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Puro Cuento

El baile de la garza

irma del aguila 251El cierre del blue jeans se ha trabado. Yoli, la muchacha bóóraá, jala del tirador repetidas veces, intentado zafar la tela de la abrazadera, pero es inútil, lo único que consigue es hundir la costura en el pliegue de su sexo. Como no lleva ropa interior, la operación resulta incómoda. Por fin desiste y se enfunda el pantalón a la diabla.
El blue jeans le ciñe las piernas delgadas, el ruedo cubre gran parte del empeine, pero deja al descubierto los dedos de unos pies trajinados por igual en selva y descampado. Una camiseta de algodón mangas cero con las letras “Inka Cola” le cubre holgadamente el torso. El pantalón es de segunda mano, recibido en trueque a cambio de una falda nativa hecha de corteza de ojé. La prenda se la dejó una adolescente que cursa la secundaria en un colegio de Iquitos y que llegó en excursión el día anterior con sus compañeros y maestra, surcando en lancha el río Momón. A la chica iquiteña le pareció “maldita” la falda nativa que no estaba hecha de ningún material que hubiera visto en los mercadillos de Iquitos, ni algodón, ni lana, ni siquiera nylon u otro derivado sintético. “Y con rayas que ya no se borran más nunca, pintadas con tinte de resina mashinango”, le explicó la muchacha bóoraá mientras restregaba la tela con los puños para luego alisarla sobre su regazo, con ayuda de la palma y dedos de la mano, dejando que la clienta contemple el prodigio. Yoli codiciaba el pantalón y no cejó en su empeño hasta hacerlo suyo, “la resina se come la piel de tu mano cuando la machacas”, el puño cerrado golpeó una y otra vez la palma abierta para ilustrar el trabajoso proceso de obtención del tinte natural.

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In God We Trust

diego trelles 250La corbata de papá es roja, blanca y azul.
La medalla del señor sin piernas tiene los mismos colores pero las estrellitas salpicadas son más pequeñas. Aún no tengo corbata porque Dick piensa que los niños no debemos usarla. Creo que se equivoca: yo ya no soy un niño, en seis días cumpliré doce. Dick me dijo que tendría una sorpresa por mi cumpleaños, pero no mencionó la corbata. Dijo: «haremos una pequeña fiesta con todos nuestros hermanos» y eso fue un poco tonto porque todos los hombres del mundo son nuestros hermanos o al menos eso dice Dick, y si nuestro pastor dice algo, hay que escucharlo con todos los sentidos y con el corazón.
Me gustaría invitar a mi fiesta al señor de la medalla. El pobre está amarrado a uno de los asientos del bus y tiene que esperar a que el conductor lo libere para mover su silla de ruedas. ¿Será un soldado héroe, un policía valiente?... ¡Jo!, no tengo ni la menor idea, pero sé que a Dick le gustaría mucho su camiseta. In God We Trust se lee y yo entiendo muy bien lo que significa y, por eso, también comprendo que es una persona feliz a la que no le importa vivir sentada. Hay, sin embargo, algo de misterioso en su sonrisa. Algo que me asusta y me intriga al mismo tiempo. No me sorprendería, por ejemplo, que el hombre sin piernas empezara a llorar. Aunque quién sabe. Cuando mi papá llora (se encierra en el baño creyendo que no me doy cuenta), se me hace un nudo de aire en la garganta y doy vueltas en casa como si algo muy importante se me hubiese perdido. Algo que nunca he tenido pero igual busco.

