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Puro Cuento

Obra negra

andres cadena 001a N, que me lo contó

 

Caminan por una calle con nombre de mujer. Llevan las manos en los bolsillos y, por momentos, los codos de sus abrigos oscuros se rozan en medio del frío. Dos niños los pasan por un lado en sus bicicletas y el murmullo de sus risas se pierde en pocos segundos.
—Sabíamos que algún día tenía que pasar, ¿no? —dice la mujer.
El hombre no la mira. Ve al frente; la montaña al otro lado de la alargada ciudad se nimba con un fino resplandor violeta.
—Sí —musita el hombre.
La mujer extrae una de sus manos del abrigo y se enlaza del brazo del hombre.
—¿Lo harás hoy?


El hombre tose antes de responder, sin mirarla:
—No sé.
El viento sopla en jirones invisibles, que mecen las puntas del pelo de la mujer, desordenándolo.
—Tengo que ver el momento preciso —añade el hombre, entrecerrando los ojos para protegerse del viento.
Al llegar a la esquina, se abre ante ellos una calle más ancha, por la que transita una cantidad constante de automóviles.
—Qué frío —dice la mujer, acercando su rostro a la cavidad entre el cuello y el mentón del hombre, que sigue sin mirarla—. Dame amor, amor.
El hombre voltea para encararla, y descubre su sonrisa amplia y sincera. Como si fuera un reflejo, también ejecuta una sonrisa.
Pocos instantes después, detienen con un gesto de la mano un taxi, y el hombre se adentra en él por la puerta delantera, después de despedirse con un beso prolongado de labios cerrados.

***

El hombre entra en el departamento y, tras unos pasos, deja sus llaves sobre el mesón de granito negro con destellos turquesas. Mira a su esposa de pie en el comedor, junto a la ventana, dándole la espalda.
—Hola —dice y se desprende de su abrigo azul marino; lo deposita sobre el espaldar de una silla.
—Ven —le responde la mujer, aún dándole la espalda.
El hombre se acerca sin levantar la vista de la figura de la mujer, que cruza los brazos sobre un saco de lana abierto. Una luz anaranjada la ilumina fragmentada, intermitentemente: afuera, un poste recién encendido recibe los desiguales movimientos de las ramas más altas de una joven araucaria. La imagen de la mujer se mancha de sombras que danzan sobre ella de acuerdo a una melodía inaudible.

Andrés Cadena. Ecuador (1983). Estudió Comunicación y Literatura. Su libro de cuentos Fuerzas ficticias ganó el primer lugar del Premio Pichincha 2012. Otros cuentos suyos aparecen en las antologías Los invisibles (2010), Cuentímetro (2011), Microquito (2011), Tiros de gracia (2012); y en revistas como Letras del Ecuador, Anaconda, Cazapalabras, Suelta, Ómnibus, Punto en Línea y Aurora Boreal®. Fue durante cinco años coordinador editorial de la Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura.

