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Ensayo

Donde está el zapato izquierdo

Iasi en la lengua 250ntroducción al libro Así en la lengua como en la pluma. Cuentos de Armando Romero (Antología personal) publicado por la Editorial Aurora Boreal® en abril de 2017.

 

Así en la lengua como en la pluma
© Armando Romero
© Editorial Aurora Boreal® ebook
Puro cuento
Páginas 198
ISBN 978-87-998986-5-7
2017

Foto  © Lorenzo Hernández
Diseño de la colección Guillermo Camacho

Para descargar el libro pulse aquí

 

Algunos escritores son malabaristas, prestigitadores: otros prefieren caminar por la cuerda floja. Creo pertenecer a esta última estirpe. Tal vez el hecho de ser ligeramente disléxico, de aquellos que no pueden saber dónde está el zapato izquierdo, hizo que para mí, desde muy joven, el descomponer la sintaxis y el subsecuente caer de las palabras sobre el texto no fuera un juego sino una necesidad o fatalidad, una enrevesada virtud. A esto contribuyó en la década del 60 el auge de una literatura, de un cine, que buscaba el objeto por encima del sujeto, o por lo contrario permitía que el sujeto se desplazara libremente por el espacio que se abre entre memoria e imaginación. De Robbe-Grillet a Fellini a Resnais era el ir de la rumba entre las palabras en mis días de Cali, y lo fueron por los años de Bogotá, Caracas, México, Chicago, Pittsburgh, mientras iba dejando caer como huevos de serpiente mis cuentos, o eso que se movía como cuento o historia en una página movediza.

Sin embargo, esto no me impedía una devoción por la literatura tradicional, valgan los cuentos de Borges, los de Saroyan, Hemingway, Carson McCullers, Álvaro Mutis o García Márquez, los cuales me acompañaban junto a Kafka, a Proust, a Cendrars, y esos tantos otros que todavía son amor y reverencia a mis años. Esta necesidad de desbarajustar la estructura convencional del cuento, o en su defecto dejarla entreverada dentro del fluir de las palabras, no intentaba irrespetar a Quiroga o a su maestro Poe, sino ir un poco más allá, como se dice que Lobachevsky hizo con Euclides. Y esa era mi pretensión de muchacho irrespetuoso.

No fue fácil empezar a publicar estos cuentos. De inmediato eran rechazados, aunque uno de ellos, que lastimosamente no publiqué y he perdido, quedó de finalista en un concurso de cuento colombiano, en el año 1969. Recuerdo el título, que todavía exuda el humor de esos mis días cercano al nadaísmo, “Por no trabajar, dirías tú, increíblemente exacta”.

Pero debo narrar aquí, antes de que se haga tarde, la historia del primer cuento que escribí, muy temprano a mis 17 años, y antes de que tuviera acceso a una literatura mayor, es decir, cuando todavía andaba de la mano de las novelas de vaqueros. Gracias a mi curiosidad y necesidad de conocer el ámbito cultural de Cali, ese año de 1961 me acerqué a la entrega de premios literarios del Festival de Arte de Cali, y allí, valga el azar, conocí al escritor tolimense Bor Torre (Roberto Ruiz), quien ya tenía cierta fama nacional por la publicación de algunos de sus cuentos en El Tiempo de Bogotá. Bor Torre, quien era un joven generoso y amigable, me preguntó si escribía, y yo, quien a duras penas había intentado poner unas frases en el papel, sin resultado alguno, le dije que por supuesto, que escribía cuentos. Bor me dijo que lastimosamente él volvía a Ibagué al día siguiente pero que me presentaría a un poeta nadaísta que estaba allí presente, quien había recibido una mención en el concurso literario. Este poeta era X-504, o sea, Jaime Jaramillo Escobar. Jaime, muy amable, me dijo que le gustaría mucho leer mis cuentos y si tenía uno lo llevara por su casa ese fin de semana. Le dije que allí estaría. Fui a casa y escribí, escribí todo lo que pude, y le llevé mi manuscrito. Lo leyó y me miró muy seriamente. “¿Has leído a Kerouac?”, me preguntó. Yo no sabía de quién estaba hablando, por supuesto, y así le dije. “Kerouac dice que cuando se sube a la cumbre de una montaña hay que seguir subiendo”, dijo. Mi cuento se llamaba “Cuando se sigue subiendo no se piensa en nada más”.

