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Jacques Gilard

Gilard en el trípode de los interrogados

gilard_002A mediados de 1982 la periodista Beatriz Manjarrés nos invitó a su casa con la intención de presentarnos al profesor francés Jacques Gilard, que por aquellos días culminaba su investigación de varios años sobre García Márquez y sus amigos del denominado Grupo de Barranquilla. Congeniamos desde el primer momento, al punto de que en lo sucesivo continuamos reuniéndonos por varias tardes, una vez culminaba sus agotadoras jornadas de trabajo, para intercambiar ideas o simplemente para hablar de los asuntos cotidianos.

Una de esas jornadas vespertinas decidimos, en común acuerdo, hacerle una entrevista a tres voces, Y cumplimos, después de un lar-go interrogatorio que alternábamos con suculentas tazas de un humeante chocolate, con el inevitable fondo que hacían el atareo del tráfico urbano y el pregón dulce de una palenquera que abarata-ba el trópico a las cuatro de la tarde. Por supuesto hablamos de muchas cosas. Pero nos cuidamos muy bien de que la charla no se convirtiera en una dilatada diva-gación carente de sentido y de coherencia.

Miguel Iriarte Colombia, 1957. Director de la Biblioteca Piloto del Caribe, codirector de PoeMaRio, encuentro internacional de poetas y de poesía. Director de viacuarenta, revista de investigación, arte y cultura. Ha publicado Doy mi palabra, Segundas intenciones, Cámara de Jazz.miguel_irirate_010Esto último resultó fácil por una razón sencilla: cada uno de no-sotros llegó a la entrevista con unas preocupaciones temáticas es-pecíficas y definidas. Por ello, a la larga, cada uno terminó haciendo su propia entrevista, a pesar de que en ningún momento el diálogo perdió su carácter comunitario de tertulia, con todo el cli-ma de cálida ritualidad que ésta implica. De modo que el resultado que se logró fue tener a Gilard hablando de tres asuntos litera-rios diferentes.

Esos asuntos fueron: García Márquez, la nueva narrativa colombiana, y los escritores latinoamericanos exiliados en Europa. De lo primero, se tocó la presencia de la poesía en el au-tor de Cien Años de Soledad, y las dos últimas salidas editoriales de éste; de lo segundo, la problemática de los nuevos autores co-lombianos y el papel de la crítica nacional y los especialistas ex-tranjeros, así como los suplementos literarios del país; y de lo ter-cero, la importancia y las implicaciones del exilio en la literatura latinoamericana.

Joaquín Mattos Omar Colombia, 1960. Columnista de El Heraldo, Ganador del Premio de Poesía El Túnel. Ha publicado: Noticias de un hombre, Páginas de un desconocido, La caída de ciudad Quilla, y De esta vida nuestra.

joaquinmattos_010He aquí, pues, a Jacques Gilard sentado gravemente en el trí-pode, no en el de la Pitia, sino en el de los interrogados.


- Sea lo primero preguntarle acerca de las cir-cunstancias que suscitaron ese in-terés investigativo por nuestras le-tras de hoy.

J.G. - Yo hice mi primer viaje a Colombia por allá en 1975, y lo repetí varias veces, todas comprometiendo mi propio pecunio, por el afán de conocer las raíces del árbol de guayaba -nos dijo-. Muchos años atrás, en el transcurso de mis estudios universitarios, había empezado a estudiar español, quería ense-ñarlo, yo, que te-nía una formación profundamente clásica, sumamente prosaica y cerebral (antiemocional) como lo es la educación que se imparte en mi país, -en literatura, fuera de Grecia, Roma y Francia no había nada, un francés puede terminar su bachillerato hoy sin haber oído de Shakespeare ni de Cervantes, des-conociéndose así la literatura ex-tranjera. Felizmente no estudié len-guas griegas porque mi papá no lo quiso, sino estaría hoy investi-gando pasajes de la historia grie-ga y romana de la antigüedad o más seguramente estaría manejan-do un buque griego- me llegué a deslumbrar por la literatura lati-noamericana de este siglo. Eso lo debo en gran parte a un profesor peruano, quien en una época en que yo era más latinista que hispanista, me dictó un curso sobre Álvaro Suescún T. Economista, Colombia 1951. Crítico de arte, investigador cultural. Autor de  Danza en el recuerdo sobre la obra del folclorista Carlos Franco, De la vida que pasa acerca de la obra periodística  y la vida de Jorge Artel y Ceniza salobre análisis crítico de la obra poética de Gustavo Ibarra Merlano.Alejo Carpentier. También nos hablaba alvaro_suescun_010de "Martín Fierro", César Vallejo, Ni-colás Guillen, etc. Mis compa-ñeros de curso se referían a él como a un pendejo que nos enseñaba idioteces salidas de tono. Hoy es el je-fe del Departamento de estudios hispanos de la Universidad de Berkeley. Otra circunstancia personal muy importante es que, en enero de 1965, cuando estaba terminando la carrera, oí una conferencia de Carpentier, es una conferencia que hoy se encuentra en su libro "Tiempos y diferencias". Allí me conmoví profundamente. A partir de esos meses del 65 decidí olvidarme de la literatura clásica y dedicarme a la literatura latinoamericana. Dado que había superado cierto nivel de formación pedagógica y profesio-nal, tocaba pasar a la etapa de la investigación. Para mí ya estaba claro que la cosa sería investigación de la literatura latinoamericana. Ahora bien. No son las letras de hoy exactamente el aspecto que más me interesa, en realidad la parte investigativa se la dedico a una época de la literatura colombiana ya supera-da, sobre todo la correspondiente a los años comprendidos entre 1940 y 1960. También me intereso por lo que está saliendo ahora para mantenerme informado de lo que se hace hoy.

