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Puro Cuento

La búsqueda

dorelia barahona 250—A mí que me importa si la marea estaba baja o alta. Lo que importa es que perdí a mi niña y aun no la encuentro— dijo la mujer visiblemente contrariada levantando los brazos.

Cuando se acercan a ella para oír su historia las mujeres terminan irremediablemente poniéndose la mano en el pecho y sacando el pañuelo de la cartera. Los hombres, después de un rato de escucharla, por lo general hacían ese tipo de preguntas torpes, sobre el tiempo y las mareas, para espantar la angustia que les producía la historia de Vera, al imaginarse que también a ellos les podría pasar algo así.

¿Qué importaba hasta donde llegaba el agua? Más lejos o más cerca de las raíces lavadas de los Almendros. La verdad seguía siendo la misma.

La hija de Vera no había muerto, tampoco se había ahogado como habían dicho en un primer momento las autoridades. Abril, así se llamaba la niña de doce años y que hoy tendría catorce, su hija mayor, había sido raptada en plena playa para dar inicio a la ruta del sufrimiento y la desesperación, de la madre, del padre, de toda la familia y de ella misma como víctima de la esclavitud moderna.

¿Cual había sido su pecado, se preguntaba Vera? ¿La inocencia?, ¿La pobreza? ¿Es que su hija había dicho en un primer momento que sí a un regalo, o violentamente había sido conducida a la fuerza a un vehículo para empezar una caída al pozo de la desgracia, de la prostitución forzada, de las violaciones, de las drogas para poder soportar el dolor? ¿Cuantos y quienes habían ganado dinero con ella? ¿Por qué ese día, ese único día, la desobedeció y dejó de ir acompañada por su padre a la playa como siempre lo hacía?

Abril… tan bella. La más linda de la escuela le decían las maestras. Tenés que cuidarla, tenés que cuidarla. Un día, solo un día fue suficiente para que todos los años de cuido se fueran al basurero.

Pero hacía tiempo ya que las conjeturas, las exclamaciones y las preguntas, perdían sentido dentro de su cabeza. Abril, su niña, Abril su futuro, Abril sus mejores deseos, se convertían en puñaladas que una vez dentro de su corazón, lo secaban, lo envejecían, lo estrujaban, lo convertían en una seca ciruela habida de culpas y reproches.

¿Porqué no le había aconsejado a Abril, luchar, huir de los extraños, huir de cualquiera, huir ahora, donde quiera que estuviera, correr, si correr, hasta encontrar la libertad, su casa, sus padres? No era suficiente con llorar, no era suficiente con llorar. —Mami, el perro me mordió— recordaba el llanto de su hija, cada hora del día. Pero ya le habían dicho, que era probable que Abril ya no fuera la misma Abril. Si, los perros, otros perros tenían a su hija agarrada de los brazos, de las piernas sin poder soltarse.

A Vera la sentaron en un sillón muy confortable para decirle lo que sucedía con niñas como Abril. Ella oía y al principio no le importaba para nada lo que le dijeran todas aquellas personas entrando y saliendo de oficinas “disque” especializadas en el asunto de los raptos. Ella no quería saber lo que le sucedía a niñas como su Abril. Ella quería saber únicamente de su hija, nada más que de su hija. Después empezó a escuchar sobre el síndrome de Estocolmo y las rutas de la trata de personas y la nueva esclavitud y la posible compra y venta de su hija en prostíbulos centroamericanos.

Vera finalmente había oído la verdad: su hija Abril había sido vendida como esclava sexual en diciembre del 2004 a los doce años. Esclava sexual, mi hija, drogada, despreciada, usada, vilipendiada, desflorada, arruinada. El puñal se metía de nuevo hasta el fondo de su pecho, hasta encontrarse muerta en vida como suponía se encontraba también su hija Abril.

Un día decidió no esperar más y junto a su marido empezó la búsqueda rastreando a los traficantes que cruzaban las fronteras con mujeres, niños y hombres retenidos contra su voluntad para ser explotados sexual o laboralmente. Vera y su marido habían descubierto que aquel negocio era tan rentable como el mismo narcotráfico y más antiguo aun que las pirámides.