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Champs-Elysées - 1946

christiane felip 250Una joven cruza corriendo los Campos Elíseos desiertos. Sólo se ven, en segundo plano y a la izquierda, las formas borrosas de dos autos, el primero escondiendo parcialmente al segundo. Tras los autos, el edificio que ocupa la casi totalidad de la foto forma esquina con una calle oscura. Destaca su regularidad arquitectónica: cuatro pisos, ventanas altas con balcón. Un balcón parece bordear todo el último piso, por lo menos en la parte que da a los Campos Elíseos. La fachada que da a la otra calle, dada la perspectiva oblicua, no es nítida. Además, las siluetas de los árboles que extienden sus ramas desnudas la tapan en parte. En realidad, quizás “tapar” no sea la palabra adecuada porque a través de las ramas se ve en parte la fachada, pero el enjambre de las ramas teje una red a partir del segundo piso y sólo se adivinan las ventanas por el contraste entre sus manchas negras alargadas y el color claro de la fachada. A la extrema izquierda, contiguo al de cuatro pisos, hay otro edificio más alto cuya construcción más moderna rompe con la sobriedad del primero. No parece ser de viviendas sino más bien de oficinas.
Los dos autos, los dos árboles, los dos edificios, han salido borrosos porque el primer plano es el de la joven que cruza en diagonal el paso peatonal. Lo cruza corriendo, de la izquierda hacia la derecha. No ocupa exactamente el centro de la foto. Su espalda es la que marca el centro pues está en la prolongación exacta de una hilera vertical de cuatro ventanas del primer edificio, las últimas de la derecha que dan a la avenida, es decir justo antes de la esquina con la otra calle. Por lo tanto el cuerpo de la muchacha ocupa el inicio de la segunda mitad derecha de la foto, partiendo del centro, claro. Sólo pertenecen a la mitad izquierda la pierna derecha, parte de la maleta y el abrigo a altura de las caderas.

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El violinista de las montañas

karina pacheco 250

En las cumbres más altas que rodean el pueblo de Lawa-Lawa habitaba un violinista al que todos conocían pero a quien nadie había visto jamás. Dicen que muchas alpacas y ovejas desaparecieron mientras bailaban seducidas al son de sus notas encantadoras y que las mismas nubes dejaban de llover mientras vibraran las cuerdas de aquel violín. Los abuelos cuentan que su repertorio crecía con cada luna llena y que en noches claras como esas, los pastores se cubrían las orejas para no dejarse arrastrar hasta los abismos donde mejor se escuchaba ese concierto. De los hombres y animales desaparecidos, de los que volvieron confusos y enloquecidos de las montañas, se echó la culpa al violinista; aunque su música siguiera alentando ternura en los pechos de los oyentes, cuyos corazones se agitaban como tambores.
¿Procede la música del cielo, o es la única propiedad divina que los ángeles caídos lograron retener en el mundo subterráneo? Porque aunque del cielo parece llegar el conmovedor sonido del violín, son los pies los que danzan besando en cada paso la tierra. Ni en sequía ni en estación de tormenta aquellas melodías dejaban de sonar. En diferentes épocas la gente entendió que habían sido compuestas para entregarse a la vida: los enamorados al amor valiente; los ancianos a la alegría en sus últimos días, y los niños que con sus trompos retozaban por el campo creían que servían para prolongar el tiempo de sus juegos.

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La caja del ruido

miguel rodriguez 250Llegó y dijo que quería verla, y ya nos sobrecogimos.
‘Abrirla’, pensamos, aunque no fue eso lo que dijo, solo verla. Nos miramos todos, todos lo sabíamos igual que se sabe que alguien tiene cáncer y nadie habla de ello por si las palabras despiertan a los demonios. Tampoco era un secreto, porque los secretos se comparten; esto más bien era una muerte, algo que no existe, o que existió pero ya no existe, y por lo tanto algo que tampoco existió. Es lo que tiene la memoria, te puede destrozar la vida en un momento. Todo esto vimos en los ojos de los otros al mirarnos. O tal vez nos lo imaginamos, tal vez solo fue un cuento como los que nos contaban nuestros padres por la noche, llenos de monstruos.
Llegó como las tormentas, sin avisar y sin explicaciones. Ni siquiera conocíamos su cara, pero lo supimos al instante, solo podía ser ella, nadie más estaba al tanto de esta sombra de mi familia. Yo sabía que alguna vez vendría, lo sabía y lo temía, quizás me lo contaron mis padres llenos de monstruos. Creo que nací en esta casa con ese conocimiento, que algún día vendría y querría verla, y que nadie sería capaz de interponerse. Creo que he vivido aquí para ver este día.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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