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Puro Cuento

Mi lienzo es el agua

diana varas 002A mi Frida, que se encuentra en varios cuerpos.
Diana Varas Rodríguez

"¿Qué haría yo sin lo absurdo y lo fugaz?"
Frida Kahlo

Desde pequeña tengo la costumbre de imaginarme a la gente sin ropa. Cuando lo comento con naturalidad, muchos ponen ojos de búho y abren la boca como si se enteraran de una calamidad. Yo sencillamente he querido saber cómo son por dentro. Me es tan necesario ver el cuerpo desnudo, así como es indispensable para algunos verle la cara y los ojos a la persona con la que conversan.
La cabeza ha sido siempre la huella digital del ser humano. Invade nuestra cédula de identidad, libreta de colegio y pasaporte. En ella se encuentra la mayoría de los sentidos. Vemos, comemos, oímos y respiramos... Es como si todo nuestro ser se concentrara en este objeto giratorio y curioso que cuelga del cuello como un péndulo cuando llega el sueño.


Para mí es más importante lo que tenemos debajo de la risa. Me he preguntado toda la vida por qué la cara es lo que mostramos, si es lo primero que nos delata. Creo que sería mucho mejor ir por la vida enseñando una teta o que se nos reconozca por la forma del ombligo, la textura de nuestras manos o por las pecas que pueden llegar a ser mucho más sensuales que los labios o el trasero.

Diana Varas. Ecuador (1984). Documentalista, directora de arte y escritora. Licenciada en Comunicación Social con mención en Redacción Creativa. Realizó el documental A imagen y semejanza. Directora y guionista del documental Reaparecidos. Ha publicado cuentos de ficción y artículos en antologías nacionales y extranjeras. Fue beneficiaria del programa de residencias artísticas para creadores de Iberoamérica y de Haití en México, (2011), donde realizó un corto documental llamado Los colgados. Tiene otro corto documental en proceso de edición llamado Yo soy José.


