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Ensayo

El inventor de mundos y sus 'Cien años de soledad'

manuel domingo rojas 250El rostro del hombre delata en los pliegues de la piel que hay una vida vivida. No se trata de edad sino de intensidad. La frente ancha hace intuir que se está en presencia de un hombre de pensamiento. El bigote áspero y las cejas espesas hablan de ancestros de tierras y aguas distintas a las de su caribe natal. La boca y sus labios señalan sensualidad y sibaritismo. El mentón, determinación. Los ojos, no sólo inteligencia sino sabiduría, una sabiduría innata recibida genéticamente de estirpes marcadas por la soledad.

Si imagináramos un imposible viaje a las neuronas y los recónditos rincones del cerebro de este hombre, tendríamos que penetrar por sus pupilas tatuadas de fantasías y sueños. Y al navegar a través de los circuitos eléctricos de su masa cerebral, nos encontraríamos con la sorpresa de no encontrar algo que explicara su capacidad de invención para crear mundos nuevos y reinventar lo conocido.
Con razón otro sabio que deslumbró a la humanidad, Albert Einstein, afirmó que sólo la imaginación es superior al conocimiento. Porque tenemos que partir de la premisa que en este mago de la palabra, este prestidigitador de ideas, lo esencial es eso: su imaginación. Una imaginación sin límites que tiene sus raíces en la capacidad de asombro que cultivó en su infancia y jamás lo abandonó. Asombro frente a la cotidianidad, los hechos y las cosas que la mayoría de los seres humanos aceptamos sin descubrir sus aristas de singularidad y portento.

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La novela colombiana actual: canon, marketing y periodismo

pablo mntoya 250Pablo Montoya ganó la XIX Edición del Premio Rómulo Gallegos con su novela Tríptico de la Infamia, (2014).

 

 

No es nada temerario afirmar que una buena parte de las novelas colombianas que hoy triunfan en el escenario de las grandes editoriales naufragan en una suerte de frivolidad sentimental, en un espectáculo altisonante de la violencia y en propuestas narrativas que buscan afanosamente su aprobación comercial. Novelas, pues este es el género impuesto en el gusto colectivo, que intentan penetrar en los fenómenos típicamente nacionales a través de inquietudes tal vez válidas, pero resueltas en la escritura de manera ligera, sensacionalista, poco audaz. ¿Qué pasaría si alguien, apoyado en los principios de la exigencia estética y no en los del mutuo elogio o en las presiones venidas de los consorcios editoriales, se dedicara a escribir una recopilación de ensayos críticos sobre las novelas más exitosas de los últimos años? Por encima de las cifras de ventas que ofrecen algunas de ellas (piénsese, por ejemplo, en Rosario Tijeras (1999) de Jorge Franco, en Satanás (2002) de Mario Mendoza, en Angosta (2004) de Héctor Abad Faciolince, en Necrópolis (2009) de Santiago Gamboa, en Tres ataúdes Blancos (2010) de Antonio Ungar, en 35 muertos (2011) de Sergio Alvárez, en El ruido de las cosas al caer (2011) de Juan Gabriel Vásquez y en La luz difícil (2011) de Tomás González), se encontraría con problemas de construcción de personajes, con tramas más audiovisuales que literarias, con triviales atmósferas telenovelescas, con tratamientos narrativos frágiles, con complejidades estructurales exiguas, con adjetivaciones torpes, con el lugar común como si este fuese realmente el héroe de sus historias narradas, con críticas sociales que se empañan con un erotismo ramplón, con influencias literarias manidas y un facilismo evidente para resolver sus intrigas. Hallaría, por supuesto, pasajes que develan un buen oficio narrativo en autores que hoy se declaran, por fin, escritores profesionales en un país que sigue siendo avaro ante esta clase de categoría. Así como Hernando Téllez, a propósito del panorama literario de la primera mitad del siglo XX, que prefería la poesía e ignoraba los otros géneros, decía que en Colombia "hay un montón de versos pero muy pocos poemas".1 Hoy podríamos afirmar que ante el papel glamuroso de la novela hay muchas páginas escritas, sólo pasajes interesantes y no obras logradas.

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Dramatizaciones de la muerte de Cristóbal Colón: 'La agonía' de Luis Mariano de Larra y Wetoret, 'La última hora de Colón' de Victor Balaguer y 'Yo vi el paraíso terrenal' de Remedios García Albert y Lautaro Murúa.

