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Puro Cuento

Las horas del té

miguel rodriguez 251Ellos piensan que lo sé, me vieron con ella y piensan que lo sé o que soy parte de la trama, tal vez incluso que sea yo quien haya maquinado su ejecución y que ahora estoy haciéndome el tonto o el duro. Ellos siempre piensan estas cosas. Son predecibles y eso me entristece. Hay cuatro, el mal afeitado es el loco, los demás parecen inteligentes y solo quieren información. El loco no quiere interrogarme, a él solo le interesa abrirme la cara, pero no sé por qué. No le conozco, creo, pero él me mira como si supiera todo de mí. Imagina que sé algo.
Sin embargo ella no ha muerto según el protocolo habitual, el plan salió mal y me vio alguien que ahora está en el cuarto contiguo, al otro lado del cristal, o eso al menos me han dicho hace un rato, seguramente para provocarme presión e inducirme a error en mi declaración, hacerme ceder a la emoción y crear un malentendido equívoco, un juego de palabras que desmonte mi coartada y desvele que sí, que fui yo; hacerme confesar algo que ni estos imbéciles ni ese supuesto testigo pueden probar. No saben qué les repugna más, si escucharme o pedirme humildemente ayuda en el análisis de los hechos. No quieren reconocer que ellos podrían ser yo, que yo también soy como ellos.
El caso es que yo he acabado desistiendo y les he dicho que sí, que he sido yo, he confesado por puro aburrimiento, ya no sé cuántas horas llevo aquí; pero ellos insisten en que un crimen tan escalofriante ha de cometerse por algún motivo, que no puede llevarse a cabo así como así, por simples maldad o sadismo. Necesitan una explicación. La gente es capaz de soportar el espanto si se lo explicas de manera razonable y con argumentos, lo cual me parece aún más horrible. Lo que pasa es que yo no soy una persona de desarrollos lógicos, sino de procedimientos, y esto les altera y les vuelve suspicaces. Les incomoda aún más que si en verdad hubiera cometido yo los crímenes de que me acusan.
El psiquiatra me cree y piensa que no soy un asesino, sino que simplemente estoy loco, y ha sugerido dejarme en libertad sin cargos y bajo vigilancia preventiva, de forma que pase a ser paciente externo en tratamiento de su hospital. Pocas noches después me adentré en su casa para agradecerle su ayuda, punto en el cual cambió de opinión para pasar a considerarme un criminal en potencia. Reescribió sus conclusiones, las envió al inspector e instigó para que se me juzgara por las muertes que – decía – sin duda he cometido y que me resisto a confesar. Por eso estoy aquí, con el loco que no duda y que me mira como si me conociera. Eso es lo que hacen los locos, creen que ya han vivido el mundo anteriormente.

