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Puro Cuento

Sonia (y) la cucaracha

cucaracha 250A las tres de la madrugada, Sonia se volcó hacia el baño, “Esta cuca, irritada, no me deja dormir”. Al ir a tirar de la cadena del vater, “¡Qué asco!”, pero del fondo la taza la detuvo un susurro de voz, empañada de miles y miles de siglos, “Detente, bípedo, no quieras cometer otro de vuestros crímenes. Ya te vi antes de acostarte dando el mortal escobazo a la araña del techo, aunque para mi, ¡inmortal reina del mundo animal!, esto tan solo sería una ducha, aunque no me gusta dármelas a estas horas. Solo quiero beber un poquito de agua en esta noche calurosísima. Escucha y a ver si esto te hace olvidar la irritación. Soy la cucaracha en que se trasformó Kafka en su cuento. ¡Qué felicidad, dejar la naturaleza humana, y desalojar la pesadísima computadora de vuestro cerebro, mecanizándose ad infinitum y que alegría no tener que seguir aguantando a tal padre y amarrado al banco de la literatura del absurdo y a, la más absurda, angustia humana. Y ser, simplemente, bio, sin el fardo de vuestra cultura de tantos genocidios! Creo que él hasta se suicidó para que yo pudiera vivir esta vida de felicidad cucarachil sin el peso de sus restos, pero me dejó el habla. ¿Cómo he llegado a este abrevadero piscinal californiano? Oye, pues:

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La búsqueda

dorelia barahona 250—A mí que me importa si la marea estaba baja o alta. Lo que importa es que perdí a mi niña y aun no la encuentro— dijo la mujer visiblemente contrariada levantando los brazos.

Cuando se acercan a ella para oír su historia las mujeres terminan irremediablemente poniéndose la mano en el pecho y sacando el pañuelo de la cartera. Los hombres, después de un rato de escucharla, por lo general hacían ese tipo de preguntas torpes, sobre el tiempo y las mareas, para espantar la angustia que les producía la historia de Vera, al imaginarse que también a ellos les podría pasar algo así.

¿Qué importaba hasta donde llegaba el agua? Más lejos o más cerca de las raíces lavadas de los Almendros. La verdad seguía siendo la misma.

La hija de Vera no había muerto, tampoco se había ahogado como habían dicho en un primer momento las autoridades. Abril, así se llamaba la niña de doce años y que hoy tendría catorce, su hija mayor, había sido raptada en plena playa para dar inicio a la ruta del sufrimiento y la desesperación, de la madre, del padre, de toda la familia y de ella misma como víctima de la esclavitud moderna.

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Rosa sepulcral de nieve - La muerte de Robert Walser.

noel olivares 250Nochebuena de 1956 en Appenzell-Ausserrhoden, en el asilo de alienados de Herisau, Suiza. La sopa está servida y el asado humea en el gran comedor comunal. Los pacientes, correctamente sentados, esperan la señal del comienzo de la cena especial en compañía de la regidora frau Kanz y el doctor de guardia, señor Krauwenberg.
El poeta Robert Walser, viejo residente, aparece en último lugar con signos de cansancio en el rostro y las pupilas vidriosas. Por lo demás, viste su habitual traje gris marengo gastado por el uso con la dignidad de un rey y sin menoscabo de la labor de zapa que tiende la zarpa del tiempo.
A través de los gruesos ventanales no se percibe la intensa nevada cayendo copiosamente sobre la tierra esponjosa, sobre el bosque dormido, sobre los sólidos muros de la institución psiquiátrica como una noche más del largo y furibundo invierno en el apogeo de su interacción.
Tras la cena en silencio, el poeta se sienta junto al fuego y parece abstraído ante el baile de las llamas con mil reminiscencias fantásticas, rostros desaparecidos y familiares, amores esbozados y abortados, almas mezquinas con su veneno ya apagado, seres nobles congelados en la niebla de la edad, el poeta niño transportado en un sueño de encantamiento, el poeta joven convertido en un vagabundo con poder divino, desde las cárceles de las oficinas a las mazmorras de hospital, un alegre caminante por bosques y prados empapado de lluvia primaveral, abrazado a su cuaderno día y noche en la soledad de hosterías de paso, de la mano de quimeras ardientes desvanecidas en el aire febril de las tormentas, en la electricidad mayestática de rebeldías desesperadas de seres imposibles, disueltos por la campanilla del tiempo, fascinación y enamoramiento, decepción y fracasos, enfermedades del alma desbocada, muerte y resurrección.
El poeta intuye que la nieve continúa pertinaz, lo sepulta todo en miríadas de copos pero no puede sepultar su sueño del día siguiente: el paseo por el prado al otro lado de la pequeña aldea.