En el camino oían historias: De niños que salían solos de sus casas detrás de sus madres, trabajadoras de maquilas en los Estados Unidos y eran víctimas de los coyotes y de los tratantes en los pueblos fronterizos. Algunos lograban huir, otros desaparecían en el mercado de los órganos humanos, otros terminaban trabajando encerrados en bodegas por comida y los menos lograban llegar a su destino: cruzar una frontera para estar con sus madres.

Vera y su marido oían historias como gotas de sangre cayendo sobre la frente del Cristo crucificado y coronado de espinas de la parroquia de su pueblo. Pesadas gotas que los había sacado de sus simples vidas de barrio, al escenario más mezquino del mundo: la avaricia y todos sus vicios juntos.

Porque solo la avaricia hacía que se llenaran los barcos de los puertos orientales con hombres estrujados unos contra otros, al igual que lo hicieran en los siglos anteriores, durante días de calor, hambre y falta de oxígeno, hasta llegar a un nuevo destino con la promesa de trabajo y mejor vida, cuando en realidad les esperaba ser vendidos como animales a cambio de comida, un jergón donde dormir por diez años, y el pago de la deuda del viaje asumida por sus nuevos amos. Al término del tiempo, y si seguían vivos, les daban su libertad y les devolvían sus documentos que los acreditaba como personas en este universo oscurantista.

Vera a veces se hacía pasar por prostituta y su marido por cliente de bares con la intención de recabar información sobre su hija. Por este medio sabía que dos hombres habían pasado ilegalmente a Abril hasta Honduras a donde una prostituta la ofrecía, teniéndola en su casa a sus viejos clientes.

Ellos habían ido hasta ese lugar pero la prostituta les dijo que acababa de vender a su hija y esta ya estaba en El Salvador. Entonces ella y su marido juntaron lo que les quedaba de dinero y corrieron hasta El Salvador, pasando de nuevo por clientes de burdeles. En alguno de estos lugares Vera supo que a Abril le habían cortado y teñido el pelo para que pareciera mayor y que había sido vendida de nuevo, posiblemente para ser llevada a Guatemala.

Su marido tuvo que dejar de acompañarla en sus búsquedas porque alguien tenía que cuidar de sus otros cuatro hijos varones. Pero ella siguió buscando, más loca que cuerda, más callada que hablando. Vera soñó una vez que su hija se encontraba en un barco, una especie de corsario como el que vio una vez en el cine. Encerrada entre barrotes, gritaba mientras un pirata de pelo largo, puñal en mano y pata de palo, les decía a los otros, entre risotadas, que aquellos gritos eran para él canto de sirenas… y que una sirena solo se callaba cuando moría desangrada, después de haberle cortado la cola.

A su hija nadie la rescataba en el sueño, no había un Sandokan, un inglés, un pirata converso que le cambiara su suerte. Como en la vida misma, solo ella podía, con sus poquísimos recursos tocar puertas, mover corazones. Eso era todo lo que podía hacer, sin dinero, sin influencias, sin saber leer ni escribir. Ni siquiera podía corroborar su propia denuncia, dictada a un secretario desconocido ante la fiscalía. Sintió que era una pluma en medio de una tormenta. Una basura saltando entre las patas de una caravana de elefantes.

ruta esferas 375—El hijo de mi primo dijo que vio como unos hombres metían un bulto de sabanas dentro de la cajuela de un carro… ¡y no me pregunten de qué color era el carro, juemialma!— gritaba Vera, buscando con los ojos una mirada amiga. Habían pasado dos años y hasta ahora se hacía la pregunta. ¿Porque su propio primo insistió en decir primero que Abril se había ahogado, y después simplemente había dejado de hablar, como todos los demás que estuvieron ese día en la playa? Sombras oscuras nublaron su mente. El corazón empezó a correr, frenético, como queriendo huir de su propio cuerpo, hasta que le dio un brinco de tal magnitud, que la llevó al hospital con un preinfarto.

