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Poesía

Selección de poemas inéditos de Julio Eutiquio Sarabia

julio etuquio sarabia 250Julio Eutiquio Sarabia
Estudió la carrera de Lingüística y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Ha escrito los libros Cerca de la Orilla publicado por la Universidad Autónoma de Puebla (1993), En el país de la lluvia, de Fondo de Cultura Económica (1999), Mudar de Vida, coeditado por la BUAP y Luna Arena. (2003) y Tesitura, de Monte Carmelo (2008). Recibió el premio José Fuentes Mares por Cerca de la orilla en 1994. Participó en Ala impar: 20 años de poesía en Puebla y Pulir Huesos, Galaxia Gutenberg. También ha publicado su trabajo en revistas como Biblioteca de México, Casa del Tiempo, Luvina y La Gaceta del Fondo de Cultura Económica. Actualmente, es subdirector de la revista Crítica de Puebla.

 

Selección de poemas inéditos por el autor para Aurora Boreal®.

 

 

CINCO POEMAS

 

Asteriscos para formar una constelación

 

1
En la ribera, más fardos que barqueros causan estupor;
humo y aceite alteran el grito de los monos en el alba.

La claridad surge del andar volátil distinto al de los ebrios:
unos a otros diciéndose los ensalmos que han de redimir al mundo;
reflexiones cortantes sobre el reposo de los muertos
mientras alrededor de las tumbas vocalizan.

 

2
Proclama tú que hubo una vez la niebla inverosímil de donde emergían figuras
y murmullos que órdenes acatables eran en sus destinatarios:
abandonaban sus casas con dirección incierta
y en el camino,
fuese el de Santiago o el de Las Dulzuras del Edén,
uno a uno comprendía que en el propósito
el parteaguas ya era señalado.
Yendo así por esa senda,
sin ser el maestre ni su hijo,
Teresa ni Juan entre los devotos que levitan,
Villon aparte y a buena distancia Diego Evangelista,
un buitre en el hotel Francia entre las visiones de Oaxaca
y el degollamiento de ángeles y codornices,
un alto dictaban a sus cuerpos en los ídem de Aurora, Briseida,
Rosario, Laura y otras féminas. Se decían unas de Chiapas
y otras de Agua Dulce; serranas,
sin haber libado con el Arcipreste;
ribereñas acaso para el contento de la hora
y para no destejer los veinte años venideros.
Escanciada la sal de esta manera,
surtido el conocimiento en lecciones titubeantes,
en los capítulos siguientes la testuz era gallarda,
altiva como siempre.

 

3
En un abrir y cerrar de ojos la barca se abría paso entre abedules,
islotes, pájaros en estampida, herederos de talla criminal.
¿No es aquélla la nave de gobierno
ora a la deriva, ora expidiendo luces de bengala?
¿El piloto no causa controversias ya cadáver,
hallen en su nariz la estampa de fenicio
o más linaje le supongan, más tráfago intuyan en su nombre,
más seso —asiéntenlo ya, vamos— de Virgilio?

 

4
La túnica en ella era visible por el desliz líquido del remo
y la certidumbre, instante tras instante, de un escenario repetido
en el resplandor cobalto, inabarcable en la certeza de las pesadillas,
obligaba a preguntarse quién emergía del sueño y quién a gritos,
con la vista fija en la ventana, alcohol pedía antes de conciliar la madrugada
en una calle cubierta de paraguas y tarjetas postales: sepias algunas,
grisáceas muchas otras, extrañamente ennegrecidas por el humo de Manhattan.

Excesiva de pie esa figura, a sus anchas mientras supone que la espera
es un barboteo de luz que asfixia o que revela el paisaje sobrenatural del amnios,
el prado en el cual Anquises conversa con Eneas, la orfandad replicante de Raquel,
el remo que otra vez decide el punto final en esta orilla,
la victoria sabida del progreso.
Grandes cargueros poseen en alta mar su tumba sin estrellas.
Los conducen allí quienes antaño cubrieron sus oídos e inútilmente
aguardaron a que sus ojos, repletos de estupor, advirtieran olas gigantes,
emisarios intempestivos tras la calma, bailarinas de Malasia,
la piara y su matrona. Pero ante sí, ante sus previsiones, tuvieron sólo albatros…

 

5
Proclama de nuevo que, abiertos los ojos, el fin del mundo se adivina
una crispación blanca, el puño encendido sobre el rostro del imbécil,
el augurio de los puntos suspensivos para quien interpreta la luz de las estrellas.
Nosotros vemos el nimbo de la escoba en el apresurado movimiento de la mano,
vemos el minutero y el tris de la jornada porque habrá de repetirse hasta que el alcohol
––el viernes, quiero decir–– suponga un gramo de luz en el deseo,
un utensilio menos familiar que oculte en el cuerpo las estrías.
Y al ocultarlas, el gesto mismo revelará cuánto del mundo
es un constante fin que la escoba y el plumero despojan de lo insigne.

 

Cerca pero lejos

 

Distantes de la nieve, rizos los copos hace horas,
los confundía con un pájaro extraviado
que se desprende, por estrategia, del plumaje.

El moroso descenso del engaño,
                                                         caída libre de las liebres,
en ocasiones los gatos gratuitos en el parque
para comensales incautos o sumidos en el hambre

Crisálidas del viento con rumbos indecisos,
desaparecen aquellas criaturas en los sauces.
(Intrigados, merodean a Hamlet los curiosos
en su reino carcomido:
                                        ejemplos sobran
pero no importan para el caso.

