rouge, Lido… A los postres en el exclusivo Epicure, mientras el camarero abría la oportuna botella de champán, el poeta le comenta que acababa de salir su último cuaderno de poemas. El crítico, tras un breve sorbo, le dice que enseguida lo había leído. El poeta se decide a lanzarse a fondo: “Pero usted no le ha escrito ninguna reseña”. El crítico apura la copa, la llena de nuevo. Responde: “Caramba, hay un equívoco. Yo pensaba que sus atenciones eran por mi silencio”.

¿Serán del silencio las mejores reseñas? ¿Existe alguna que por casualidad no responda a ritos sociales o compromisos amistosos? ¿Es que tal vez los avances electrónicos las han hecho obsoletas, aunque el pobre crítico tenga que apurar un café con un pastelito de guayaba, en alguna esquina de Madrid o Bogotá, de Ciudad de México; apenas un croissant en París con aguacero y sin euros?

Sin embargo, esta misma mañana empezaré a escribir –a gusto— unas tres o cuatro páginas para leer en la presentación de un libro de poemas. Tales textos de introducción, prólogos o notas de contracubierta, son las que a veces convierto en reseñas. ¿Seré masoquista? ¿Funciona como si fuera un vicio que por edulcorarlo disfrazo de vocación crítica? Quizás se deba a un refrán que dice: “Perro huevero, aunque le quemen el hocico”. O no. Más sencillo: son aquellas reseñas de Jorge Luis Borges y Octavio Paz las que me atan al oficio, con las que juego a lograr un pequeño desvío llamado clinamen, acentos y guiños, tributos que me proporcionan un placer inefable cuando los escribo.

Porque hay un placer cuando se trabaja en una reseña o recensión que parte de apuntes al texto, subrayados en el volumen o pantalla, colorines para destacar o denostar, búsquedas de referencias o de otros libros, verificaciones de citas y autores, redacción de la primera versión, tachaduras y añadidos, alertas para no confundir opiniones con evidencias, preguntas a la sintaxis, dudas sobre la amenidad, ocurrencias previas a la versión no definitiva porque esa no existe –los tips están en Google--, sino que se manda a la publicación correspondiente para salir de ella o porque se venció el plazo o llegó la fecha de la presentación, que en algunos países llaman bautizo y en otros lanzamiento.

Sin embargo –autores empecinados, contratados o fortuitos incluidos--, lo cierto es que apenas se escriben reseñas en proporción justa a los libros que se publican. Apuesto que ni una por cada diez libros de ficción y ensayo… De ahí también se deriva que encontrarse una polémica entre comentaristas de un autor o libro –tan beneficiosa para mover los mares literarios-- es tan insólito como enterarse de que un nuevo cuaderno de poemas se ha agotado; salvo cuando se trata del descubrimiento de un inédito perteneciente a un poeta canónico: Un Heberto Padilla que hubiera olvidado en su natal Puerta de Golpe una libreta con poemas manuscritos; un Juan Gelman que tradujo pero mandó a su nieta los últimos poemas de su heterónimo Sidney West…

El prefijo Re y el sustantivo Seña, exhiben varios significados. Cuando se juntan doblan la apuesta de identidad. Las señales repetidas –claro está— dependen del centro emisor y del objeto cuya independencia siempre está modulada, en crisis, investida de nuevas contingencias… La cierta provisionalidad, sin embargo, no debe amedrentarnos, apostamos siempre a que la re-seña acierte hoy y deje algo para mañana. Ahí radica el placer del juego valorativo, que paga la factura. Tal vez si insistiéramos en ese placer hallaríamos más reseñadores, aunque el horno de estos tiempos se empeña en romper cualquier calma, no está --¿cuándo lo ha estado?— para galleticas exegéticas de obras de arte literario.

En Aventura, otoño y 2017

 

jose prats sariol 351José Prats Sariol
La Habana, 1946. Hizo estudios de literatura en la Universidad de La Habana con una tesis sobre José Lezama Lima. Es crítico literario, novelista, ensayista y catedrático universitario. Actualmente es profesor principal de literatura en la Arizona State University. De José Prats Sariol (La Habana, 1946) dijo José Lezama Lima: “Armado de un sentido crítico que colma en la balanza la trenza de la lechuza y el arcoíris del sunsún”, para caracterizar su internacionalmente reconocida obra. A sus novelas Mariel, Lila y Guanabo gay, se suman varios libros de cuentos, en el 2013 publica su libro de cuentos Por si o por no en Editorial Aurora Boreal®. Ha publicado también libros de crítica literaria: Por la poesía cubana, Criticar al crítico, Estudios de poesía cubana, Pellicer río de voces, No leas poesía y Lezama Lima o el azar concurrente; se enriquecieron en 2016 con dos nuevos títulos: Leer por gusto y Erritas agridulces. En el 2016 también apareció Sangre en Níjar (cuentos) y en 2017 publicará su nueva novela Pobre corazón.

Material enviado a Aurora Boreal® por José Prats Sariol. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de José Prats Sariol. Foto José Prats Sariol © José Prats Sariol. Carátula La Casa Verde © y foto de Ángel Rama tomados de internet.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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