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Puro Cuento

Gastón el bibliófago

vivian jiménez 250Sería injusto decir que Gastón es un bibliófago. Si consideramos que así les llaman a los insectos que se alimentan de papel, que reducen a trizas los libros, sin importar la calidad ni antigüedad, Gastón no lo es.
En uno de sus textos Claudio Magris cuenta que un hombre, durante la guerra civil española, huyendo de la violencia y las amenazas, se escondió durante meses entre los libros abandonados de la muy dañada Biblioteca de Madrid. Magris imaginaba a aquel hombre saliendo en las noches, arriesgándose para buscar comida y luego regresar veloz a los anaqueles más seguros. Quizá usaba algún libro como plato y arrancaba las hojas de otro para envolver los restos que desprendieran olores comprometedores, aunque los alimentos podridos en la guerra, jamás superan el olor de la sangre.
Me lo imaginé protegiéndose entre paredes enciclopédicas, haciendo almohadas de sinónimos y antónimos para intentar equilibrar su incertidumbre. Los libros salvaban a ese hombre en riesgo, a un solo hombre que Magris no pudo olvidar y llamó bibliófago. Más o menos así me supuse a Gastón.
La primera noche de visita en Miami, llegó a buscarme mi gran amiga. Después de un abrazo prolongado como la cantidad de años que estuvimos sin vernos, no supimos qué decir, qué proponer ni qué preguntar. El abrazo se lo había llevado todo. Finalmente, nos rescató el timbre de su teléfono, y aunque no lo atendió, la encaminó a una propuesta, visitar la Cinemateca. Ante situaciones que no sabíamos controlar, mi amiga siempre fue así, tomaba la iniciativa lanzando lo primero que se le ocurría.

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Mar afuera

gunter silva 250Una vez que se entra en el mar se entra en la cadena alimenticia. El hombre de la televisión dice además que las posibilidades de ser atacado por un tiburón son de uno en tres punto ocho millones. Si estás a punto de ser atacado por un tiburón, debes darle un golpe en la nariz o en el ojo. El ojo es mejor, pero esto no lo dice el hombre de la televisión, eso lo dice Homero Simpson, en el programa de las seis de la tarde.
Si se perfora el ojo, el terrible escualo se lastima y se va. Si le das un puñete en la nariz, puede atontarlo, aunque sólo por un breve momento. ¿Has probado dar puñetes en el agua? Créeme, es difícil. Yo daba puñetazos en la piscina cuando papá vivía y me llevaba a nadar al club para niños. En cualquier caso, eso es lo que se supone que debes hacer cuando estás a punto de ser atacado por un tiburón. Por eso, cuando Estuardo vino a quitarme la lonchera, lancé mi puño con fuerza en su rostro gordo y malvado.
Estuardo es un tiburón. Es grande, rápido y glotón, suele quitarnos las loncheras a la hora del recreo. Su rostro se compone sobre todo de nariz y dientes. ¿Alguna vez has notado cómo los tiburones siempre parecen estar sonriendo? Estuardo sonríe mucho, sonríe porque siempre consigue lo que quiere. Camina con otros dos niños de su grado, ellos gobiernan el patio de recreo, dan vueltas esperando el momento adecuado para atacar. Su piel es blanca y grisácea, pensé que sería dura y fría al tacto, pero la sentí suave y cálida cuando golpeé su nariz. Nunca había dado un puñetazo a nadie, pero eso es lo que se hace cuando estás luchando contra un tiburón.

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¿Cuándo llegan los jíbaros?