El hombre se pone a su lado y observa en la misma dirección. Al frente, en el costado opuesto de una calle estrecha, hay una casa en construcción. La obra gris y los montículos de cemento, pedruscos y bloques sobre la vereda concentran la oscuridad que empieza a caer con el fin de la tarde.
—Mira —dice la mujer y señala con una mano, descolgada del cruce de brazos, un deteriorado coche de bebé cerca de la entrada de la construcción.
A esa hora, la entrada de la obra empieza a ser un abismo negro y rectangular.
El hombre se esfuerza en mirar si hay una criatura en el coche, lo que le toma unos segundos dada la opacidad de la escena.
—No hay nada —dice, desconcertado.
—Ahora no —replica ella—, porque recién se fueron. Pero toda la tarde, mientras estaba trabajando, oía el llanto de un niño, de un niño de brazos, me refiero. Durante horas. Disminuía a ratos, y luego volvía a tomar fuerza. Era un llanto de sufrimiento, ¿sabes?, no por hambre o incomodidad, sino de esos llantos bien sentidos. Profundos.
Ella se ha volteado, y ahora el claroscuro exterior vela sólo la mitad de su cara. Mira al hombre con un gesto de urgencia.
—Me asomé a la ventana —continúa la mujer—. Pensé que habían abandonado a un recién nacido en el basurero.
El hombre echa un vistazo a la calle, buscando el depósito de basura; no lo encuentra, pues su mirada es secuestrada de inmediato por la imagen del coche vacío que, ahora que lo ve con detenimiento, nota que está desnivelado por la irregularidad de la vereda. La oscuridad nocturna lo ha embadurnado todo, dándole más cuerpo a la luz aspergeada desde los postes. La montaña que tienen al frente es una sábana negra bajo un cielo negro azulado.
—Entonces vi el coche —dice la mujer y regresa a su posición inicial, ofreciendo al hombre solamente su perfil—. Había un bebé que lloraba, y al lado un niño de unos tres o cuatro años, que le miraba fijamente. Hijos de albañiles.
Otra vez, la mujer deshace el cruce de brazos e, inclinándose hacia la ventana, se apoya con las manos en el marco de aluminio. Por un momento, parece pretender recostar su pecho sobre el alféizar. Pero ahora la mujer sólo se acerca al vidrio de la ventana, y luego se aleja de nuevo.
—Primero el niño mayor intentó calmar al del coche: le tocaba juguetonamente, le hacía caras, le bailaba... Pero el bebé no paraba de llorar. Fuerte. Sin parar. Más fuerte cada vez.
En la pausa del relato, el hombre siente un impulso por acercarse a la mujer y rodearla con los brazos. Se resiste.
En silencio, percibe que la noche ha entrado también a la habitación donde se encuentran, asentando un tamo ceniciento que enrarece todo lo que ve.
La mujer continúa:
—De repente, el de tres o cuatro años la emprende con el del coche, ¿no? Pero con golpes de verdad, con furia, las manitos cerradas. Como si estuviera pegándole a una almohada; una y otra vez. Por un segundo, se hizo silencio, como si ya el bebé no tuviera aire para respirar. Pensé que lo había matado, que el niño había matado a su hermano, ¿sabes? Y entonces, otra vez el llanto. Y con más fuerza. Con dolor.
El hombre siente una presión en su frente; su ceño se ondula y su rostro se tensa en una mueca.
—Yo iba a abrir la ventana y decirle algo al niño, no sé, gritarle, espantarlo —relata la mujer, y vuelve la vista sobre el hombre—. Pero ese instante, sale la mamá: una trabajadora, una mujer de obra, furiosa. Menuda pero enérgica. Habían pasado horas de llanto. Y ahora el llanto era más fuerte, más crudo.
El hombre se libera de la duda de si la mujer está a punto de llorar: ahora sabe que no. Su relato le da fuerza.
—La mujer miró a los dos niños. Casi con desprecio, ¿sabes? Y de repente empieza a pegarle al de tres o cuatro años. Le lanzaba golpes desde arriba, como con un brazo mecánico, sobre la cabeza y los hombros del niño. El bebé no paraba de llorar. Y el otro apenas se cubría. La mujer no hablaba, sólo soltaba golpes, uno tras otro, como salpicaduras sobre un charco.
El hombre mira atentamente la construcción y se concentra en la cavidad que es la puerta. La oscuridad que se divisa en el interior es diferente de la de la noche. Es una oscuridad espesa; como la arboleda que recubre con sombras multiplicadas las faldas de la montaña.
La mujer da un paso atrás, alejándose de la ventana. Pero su relato la embebe más en la vereda de enfrente que en el comedor de su departamento.
—Y el niño, el de tres o cuatro, no lloraba, ni decía nada. El bebé, en cambio, lloraba como si los golpes para el otro los sintiera él. Y entonces, por la puerta sale un hombre, el papá seguro, con el torso desnudo. Era delgado y fibroso. Estaba mojado, su piel brillaba. Su pelo, corto y también mojado, parecía una corona de púas. Su semblante era inexpresivo. No sabía qué iba a hacer.
La mujer emite un largo suspiro, como si no creyera lo que está contando.
—Y empujó a la mujer hacia un lado, donde estaba un barril.
El hombre busca el barril con la mirada, pero no lo encuentra. Las sombras de la fachada de la construcción se han vuelto más duras; se desprenden de las cosas como arabescos deformados.
andres cadena 005—Y empezó a darle duro al niño, al de tres o cuatro —dice la mujer, más que hablando, dejando caer las palabras una a una desde sus labios—. De una patada corta, rápida, le dio en las piernas y el chiquito cayó sobre el cemento. Ahí sí gimió. Un sonido desgarrado. El bebé lloraba sin parar. Lloraba, lloraba. Y el hombre le pegaba al niño, con movimientos imprevistos e instantáneos, como latigazos. El niño se contrajo como un feto, sobre la vereda polvorienta, mientras el hombre, agachado, le propinaba puñetazos y más puñetazos. El sonido de los golpes sobre la carne y los huesos fue ganándole al lamento del niño de tres o cuatro años. La mujer, después de presenciar un rato el espectáculo, entró a la construcción. Viendo eso, el hombre dejó al niño en el piso, y con una mano arrancó al bebé del coche, como cogiendo una baguette, ¿no?, y lo llevó también para adentro. El hombre repara en que la copa de la araucaria ha dejado de moverse. Afuera todo parece amansado por una fría calma de abandono.
—Entonces sólo se oía un llanto, apaciguado pero constante, del niño sobre la vereda. Estaba retorcido y me daba la espalda. No pude ver si estaba herido; con una herida abierta, quiero decir. No era más que un bulto.
El hombre pone una mano sobre el hombro de la mujer.
Ella habla con gravedad, con voz firme. Pero desciende el volumen paulatinamente, casi hasta murmurar.
—Yo pensé en salir, en ver qué había pasado con el de tres o cuatro años. Pensé en llamar a la policía o algo, ¿sabes? Pero primero quería ver en qué estado habían dejado al niño. Justo en eso, salió la mamá de nuevo y lo tomó del brazo y lo arrastró adentro.
El silencio es tan puro que se perciben de repente dos diminutos crujidos en algún punto del departamento, que se repliega milímetros por el descenso de la temperatura.
—Y ahí acabó todo —sentencia la mujer.
Ambos permanecen callados, viendo la construcción, la ciudad, la noche que parece reinar en todo el mundo.
El hombre se frota el rostro, parpadea con lentitud y echa la cabeza hacia atrás. Delgadas nubes cabalgan sobre el cielo nocturno, dándole a la visión un aura púrpura. La luna no aparece y sólo unas pocas estrellas, como perdidas, asoman si se mira con cuidado por los bordes inexactos de las nubes. Las luces de la ciudad se rinden bajo un silencio lóbrego, que parece nacer de la puerta ausente de la construcción.
El hombre y la mujer miran, como vigías, el vacío que se ha tragado horas antes a los protagonistas de aquellos sucesos.
—Tenemos que hablar —dice de pronto el hombre, sin desprender su mirada de la obra negra de enfrente.
La mujer permanece inmóvil.
Se escuchan las respiraciones de ambos.
Ella demora un momento, mucho más largo de lo usual, antes de responder:
—¿De?

"Obra negra" enviado a Aurora Boreal® por Andrés Cadena. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Andrés Cadena. Foto Andrés Cadena © Andrés Cadena. El cuento "Obra negra" hace parte del libro Fuerzas ficticias del escritor Andrés Cadena.

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