Tendría que empezar a tomar calmantes le dijo la psiquiatra de seguridad social. Y empezó a tomarlos.
Mientras Vera cocinaba, limpiaba y planchaba la ropa de sus hijos se iba imaginando las fronteras que su hija había cruzado siempre disfrazada, siempre drogada, como ahora ella misma se encontraba para no sufrir tanto, al igual que su pequeña Abril. Ya sabía que en cada frontera acechaban los grupos de mercaderes revoloteando alrededor de sus víctimas. Las personas cruzaban las fronteras, migraban como las aves, buscando una parte de la familia, dinero, trabajo para sobrevivir, pero nunca para dejar su alma como si fueran jirones de tela, atorados en una púa de cerca. Nadie quería andar sin alma en esta vida, —pensó— como esas momias vivientes de las revistas de historietas… aunque momias vivientes eran en realidad las mujeres que había conocido dedicadas a la compra y venta de niñas para…, para…Vera no pudo más. El llanto desconsolado invadió su cuerpo en oleadas de profundo dolor. ¿Dónde estas Abril de mi alma, mi bebé, mi bebe?

Una mañana sonó el teléfono. Habían encontrado a una chica con la misma descripción de Abril en México. Tenía que ir alguien a reconocerla. Solo un detalle, la chica estaba muerta.

En ese momento el que estuviera muerta se convirtió para Vera en algo secundario. Si reconocía a su hija, de alguna manera la búsqueda se habría acabado y con ella un poquito, una mínima paz volvería a su vida.

Tocó las puertas que pudo para obtener los recursos con los que viajar. El pasaje, la estadía, todo tenía que planearlo muy bien: que sus otros hijos no dejaran de ir a la escuela, que su marido cumpliera con todas las tareas pendientes en la casa y que a ella las fuerzas no le fallaran hasta llegar a su destino.

Llegó. Aquella ciudad tan grande, tan solitaria ese domingo por la noche. Gracias a Dios la esperaban. Igual de grande y oscuro el edificio en el que entraron. La hicieron cambiarse la ropa y ponerse una mascarilla desechable. Se acercó a la intensa luz. Un cuerpo menudo, delgadísimo, mantenía los ojos cerrados desde su palidez, sobre una helada mesa metálica. Olía a carne muerta, a formol. Hizo un giro rápido con los ojos. Vio muchos cuerpos sobre mesas idénticas pero ahí no estaba Abril.
El corazón de Vera empezó a latir irregularmente. Era la recién asidua taquicardia que cuando menos la esperaba, le hacía detenerse y tomar aire.

Para ella, en vez de terminar, la búsqueda seguía, no importa que durara años, toda la vida si era necesario.

¿Si Abril nunca había querido irse de su casa, de su país, porque raptarla a ella? Una y otra vez se preguntó lo mismo durante el camino de regreso, y la respuesta, aunque diera mil vueltas para llegar a ella seguía siendo solo una. Porque había sido raptada sin engaño alguno, simplemente en contra de su voluntad. Cómo si la hubieran estado esperando ese único día en que fue a la playa sin la compañía de su padre.

¿Habría sido todo planeado?

***

Vera se baja del autobús y en vez de dirigirse a su casa lo hace en dirección de la pulpería que administra su marido. Cuando entró notó lo que antes no había querido ver. Un congelador y una refrigeradora nueva antecedían el mostrador de vieja madera. Vera se dirigió al mostrador. ¿Quién era aquel hombre que llamaba su Marido?

El hombre se acercó al oír el móvil del bambú. —Lo siento— fue todo lo que dijo sin verla a los ojos.

 

dorelia barahona 350Dorelia Barahona
Costa Rica. Escritora, filósofa. Alterna permanentemente el trabajo en la docencia de la filosofía con la investigación y escritura. Máster en Teoría del Arte y Licenciada en Filosofía por la UCR. Profesora de Estética y Filosofía del Arte. En el 2012 crea y coordina el Programa de Fomento a las Artes Literarias del Ministerio de Cultura y Juventud. Preside el Consejo de la Editorial Costa Rica. Autora de cinco novelas y dos libros de ensayos filosóficos entre otros.

 

"La búsqueda" enviado a Aurora Boreal® por Dorelia Barahona. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Dorelia Barahona. Foto Dorelia Barahona© Santiago Fornaguera. Carátula del libro La ruta de las esferas © cortesía Editorial EUNED.

