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Puro Cuento

Los secretos de las aves en Carurú

yadira segura 250Inédito

 

 

La luz eléctrica de la única calle que tenía el pueblo se había apagado, como se habían apagado los colores de las casas de madera. Eran las doce de la noche y, desde la base militar, se alcanzaba a vislumbrar algún fuego tenue que poco a poco iba desvaneciéndose. Una quietud majestuosa cubría la oscuridad de la selva inmensa, engendrando ese pequeño rectángulo de tierra que decoraba la orilla del río Vaupés. El río estaba silencioso y el ulular del búho se repetía incansable. Carurú dormía un apacible sueño.

Las noches de guardia siempre le parecían largas y el cansancio era inevitable. Una fina capa sudorosa y aceitosa le cubría el cuerpo, rociándolo de calor y frío a la vez. Sentía la humedad pegada a la piel y a las botas de combate; movía con desesperación los pies intentado secarlos. Buscó una silla y se sentó en frente de la garita. Observó a lado y lado y vio que sus otros compañeros de guardia rondaban silenciosos. Sacó del bolsillo de su camisa el último cigarrillo y, con pausado esmero, le extrajo la nicotina y lo rellenó con la poca marihuana que aún le quedaba. Fumó profundamente y exhaló despacio, dibujando humaredas prolongadas que iban alargando su vuelo fantasmal, espantando el revoloteo incesante de mosquitos. ¡Qué paz y qué tranquilidad le ofrecía la noche! ¡Qué grandiosa y sublime era la naturaleza cuando nada la perturba! Cerró los ojos e imaginó que el sonido majestuoso de la selva nocturna sólo se entonaba para él. Una noche sin el ruido escandaloso de las voces humanas y sin el bullicio embriagador de Los luceros —esos indios borrachos que no podían avanzar más de cinco pasos sin caer inconscientes en cualquier parte— y sin el estruendo de las balas, parecía una experiencia quimérica en el paraíso selvático. Inhaló el último resto de cigarro que le quedaba y, en medio de la tranquilidad y bajo el arrullo de los sonidos de la selva, miró fijamente la única compañía real que tenía en las noches de soledad: “Raúl”, fiel compañero de luchas y parrandas y el mejor aliado en el campo de combate. Su fusil lo acompañaba a todas partes. Lo abrazó, con afecto, como sólo se puede abrazar a un gran colega, mientras los recuerdos pululaban.

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Recuerdos apócrifos

santiago:vesag 250Inédito

 

Día uno

¿Has sentido el vértigo de recuerdos? La impresión de caída que da ver algo brevemente en la memoria. Me ha pasado. Justo ayer vi a una mujer que se peinaba y me acordé de ti. Se peinaba frente a una ventana y me acordé de ti. Era la ventana del Emerald Trade Center y me acordé de ti. La señora era indigente. ¿Por qué me acordé de ti? Quizá por la forma en cómo se pavoneaba frente a su propio reflejo, como lo hacías tú frente a algún otro espejo más halagador.

     “Vos que dijisteis a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento, y en
      persona suya a todos vuestros devotos, estas palabras tan consoladoras para
      nuestra pobre humanidad agobiada y doliente: todo lo que quieras pedir,
      pídelo por los méritos de mi infancia y nada se te será negado”.

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Solos

imagen prostituta chinaWe live, as we dream—alone. . . .
Joseph Conrad

 

En cuanto el chasquido de la llave resonó por el pasillo y las escaleras vacías, el hombre, con las yemas de los dedos, empujó la puerta, tanteó la pared a su derecha, encendió la luz y se volvió a la mujer:

—Pasa. Como si estuvieras en tu propia casa —a ellas siempre había que cederles el paso, no importaba lo que fueran o el país del que vinieran; así le habían enseñado de niño y así debía ser.

La mujer, acostumbrada a entrar en viviendas de extraños, miró a su alrededor sin reparo: el vestíbulo pequeño y su perchero, la cocina a la izquierda, el cuarto de baño a la derecha, otra puerta y su penumbra, que más que miedo le produjo curiosidad. Él entró y, sobre una mesita frente al sofá, encendió una lámpara que dio una luz blanco azulada.

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La tarde

araceli 050Le gustaba mirar por la ventanilla las casas chatas, los pastos salvajemente largos, los árboles erguidos como estatuas heladas, los troncos pintados con cal para que no se los coman las hormigas. Le gustaba disfrutar del paisaje pobre, de esa ausencia de edificación lujosa, de esa misteriosa desolación de la Provincia de Buenos Aires al sur. Pasaban árboles y más árboles, también las piletas con el agua azul de los clubes de Avellaneda. Faltaba poco para llegar. El sol empezaba a entibiarse. El guarda pide el boleto. Los ojos como dos alfileres de cabecita miran como inyectándose en las caras de las personas. Y después mirar los afiches en el fondo del vagón, el olor a encierro, el tufo del tren.

Imaginarme el piso de la casa al caminar, la madera crujiendo, las paredes silenciosas, los techos altos. El jardín…

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Sopa de letras

farides lugo zuleta 250Abre la boca, hijo.

Ahí venía una enorme cucharada con la letra “G”. El niño cerró los ojos por la fuerza violenta del recuerdo. No quedaban muchos chicos en la escuela, los más grandes marcharon a sus hogares y los menores fueron recogidos puntualmente por sus familias. El niño sabía que debía esperar; su madre no era capaz de salir de casa sin terminar el capítulo de la última telenovela de la mañana. Ella quedaba intrigadísima, aunque fuera evidente cómo se desarrollaría el resto de la trama. Cogía las llaves, abría la puerta, hacía el amague, pero no salía por completo, medio cuerpo permanecía dentro de la estancia mientras miraba fascinada los avances del siguiente episodio. Esos adelantos eran tan largos, que resulta inexplicable que ella no se preguntara: “¿Para qué vérmela mañana si ya me lo dijeron todo?”. Daba un portazo y salía de prisa sin apagar el televisor. Como de costumbre, se le hizo tardísimo para recoger a su pequeño.

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