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Las horas del té

miguel rodriguez 251Ellos piensan que lo sé, me vieron con ella y piensan que lo sé o que soy parte de la trama, tal vez incluso que sea yo quien haya maquinado su ejecución y que ahora estoy haciéndome el tonto o el duro. Ellos siempre piensan estas cosas. Son predecibles y eso me entristece. Hay cuatro, el mal afeitado es el loco, los demás parecen inteligentes y solo quieren información. El loco no quiere interrogarme, a él solo le interesa abrirme la cara, pero no sé por qué. No le conozco, creo, pero él me mira como si supiera todo de mí. Imagina que sé algo.
Sin embargo ella no ha muerto según el protocolo habitual, el plan salió mal y me vio alguien que ahora está en el cuarto contiguo, al otro lado del cristal, o eso al menos me han dicho hace un rato, seguramente para provocarme presión e inducirme a error en mi declaración, hacerme ceder a la emoción y crear un malentendido equívoco, un juego de palabras que desmonte mi coartada y desvele que sí, que fui yo; hacerme confesar algo que ni estos imbéciles ni ese supuesto testigo pueden probar. No saben qué les repugna más, si escucharme o pedirme humildemente ayuda en el análisis de los hechos. No quieren reconocer que ellos podrían ser yo, que yo también soy como ellos.
El caso es que yo he acabado desistiendo y les he dicho que sí, que he sido yo, he confesado por puro aburrimiento, ya no sé cuántas horas llevo aquí; pero ellos insisten en que un crimen tan escalofriante ha de cometerse por algún motivo, que no puede llevarse a cabo así como así, por simples maldad o sadismo. Necesitan una explicación. La gente es capaz de soportar el espanto si se lo explicas de manera razonable y con argumentos, lo cual me parece aún más horrible. Lo que pasa es que yo no soy una persona de desarrollos lógicos, sino de procedimientos, y esto les altera y les vuelve suspicaces. Les incomoda aún más que si en verdad hubiera cometido yo los crímenes de que me acusan.
El psiquiatra me cree y piensa que no soy un asesino, sino que simplemente estoy loco, y ha sugerido dejarme en libertad sin cargos y bajo vigilancia preventiva, de forma que pase a ser paciente externo en tratamiento de su hospital. Pocas noches después me adentré en su casa para agradecerle su ayuda, punto en el cual cambió de opinión para pasar a considerarme un criminal en potencia. Reescribió sus conclusiones, las envió al inspector e instigó para que se me juzgara por las muertes que – decía – sin duda he cometido y que me resisto a confesar. Por eso estoy aquí, con el loco que no duda y que me mira como si me conociera. Eso es lo que hacen los locos, creen que ya han vivido el mundo anteriormente.

