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Puro Cuento

En algún lugar un escritor

marcelo_002La noticia de la muerte de Agustín me llegó a través de voces tristes, apenadas, quebradas. Luego los reporteros de los periódicos más importantes del mundo se sumaron a la lista, mientras que las universidades ya barajaban la idea de alguna conferencia, de algún curso sobre uno de los escritores más importante de los últimos 50 años. Las voces, lejanas, extrañas y, algunas, cortadas por el llanto, estaban unidas en un increíble hilo de dolor y asombro que la muerte de Agustín les había provocado. En aquellas manifestaciones yo sentía la congoja de aquellos que ahora borraban a un amigo de la lista.
La muerte es un acto que muestra la monotonía de los seres humanos. Es por ello que no puedo más que conmoverme ante la pérdida de un amigo. Renuncio, eso sí, a las explicaciones absurdas sobre la muerte. Traté de solidarizarme con aquellos que me llamaban para darme la noticia. En algún momento traté de aplacar el dolor de mis amigos ensayando alguna explicación. Renuncié a semejante absurdo.

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Una va sola

images_stories_trivio_001Una va por ahí bajo la tarde soleada, de esas que de vez en cuando se ven por estos lados. Piensa en las mismas cosas de siempre, en las que le taladran la cabeza. El recorrido se hace más largo, mientras más avanza, como si la meta fuera el infinito. Una va sola porque la gente siempre anda muy ocupada y nadie tiene por qué acompañar a nadie así como así, mejor dicho, nadie tiene tiempo ni para sonreír en esta ciudad fría. Y es que aunque a una se lo pidan de rodillas, no se va a reír, después de ver lo que se ve por ahí, más bien se enoja si alguien se lo pide. Por la calle van muchos de esos que dicen, atrévase a sonreír y verá lo que le pasa. A una le quitan las ganas de reír esas caras de reprimidos que hacen pensar que esta ciudad es insufrible. Y eso que una procura no mirar a fondo todo lo que la rodea, tal vez por miedo, o porque piensa que detrás de esa cortina hay un mundo descompuesto que lucha por sobrevivir, pero lo que hace es destruirse.

 

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La feria de Cali

presentadora_001Un 18 de diciembre esperaba en el aeropuerto Charles de Gaulle para tomar un jumbo rumbo a Bogotá. Por delante me restaban doce horas de vuelo, si todo salía bien hasta Maiquetía, donde el lechero de la compañía aérea Avinunca normalmente hace su tercera escala técnica: París, Madrid, Caracas para finalmente llegar a Bogotá, la tan afamada Atenas Suramericana. Aquel era un diciembre helado. El vuelo original estaba programado para las ocho de la noche pero como siempre, Avinunca informa que una falla técnica ha demorado la salida hasta las once de la noche. Finalmente nos hacen pasar a una sala de abordaje donde nos tienen un par de horas encerrados. Definitivamente todos los pasajeros vamos para Colombia. En especial ellas, cargadas de paquetes, con chaquetas exageradas para el frío. Somos trescientos cincuenta viajeros en una sala pequeña, obligadamente tocándonos los humores con ese hablado tan colombiano, que hace tanto no escuchaba. Es algo así como ya haber vuelto. Los acentos son de todas las regiones de Colombia. Reconozco muchos: de Cali, de Medellín, de la Costa. Identifico a unas bogotanas con su hablado tosco y pedante pero claro, bien vocalizado.

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Reyna

san_telmo_002El Hospicio San Camilo era un depósito de seres humanos no deseados por sus familias. Nadie supo decirle a Pablo Ferrer cómo fue que esas rarezas de la especie, poco a poco, se concentraron en ese lugar. Se veían cosas como un hombre con una enfermedad en la piel que, ante cualquier roce con algo, se llagaba sin remedio; una mujer con las cavidades de los ojos vacías, hundidas en sí mismas; había internos con enfermedades deformantes, que iban tomando posturas irreversibles y antinaturales. Otros internos, sin problemas físicos, estaban afectados mentalmente. Cuando él llegó al hospicio, aún se comentaba el caso del interno que, en un descuido de los enfermeros, había tomado un cuchillo de la cocina y se había castrado a la vista de todos.

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El predecible Don Prudencio

mompox-001Don Prudencio Albacete Clarós, casado con Doña Hortensia Iriarte Iriarte, padre de tres hijos, un varón y dos mujeres, próspero comerciante de reputación impecable, siempre fue un hombre de costumbres sanas y precisas.

 

Don Prudencio se levantaba todos los santos días a las cinco de la mañana, hacía sus abluciones y agregaba a sus pijamas y pantuflas una bata corta de seda azul, tras lo cual, armado del periódico local y de una taza humeante de café negro, provistos en el momento oportuno por Domitila, la criada de la familia, se apoltronaba en su sillón de cuero color marrón claro -en el cual nadie

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