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Ensayo

Dramatizaciones de la muerte de Cristóbal Colón: 'La agonía' de Luis Mariano de Larra y Wetoret, 'La última hora de Colón' de Victor Balaguer y 'Yo vi el paraíso terrenal' de Remedios García Albert y Lautaro Murúa.

cristobal colon 250El deceso de Cristóbal Colón, como todo lo relativo a su vida, ha sido y continúa siendo tópico de investigación, análisis y de infinitas representaciones iconográficas (1) musicales (2) , historiográficas y literarias. A las fuentes principales de su fallecimiento- los textos de su hijo Hernando Colón y Bartolomé de las Casas- se suma una extensa y disímil producción documentaria, investigativa e interpretativa centrada en la reconstrucción histórica de su última etapa de vida, en los diagnósticos de los posibles síntomas o enfermedades que padeciera o en la determinación de la autenticidad y lugar exacto y final de sus restos (3).
La historiografía reciente sobre sus últimos años destaca la preocupación de Colón por el distanciamiento del Rey Fernando después de la muerte de la Reina Isabel (1504), la poca atención que se daba a sus reclamos para la devolución de privilegios y títulos, y su precaria salud. Es el cuadro de un hombre, en un último viaje, marcado por un esforzado peregrinaje (la mayor parte en mula) tras una corte real esquiva, acompañado de su hermano y servidores, que transportan consigo sus documentos más importantes. Colón, en su itinerario se desplaza de Sevilla a Segovia, donde lo recibe el Rey Fernando el Católico (mayo de 1505), dicta un testamento nuevo (25 de agosto), parte a Salamanca (donde llega el dos de noviembre de 1505) y a Valladolid, a donde había llegado el Rey Fernando el 22 de marzo de 1506 para casarse con Germana de Foix y recibir a los nuevos monarcas, su hija Juana y Don Felipe, que venían de Flandes. Cuando éstos, en vez de llegar a Valladolid, optan por La Coruña (28 de abril de 1506), el Rey parte a su encuentro. Colón, imposibilitado de asistir y seguirle, envía a su hermano Bartolomé con una carta en la que se ponía a la disposición de las nuevas Altezas como "vasallo y servidor" y les suplicaba "que reciban la intención y voluntad, como de quien espera de ser buelto en mi honra y estado, como mis escripturas lo prometen"( Varela 532, énfasis mío). El mismo Colón se ocupa de resaltar en dicha carta su aflicción física (enfermedad) y su preocupación emocional (angustias). Sus reclamos los inscribe dentro de unos momentos que él mismo describe categóricamente como tiempos "revesados". Algo revelador de su ánimo es su deliberada intención de señalar y acusar que su actual difícil situación es el resultado de la agencia de otros ("en que yo e seído puesto") y reitera su esperanza de que se le restituyan no sólo su reputación sino sus bienes ("honra y estado") como se estipulara en las Capitulaciones.

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El escritor frente a la violencia: crónica de un viaje íntimo al corazón de las tinieblas

oscarportadas 250La violencia es un fenómeno que ha hecho parte de la constitución de las sociedades americanas y que aún permanece con una increíble ferocidad en algunos países de este continente. Las guerras intestinas entre las distintas tribus que habitaban estas tierras antes de la llegada de los europeos explica, en gran medida, el éxito de la Conquista. La Colonia, los procesos independentistas, la constitución de las naciones estuvieron atravesados por una constante confrontación armada. Pero esto no es una novedad, la constitución de las naciones en todo el mundo se cimentó siempre sobre múltiples violencias. Sin embargo, en algunos países de América Latina la violencia se renueva con igual o mayor ferocidad.
El caso de Colombia es especialmente dramático. Desde el siglo XIX hemos tenido tres períodos de violencia generalizada: las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XIX, la Violencia política de mediados del siglo XX y la violencia actual, que no ha menguado desde los años setenta del siglo pasado. Aunque entre uno y otro de estos períodos ha habido años de tranquilidad o las expresiones de violencia que pervivían se restringían a ciertas regiones, los colombianos (y esta parece ser una percepción compartida por el resto del mundo sobre nosotros) tenemos la idea de que la violencia permanece de manera ininterrumpida desde el siglo XIX, que la violencia es una y la misma desde siempre, que somos un país esencialmente violento. Sin embargo, un análisis de la violencia en Colombia nos permite concluir que las violencias de estos periodos son distintas, que, aunque tienen vasos comunicantes, son expresiones de realidades socio-políticas diferentes y que la violencia no es una condición de la sociedad colombiana.
Estos tres escenarios de violencia generalizada han generado una ingente literatura que procura la denuncia y/o que intenta registrar o testimoniar el fenómeno y/o que intenta comprenderlo. Por la intensidad y la permanencia en el tiempo de la violencia, este es el tema sobre el que más se ha escrito en Colombia. En el caso particular de la literatura, se ha abordado ampliamente desde todos los géneros: poesía, teatro, cuento, novela, ensayo. Pero es, sin duda, en la novela donde el tema ha hallado su terreno más fértil. Sobre los tres períodos de violencia generalizada ha quedado una ingente literatura: sobre las guerras civiles del siglo XIX, se han recuperado decenas de novelas olvidadas; sobre la Violencia política de los años cincuenta al sesenta, se han examinado más de cien; sobre la violencia de las últimas cinco décadas, también se conocen varias decenas, entre las cuales, la novela atinente a los fenómenos del narcotráfico y el sicariato cuenta con cerca de cincuenta obras.