richard parra 250Entre víboras y nubarrones de bichos, se internan en el monte, macheteando la maleza. Su misión: apostarse en el extremo oriental del fuerte Yaupi.
El Coronel les dijo:
—Si un mono cruza la frontera, yo mismo los degüello a los tres por cagones.
Ahora la bruma y el bochorno se retiran y Oropesa destapa una cantimplora de aguardiente con carambola.
—¿Cabo Oropesa, y quién ganará la guerra? —pregunta Melesio—. ¿Los nazis o los ingleses?
—Los ingleses no aguantarán. Imagínate: los franchutes cayeron teniendo más poderío bélico.
—¿Y los rusos? —pregunta Amílcar.
—Esos comunistas se jodieron —dice Oropesa—. Hitler se lo tragará vivo a Stalin. Ya verán. Si se chifó a Francia enterita, si puso las patotas en París, imagínense qué hará con Moscú. Dicen que las rusas son bien ricas, van a cachar como gallos.
—¿Cómo un solo país le va a ganar a medio mundo? —pregunta Melesio—. No estarán exagerando. Eso no me lo creo, mi cabo.
—Alemania tiene el mejor ejército, inteligencia y propaganda del mundo —dice Oropesa—. Son los mejores vestidos además. Yo no soy mezquino, Melesio, ni mala leche como creo eres tú, que siempre metes raje.
—¿Y le conviene a Perú que ganen los nazis?
—Ya te dije: los peruanos son unos cojudos pisados por los americanos. Prado hace lo que Roosevelt diga. Pero en el ejército las cosas son distintas. Hay oficiales que para afuera dicen que son pro-americanos, aunque por dentro les guste Hitler.
—Sin embargo —continúa Oropesa—, en lugar de andar quejándose tanto de Alemania, por aquello de las olimpiadas, los peruanos debieran aliarse con ella. Necesitamos esa disciplina mezclada con nuestra pendejada.
—¿Y de verdad que en Lima hay nazis, mi cabo? —pregunta Melesio.
—Los vi en el periódico, cachorro. Gente blanquiñosa. También criollazos. ¿Pero indios o cholos? No creo, Melesio. Esos solo llegan hasta sacristanes como tú.

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M

carlos villacorta 250M is for…

 

 

 

Abrió el compartimiento del lado derecho de su escritorio donde solía guardar la botella de Scotch y un vaso. La base redonda, curvo en sus lados para poder ser sujetado mejor con los dedos y girarlo a su antojo. Colocó primero una esfera de hielo, perfecta, donde podría reflejar la habitación como si mirara por la ventana en un día de invierno. Vertió el alcohol mientras la esfera de hielo giraba sobre su cóncava base. Dejó que, lentamente, el hielo fuera enfriando el líquido antes de llevárselo a los labios y sorber sin ningún apuro mientras esperaba al siguiente candidato.
Sobre el escritorio, yacía su dossier junto al de otros cientos de solicitudes para el puesto que lo observaban impávidas. ¿Sabrían acaso estas personas de lo que se trataba? ¿Estarían preparados para cubrir tamaña vacante? Lo dudaba. Miró algunos curriculums al azar. Nombres: Arthur Belain, Richard Pietri, Benjamin Alster. Misiones: Seguridad del Estado, asignado en Moscú, Fuerzas Especiales en Iraq, Operación Kim Duk en Corea del Norte, un largo etc. Ninguno lo sorprendía demasiado, quizás porque el mundo tampoco le sorprendía demasiado. A eso se había reducido su vida: sentarse detrás del escritorio de bambú a leer los correos electrónicos que le llegaban desde la oficina del gobierno, lidiar con la burocracia civil que no sabía diferenciar un turco de un árabe, de un marroquí, de un chino, de un japonés, de un norcoreano. ¡Maldición! —¿pensó. Él también se estaba convirtiendo en una reliquia de la Guerra Fría.

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Regreso a Ítaca

luis hernan castaneda 250Yo, el hombre de muchos senderos, no merezco el amor de mi mujer, no merezco esa ingenuidad que me daña con su belleza, no merezco la culpa atroz de ser el perro incapaz de corresponderla y no merezco el sacrificio perverso de sus ojos cerrados, el suicidio de una mirada que me ha sido entregada sin reservas.
Soñé que yacíamos entre pellejos después de hacer el amor. Ella alzaba la manta y, observando fijamente mi cuerpo desnudo, me confeccionaba un traje de hebras níveas, una larga cabellera blanca que florecía desde mi cabeza y me envolvía como un velo de mentiras imperfectas. Después avanzaba una mano insegura intentando creer, sintiendo titilar el nacimiento de la fe, y sonreía victoriosa, torcía una comisura traviesa porque había vencido una resistencia, había demostrado que, de entonces en adelante, yo no sería el único facultado para extasiarse con la visión de la criatura.
La noche en que llegué a la isla, ella me observaba con sus grandes ojos inmóviles mientras yo me desceñía la túnica polvosa. La lentitud de mis movimientos debió de parecerle una consecuencia natural del cansancio de los viajeros. Me acomodé a su diestra para contárselo todo desde el principio, según la promesa que me había hecho cuando surcaba el océano. Descuida, le dije, sé que no puedes verme. Tus ojos no están hechos para percibir mi metamorfosis. No tendría la desvergüenza de pedirte que me creyeras cuando afirmo que la totalidad de mi piel está cubierta de pelo, y que la única señal que recuerda mi antigua apariencia son mis ojos cercados por una inagotable selva blanca.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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