El inspector está especialmente sorprendido y no tiene claro qué cargos imputarme. Intuye que yo no maté a las personas de la escena del crimen cuyas fotos me han enseñado una y otra vez, y que es imposible que la matara a ella. Me van a soltar de un momento a otro, pero tengo miedo. Sabe también que no soy un ladrón, nunca me llevo nada, solo me cuelo en las casas para ver cómo duerme la gente, para ver sus vidas, igual que hacía de niño con mi familia, cuando me levantaba por la noche para observar sus conciencias y asegurarme de que durmieran en paz; ni siquiera soy un voyeur, tan solo les observo. Hay gente que no soporta que les miren sin más. Creo que esto es lo que piensa el loco.
De hecho, así fue como la conocí. Hace poco fui a su casa en plena tormenta; entré con sigilo, como siempre, y me acomodé en una silla de su habitación mientras la observaba dormir. Respiraba con una cierta arritmia, como si su vida íntima y su trabajo como fiscal (y encargada de mi acusación) estuvieran en guerra. Daba muchas vueltas, tanteaba el vaso de agua, y en una de éstas abrió los ojos y me vio. De entrada no sabía si morirse allí mismo del susto o seguirme la corriente y tratar de salvar la vida. Decidió participar en el juego, y comenzamos a hablar.
– Discúlpeme, lo siento, no he querido despertarla. Usted es la encargada de mi caso.
– Sí, lo sé, así es. ¿Va usted a matarme?
– No sea absurda, por favor. ¿Me hace un té y hablamos un poco?
Lo impensable no sucede casi nunca, y cuando de repente lo hace nos parece predestinado e incluso normal. Este es el principio de lo que fuimos. La conversación era fácil, los detalles del caso eran estimulantes para una mente inquieta como la suya, aunque ella dudaba: le parecía improbable que lo hubiera hecho yo y por eso no me denunció por allanamiento de morada, lo cual hubiera reforzado la paranoia y la acusación del psiquiatra. Y así, le fui contando cómo pudo suceder, aunque aún no hubieran encontrado pruebas físicas; cómo lo habría hecho yo, y cómo la destreza en un procedimiento facilita que algo posible pase a ser algo inevitable en una mente enferma. En este punto ella empezó a sospechar de mí: demasiado verosímil para no ser cierto, pensó. Las noches daban para mucho, exponer los hechos allana el camino del espíritu y la aspereza del cuerpo, y se abren lugares para la confidencia y el amor. El juicio iba lento, muy lento, los procesos administrativos llevan más tiempo que los ejecutores: testigos, papeles, meses, hasta que un día por fin me condenaron.
Cuando vino a verme a la cárcel fue como retomar mis visitas nocturnas a su casa, solo que ahora era ella la que quería hablar, la enferma, aunque habíamos perdido la chispa, y tenía la sensación de que había usado en mi contra los secretos que le confié en nuestros encuentros de amor. Así pues, una noche me fugué, no me cuesta entrar y salir de los sitios. Me dirigí a su casa para poner fin a su vida y a los momentos de confidencia que seguía recreando en mi mente. Se lo explicaría bien antes de acabar con ella, es importante que uno comprenda los motivos de una acción de la cual va a ser víctima. No habría besos ni declaración jurada, y tampoco testigos, por mucho que se empeñe el loco. Sería algo rápido. Rápido y de idéntico formato a los crímenes cuyas fotos había visto en la comisaría y que insisten en asignarme. No necesitaba ver las fotos. Pero llegué tarde. Cuando entré en su habitación todo había sucedido ya, y no había lugar para finales ni argumentos. No había posibilidad de fabricar una despedida. Ya imaginaba las fotos con que la policía me asaltaría otra vez, su incredulidad ante la realidad que ni ellos ni yo sospechábamos. Luego volví a la prisión y accedí de nuevo a mi celda. El funcionario no pasea por los pasillos ni observa nuestras conciencias, como haría yo en su lugar. Para él, la cárcel es ya su casa.
Por la mañana vinieron a buscarme. El juez me dejaba de nuevo en libertad preventiva, puesto que el caso había quedado suspendido provisionalmente al morir la fiscal y ya no podían sospechar de mí a pesar de la extraordinaria similitud de los crímenes. La sustituyó otra fiscal algo más joven y muy atractiva que vino a verme y que mostró un interés inusual por mí, aunque es a la otra a quien yo quería.
Me dice que una vez que yo había entrado en su casa hace años nos quedó una conversación a medias, y que no ha dejado de pensar en mí cada noche. Me explica cómo me ha ido siguiendo la pista, entrando en las casas donde he vivido, siempre un poco tarde, hasta dar conmigo por medio de mi detención carcelaria. Era imposible perderse esa pista, me dice. Y entonces la recuerdo, lo comprendo y sé que voy a morir. Me pide un té, solo quiere hablar un rato. Quiere saber por qué lo nuestro no pudo ser, por qué me fui sin matarla, sin quererla y sin explicaciones; por qué irrumpí en su casa aquella noche (igual que ella en la mía ahora mismo) y no me quedé las demás noches, las que a partir de entonces siempre fueron tormenta.
Me soltarán de inmediato, es de cajón, no hay nada que sustente sus sospechas. Pero antes de que lo hagan les he pedido protección policial, tengo miedo, aunque no sé qué argumentar, lo cual refuerza la tesis inicial del psiquiatra. He denunciado la entrada de una desconocida en lugar de dar su nombre. Nunca me creerían. Tal vez dentro de poco saquen fotos aterradoras de lo que quede de mí y empiecen a pensar que yo no tuve nada que ver con aquellos crímenes. Seguirán sin tener ni idea, la veracidad es una trampa llena de argumentos. Ya apenas duermo. Sé que vendrá otra vez, que me pedirá té con galletas y conversación como si fuéramos amigos desde siempre, querrá reunir en una sola noche todas las leyes y las ausencias de su vida, que no conozco. No sé cómo ha llegado a mí, ni sé por qué la casualidad de haber entrado en su casa hace tanto tiempo ha dejado de parecerme absurda y la veo ahora como una conclusión lógica que me estremece aún más.
Me mira. Me observa sin prisa y sin expectativas, como si me viera por dentro y supiera que ya estoy muerto, que me da igual una semana más que menos. Ya no tiene dónde ir. Ya ha llegado a todos sus lugares. Quizás vuelva mañana y me encuentre vivo. Dirijo mi atención hacia ella, nos sirvo un poco de té y comprendo aterrado la mirada del loco.

 

miguel rodriguez 333Miguel Rodríguez Otero
España, 1968. Licenciado en Liberal Arts, profesor de adultos en programas bilingües. Colabora con relatos en publicaciones como Almiar (Madrid), Botella del Náufrago (Valparaíso), Los Bárbaros (NY), ERRR Magazine (México DF), Revista Virtual de Cultura Iberoamericana (NY), Narrativas (Madrid), entre otras. En la actualidad vive en un pueblito costero de Galicia, tratando de ser... un digno bárbaro.

" Las horas del té" enviado a Aurora Boreal® por Miguel Rodríguez. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Miguel Rodríguez. Foto Miguel Rodríguez © Luciano Teixeira.

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