Las horas del té

miguel rodriguez 251Ellos piensan que lo sé, me vieron con ella y piensan que lo sé o que soy parte de la trama, tal vez incluso que sea yo quien haya maquinado su ejecución y que ahora estoy haciéndome el tonto o el duro. Ellos siempre piensan estas cosas. Son predecibles y eso me entristece. Hay cuatro, el mal afeitado es el loco, los demás parecen inteligentes y solo quieren información. El loco no quiere interrogarme, a él solo le interesa abrirme la cara, pero no sé por qué. No le conozco, creo, pero él me mira como si supiera todo de mí. Imagina que sé algo.
Sin embargo ella no ha muerto según el protocolo habitual, el plan salió mal y me vio alguien que ahora está en el cuarto contiguo, al otro lado del cristal, o eso al menos me han dicho hace un rato, seguramente para provocarme presión e inducirme a error en mi declaración, hacerme ceder a la emoción y crear un malentendido equívoco, un juego de palabras que desmonte mi coartada y desvele que sí, que fui yo; hacerme confesar algo que ni estos imbéciles ni ese supuesto testigo pueden probar. No saben qué les repugna más, si escucharme o pedirme humildemente ayuda en el análisis de los hechos. No quieren reconocer que ellos podrían ser yo, que yo también soy como ellos.
El caso es que yo he acabado desistiendo y les he dicho que sí, que he sido yo, he confesado por puro aburrimiento, ya no sé cuántas horas llevo aquí; pero ellos insisten en que un crimen tan escalofriante ha de cometerse por algún motivo, que no puede llevarse a cabo así como así, por simples maldad o sadismo. Necesitan una explicación. La gente es capaz de soportar el espanto si se lo explicas de manera razonable y con argumentos, lo cual me parece aún más horrible. Lo que pasa es que yo no soy una persona de desarrollos lógicos, sino de procedimientos, y esto les altera y les vuelve suspicaces. Les incomoda aún más que si en verdad hubiera cometido yo los crímenes de que me acusan.
El psiquiatra me cree y piensa que no soy un asesino, sino que simplemente estoy loco, y ha sugerido dejarme en libertad sin cargos y bajo vigilancia preventiva, de forma que pase a ser paciente externo en tratamiento de su hospital. Pocas noches después me adentré en su casa para agradecerle su ayuda, punto en el cual cambió de opinión para pasar a considerarme un criminal en potencia. Reescribió sus conclusiones, las envió al inspector e instigó para que se me juzgara por las muertes que – decía – sin duda he cometido y que me resisto a confesar. Por eso estoy aquí, con el loco que no duda y que me mira como si me conociera. Eso es lo que hacen los locos, creen que ya han vivido el mundo anteriormente.