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Voz de urgencia: rostros ausentes, rostros desconocidos*

david collin 250La epifanía del rostro como rostro abre hacia la humanidad
Emmanuel Levinas. Totalidad e infinito

 

¿Dónde los muertos? ¿A dónde fueron aquellos que vimos partir ? ¿Cuál fue su último rostro, las últimas palabras? A veces, vemos reaparecer rostros amados, desaparecidos, cuyo recuerdo ancla profundo en nosotros. Nos sonríen, surgen en el momento menos esperado, en un reflejo, en un momento de ausencia, saltan sobre la espalda, en sueños nos aconsejan, reaniman en momentos de desaliento. Los muertos nos acompañan, pero su ausencia ha transformado los lugares donde la amistad creció. Un vacío inmenso metamorfosea la ciudad. Los recuerdos felices no forman sino una caja de melancolía, deambulamos en su búsqueda a lo largo de un corredor deshabitado y oscuro. Caminando por las ciudades, rápidamente no vemos más que ese vacío, rostros que se cruzan en un banco de niebla espeso, ruidos apagados por pensamientos perdidos que resuenan en el espacio, y poco a poco nos damos cuenta que ese encuentro, cara a cara, para siempre está perdido– salvo acaso en la mirada fija de una fotografía. En esos largos momentos de vagabundeo creemos reconocer rostros que parecen mirarnos, o llamarnos, pero que no conocemos. Y cómo nos desestabilizan, pese a que no cesemos de buscar su aparición. Esa familiaridad de la mirada, la impresión de lo ya visto es acaso el signo lejano de un muerto que no vimos partir, un lazo familiar suspendido entre los muros del tiempo que renace en un nuevo rostro, no del todo desconocido.


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Cuando Francisco se volvió Pacho Tiro: Una lectura de 'Nadie es eterno', de Alejandro José López

