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Puro Cuento

Cinco de los ocho textos cortos del capítulo “Mesa para uno” de libro 'Tango solitario'

tango for en 250Tango for en (Tango solitario)
Viveca Tallgren
Relatos
Mickroforlaget Apuleius Æsel
Páginas 2015
2017

 

Selección de la autora para Aurora Boreal®. Lo relatos aquí seleccionados, forman parte del último libro de Viveca Tallgren, escritora finlandesa afincada en Dinamarca en los últimos veinte años. Tango for en (Tango solitario), de la editorial Mikroforlaget Apuleius' Æsel, apareció en el mercado danés a inicios del 2017. Escrito originalmente en danés, estos cinco relatos traducidos al español y seleccionadas por la autora para Aurora Boreal®, son una primicia en castellano y dan un sabor de la escritura de la Tallgren.

 

1.

 

Cuando al fin llegué al parque Lezama en Buenos Aires, fue casi como estar en un lugar sagrado. Era mi primera visita a la capital argentina y mi ansia por ver el parque había sido enorme. Encontré la estatua de Ceres y me senté en un banco cerca de ella recordando las primeras líneas de Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato: «Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama. Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos.»

Un poco eufórica después de la visita, decidí comer en un restaurante con vistas al parque. Estaba lleno de gente. La charla resonaba en el local donde varias familias numerosas se habían juntado para un almuerzo dominguero. El restaurante estaba rústicamente amueblado y la chimenea encendida.

- ¿Tiene mesa para uno? Le pregunté al camarero.
- ¡Claro! … ¿Sólo para usted? Me contestó un poco sorprendido.
- Sí … Soy danesa y es mi primera visita a Buenos Aires.
- ¡Dinamarca! exclamó entusiasmado  el camarero y en seguida me encontró una mesa.
- Entonces tiene que probar un asado, nuestro plato nacional.
- ¡Pero soy vegetariana!
- Y un buen vino malbec.

Ya se había apresurado a la cocina y en su ansia por atenderme desoyó lo de mi vegetarianismo. Quince minutos después apareció exultante de alegría con un trozo enorme de carne y una copa de malbec. De mala gana empecé a comer, menos mal que tenía el vino, que por cierto estaba riquísimo. Al tiempo que luchaba con mi asado, unos niños correteaban entre las mesas, mientras sus padres, abuelos, tías y tíos conversaban animadamente. Una vida familiar envidiable.

Cuando pedí la cuenta, el camarero me preguntó si me había gustado el asado y el malbec.

- Sí, ¡estaban riquísimos! Pero no me pude comer todas las patatas fritas. Era demasiada comida.

Después de pagar, salí rápidamente para que no descubriera que había ocultado más de la mitad de la carne debajo de las patatas y además había puesto la servilleta de papel encima ellas.

 

2.

tango for en 350El Café Richmond en Buenos Aires era antaño un lugar de encuentro para célebres hombres de letras con Borges a la cabeza. Tenía mucha ilusión por ver este café y antes de entrar eché un vistazo a través de la ventana para tantear el terreno. Estaba amueblado en el estilo inglés tradicional con muebles de cuero, grandes espejos, elegantes paneles de roble y camareros del tipo clásico que ya están casi pasados de moda. Entré y pregunté si tenían una mesa para uno. El camarero, que recordaba al clásico mayordomo británico, tomó mi abrigo y me llevó a una pequeña mesa para dos personas.

- Le recomiendo nuestra especialidad negroni con ingredientes, me dijo.

La mayoría de los clientes eran hombres que estaban leyendo sus periódicos. Había también una pareja mayor que aparentemente se aburría. El marido estaba leyendo el periódico y la mujer estaba mirando el salón con cara de pocos amigos. Esto ya lo había visto antes. El marido que lee y la mujer que se aburre. ¿Por qué no lee ella también?

El camarero vino con una bandeja llena de pequeños cuencos con cosas para picar: chorizos, aceitunas, patés, queso, alcachofas y una copa grande de negroni. Había suficiente comida para dos personas.

Cuando me disponía a comer, descubrí que uno de los señores me estaba observando con una mirada intensa. Era atractivo como muchos de los hombres argentinos, con el cabello peinado hacia atrás a la altura de la nuca. Tratando de ignorarlo empecé a comer los deliciosos ingredientes. De vez en cuando miraba de reojo al señor y cada vez que él capturaba mi mirada, parecía un ave de rapiña al acecho de su presa. Para evitar el contacto con su mirada empecé a leer un libro. La consciencia de estar siendo observada hizo, sin embargo, que no captara ni una palabra de lo que leía. Después de unos diez minutos lo miré y su mirada me tocó como un rayo. La sangre subió a mis mejillas y miré al otro lado. Bebí un trago de mi negroni y seguí mirando tensamente al lado opuesto. Cuando de nuevo lo miré de reojo, descubrí que estaba pagando. Se dirigió lentamente hacia la salida, donde se puso su sombrero y su abrigo azul oscuro y sin ni siquiera mirarme, salió. Durante un breve momento echó un vistazo a través de la ventana y después se fue. No sé si descubrió que lo observaba.