cristobal colon 250El deceso de Cristóbal Colón, como todo lo relativo a su vida, ha sido y continúa siendo tópico de investigación, análisis y de infinitas representaciones iconográficas (1) musicales (2) , historiográficas y literarias. A las fuentes principales de su fallecimiento- los textos de su hijo Hernando Colón y Bartolomé de las Casas- se suma una extensa y disímil producción documentaria, investigativa e interpretativa centrada en la reconstrucción histórica de su última etapa de vida, en los diagnósticos de los posibles síntomas o enfermedades que padeciera o en la determinación de la autenticidad y lugar exacto y final de sus restos (3).
La historiografía reciente sobre sus últimos años destaca la preocupación de Colón por el distanciamiento del Rey Fernando después de la muerte de la Reina Isabel (1504), la poca atención que se daba a sus reclamos para la devolución de privilegios y títulos, y su precaria salud. Es el cuadro de un hombre, en un último viaje, marcado por un esforzado peregrinaje (la mayor parte en mula) tras una corte real esquiva, acompañado de su hermano y servidores, que transportan consigo sus documentos más importantes. Colón, en su itinerario se desplaza de Sevilla a Segovia, donde lo recibe el Rey Fernando el Católico (mayo de 1505), dicta un testamento nuevo (25 de agosto), parte a Salamanca (donde llega el dos de noviembre de 1505) y a Valladolid, a donde había llegado el Rey Fernando el 22 de marzo de 1506 para casarse con Germana de Foix y recibir a los nuevos monarcas, su hija Juana y Don Felipe, que venían de Flandes. Cuando éstos, en vez de llegar a Valladolid, optan por La Coruña (28 de abril de 1506), el Rey parte a su encuentro. Colón, imposibilitado de asistir y seguirle, envía a su hermano Bartolomé con una carta en la que se ponía a la disposición de las nuevas Altezas como "vasallo y servidor" y les suplicaba "que reciban la intención y voluntad, como de quien espera de ser buelto en mi honra y estado, como mis escripturas lo prometen"( Varela 532, énfasis mío). El mismo Colón se ocupa de resaltar en dicha carta su aflicción física (enfermedad) y su preocupación emocional (angustias). Sus reclamos los inscribe dentro de unos momentos que él mismo describe categóricamente como tiempos "revesados". Algo revelador de su ánimo es su deliberada intención de señalar y acusar que su actual difícil situación es el resultado de la agencia de otros ("en que yo e seído puesto") y reitera su esperanza de que se le restituyan no sólo su reputación sino sus bienes ("honra y estado") como se estipulara en las Capitulaciones.

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Parábola para Elías Canetti

elias canetti 250Inédito

 

 

Suelo leer varios libros a la vez. La afición es bastante común. En mi caso concierta azarosamente los volúmenes, aunque trato de que pertenezcan a distintos géneros literarios. Nunca dos de poesía o dos de ensayo o dos novelas; aunque generalmente tengo tres o cuatro al retortero. Sin que nunca falte uno de poemas, lectura esta última que dejo para la cama, pero ahora sólo de poetas reconocidos. Porque los que desconozco sólo los descubro de mañana, ya que en ocasiones me premiaron con pesadillas tenebrosas, hasta despertar con la angustiosa certeza de que el autor me acorralaba para leerme otro fajo de lo que llamaba –suspirando— poemas.
Justifico la costumbre bajo el pretexto de que recrudece la amenidad, pero no estoy seguro. La incertidumbre –magia contra las vagancias de la certeza— me impide recomendar la manía combinatoria. Aquella vez la coincidencia fue entre ensayo y biografía: Masa y Poder de Elías Canetti y César de Gerard Walter.
Masa y poder la había leído en dos ocasiones porque me abrió los ojos ante las ideologías cerradas de la modernidad, hasta convertirme para siempre en un admirador del genial escritor de origen sefardí Atesoro sus primeras ediciones en español, dicha que debemos a Mario Muchnik, editor entre editores, hasta sus aforismos y memorias; aunque hoy disfrutamos de sus Obra Completa en la Editorial Debolsillo, hasta el séptimo tomo.

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El escritor frente a la violencia: crónica de un viaje íntimo al corazón de las tinieblas

oscarportadas 250La violencia es un fenómeno que ha hecho parte de la constitución de las sociedades americanas y que aún permanece con una increíble ferocidad en algunos países de este continente. Las guerras intestinas entre las distintas tribus que habitaban estas tierras antes de la llegada de los europeos explica, en gran medida, el éxito de la Conquista. La Colonia, los procesos independentistas, la constitución de las naciones estuvieron atravesados por una constante confrontación armada. Pero esto no es una novedad, la constitución de las naciones en todo el mundo se cimentó siempre sobre múltiples violencias. Sin embargo, en algunos países de América Latina la violencia se renueva con igual o mayor ferocidad.
El caso de Colombia es especialmente dramático. Desde el siglo XIX hemos tenido tres períodos de violencia generalizada: las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XIX, la Violencia política de mediados del siglo XX y la violencia actual, que no ha menguado desde los años setenta del siglo pasado. Aunque entre uno y otro de estos períodos ha habido años de tranquilidad o las expresiones de violencia que pervivían se restringían a ciertas regiones, los colombianos (y esta parece ser una percepción compartida por el resto del mundo sobre nosotros) tenemos la idea de que la violencia permanece de manera ininterrumpida desde el siglo XIX, que la violencia es una y la misma desde siempre, que somos un país esencialmente violento. Sin embargo, un análisis de la violencia en Colombia nos permite concluir que las violencias de estos periodos son distintas, que, aunque tienen vasos comunicantes, son expresiones de realidades socio-políticas diferentes y que la violencia no es una condición de la sociedad colombiana.
Estos tres escenarios de violencia generalizada han generado una ingente literatura que procura la denuncia y/o que intenta registrar o testimoniar el fenómeno y/o que intenta comprenderlo. Por la intensidad y la permanencia en el tiempo de la violencia, este es el tema sobre el que más se ha escrito en Colombia. En el caso particular de la literatura, se ha abordado ampliamente desde todos los géneros: poesía, teatro, cuento, novela, ensayo. Pero es, sin duda, en la novela donde el tema ha hallado su terreno más fértil. Sobre los tres períodos de violencia generalizada ha quedado una ingente literatura: sobre las guerras civiles del siglo XIX, se han recuperado decenas de novelas olvidadas; sobre la Violencia política de los años cincuenta al sesenta, se han examinado más de cien; sobre la violencia de las últimas cinco décadas, también se conocen varias decenas, entre las cuales, la novela atinente a los fenómenos del narcotráfico y el sicariato cuenta con cerca de cincuenta obras.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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