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Los que ya no están

Ha muerto Hugo Figueroa

hugo figueroa 255Ayer, 19 de agosto de 2018, murió en Maracaibo Hugo Figueroa Brett. Las sensibilidades artísticas están de luto, aunque su excepcional vigor seguirá navegando entre las borrascas que le regaló el naviero Álvaro Mutis… Ante su partida, mientras lo veo saltando de nube en nube junto a José Lezama Lima, creo que el único saludo que por ahora puedo hilvanar es reproducir tres de mis textos críticos y dos de sus poemas últimos. Estamos de duelo. Congojas, golondrinas.

 

¿EN DÓNDE ENCONTRAR SENTIDO?
El ciclón es un ojo con alas
José Lezama Lima

 

Tenía que ser celta y lunático y sin vocal. Scargot… Una ondulante espiral doble que funde energías contrarias, porque este caracol sólo puede ser mar, como los que pintaban los caribes en sus cuevas. Yin y a la vez Yang. Línea que divide y une la fuga. Hugo Figueroa Brett, siempre en fuga hacia los egipcios. Helicoidal.

Regenerándose constante, fecundo, con faz y fases. Rescatándose con sus delfines en este cuaderno que despide turbiones, que conversa soltando nuevos verbos.

Celta y demagogo, el muy encantador de serpientes. Leer Scargot reta e irrita. Sulfura y lleva razón a tanto poeta indiferenciado, esos que ni por los motivos se distinguen unos de otros, que engordan antologías donde nadie pregunta dónde está el singular. Y desafía, desde luego, al lector que se abroquela en la marginalidad de un tono hallado en la arena, escrito por Gastón Baquero como un inocente.

¿Qué suena al oído? ¿Por qué el símbolo? ¿Cuáles son las picardías de esta voz burla, sortilegio, fragmento? ¿Desde dónde escribe? Esta última pregunta la sé sin respuesta, es la clave… Suponiendo que haya clave. Porque quizás la sesgadura ─clinamen:desvío─ sea la conmoción de que sólo puede ser omnisciente cuando aventura el enroque, cuando sin nombrarlo invoca a Anaximandro y su cilindro en varios tiempos y espacios, en varias historias que sólo la memoria afectiva sabe amasar.

Acerca el caracol y oye resacas. ¡Lo bien que interpreta las resacas este poeta primo hermano de Maqroll el Gaviero, el hijo de Alvaro Mutis! Y aquí viene lo inconfundible en los poemas de Hugo Figueroa Brett, tras saberse demasiado bien los cánones y agones de la poesía sin lengua ni tiempo, compitiendo con Pound y Catulo, con Montale y Cadenas, con su amigo Eliseo Diego mientras los dos traducen a Keats entre escoceses de malta, entre cisnes y búhos y silencios, sobre todo silencios.

Porque el interlocutor ─soberbia indomable─ es él mismo. Su caballero y su jumento, duque y hormiga de su propia memoria, lector del Freud obsesionado con el Moisés de Miguel Ángel, que no sabe si acaba de sentarse o apenas se alza, si la mano indica que las Tablas se estaban rodando. Aquí en Scargot cada verso se rueda, desliza y trata de que no se caiga. Ese es el vértigo de este poema que ni él puede detener, retener. Que sabe rumor y que por eso mismo tiene que burlarlo, engatusar “a la horma que duerme en el zapato” para soportar su memoria tenaz, adosada hasta los deseos de volársela a pedazos.

Pedazos fuertes: por ahí va el mambo y el bolero de este caracol “como una desinflada paradoja”, es decir, mentiroso. Que se miente y nos miente al publicarlo con estos dibujos de Marius Sznajderman que entran al ruedo concisos, sin favorecer otro respiro, recrudeciendo la aporía de saberse paradoja, embuste piadoso, existencia y falacia de una salmodia. De su cursiva deseosa cada tarde de hacer trizas la monotonía, como siempre ha conseguido contra marea rutina y viento prudente, a veces hasta con cierta dosis de perversión.

Concupiscente este poeta que se disfraza porque sabe hacerlo, reírse de sí y de nosotros, socarrón y Francisco de Quevedo y Villegas, como esa foto suya que aparece detrás del saltimbanqui mientras la gárgola lo contempla desde la página siguiente, con la boca procaz, lista a chuparlo, a desvestirle la corbata que no se cree nada y lo cree todo, que insinúa el sarcasmo que tal vez ya leía entonces en Ciorán y Camus, en los techos de las ballenas maracuchas, disecadas sobre palafitos.