Cuando al fin pude disfrutar de mi comida en paz, el local me pareció vacío.

La misma noche tuve un sueño erótico con el señor del Café Richmond. Logró seducirme en el sueño.

Muchos años más tarde, cuando estuve otra vez en Buenos Aires y quise disfrutar de nuevo del Café Richmond, descubrí que este lugar tan lleno de tradiciones, y que incluso estaba en la lista de patrimonios culturales de Unesco, había cerrado y en su lugar había una tienda Nike – igual que el antiguo y elegante café A’Porta en el centro de Copenhague, que ahora se ha convertido en un Mc Donald’s.

 

3.

En un pequeño pueblo en el sur de la India tuve que esperar medio día el tren para Madrás. Paseaba con mi maleta y en todas partes me miraban boquiabiertos. Un grupo de niños me seguía y yo oía sus risas ahogadas detrás de mí. Cada vez que me volvía, veía sus pequeñas cabezas oscuras y sus ojos pícaros que desaparecían rápidamente detrás de las casas.

Por fin encontré un pequeño restaurante. Un camarero muy amable me pidió tomar asiento en una estera de junco en el suelo, donde me senté como un yogi con las piernas cruzadas. Otros tres camareros entraron y empezaron a correr de aquí por allá con platos, vasos y cubiertos que ponían delante de mí en una tela en el suelo. El único camarero que hablaba inglés me recomendó, con el característico acento indio, probar un tali. Mientras esperaba mi comida, otro camarero me estaba observando todo el tiempo. Un tercer camarero entró y puso una servilleta enorme en mi regazo y al fin llegó mi tali. Un montón de pequeños cuencos con todo tipo de deliciosos platitos que me sirvieron en una hoja de plátano. No conocía el contenido de los cuencos, menos uno con patatas en una salsa picante. El camarero que hablaba inglés me dio dijo los nombres indios de los platitos, me presentó los ingredientes totalmente desconocidos para mí y me explicó también en qué orden había que comerlos. Cuando empecé a comer, los camareros se pusieron alrededor de mí en un círculo y, sonrientes, me observaron durante toda la comida. Disfrutaba de los sabores divinos, pero si quería tomar dos veces del mismo cuenco, me recordaban en seguida el orden. Tenía que probar el siguiente platito que se comía con el pan. Había que observar el orden establecido. Por todas las delicias pagué una cantidad que corresponde a dos dólares y estuve llena el resto del día después de este banquete.

 

4.

El restaurante del hotel Taj Mahal en Bombay de la época colonial inglesa contrastaba considerablemente con el pequeño restaurante del pueblo del sur de la India. Aquí el camarero apenas se inmutó, cuando le pedí mesa para una persona. Me señaló una mesita junto a la ventana y me dio el menú con una frialdad que estaba al borde de la arrogancia, la cual probablemente había aprendido después de haber servido para un público más exigente que el presente. En este ambiente altanero me dejó, sin embargo, comer en paz sin meterse en nada.

Aproveché la ocasión para observar a los clientes. Al lado de mi mesa había una pareja inglesa tomando su afternoon tea con pasteles. La mujer estaba admirando las decoraciones del salón con su “stiff upperlip”, mientras el marido estaba leyendo un libro. Un poco más lejos había dos hombres indios de negocios en trajes blancos que llenaban el local con su conversación ruidosa. A su lado dos americanos en ropa muy informal, shorts, camiseta y zapatillas, ropa que contrastaba con el ambiente tan elegante, estaban planeando su viaje por la India. Habían desdoblado un mapa sobre la mesa y hablaban de los lugares que ya habían visto y de los que les quedaban por ver: las cuevas de Elephanta, Goa etc.

Mi pequeño sándwich y una taza de té costaron cuatro veces más que el fantástico tali en el pueblo del sur de la India, pero el lujo de poder comerlo en paz sin camareros ansiosos de ayudarme con cualquier cosa valía todo el precio.

 

5.

