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Puro Cuento

El lenguaje de los helechos

alejandro arcila 250Inédito

 

Niño

 

“As lighting to the Children eased
With explanation kind”
Emily Dickinson

(“como para el niño el relámpago / que alguna explicación benévola mitiga”)
J.M.A.

 

Un olor a tierra se levantó y el cielo gris, luminoso, se cerró sobre nuestras cabezas. El pueblo terminaba en esa esquina y la carretera bajaba un poco; tomando un leve giro a la derecha estaba la casa de la abuela. Papá y yo caminábamos conversando y el calor comenzaba a huir ante la inminente llegada de la lluvia.

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Y ahora que los grillos no suenan

santiago:vesag 250Inédito

 

El viento se llevaba el olor de la sal que se pegaba en la piel y se endurecía. En el patio de la choza colgaban dos hamacas, al borde de un arrecife esquelético donde crecían cientos de caracoles bañados una y otra vez por la marea que se abalanzaba sobre ellos. En la noche no se veía mucho más allá del patio: sólo un par de palmeras iluminadas por una única bombilla; más allá, la penumbra escondía el mar y el tronar de las olas.

—Hoy casi no suenan los grillos— dijo la casera mientras yo me desvestía para dormir.

—Será el calor— dije, y pensé que era cierto; el mar apenas traía brisa y la arena se había quedado caliente hasta después del anochecer.

Aquella noche hizo demasiado calor como para dormir. Me revolqué entre las sábanas y conté las salamandras en el techo más veces de las que me puedo acordar, pero no conseguí dormirme: el calor era agobiante y las olas no dejaban de estrellarse ruidosamente contra el arrecife. Decidí salir a caminar con los pies en el agua. La luna se reflejaba en el océano una y otra vez creando una avenida iluminada que iba desde la playa hasta el horizonte.
Entré en otra de las temblorosas casas de madera que sonaban como los espantos cuando la brisa es muy fuerte. Pero hoy no había brisa.

Era la casa de José, un negro alto, ya canoso, que se sentaba en el patio del frente de su casa hasta tarde mirando el mar. Hace dos meses apenas estaba empezando el verano en la playa. Verano, en oposición a la época del año donde el temporal inunda los pisos de las casas y en el pueblo caen peces como llovidos del cielo, y se quedan retorciéndose en las calles hasta que los barren de nuevo al mar o los recogen para el almuerzo. Yo había llegado hasta ese pueblo en una avioneta destartalada, y en una pista de aterrizaje pavimentada en el medio de la selva me había encontrado con él.

Me llevó en una carreta halada por un caballo, bajo el apaleante sol mientras él cantaba vallenatos que hablaban del ron de caña y del mismo sol bajo el cual estábamos siendo arrastrados ahora.

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Vuelta a la casa tomada

araceli otamendi 250El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿a dónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…

Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…

Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio… Poco a poco las han ido tomando otros…

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Manuel Cobo. Autor de ficciones breves

carlos de la hoz 250Manuel Cobo, autor de ficciones breves, baja de su buhardilla para comprar cigarros en la tienda de la esquina. Como sólo piensa estar afuera unos pocos minutos, no juzga necesario cerrar la ventana.

La tarde es fresca, apacible, sin ruidos que perturben su trabajo, y Cobo piensa que cuando regrese podrá terminar por fin esa historia en la que trabaja desde hace un par de semanas. En verdad, resta poco: ajustar apenas unas cuantas palabras a las que no le encuentra fuerza y decidirse sobre colocar una que otra coma, detalles que él suele sortear sin dificultad. La certeza de que esta vez también podrá hacerlo cuando regrese, tiene feliz a Cobo, quien en este momento baja los escalones de uno en uno y con una sonrisa de satisfacción.

Pero durante su ausencia una repentina ventolera penetra por la ventana de la buhardilla y levanta de la mesa las hojas de papel, el bolígrafo de tinta negra, el lápiz, el borrador y hasta el pequeño diccionario de latín que Cobo conserva desde su juventud.

He aquí lo que, en un pausado pero doloroso inventario, alcanzan a ver los ojos asombrados de este escritor de ficciones breves una vez abre la puerta de su buhardilla: en un rincón de la sala, el rostro melancólico del personaje de su historia, más allá, cerca al cajón de sus queridos discos, la palabra consuelo, debajo de una silla el verbo recordar, y en la maceta de la incipiente planta de anturio, revuelta con la tierra mojada, solitaria y como aterida, la sílaba tras. Desperdigados por el suelo, también una miríada de pequeños fragmentos de palabras, letras y signos útiles para la escritura.

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Coloquio

jesus callejas 001He buscado a dios, aunque la Venus de Willendorf prefiera admirar su ingente, desplazante peso en el finito espacio, divergencia de pechos atolones o ritual canibalismo, poder de cintura que orbita estrellándonos contra matriz de fósiles para así deformar nuestros rasgos o humanoide credo. Cabeza trasplantada por gravitaciones y geografía de pies lamidos por barro infatigable, piernas de cónico aquelarre a las que me aferro temiendo borrachera peregrina. La astral Venus de Willemberg, templo de raíces burocráticas y serpientes apócrifas afiliadas a la horda, es madre que se niega horrorizando, pero nunca falla al decretar atributos: bestia protegida contra obstinada especie de humanos ademanes. La Venus exige rupestre alegoría o lenguas autopistas que se enredan en sí mismas y tierra sangre torrenciada sobre sílex. Gusta complacida, y complacida debe ser, de bisontes verdes en busca sureña de Matisse; gusta de aviones que no levantan vuelo por considerarse reptiles de fija astronomía cuyo deber se debe sólo a estrellas sempiternas, refractarias. Gusta la Venus de regir pigmentos pisoteando la belleza e impasible mata para reconstruir su carne pedernal.

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