mar mar collazos 2501. Un entorno violento
No es fácil crecer en un entorno violento y, mucho menos, quedarse a vivir en él. Éste es el mayor drama colombiano del siglo XX. En tiempos recientes, uno de los factores que más ha determinado esta violencia es la búsqueda de ascenso social a través del narcotráfico. Y como ningún rincón del país permaneció ajeno a este conflicto ―ni a sus cotidianas tragedias―, la región del Valle del Cauca también se vio envuelta en dichas dinámicas. El ascenso propiciado por este comercio ilegal siempre fue rápido y violento. Para los años 90, la producción de esta industria criminal ya no fue sólo de marihuana; también se había iniciado el negocio de la cocaína, la cual terminó siendo mucho más apetecida y costosa. Y a medida que se hacían más conocidos y deseados estos productos en el mercado internacional, las guerras por territorios y poder azotaron el país con mayor crueldad.
En muy poco tiempo, muchos habitantes del lugar donde se instaurara este negocio estaban inmersos en él, muy especialmente los jóvenes de poblaciones marginales. Asimismo, se dio vida al Patrón, un siniestro personaje encargado de manejar la empresa. Su nombre debía ser precedido por la palabra "don", debía estar acompañado por más de dos guardaespaldas; era quien ―según la axiología de este submundo― tenía derecho a la compañía de las mujeres más bellas, las más grandes casas y el mayor respeto en la comunidad; era quien manejaba el dinero y, por esto, a quien se debía obedecer. Por tanto, el deseo final de estos jóvenes era el de llegar a encarnar el Patrón. Este funesto matrimonio entre poder y crimen adoptó la juventud de aquella época, y la condujo a destinos tan rentables como sangrientos.
Hemos de tener en cuenta que, antes de iniciar su recorrido en aquellos caminos criminales, estos jóvenes han sido el objeto de diferentes violencias, las cuales pasan por la exclusión y el abuso. Con frecuencia, su infancia ha sido arrebatada, han dejado atrás su niñez y los juegos inocentes sin siquiera conocerlos. Esta infancia en condición de víctima es la predecesora de la adultez victimaria. A continuación analizaremos esta particular situación social en la novela Nadie es eterno (2012), de Alejandro José López.
Nadie es eterno transcurre en el año de 1990, en un municipio del Valle del Cauca: Tuluá. Los paisajes de esta población y sus alrededores se recorren en esta obra a través de las voces de sus habitantes. Por su parte, los personajes que atraviesan el libro lo hacen por medio de historias y anécdotas que llegarán a cruzarse en algún momento del relato. En éste encontramos expuestos el temor, la venganza y el amor vividos en aquella época caracterizada por la violencia y el negocio de las drogas.
Entre los personajes protagónicos hallamos a aquel que nos dejará ver de cerca la realidad del momento, Pacho Tiro. Su verdadero nombre es Francisco, aunque siempre será conocido por su sobrenombre. Éste se debe al diminutivo familiar que recibió en la infancia, Pachín. Sin embargo, al llegar a la juventud e iniciarse en el sicariato, los otros personajes de su entorno deciden tener en cuenta su buena puntería al momento de apodarlo; por lo cual se le atribuye, además, el Tiro. Al saber ―o creer― que él ya no es un niño, dejará entonces de ser Pachín; ahora se vuelve Pacho: Pacho Tiro. Este joven sicario será el encargado de ayudarnos a entender una vida impregnada por la mafia y por la barbarie que desencadena.
La historia de esta novela está contada a través de cuatro narradores independientes, cada uno con su voz particular. Éstos se alternan y comparten el mismo nivel de importancia a lo largo del texto. En primer lugar nos topamos con Pacho Tiro, nuestro personaje, quien nos revela sus percepciones, sus opiniones y su accionar ―es de esta forma como se cuenta la historia del victimario y el ejercicio del crimen―. Después aparece aquella voz que nos refiere unas breves postales, la cual nos describe los paisajes hermosos y mortales que rodean a Tuluá. El tercer narrador funciona como una especie de vox populi que hace uso del chisme y, aunque se enfoca la mayor parte del tiempo en el accionar del otro protagonista ―Rafico―, es ésta la voz encargada de darnos a conocer la transición que vive Pacho Tiro entre su niñez como víctima y su adultez como victimario. Por último tenemos a un narrador en tercera persona, quien se enfoca en Alba Matienza ―la bruja del pueblo―, su hijo Alberto y sus amigos.

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Entre una causa sexual-vital y una causa socio-política

escritura pornografica 152

En exclusiva para Aurora Boreal®

 La escritura, entre pornografía e ingenuidad y otros relatos
Autor: Freddy Téllez
Editorial: Aurora Boreal® (Dinamarca)
Editor: Guillermo Camacho
Colección Puro Cuento
Diseño de la colección: Leo Larsen
Fotografía de carátula: Mario Camelo
86 páginas
2015

 

 

Tal como les conté en un correo a Guillermo Camacho y a Leo Larsen, a cambio del cual ellos me propusieron escribir una reseña o un ensayo de libre extensión, he leído el libro La escritura, entre pornografía e ingenuidad y otros relatos, del filósofo y escritor colombiano Freddy Téllez (n. en Bogotá), residenciado en Europa, y me gustaron mucho cuatro de las historias; no es que me hayan disgustado las otras dos, sino que siento que les falta cierto desarrollo pues ni siquiera veo en ellas un final abierto que, a veces, es más conclusivo que otro propuesto como cíclico. Aunque, obvio, cada lector puede hacer la lista que le parezca, el orden de mis preferencias es:

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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