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La caracola

antonio moreno 258Creí conveniente pasar algunos días con mi madre. Los viajes constantes al extranjero, también el hecho de residir en una ciudad al sur de país, impedían que yo viajara con la frecuencia deseada, porque sabía que tras la muerte de mi padre, luego de la fricción y posterior ruptura con Julia, mi hermana menor, no sólo desencadenó un desconcierto familiar que nos partió a todos por la mitad, sino que sumió a mi madre en un hoyo de depresión profunda, generando inestabilidad y caos, por lo que temí lo peor. Aproveché la oportunidad de que la empresa donde trabajo actualmente como jefe del departamento de optometría, me otorgó para mi asombro tanto la promoción que había solicitado desde hacía un par de años, resultado de los méritos, como un viaje pagado a cualquier parte del mundo. No lo podía creer, tampoco lo pensé dos veces. Mi madre vivía sola desde hacía casi diez años. Y yo, recién divorciado, sin hijos ni responsabilidades domésticas, podía pasar días enteros a su lado.
Se resistió pero al final tuvo que doblegarse. Aceptó la compañía de una trabajadora doméstica para cuidarla todos los días, al tanto de sus medicamentos y achaques, de la misma manera caminar por el parque o ver las noticias juntas. A dos días de mi llegada me preguntó si quería acompañarla al cementerio. Primero, dijo condescendiente, compraríamos flores en el mercado y después, pasaríamos por mis hermanas, que viven a mitad de camino, relativamente cerca una de la otra. Ellas tenían el mismo tiempo que yo—cinco años exactamente—de no visitar la tumba de nuestro padre, llevar flores y conversar un rato con él. Mi madre las llamó para confirmarles que conduciría el auto que había sido de mi padre, un Volkswagen sedán, color azul magenta, fabricado en el mismo año de mi nacimiento. Una de ellas le dijo que tomaría un taxi rumbo a la florería porque sabía elegir como nadie los mejores crisantemos, gladiolos y azucenas para decorar la tumba, que imaginé tapizada de hojas secas, con hierba abundante alrededor. La última vez que lo visitamos, comimos y tomamos lo que a él le gustaba. En ese entonces nos acompañó Julia, nuestra hermana menor, de quien aún no sabemos nada. Ya en el auto, además de percatarme que la máquina no había sido activada en mucho tiempo, mi madre me recomendó, y usó la palabra encarecidamente para convertir esa simple súplica en un arma infalible, no preguntar nada sobre Julia, menos invocar su nombre ante ellas.
—Carlos viene cada mes a encender el motor. Dice que para que no se eche a perder.
—Lo creo, le dije.
—Lo conozco muy bien. Si es sobrino de tu padre, dijo con malicia.
—¿A qué viene eso?, pregunté mientras tomaba una calle lateral que nos llevaría directo al mercado.
—Quiere escuchar que yo le diga que el auto puede quedárselo, dijo.
Iba a continuar, pero la interrumpí.
—¿Y por qué no? Si no conduces ya. Carlos es el único de la familia que te visita, traté de reconvenirla con más tacto que voluntad.
—¿Cómo crees? Si es un hipócrita. No me digas que no, dijo.
Guardé silencio.
—Mejor llévatelo tú, dijo.
—No, le respondí. En la ciudad donde vivo, no lo necesito.
Guardó silencio.
Estiré la mano para arrebatarle la cajetilla de cigarrillos que extrajo de la bolsa.
—Ni uno más. ¿Me escuchas?, le dije.
Ella ni siquiera opuso resistencia. Observó con la mirada de un maniquí cómo trituré la caja, lanzándola hacia el exterior, con un gesto de irritación.
Era sábado por la mañana y quizá por eso había poco tráfico. No fue ése el último auto que compró mi padre. Le gustaba mucho. Se escapaba a la montaña muy a menudo y volvía días después con bolsas de frutas y legumbres. Además, en esos años se puso de moda el auto pequeño porque la gasolina empezó a encarecerse. Mis hermanas le recriminaron que no hubiese pensado en ellas. Los reproches fueron tomados en cuenta. Para ir a la playa, mi padre tuvo que comprar otro vehículo más grande para que cupiéramos todos, incluyendo al primo Carlos. Del reproche siguió la calumnia. Mi madre insistió por muchos años que el Volkswagen sedán que yo conducía lo había comprado para visitar a una amante, veinte años menor que él, que vivía en una ciudad de las montañas.
Llegamos rápido.
Mi hermana ya estaba allí. Vestía una falda negra, larga, y tenía cubierta la cabeza con una cofia.
—Desde que se casó con ese hombre… Es la tercera vez que se casa, por Dios... Ha empezado a vestirse con esas ropas que la hacen ver mayor, una auténtica señora de pueblo, dijo mi madre cuando me enfilé hacia donde nos esperaba mi hermana, de pie, erguida como una estatua viviente, sin dejar de vernos, a un paso de la florería. A lo lejos la vi más delgada, pero al acercarme cambié de parecer. Se veía mejorada, con esos rasgos imperceptibles en el rostro que sólo la felicidad podría otorgar. Imperceptibles para mi madre, quise decir. De los ojos de mi hermana irradiaba una luz inédita que me serenó. La abracé fuerte y le di un beso en la mejilla.