No fue fácil publicar, repito. En mis primeros años en Caracas sólo publiqué poemas o notas críticas, y ya en México en 1972 quise arriesgarme con un cuento y se lo llevé personalmente a Edmundo Valadés, director de la revista El Cuento, la cual era tal vez la revista más importante para los nuevos escritores en América Latina. Valadés leyó el cuento y me llamó para decirme que había una frase que le gustaba, aunque ese cuento no era cuento, que él no sabía si esa iba a ser la dirección que tomaría la literatura luego, pero en lo concerniente a su idea del cuento, imposible publicarlo. Sin embargo, un año después, Alvaro Mutis llevaría este mismo cuento “Cables” a Bogotá y se lo entregaría a Ernesto Volkening para su publicación en Eco, la magnífica revista literaria de la librería Buchholz.

Más de 20 años de trabajo en esta dirección experimental me permitió ver diversas reacciones con respecto a estos cuentos por parte de escritores y críticos. Tuve suerte que editoriales en Venezuela se arriesgaran a exponer al lector estos frutos carcomidos por los gusanos de la inconformidad. Por extraña razón la crítica no fue totalmente negativa, aunque la aceptación del público lector general fue nula. Escritores como Salvador Garmendia, Raúl Gustavo Aguirre, Diana Bellessi, Esdras Parra, encontraron en las páginas de mi primer libro, El demonio y su mano (Monte Avila Editores, 1975), elementos para exaltar el sueño surreal, la urgencia de volver por el lenguaje para salvarlo del servilismo de la anécdota.

armando romero 350Mi segundo libro, La casa de los vespertilios (Monte Avila Editores, 1982) se encontró con la suerte de lectores críticos que consideraron algunos de ellos para antologías colombianas o latinoamericanas. El cuento “Neuronita” le causó una sorpresa inmensa al crítico Eduardo Pachón Padilla, quien lo incluyó en el último de sus dos tomos sobre el cuento colombiano. El cuento de los tres niños alucinados Croar, Croir, Crour, despertó el entusiasmo de Juan Gustavo Cobo Borda para su antología de nuevos escritores colombianos, y luego fue escogido por Darío Jaramillo para su libro de Lecturas amenas. Más tarde, el crítico chileno Fernando Burgos lo incluyó en su Antología del cuento hispanoamericano del siglo XX (Castalia, 1997). Y así, poco a poco, algunos de ellos han encontrado acomodo dentro de ciertos espacios de la literatura en nuestros países.

Ya he señalado algunos aspectos que impulsaron mi trabajo literario en lo relativo a la escritura de cuentos, pero debo añadir otros que considero también importantes. La década del 60 en América Latina se caracterizó por un fuerte empuje literario y artístico, el cual dio como resultado grandes obras que inundaron el continente de norte a sur. También aparecieron movimientos literarios que retomaban las vanguardias de las primeras décadas del siglo y las actualizaban con respecto a las circunstancias de cada país. Valga citar el nadaísmo, el techo de la ballena, los Tzantzicos, los mufados, etc. Sin embargo, y a pesar de la conciencia vanguardista de todos los integrantes de estos grupos, el carácter convencional de la literatura primó, especialmente en lo que respecta al cuento.