No menos exclusivo era el restaurante Le Train Bleu en París, junto a Gare de Lyon. Un día fresco de primavera pisé casi con sentimientos reales la alfombra roja de su interior, de incomparable estilo belle époque. El restaurante fue inaugurado en 1900 con ocasión de la Exposición Mundial en París con motivo de los progresos tecnológicos del siglo XIX. Un camarero me saludó cortés con una inclinación y me llevó al salón de paredes y techos decorados con cuarenta y una pinturas de paisajes de la ruta Paris-Lyon-Mediterranée, coronadas de querubines y ramilletes dorados.

Aunque el vegetarianismo no es la primera competencia de la gastronomía francesa, logré sans problèmes tener un exquisito menú vegetariano, que estaba preparado con fantasía y refinamiento. Disfrutaba mi entrada, una sopa verde de guisantes con un poco de nata batida encima, cuando entró una pareja un tanto llamativa en el restaurante. Una mujer mayor tocada con un turbante lila y un vestido del mismo color. Tenía unos 75 años. Su acompañante, probablemente su hijo, parecía un gerente u hombre de negocios acomodado. Un hombre atractivo, con una manera de comportarse distinguida, digna de un catedrático. Tuve la sensación de que era un hombre al que le gustaban las mujeres. Quizá se debía a su sonrisa o a algo indefinible que me que me evocaba las maneras de un casanova. Los camareros les servían con una cortesía que revelaba que eran clientes habituales, quizás especialmente el hombre, a quien se inclinaban los camareros cada vez que les pedía algo. Tal vez frecuentase con asiduidad el restaurante con otras mujeres. Son este tipo de secretos los que los camareros de restaurantes respetables guardan sin revelarlos a nadie.

Me sirvieron y me presentaron el plato principal, una tarta refinada de verduras de la temporada, decorada con hojas de albahaca y una salsa roja. Mientras la mujer mayor con el turbante lila estaba mirando la carta, descubrí que «su hijo» me dirigió un par de veces una mirada intencionada y una sonrisa casi imperceptible. Un poco perpleja le devolví también una sonrisa igualmente imperceptible y tomé un sorbo de mi vino al mismo tiempo que él bebió un poco del champán que acababan de servirles. Era casi como si hubiéramos brindado.

Después de pedir la comida se pusieron a hablar. Estaban sirviendo el café, cuando el galante casanova se levantó y se dirigió lentamente al baño. Un momento después vino el camarero con una copita de licor en una bandeja pequeñita. «El señor que está en esa mesa le quiere invitar a una copa de poire», me dijo el camarero con una sonrisa discreta. Al volver a su mesa, casanova levantó su copa y me mandó una sonrisa, esta vez menos discreta, y yo me vi obligada a hacer lo mismo. No sabía si «la madre» había descubierto los pequeños juegos de su hijo. Ella había abierto su polvera y estaba poniéndose maquillaje en la cara.

Pagué mi cuenta y pasé lentamente junto a su mesa como si nada hubiera ocurrido.

 

 

viveca tallgren 308Sobre Viveca Tallgren
Finlandia. Nace en Helsinki donde vive durante sus primeros 17 años. Reside en Copenhague, Dinamarca desde los años 60. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Copenhague. Tiene un Magister Universitario en literatura hispánica, IVCH, Madrid, 2013 además de una basta experiencia en la enseñanza del español: ha enseñado español en la Universidad de Copenhague, en Copenhagen Business School y en un instituto para adultos. Actualmente se dedica al periodismo, a la escritura de ficción y a la traducción. Investigaciones de la obra de Fernando Arrabal. Libros: Juan José Sebreli y su crítica de los mitos argentinos. Editorial Académica Española, Saarbrücken, Alemania, 2013. El temor al dios Pan (sobre la recepción de Fernando Arrabal en España), Libros del Innombrable, 2005. Libros para la enseñanza de español: Arrabal. Radio de Dinamarca, 1984. El camino de Santiago. Systime, 1995. La vida es un tango. Systime, 2002. Después de Tariq. Aspectos del mundo hispano-árabe. Systime, 2005. Flores de otro mundo. Gyldendal, 2008. Taxi a Coyoacán. Forlaget Sprogbøger, 2011. Biblioburro. Mikroforlaget Apuleius’ Æsel, 2016. Periodismo: Desde hace muchos años escribe sobre Dinamarca para periódicos finlandeses. Escribe sobre Copenhague en Viajeros Urbanos, El País.

 

Material enviado a Aurora Boreal® por Viveca Tallgren. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Viveca Tallgren. Carátula del libro Tango for en (Tango solitario) cortesía de la editorial Mickroforlaget Apuleius Æsel. Foto Viveca Tallgren © Viveca Tallgren.

 

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