Ved cómo Ofelia enumera los charcos tras la lluvia
y ––en pos del lecho–– se encamina hacia el arroyo.
Ved, tras los cortinajes, cómo la deslealtad se dobla
y descubre atributos colorados e innobles de la sangre.)

De China proceden porque, en sus alas, lámparas
parecen involucrar en su trayecto
y sabido es que un ideograma las protege.
Desde el aire, el más translúcido del año,
ruedan en pensiles de lotófagos:
rumbos vacilantes rodean lo consabido
y posan después en la verdura
para el final feliz de sus perseguidores.

Acaso muestre la ciudad de origen un delta caudaloso,
acaso crucen el río quienes buscan barriles de cerveza,
los prostíbulos de Larsen y los deshuesaderos.
En los muelles, muy a propósito del caso,
los ejemplares de esta especie van y vienen
hablando de mujeres:
                                   Clara, Obdulia, Azucena o Rosalía.

 

Óleo sobre piedra bruta

 

Ceniza sobre los álamos y los cipreses:
tres grados más ascendido ha la temperatura,
tres tantos más de riesgo en el delirio.

Observa bien cómo la fiebre emplazará rinocerontes en el techo.

Tres veces te yergue el desvarío para arrasar los analgésicos
y el agua exacerbante del pocillo,
                                                           la bruma invisible
que debería tornarse placebo del corpacho.

Escucha un momento la canción que concluye tras tu almohada:
como el mar,
                       recomienza ahora en un murmullo
y escala su volumen,
                                   escala a trancos el trono de los hiperbóreos;

hercúleo el alebrije resplandeciente de esa treta,
el coro renqueante ya acomete cuanto hay de cima
en el trémolo que troca en tanto bramas
“carajo, sordos, apaguen ese radio”,
“callen la boca hasta el descenso del termómetro”.

Debió venir la calma después de la niebla
                                                                          pasmosa del gruñido,
porque la luz ––esa agua evanescente––
volvió a pronunciarse con sílabas
que evocaban planicies y cumbres
sabidas en los sueños.

 

Óleo sobre una partitura

 

Figuraciones impuestas por el sol: una zarza de bravos flechadores,
la miel silvestre en el espejo y residuos de alcohol,
el turno desflemado del abstemio y la cauda indecisa del cometa.

Trabados el cierzo y el tizne alucinante de una casa al incendiarse,
el hedor de las bandejas iba conmigo en dosis de adrenalina y pasmo,
la muchedumbre llevaba cubos de arena e invocaciones repetía tres veces a la lluvia.

Mi pecho estaba poblado de gritos en sordina y ubres de murciélagos.
Los botones del abrigo bruñía porque era la nieve más azul
el huésped inusitado en las pesadillas cuando niño.

Veía rubias que portaban charolas de sangre y aceitunas.
Al acercarme para olisquear sus cuellos, algodones de azúcar me daban,
un escalpelo y el saxofón de Charlie confiaban en mi manos.

Al pie de la montaña perturbé notas de su acústica,
así en el tributo al dios de los alisos como en la oración de los colgados,
así al final de la jornada como en el principio del ascenso.

Mi proceder quirúrgico requería de las abejas su orbe laborioso.
Erizados tenía los pelos al asomarme a los pasillos
e incertidumbre gravitaba en la caverna de los cíclopes.

Nunca nombres, si lo sabes, el ancho del camino.

 

Despedida

 

¿Los oyes también tú? A la vera del río vienen.
En sus manos, los panderos
                                             exaltan las hojas del otoño
cuando emprenden la marcha asaz distante.
El río que fluye a la vera del camino,
                                                          el río caudaloso antes del camino,
acoge el hábito de los caballos y los mercaderes.

¿Alcanzas a verlos en las cintas multicolores del ropaje
al despedir el mundo del cadáver?
Asoman los infantes a la cabeza del cortejo;
saludan las inmediaciones con la mano
y adiós dicen a quienes descienden en la escala:
astros a gatas ellos mismos en la tierra,
en la turbia luz de las plañideras presienten el ocaso.
Sin dilación anuncian el paso de los muertos
porque desde la nascencia pretenden el noviazgo con el mundo.

¿En la ventana los oyes también tú cuando te inclinas
y un pozo ves cómo delata la indecisa espiral del universo?
Deleita un instante el oído con tal tono.
Airea a gusto las papilas por si acaso.
Interroga o examina los herrajes del pino funerario,
aquella materia de la urna donde reposen tus cenizas.

Cantan los infantes cuando presiden el cortejo
y flores arrojan y abracadabra pronuncian en la niebla.
Raucas responden las ancianas al gañido
o al treno inconcluso en la ribera
del río anterior a la conciencia del ocaso
y a la salutación del primogénito.
Su ronda apacigua a los guerreros en la playa,
que alcanzan a ver cómo el naufragio los devolverá a su ladera:
heridos los unos al entonar el nocturno de las lides;
lastrados los otros al saberse, al pie del muro, tan pequeños.

Escuchan los titubeos en la floresta y aguardan los ojos
inmóviles del búho,
                                   el inequívoco tajo de la espada
y el imprevisto enroque del cruzado:
Antonius Block tropieza también con saltimbanquis
y acróbatas en busca de Elsinore;
señor de hombres,
                                 lo agobia Dios en su aquiescencia
y el teatro moroso que lo anuncia.

 

tenue rededor 375

Selección de poemas de Julio Eutiquio Sarabia enviada a Aurora Boreal® por el autor. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Julio Eutiquio Sarabia- Foto Julio Eutiquio Sarabia © Julio Eutiquio Sarabia. Carátula del libro El tenue rededor del mundo © cortesía Julio Eutiquio Sarabia.

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