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Rosa sepulcral de nieve - La muerte de Robert Walser.

noel olivares 250Nochebuena de 1956 en Appenzell-Ausserrhoden, en el asilo de alienados de Herisau, Suiza. La sopa está servida y el asado humea en el gran comedor comunal. Los pacientes, correctamente sentados, esperan la señal del comienzo de la cena especial en compañía de la regidora frau Kanz y el doctor de guardia, señor Krauwenberg.
El poeta Robert Walser, viejo residente, aparece en último lugar con signos de cansancio en el rostro y las pupilas vidriosas. Por lo demás, viste su habitual traje gris marengo gastado por el uso con la dignidad de un rey y sin menoscabo de la labor de zapa que tiende la zarpa del tiempo.
A través de los gruesos ventanales no se percibe la intensa nevada cayendo copiosamente sobre la tierra esponjosa, sobre el bosque dormido, sobre los sólidos muros de la institución psiquiátrica como una noche más del largo y furibundo invierno en el apogeo de su interacción.
Tras la cena en silencio, el poeta se sienta junto al fuego y parece abstraído ante el baile de las llamas con mil reminiscencias fantásticas, rostros desaparecidos y familiares, amores esbozados y abortados, almas mezquinas con su veneno ya apagado, seres nobles congelados en la niebla de la edad, el poeta niño transportado en un sueño de encantamiento, el poeta joven convertido en un vagabundo con poder divino, desde las cárceles de las oficinas a las mazmorras de hospital, un alegre caminante por bosques y prados empapado de lluvia primaveral, abrazado a su cuaderno día y noche en la soledad de hosterías de paso, de la mano de quimeras ardientes desvanecidas en el aire febril de las tormentas, en la electricidad mayestática de rebeldías desesperadas de seres imposibles, disueltos por la campanilla del tiempo, fascinación y enamoramiento, decepción y fracasos, enfermedades del alma desbocada, muerte y resurrección.
El poeta intuye que la nieve continúa pertinaz, lo sepulta todo en miríadas de copos pero no puede sepultar su sueño del día siguiente: el paseo por el prado al otro lado de la pequeña aldea.

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El cuento de nunca acabar

jorge kattán 255Como de costumbre, aquel martes por la tarde se hallaban reunidos en la cantina "El Patriota", de don Afrodisio Aguado, todos los distinguidos funcionarios municipales de Cojontepeque para despachar los asuntos oficiales de la localidad, tanto los rutinarios como los extraordinarios. Lo cierto es que cuando estaban discutiendo uno de esos asuntos, el juez de paz don Restituto Paniagua, sin decir "agua va", le disparó a quemarropa este dardo envenenado al alcalde don Everardo Salazar:
-No me diga, señor alcalde, que usted es uno de esos herejes que no creen en la inmortalidad del alma.

Esta fue la chispa incendiaria que provocó la subsecuente trifulca, salpicada de bofetadas y soplamocos, entre los aguardentosos lugareños allí congregados que de inmediato se aglutinaron en dos grupos: uno de ellos, formado por escépticos, que sostenía que una vez muerto un ciudadano sus despojos sólo servían para engordar a los gusanos y que todo terminaba para siempre en el momento de exhalar el último suspiro; y el otro, que sostenía una postura diametralmente contraria y que creía a pie juntillas en la inmortalidad del alma y la prevalencia de ésta sobre la materia.

Aunque hubo varios lastimados, parece ser que la Divina Providencia decidió interceder para que nadie resultara muerto en aquella delicada coyuntura. Y se puede aseverar esto porque en esos trágicos instantes se alzó la carrasposa voz de don Macario Cárcamo, cronista oficial de Cojontepeque, muy respetado por todos, y quien hasta ese momento sólo había actuado de mudo espectador, para hacer un tajante llamado al orden y a la cordura.

Con el propósito de que se apaciguaran los caldeados ánimos para que cesaran de darse trompones y de causar destrozos en la cantina, don Macario les recordó que las cosas no eran siempre "blancas" o "negras" y que había matices intermedios capaces de acercar dos polos por más opuestos e irreductibles que parecieran. Y agregó:
-Quiero que sepan que nuestros salvajes hermanos del Norte han comprobado en forma científica que hay ciertas maneras de seguir viviendo después de muerto, como lo demuestra un artículo de la gaceta capitalina que leí hace algunas semanas y que refiere casos de trasplantes de órganos humanos no sólo de córneas, de pulmones y de corazón sino también de hígado y hasta de riñones. De modo, pues, que de esa peregrina manera el donante puede, en sentido figurado, continuar mirando, respirando, enamorándose, emborrachándose y hasta orinando mucho después de haberse marchado de este mundo.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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