Y claro que la asociación quijotesca ─hay indicios, burbujas─ es el mismo cuento del que sale a “comer calles”, pero también y sobre todo es “quedarse al filo”, sabiendo y enseñando “sin postergar el viaje” donde sabe que se consumirá para siempre, cuando le quemen el hocico y las novelas de caballería, las dulcineas y las aliteraciones “de cada tromba que tumba en cada tranco el huracán”, el tiempo suyo que le zumba, que le grita centauro aunque quiera disfrazarse de sinsonte o de Hemingway.

Paradoja al oído, al “vivo sin vivir en mí” que tonifica al otro, al viejo Rimbaud que se va a traficar aduanas antes que caer en los “nombres rebaños”, en la masa de Canetti y en el poder de Canetti, a sabiendas del precio que le va a hipotecar la vida. Desgarradores versos donde el tener algo que decir ─pesadilla de tanto escriba de teclas sordas─ exige, le exige desbaratar las farsas, confiarse a su propio eco como si allí estuviera ─y está─ su Narciso: “Animal / todo de tabernáculo y sarcasmo”.

El vigor de Scargot no es el cuento del caracol sino con Pessoa de cada heterónimo que oye el otro, la voz que se decide a cantar. Ahí parece estar y ser hasta que apela al plural, deja la interpelación confesional y asume la prosopopeya ─fea palabra─ cuando el ritornello invoca a Dios. ¡Dios! Y San Francisco de Asís porque ahora quiere conversar con sapos y gatos, con espejos y renacuajos que le permitan sobrevivir para viajar, alejarse otra vez de Shakespeare cuando comprende que nunca va a poder librarse de su caracol, de sus lecturas e insomnios aunque se deshaga en amores y magas parisinas que juegan a la rayuela o en rosas londinenses que tienen cuarto propio.

“Por bromería y astucia” ─dice. Y ahí retorna a hablarse, amigo de Gonzalo Rojas y de Nicanor Parra, de suponerse coloquial cuando se sabe monólogo, ruta de un suicidio que termina con la Luna tópico, lexicalizada, que regresa entera a reiniciar su ciclo. Otra vez y otra. Porque “es mucho lindo pensar que nos volvemos tiempo”. Ah, aporía y paradoja, regusto que ingurgita en gladiola para ser él mismo de horita, de siempre que denosta y grita con Ginsberg y con mierda, para de nuevo depositar otra esperanza en menguante, colgada de palabras.

Una advertencia al que se crea, se tome demasiado en serio, no lea Scargot. No entre a la palestra, siga con “alcachofas rancias” porque tanta procacidad y abismos le van a espinar la almohada, le van a impedir el vals para siempre jamás. Porque el sitio de esta “tanta brutalidad” ─”Dije gladiola”─ abruma, deja brumas al oído. Y después, cuando se deslice de nuevo por las arenas del mundo con su casa a la espalda, no tendrá de otra que pedirle a Hugo Figueroa Brett que reaparezca entre corceles, mitad terco, mitad celta de espirales y fervores.

Puebla, otoño y 2005

 

 

PÁRRAFO PARA AMADOR

No hay poeta venezolano más pícaro que Hugo Figueroa Brett. Su artesanía verbal está llena de trampas, como se disfruta en los textos agrupados en Amador, poema homónimo con que culmina este cuaderno procaz, que jura “para ustedes”. Cuando sabemos que sólo son para su “pasar de largo”, vivir en subversión como las “maneras más humanas de existir”. Si a usted como lector no le gustan los sobresaltos, brincar entre metáforas y neologismos y rupturas sintácticas, búsquese otro poeta. Este no es. Porque este mago ama el peligro de los filos paradójicos, las curvas de entonación atonales, los conceptismos de hacerse el ignorante para sacarnos la lengua. Si la etiqueta de neobarroco no estuviera tan depredada por los académicos “de teclado ligero” –como decía Lezama--, le caería perfecta a Amador, a su autor sinuoso como el Caribe bucanero y culterano como Quevedo; que sabe ser el hombre de nieve de Wallace Stevens y a la vez bailar la más pegajosa gaita zuliana. Mucho cuidado. Aquí no valen las señales de tránsito.

 

PRÓLOGO A ÁRBOL

Lampean –relampaguean-- estos veinte árboles cuyos versos rompen con vigor entre los arrecifes del lenguaje común, asuenan el sonido de Maracaibo. Y desde allí el de nuestro Caribe mixto, sincrético, sin prejuicios ante las transgresiones que constantemente comete su autor: un marino y práctico de puerto, pendenciero y lorquiano, hasta el Lorca de Poeta en Nueva York, encima de la multitud que orina.