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La caracola

antonio moreno 258Creí conveniente pasar algunos días con mi madre. Los viajes constantes al extranjero, también el hecho de residir en una ciudad al sur de país, impedían que yo viajara con la frecuencia deseada, porque sabía que tras la muerte de mi padre, luego de la fricción y posterior ruptura con Julia, mi hermana menor, no sólo desencadenó un desconcierto familiar que nos partió a todos por la mitad, sino que sumió a mi madre en un hoyo de depresión profunda, generando inestabilidad y caos, por lo que temí lo peor. Aproveché la oportunidad de que la empresa donde trabajo actualmente como jefe del departamento de optometría, me otorgó para mi asombro tanto la promoción que había solicitado desde hacía un par de años, resultado de los méritos, como un viaje pagado a cualquier parte del mundo. No lo podía creer, tampoco lo pensé dos veces. Mi madre vivía sola desde hacía casi diez años. Y yo, recién divorciado, sin hijos ni responsabilidades domésticas, podía pasar días enteros a su lado.
Se resistió pero al final tuvo que doblegarse. Aceptó la compañía de una trabajadora doméstica para cuidarla todos los días, al tanto de sus medicamentos y achaques, de la misma manera caminar por el parque o ver las noticias juntas. A dos días de mi llegada me preguntó si quería acompañarla al cementerio. Primero, dijo condescendiente, compraríamos flores en el mercado y después, pasaríamos por mis hermanas, que viven a mitad de camino, relativamente cerca una de la otra. Ellas tenían el mismo tiempo que yo—cinco años exactamente—de no visitar la tumba de nuestro padre, llevar flores y conversar un rato con él. Mi madre las llamó para confirmarles que conduciría el auto que había sido de mi padre, un Volkswagen sedán, color azul magenta, fabricado en el mismo año de mi nacimiento. Una de ellas le dijo que tomaría un taxi rumbo a la florería porque sabía elegir como nadie los mejores crisantemos, gladiolos y azucenas para decorar la tumba, que imaginé tapizada de hojas secas, con hierba abundante alrededor. La última vez que lo visitamos, comimos y tomamos lo que a él le gustaba. En ese entonces nos acompañó Julia, nuestra hermana menor, de quien aún no sabemos nada. Ya en el auto, además de percatarme que la máquina no había sido activada en mucho tiempo, mi madre me recomendó, y usó la palabra encarecidamente para convertir esa simple súplica en un arma infalible, no preguntar nada sobre Julia, menos invocar su nombre ante ellas.
—Carlos viene cada mes a encender el motor. Dice que para que no se eche a perder.
—Lo creo, le dije.
—Lo conozco muy bien. Si es sobrino de tu padre, dijo con malicia.
—¿A qué viene eso?, pregunté mientras tomaba una calle lateral que nos llevaría directo al mercado.
—Quiere escuchar que yo le diga que el auto puede quedárselo, dijo.
Iba a continuar, pero la interrumpí.
—¿Y por qué no? Si no conduces ya. Carlos es el único de la familia que te visita, traté de reconvenirla con más tacto que voluntad.
—¿Cómo crees? Si es un hipócrita. No me digas que no, dijo.
Guardé silencio.
—Mejor llévatelo tú, dijo.
—No, le respondí. En la ciudad donde vivo, no lo necesito.
Guardó silencio.
Estiré la mano para arrebatarle la cajetilla de cigarrillos que extrajo de la bolsa.
—Ni uno más. ¿Me escuchas?, le dije.
Ella ni siquiera opuso resistencia. Observó con la mirada de un maniquí cómo trituré la caja, lanzándola hacia el exterior, con un gesto de irritación.
Era sábado por la mañana y quizá por eso había poco tráfico. No fue ése el último auto que compró mi padre. Le gustaba mucho. Se escapaba a la montaña muy a menudo y volvía días después con bolsas de frutas y legumbres. Además, en esos años se puso de moda el auto pequeño porque la gasolina empezó a encarecerse. Mis hermanas le recriminaron que no hubiese pensado en ellas. Los reproches fueron tomados en cuenta. Para ir a la playa, mi padre tuvo que comprar otro vehículo más grande para que cupiéramos todos, incluyendo al primo Carlos. Del reproche siguió la calumnia. Mi madre insistió por muchos años que el Volkswagen sedán que yo conducía lo había comprado para visitar a una amante, veinte años menor que él, que vivía en una ciudad de las montañas.
Llegamos rápido.
Mi hermana ya estaba allí. Vestía una falda negra, larga, y tenía cubierta la cabeza con una cofia.
—Desde que se casó con ese hombre… Es la tercera vez que se casa, por Dios... Ha empezado a vestirse con esas ropas que la hacen ver mayor, una auténtica señora de pueblo, dijo mi madre cuando me enfilé hacia donde nos esperaba mi hermana, de pie, erguida como una estatua viviente, sin dejar de vernos, a un paso de la florería. A lo lejos la vi más delgada, pero al acercarme cambié de parecer. Se veía mejorada, con esos rasgos imperceptibles en el rostro que sólo la felicidad podría otorgar. Imperceptibles para mi madre, quise decir. De los ojos de mi hermana irradiaba una luz inédita que me serenó. La abracé fuerte y le di un beso en la mejilla.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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