A mis 5 años la hora de bañarse no era la hora de bañarse, sino de compartir. Mi madre, mi hermana y yo entrábamos en la ducha para hablar de nuestro día, desnudas. Era el momento más esperado cuando acababa la tarde. Ninguna empezaba sin que estuviéramos completas.
En el baño no había un espejo grande que nos permitiera ver nuestros propios cuerpos, pero pude registrar el crecimiento del vello púbico de mi hermana en su adolescencia. Me imagino que también Rafaela vio el mío. Me vi en ella y me imagino que ella también en mí. Aunque ahora eso no importa.
Hace 15 años empecé a bañarme con gente que no conocía. Construí una bañera y coloqué de frente un espejo enorme. Hice de todo por ingeniarme historias y excusas para que personas desconocidas me acompañaran a casa.
No sé en qué momento surgió esta necesidad. De repente, me vi obligada a tener otras búsquedas. Cuando cumplí 23 años a mi madre le dio vergüenza repentina y mi hermana empezó a bañarse en las mañanas. Extraño ver sus cuerpos desnudos. Yo era una extensión de mi madre y ella era un adelanto de mi cuerpo futuro. Mi hermana era una paradoja.
Yo me fijaba en los seres más raros, quizás en los más silenciosos o con muchas manías. Aparecían en mi espacio, de repente, como personajes de una película impredecible. Me sentía como una pescadora que aguardaba pacientemente en la calle, en alguna esquina o un bar, postes, parques... hasta que alguien me inquietara hasta el punto de empezar la persecución. Estas emociones aparecían acompañadas de retortijones que me intranquilizaban. Yo solo esperaba, como una cazadora. Cada vez que abría la ducha veía hilos y telarañas, las gotas eran eso, una casa de agua, una sábana que me protegía a mí y a mi acompañante de turno de los tabúes y limitaciones. Era un espacio para deshacerme en su cuerpo como una espuma relajante, sanadora y reconstruirme en él o ella, tocarlo como si me tocara para olvidar mi sexo, mi identidad y saberme corpóreamente fuera de mí, divagante, experimental, pero a la vez viva. Y es que todos quieren ser vistos, deseados, amados, llegar a la gloria que produce el hecho de quitarse la ropa sin remordimiento.
Muchas veces supuse que las gotas que caían sobre la piel del otro eran colmillos que arrancaban el mal agüero de las personas, colmillos que los vaciaban de lo negativo y que a la vez los inyectaba de buenos deseos para que no se queden del todo huecos. Hay veces que las personas necesitan vivir con odio para tener un motivo para hablar o vivir. Los malos recuerdos se instalan como una joroba que deforma personalidades. ¡Hay que dejar que todo lo malo se vaya por la cañería! Un día recogí a un anciano de la calle, le dije que le iba a preparar un plato de comida y aceptó acompañarme a casa. Él cantaba siempre en el parque del frente, con una guitarra pequeña y yo siempre le dejaba centavitos. No por el hecho de que cantara bien o mal o por pena, sino porque estaba obsesionada con su uña del dedo gordo de su mano derecha. Estaba demasiado grande y sucia. Le tocaba baño. Su uña vitela era mágica, rasgaba las notas al aire y hacía tambalear las cuerdas como lo hacen las palomas que se instalan en los cables de luz. Él cantaba con sonidos guturales, se había inventado un idioma raro, exquisito. Yo solo quería ducharlo, cortarle otras uñas y limarle la de su pulgar.
Estábamos ya dentro de mi departamento, él parecía un niño que recién asiste a la escuela, dubitativo, ansioso y con ganas de huir. Traté de que se sintiera a gusto. Le entregué unas fotos que le había tomado a él desde mi ventana cuando cantaba uno de sus temas en el parque. Las cogió sorprendido, me vio y se quedó viéndolas tres minutos por reloj.
—Usted ha sido artista— me dijo mientras caminaba hacia la ventana con las fotografías en mano para comparar el encuadre de la foto.
—No. Solo miro, nada más— le respondí y sin decir nada se sacó los zapatos.
—No me puedo quedar mucho tiempo. Mi show ya mismo empieza y la gente ya está aglomerada, gritando mi nombre. ¿No los escucha?
Fui a la ventana, me instalé a su lado para mirar hacia el parque, pero no había nadie: ni los niños, ni las parejas ansiosas de moteles, ni perros, ni ancianos voyeuristas, ni el guardia...
—Sí, los escucho.
Le hice un sánduche de atún con aceitunas. Se lo devoró y apenas dio el último bocado, le propuse que entrara a mi baño.
—¿Quieres conocer mi tina?— Así, directamente y sin vueltas.
—¿Para qué?
—Para que te des una ducha de agua caliente.
Él se rascó la barba con su uña de seis centímetros y ésta parecía un fósforo inmenso pronto a ser prendido por un fumador ansioso. Estaba sentado en la silla, desvanecido, como un monigote que se quema en fin de año.
—¿Hace cuánto tiempo no te bañas?— le pregunté.
Se puso erguido, como si alguien le hubiera tocado los hombros por detrás para asustarlo.
—¿Segura que los escucha?, ya me tengo que ir, páseme la guitarra.
Tomé sus manos. La sensación fue igual como si pasara la palma de mi mano encima de un césped húmedo. Me siguió al baño sin apartarlas. Abrí la llave y regulé el agua caliente. Sus dedos estaban fríos.
—¿Cómo te llamas?— le dije al poner play a un cd de Ópera Chillout que había conseguido en un puestito pirata.
—Pablo, ¿y tú?