Porque Orfeo Y Zaratustra acompañan a Hugo Figueroa Brett y sus poemas desde siempre. Como ahora mismo cuando agrupa su Navidad en estas veinte sesgaduras para estremecer –desde su casa de San Jacinto-- la poderosa saga de la poesía venezolana, tal y como hiciera en los poemas que agrupó bajo el título de Amador, cuyas resonancias en el ámbito de las recepciones encomiosas cada día se expanden, crecen con razón desde los humildes campus académicos hasta las más encumbradas bohemias elitistas y soberbias, etílicas y picarescas.

De ahí que me complazca invitar a leer cada uno de estos textos contra el fangoso día a día verbal, contra la trivialización mediática que olvida el sabor de las palabras. Y lanzarlo a la vez como desafío porque están escritos para Hugo Figueroa Brett y sus pariguales. Para nadie más.

“En un himno atribuido a Orfeo se dice: ‘Sólo hablo para aquellos que están en la obligación de escucharme’. Que esa sentencia órfica nos acompañe siempre” –nos confesaba José Lezama Lima, presumiblemente siguiendo a uno de sus autores favoritos, Federico Nietzsche, cuya afirmación –lúcida arrogancia— rompe cualquier hipocresía: “Sobre ello podría yo cantar una canción, y quiero cantarla; aunque esté yo solo en la casa vacía y tenga que cantar para mis propios oídos”. De ahí que Hugo Figueroa Brett ande de parranda verbal con esas compañías, con Orfeo y Lezama y Nietzsche para –Walking around-- “asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja”.

De eso se trata. El que pretenda hallar otra cosa que busque lecturas más apropiadas a su sensibilidad e intelecto. Porque aquí los guiños intertextuales y las constantes transgresiones –deudoras de las vanguardias superrealistas— actúan como trampas para ingenuos e ignorantes. Forman un raro juego con el lector activo donde no hay sosiegos.

Desasosiegos –como les gustaban a Fernando Pessoa— donde ni de broma se lee para descansar o desconectar, esparcirse o entretenerse. Los entretenidos –por favor— no entren aquí. Otros poetas y poemas –casi siempre más publicitados— les evitarán dolores de cabeza, sentirse como si los leones saltaran las cercas, anduvieran sueltos, se pasearan por las páginas rugiéndole a cualquier lerdo. El autor de Casa de Astrid y casa se la pasa retando, se hace el que no sabe, salta de un gajo a otro, engaña como el personaje de Italo Calvino en El barón rampante.

En seguirlo está el placer de estos veinte árboles que no tienen ninguna canción desesperada porque el desespero --las premuras ontológicas—corren desde los 'primeros versos, modulan el conjunto para dar la tónica. O en otras palabras: La tonalidad del autor donde las reflexiones implícitas sobre la vejez que experimenta las convierte en imagen visionaria, metáfora continuada durante cada árbol. Hasta que a veces va y ve más allá –no se sabe si más lejos o más cerca--, como en el “Árbol tercero”, con “la señora del tren de las dos”, que deja la sensación de que se trata de la encarnación de la muerte, de un fantasma que viene por él, a llevárselo para siempre.

Trasunta miedo y valentía. Tiene al quetzal y al ópalo y a un juego de barajas españolas para meditar sobre su destino y enfrentarse –“Caminería”, “Árbol once”-- a las predicciones que el azar muestra. Dice en “Árbol dieciséis” que “en una pausa/ si pasa la gaviota / quiere ser cercanía”. Confiesa desde diferentes ángulos o ramajes, como si oteara no el horizonte sino su propio horizonte, no el paisaje externo sino su paisaje del corazón, de su interior atribulado ante los absurdos de la existencia, de un árbol cuyo resplandor arma la paradoja, su vida como sinécdoque –parte por el todo— de las nuestras.

En Aventura, Miami, Navidad y 2016

 

DOS POEMAS

 

Oro

Otra vez
Cuando la fiesta recién iniciaba el peso de su danza
apareció el camello con su hija y la ofreció al beduino
Era la más hermosa de las osas polares
y tenía además de las manos
los ojos hechos y la mirada puesta
Era el prodigio que atesora la alondra sin el vuelo
pesada y triste se acostaba en la espalda de su padre
y dormitaba cargando un inmenso azafate
de creyones girar
Era preciosa
Eso que llaman los hombres de lindura y belleza
Había demasiada luz y demasiado ensueño para ver mirar
pasar sentir
y estarla viendo mientras devoraba las prendas de su
ropa
esparcidas encima de la mesa y colgadas de la ventana
abierta
por donde se divisaba a lo lejos la curva limpia y serena
de la mar
Entonces agitábamos las manos para que
apareciera una bellota
Tan solo un huracán de miel sobre las mentes nuestras
Y estaría ella de nuevo poseída
Por el recurso fiel del infinito
Todos estábamos con la espalda en el piso
La humedad subía
iba palpando muslos y dicciones
en el techo
se abría un hueco de donde se ocupaba una sonora risa
de payaso
y esta moneda
que te entrego
hoy