Cierto es que escritores como Borges, Onetti o Cortázar le habían dado nuevos rumbos a la narrativa cuentista, pero en lo que a mí respecta, mi intención era demoledora, intentando con ella refundir la historia dentro de la maraña del lenguaje, para hacer de éste elemento integral del cuento, pero no como ropaje sino como ser actuante. Es decir, que el lenguaje pasaba de piel a intestino, de cuerpo a alma, si así se puede decir. Este planteamiento audaz no era fácil, y sólo podía hacerse concreto dejando que las palabras adquirieran vida propia, sin el control del hilo narrativo convencional. Obviamente que las palabras, al no tener algo que las sujetara, se desbordaban por la página en un juego de desperdicio e inutilidad, y conseguían la incoherencia como divisa.

Poco a poco, tratando de no perder ese efecto de action painting que se le venía encima a la página, empecé a domesticar algunas de ellas para que consiguieran una forma de equilibrio, y así contaran ese algo que venían buscando, trataran de encontrar orden dentro del desorden. Tengo que aclarar que estas reflexiones son a posteriori, ya que en los momentos de escritura los demonios del azar o la intuición aparecían en mis manos libremente, sin un pensamiento crítico o consciente que los detuviera y alineara en esa dirección. Antonio Benítez Rojo, el formidable escritor cubano, deja esto bien claro en su introducción a una antología de mis cuentos, titulada Una mariposa en la escalera (1993).

Poco a poco, e inmerso ya en la factura de una trilogía de novelas sobre el exilio, empecé a dejar estos cuentos de lado y no escribí más. Esta serie de novelas, que empezó con Un día entre las cruces (1994), centrada en Cali, Colombia, buscaba un enfrentamiento directo con tres temas centrales a mi hacer literario: el viaje, el exilio y la violencia. La continuación en La rueda de Chicago (2004) confirma esta dirección, así como La piel por la piel (1998). Y a pesar de que mi obsesión por el lenguaje está presente en ellas, plantean formas más cercanas a la historia en sí, a lo narrado. Siento, entonces, que algo se había detenido en el fluir de mis cuentos, ese desafío dentro de las coordenadas de la imperfección como propuesta experimental, y sólo una serie de cuentos cortos apareció en Colombia, Venezuela y México bajo el título de La raíz de las bestias. Pero estos trataban de alcanzar otras lindes, las fronteras entre el poema en prosa y el cuento.

Hace unos pocos años, el director de la revista mexicana La Otra, José Ángel Leyva, me sorprendió incluyendo en ésta mi cuento “La esquina del movimiento”. Gracias a este impulso y a unos dos o tres más en publicaciones diversas, decidí retomar los cuentos, y amparado en los talleres de reparación que inventó Borges, empecé a despojarlos un poco más de los ya visibles residuos afectados por el tiempo. Era volver sobre esa tarea de domesticación que había emprendido antes, pero que mi juventud atolondrada no había permitido concluir. Laboriosa tarea dado que la idea general no era transformarlos sino dejar más claro su espíritu de aventura y experimentación. Y aquí están ahora, no luciendo un traje nuevo sino buscando exaltar su espíritu juvenil, su necesidad de saber por qué el zapato izquierdo no está al lado derecho.

 

armado romero 350Armando Romero
Colombia. Poeta, novelista y profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cincinnati, Armando Romero fue parte del grupo inicial del controvertido movimiento literario los Nadaístas en Cali. Ha escrito múltiples libros de poesía, ensayos y su novela La rueda de Chicago (2004) fue finalista del concurso Clarín de novela en Buenos Aires y en el 2005 obtuvo el Latin American Book Award de la feria del libro en Nueva York. En 2011 obtuvo el Premio de Novela Corta Pola de Siero, España, con su novela Cajambre.

Material enviado a Aurora Boreal® por Editorial Aurora Boreal® y Armando Romero. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Editorial Aurora Boreal® y Armando Romero. Fotos Armando Romero © Lorenzo Hernández. Carátula del libro Así en la lengua como en la pluma cortesía © Editorial Aurora Boreal®.

 
 

 

Los amigos invisibles - próxima publicación

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