Sin responderle me acerqué a él y le saqué poco a poco las prendas. Ondulaba entre los 80 a 90 años o era la edad que aparentaba. Muchas veces la vida nos pone caretas que no son del todo ciertas. Niñas de 12 parecen de 20, mujeres de 80 en verdad tienen 55 o 30, ancianos de 90 en verdad tienen 15. Por eso la muerte no sabe de edades. La vida siempre miente.
No puedo evitar imaginarme el pasado de las personas que llegan a mi casa, pero intencionalmente me contengo las preguntas, prefiero llevar todo a la imaginación, la realidad es absurda, la fantasía no.
—Aitana, Aitana Paralines— le dije cuando ya lo había dejado en calzoncillos.
Él entró a la ducha sin decir palabra con los interiores puestos. Cerré la puerta del baño y me quedé adentro. Yo esperé. Veía cómo poco a poco el espejo que estaba encima del lavabo se empañaba y mi imagen se tornaba cada vez más difusa. Estaba pronta a deshacerme. Volteé y vi la sombra de Pablo que se entretejía en las cortinas de la bañera. Su calzoncillo ya estaba colgado en la parte de arriba. Mi rostro parecía un plástico puesto al fuego, distorsionado, en neblina. El espejo tenía su piel mojada y yo estaba del otro lado, inexistente como el reflejo de un vampiro... Y mientras divagaba en mí de forma hipnótica, me di cuenta de que ya estaba desnuda, abrí las cortinas y entré sin que Pablo lo notara.
Él estaba con los ojos cerrados y yo observaba, quería ser como el agua, con ganas de tomar su forma, con ganas de ser jabón para hacer más suave su piel al tacto. Su pene era pequeño y sus testículos eran cuatro veces más grandes que su miembro. Eso dicen que les pasa a los ancianos, los testículos crecen o descienden hacia la tierra para descansar en paz. La casa del esperma se deshace en cada grieta y el viejo cambia de oficio: lee, conversa, recuerda, canta. Su virilidad lo traiciona, se pulveriza, le hace pesar los genitales, se vuelven una carga.
Abrió los ojos y apenas me vio se tapó el miembro y unió sus piernas. Yo lo seguía mirando, estática, sin taparme ni un centímetro del sexo hasta que él poco a poco fue quitándose las manos de encima.
—¿Te lavaste bien las uñas?
—Sí...
Esa fue la última vez que vi a Pablo, nunca más volvió a tocar en el parque. Me quedé con un pedazo de su uña, se la corté un poco para quedarme con el recuerdo. Quizás esa acción tuvo el efecto de Sansón y perdió su sentido auditivo. Posiblemente murió en paz cerca de algún columpio o en la frialdad de una butaca de calle. Capaz fue verdad lo que me decía mientras nos bañábamos, que se iba a ir de gira por el mundo y que tenía una reunión importante con Julio Iglesias.
Ya me había olvidado de él. Habían pasado 3 meses y yo me hallaba inquieta de nuevo. Estaba fijada en una mujer silenciosa que acostumbraba a ir todos los días a la cafetería El Mañanero. Un poco paradójico el nombre, porque ella iba de noche, a las 19:00 horas para ser exacta. Amanecía cuando todos ya estaban cansados, cuando la luna recién se desarticula de su estado duermevela de la tarde.
modelo 050La esperaba media hora antes para no perderme el espectáculo. La veía llegar con un rebozo que le cubría todo el cuerpo, su dimensión era similar al de una sábana. Esa tela hacía de resguardo, ella era una oruga en transformación —acurrucada— indiferente de su belleza que aparecería repentinamente en su intimidad cuando se despojara de las prendas. Llevaba muchos collares y aretes grandes; tenía bigote, las cejas gruesas y su entrecejo poblado. Le decía La Frida.
Me encantaba que estuviéramos coordinadas. Todos los días trataba de que los colores de mi camiseta coincidieran con los tonos del rebozo que ella había elegido para esa noche. Buscaba también poner mi boca en la taza caliente de café al mismo tiempo que La Frida para imaginar lo que en ese preciso instante estaba sintiendo. Experimentar la calentura en el momento en que ella también lo experimentaba, saber que el líquido iba por el mismo cauce en nuestros cuerpos, me desequilibraba completamente. Nos imaginaba en la ducha y las dos éramos dos lenguas. El aliento era el vapor; el agua la saliva, la unión de nuestros cuerpos... el beso. Ella era lo prohibido.
Antes de conocer a La Frida y después de que Pablo desapareciera empecé a fijarme en mis procesos menstruales. Tenía que mantenerme ocupada. La sangre está ligada al acto tan hermoso de la no fecundación y de la renuncia a la permanencia genética por generaciones. El período es el estigma de la entrepierna de cada mujer, una imposición con la que todas debemos cargar: la posibilidad de ser matriz, de cumplir la función de un capullo o huevo. Ninguna puede desvincularse de su ciclo. Ni por su posición de negarse a ser madre o de serlo.
Cuando iba al baño con mi madre yo solía observar cómo caían las gotas rojas en el agua, parecían pequeñas medusas que se deshacían al llegar a la rejilla. Ella siempre evitaba bañarse cuando estaba con la regla, pero yo siempre insistía, adoraba ver los flujos cayendo por sus piernas. Su sexo era una escultura religiosa, la sangre, el milagro. Soy una completa devota del cuerpo.
No me pregunten cómo, pero logré que La Frida entrara a mi casa, me había acercado a ella en el café después de ir a comprar varios rebozos al mercado artesanal. Le mentí. Le dije que yo vendía todo tipo de modelos y que estaban súper baratos, porque quería deshacerme de ellos debido a un viaje repentino. Me creyó y me acompañó a casa con una naturalidad exquisita, como una niña que no fue aconsejada por mamá o papá sobre cómo prevenirse de los extraños.