 

Hay que saber de todo lo silencio

 

Yo hubiera podido llegar al paraíso
pero pasaban los autobuses
llenos del misterio procaz de la avaricia
Todos querían llegar lejos del turno
devolverse a pasar sus tiempos en Granada o en
Andalucía
lucir sus overoles en Cerdeña o andar como ahora y
siempre en una ciudad
que promete el silencio por parentesco
Yo hubiera querido llegar al paraíso
sentarme allá con Dios y comentar de lo fácil que le
resulta al caballero
llegar a esa estación tan amedrentada por los que pasan
atiborrando el bus
que conduce a Estambul otros a Ibiza y los demás
retardados
por el norte en Noruega Finlandia Caledonia y Hungría
Pero yo
que apenas soy de una ciudad del tiempo
que he vivido pensando en la remota parte que me toca
de la vida
he creído siempre
que con ese tomo de saber y de existir
bien podría yo llegar al paraíso
Entrar por la puerta que debe tener y gritar fuerte
muy fuerte
como lo dije una vez
y derrotar el miedo.


(Maracaibo, 2017)

 

hugo figueroa 250Hugo Figueroa Brett.
Venezuela 1940. Militar de graduación académica se retira con el grado de Teniente de Fragata. En 1973 gana el premio nacional de cuentos convocado por la Universidad del Zulia con su cuento "Metástasis". En 1975 edita su poemario 13 Genital. En 1976 gana el premio nacional de Poesía convocado por La Universidad del Zulia con el poemario Agosto tiene un titulo distinto para mí. Edita su libro Casa de Astrid y Casa 1982. Es incluido en una selección de poetas venezolanos en la Revista Poesía del Ministerio de cultura de España (1986). Publica su poemario Scargot en el 2005. Residía en Maracaibo, Venezuela.

 

jose prats sariol 351José Prats Sariol
La Habana, Cuba, 1946. Dijo José Lezama Lima: “Armado de un sentido crítico que colma en la balanza la trenza de la lechuza y el arcoíris del zunzún”, para caracterizar su internacionalmente reconocida y traducida obra. A sus novelas Mariel (finalista en el Concurso Rómulo Gallegos, reeditada en 2014), Lila (reeditada en 2016, coincidiendo con la aparición de le edición en inglés) y Guanabo gay, se suman varios libros de cuentos, agrupados en Por sí o por no (2014). Sus libros de crítica literaria: Por la poesía cubana, Criticar al crítico, Estudios de poesía cubana, Pellicer río de voces (Premio Internacional de Ensayo), No leas poesía (Tres ediciones) y Lezama Lima o el azar concurrente (Tesis de grado, reeditado en 2017); se enriquecieron en 2016 con dos nuevos títulos: Leer por gusto y Erritas agridulces. En Cuba fue Asesor Nacional de Literatura del Viceministerio de Educación de Adultos, director de la revista El Placer de Leer y de los Círculos Populares de Cultura. Profesor en la Escuela Nacional de Arte, el Centro Nacional de Superación de la Enseñanza Artística y la Escuela Superior del Ministerio de Cultura. Obtuvo en 2001 la beca para creadores de la Ford Foundation en Atlanta, Georgia. Reside en Puebla, México, a partir de 2003, cuando es huésped de la Casa Refugio del Escritor (PEN International) e inicia su exilio político, fue profesor en las universidad Iberoamericana (Maestría en Lengua y Literaturas Hispánicas) y en la Licenciatura en Letras de la Universidad de las Américas, donde fundó y dirigió la revista Instantes. Entra a los Estados Unidos en 2009. Enseña en la universidad de Phoenix, Arizona, donde dictó cursos en el doctorado en Lengua y Literaturas Hispánicas hasta 2014. Novelas, cuentos y ensayos suyos han sido traducidos a las principales lenguas occidentales. En 2018 aparecerá una antología bilingüe (inglés-español) de diez cuentos suyos: Delusions y una nueva novela: Diarios salvados para Stefan Zweig.

Material enviado a Aurora Boreal® por José Prats Sariol. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de José Prats Sariol. Fotografía José Prats Sariol © Archivo personal del autor. Fotografía Hugo Figueroa Brett © Archivo personal del autor.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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