Tenía todo armado. Podría considerarme preparada para montar la puesta en escena más complicada. El escenario estaba listo. Mi departamento se había convertido en un mini mercado de pulgas debido a una supuesta mudanza. Conseguí maletas y empaqué algunos objetos en cajas para simular. Cada rebozo estaba dentro de una funda plástica sellada con cinta adhesiva. Todos tenían precios falsos, eran más de 20 unidades. Los objetos de vidrio estaban envueltos en papel periódico, mi ropa estaba arrumada en torres, tenía la sala y el cuarto alborotados, menos el baño.
—¿Te vas viaje?, ¿a dónde?— me dijo mientras tocaba el colchón de mi cama, como si estuviera haciendo un test de calidad.
—Todavía no lo sé.
—¿Siempre vas al bar, verdad?
—Sí.
Se la veía tan acomodada a ese espacio que era mío. Era una chiquilla espía atrapada en un cuerpo adulto. Miraba para todos lados, tocaba todo lo que podía, se agachaba e empinaba para no perderse ningún detalle. Era más eléctrica de lo que pensaba.
La observaba con disimulo. Me ubiqué lejos, en la esquina, al pie de la repisa donde coloco mis objetos de colección: la uña de Pablo, un pañuelo con sangre, el mango de un paraguas en forma de hiena, una pierna de plástico, la cabeza decapitada de un Divino Niño, un calcetín chullo con un tigre en el centro, un ombligo disecado, en fin... quería sumar su rebozo al conteo.
Estaba dispuesta a regalarle los míos, con tal de quedarme con el suyo. La manta que la envolvía era una sanguijuela que se había apropiado de su olor y los restos de su piel en mutación. Tenía que meterla a la bañera.
El secreto que guardaba me hacía sentir invencible. Ella había caído en mi trampa.
—Te he visto sola muchas veces— continuó.
—Siempre estoy sola y me gusta— Le acerqué los rebozos hacia el centro de la cama para que escogiera el que más le llamase la atención. Quería que se probara algunos y verla desnuda. Era un buen comienzo.
—¿A cuánto están?
—Yo solo quiero deshacerme de ellos, no te preocupes por el precio. —Pruébatelos
—Aquí dice $ 5... ¡Perfecto!
—¿Quieres que te ayude? Si sientes vergüenza puedes ir al baño a sacarte la ropa.
—No, no me molesta que me veas
Se acercó.
Se puso de espaldas frente a mí, se desabrochó el gafete y puso sus manos en alto. Jamás había estado nerviosa debido a una mujer. La Frida me hacía experimentar sensaciones extrañas. El baño en esos segundos pasó a ser secundario.
Imaginaba que estábamos en un arrecife, llovía gotas de color turquesa... y todo era fosforescente. La ciudad era un neón vivo. Estábamos desnudas, mirándonos como si recién hubiésemos visto un cuerpo sin ropa. La besé y una lengua inmensa salió de su boca hasta envolverme toda, de pies a cabeza, como una boa que se apodera de una rama para cambiar su piel. Me sentía en una película de Tim Burton en el mundo bélico de Beetlejuice. Nuestras tumbas estaban abiertas, repetía el nombre tres veces como en el filme, para que resurja de las cenizas, Frida, Frida, Frida... Y ya habíamos resucitado.
—Ayúdame— me dijo, y me despabilé con un sacudón de cabeza.
Empecé a desenrollarla. La Frida sostenía todo su peso con los dedos de los pies en punta. Una, dos, tres, vueltas... y sus manos seguían en alto. Parecía la clásica baletista que vive en las cajitas musicales de las abuelas. La melodía era silente, yo estaba en medio del éxtasis de una orquesta imaginaria. El ventilador de la esquina estaba prendido y todo estaba a media luz. La tela que tenía que caer en el piso al desenvolverla emprendía vuelo a la altura de sus caderas. Sus hombros y sus senos estaban al descubierto. Mi trampa no.
—Yo también me probaré una—dije al ver su torso desnudo. —Pero quiero probarme la tuya... ¿te molesta?
Alzó los hombros demostrando que le daba igual. Solo hurgaba con desvergüenza las fundas para escoger el que más le llamara la atención, parecía no importarle no tener nada encima. Sus senos eran pequeños, el izquierdo era notablemente más diminuto que el otro.
—Tienes unos senos hermosos— pensé en voz alta, pero ella continuó como si no hubiera escuchado.
—Tu departamento me gusta, yo estoy buscando uno. Podría cambiarme aquí cuando te vayas.
—¿Quieres conocer mi baño?, es lo primero en lo que me fijo cuando busco un lugar. Si quieres pruébalo, una ducha no le hace mal a nadie.
Le señalé dónde quedaba y ella fue caminando para revisarlo, la seguí. Abrió la llave, mojó su mano y se inclinó sobre el marco de la puerta. Tenía un rebozo amarillo a medio poner, podía ver uno de sus senos que salía curioso.
—No me has dicho cómo te llamas—dijo la Frida.
—Aitana... Pero no me digas tu nombre.
¿—Por qué?
Hice como si estuviera pensando la respuesta que ya tenía. Recordé a Pablo, a Antonia, Carmen, El Chino; a Torbi, el break dancer; la señora Eli y los tantos que han pasado por el agua conmigo... Todos tenían un nombre.
Demoré unos segundos, hasta que por fin estalló la oración al igual que un resorte apretujado en una caja pequeña, ansioso por salir volando para simular el efecto de un tortazo.

¡No quiero que te hagas humana!

 

Mi lienzo es el agua enviado a Aurora Boreal® por Diana Varas. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Diana Varas. Foto Diana Varas © Diana Varas. Foto Modelo Foto Studio 116 © Mario Camelo.

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