La nueva narrativa colombiana

- Miremos un poco de lo que se hace hoy. Mucho se ha hablado, y se conti-núa hablando, respecto de si la nue-va narrativa colombiana constituye o no una fuerza auténtica de renovación dentro de la tradición pobre de nuestra novelística o nuestra cuentística, que no han logrado -a juicio de algunos- sacudirse el peso afor-tunado de la herencia garciamarquiana, nuestra aislada cumbre lite-raria. Por una opinión así, aparte de ser un punto de vista de vigencia algo gastada es, además, excluyente e injustamente pesimista; pues en Co-lombia es verdad que existe una nueva corriente de escritores, con señas propias y trabajos de respon-sable calidad, que progresan en la creación por vías tal vez diferentes, pero buscando la orientación de la altura ya marcada por el deicida macondiano. Este puñado de crea-dores representa lo que en realidad podría llamarse la nueva o novísima narrativa colombiana, en términos generales. Los mismos que curiosamente son prácticamente descono-cidos y/o ignorados por los críticos nacionales y por los medios de difu-sión, en este caso, las revistas y los suplementos literarios del país. Profesor Gilard, con base en sus conocimientos acerca de la literatura colombiana, ¿podría Ud. decirnos cómo ve la circulación de esa literatura en Europa y en nuestro, propio país?

J.G.- Bueno, hablemos primero de la literatura colombiana en general. Aún cuando yo creo que es un tópico decir que la literatura Colombiana no circula afuera desde el siglo pasado, la verdad es que se conoce muy poco. Existe una traducción de La María, otra de La Vorágine, muy buena; existe una traducción de Zalamea, no sé si de La Metamorfosis de su Excelencia ó El Gran Burundun Burundá; y dicen que hay una traduc-ción de Silva, pero no sé de qué ni dónde.

- ¿Y pasando a los escritores de hoy?

J.G.- A ese respecto, consideran-do los autores de hoy, traduci-dos, y tomando siempre el caso de Francia (que no es muy buen ejemplo porque existe menos curiosidad en Francia que en Italia, Alemania u Holanda), uno se da cuenta que a nivel de traducciones al francés existe muy poco. Sin embargo, está García Márquez, Flor Romero de Nohra, Oscar Collazos, traducido es-te último por una editorial de pro-vincia que no ha difundido el libro, y más recientemente a Plinio Apuleyo Mendoza a quien traduje al francés. Por ejemplo, hay tres casos que me parecen notables: que un poeta como León de Greiff no se conozca afuera; que un poeta y narrador tan importante como Álvaro Mutis tam-poco se conozca, lo cual es increíble y, un último caso que nos resulta muy cercano, el de Álvaro Cepeda Samudio cuya obra apenas va a empezar a circular afuera.
Ahora bien, aunque ese aspecto de las traducciones es un criterio muy discutible, da una idea de la pobre circulación de la literatura colombiana. En el caso español es lo mismo, yo recuerdo que en una no-ta que escribí para El Espectador hace algunos años, que se llama Narrativa Colombiana en Barcelona, yo hacía una enumeración de lo poco que se encontraba de Colombia en las librerías barcelonesas, y de lo mucho que no se encontraba. Era realmente desalentador para quien se dedica a leer y a buscar libros de autores colombianos.

- Profesor Gilard, hablando de autores posteriores a los últimos ya mencionados ....

J.G.- Esa sería la novísima litera-tura colombiana, con la que ocurre un problema muy serio, cual es el de que autores publicados fuera del país (México o España) aquí prácti-camente no circulan. Al principio pensaba que la razón podría ser el alto precio de los libros; pero ya ese argumento no es válido porque la verdad es que comprar un libro co-lombiano editado en el país viene a ser tan caro como un libro colombia-no editado en España.
Pero hablando de la calidad literaria, a mí personalmente me preo-cupa que autores publicados fuera del país como Luis Fayad, Rafael Humberto Moreno-Durán o Rodrigo Parra Sandoval, sean autores casi desconocidos en Colombia. Enton-ces, quedando eliminado el argu-mento del precio de los libros, lo que sale en claro es una falla notoria de la crítica nacional.

- Ampliando un poco más la idea sobre la circulación de nuestra literatura y sus problemas editoria-les ¿Qué puede decirnos del libro de autor colombiano editado en Colom-bia?

J.G.- Yo creo que hay buenos li-bros de autores colombianos editados en el país, pero que no han tenido buena suerte presentados ante editoriales extranjeras; y en este mo-mento pienso en las de Barcelo-na, porque uno se encuentra allá amigos que le comentan acerca de obras colombianas rechazadas en ta-les o cuales editoriales. En ese caso puede jugar algún papel el criterio comercial de los editores, ya que al fin y al cabo el sector comercial es el que decide si una obra se publica o no, aún cuando haya recibido gran-des elogios del sector literario de determinada casa editorial. Y sin em-bargo es rechazada. Conozco casos. Allí está el viejo problema de saber co-mo promociona Colombia sus buenos autores. Y vuelvo a hacer men-ción de Álvaro Mutis que me parece el caso más increíble. Es cierto que hay buenos libros que han salido, novelas y cuentos, sobre todo, pero no son muchos. Como hay otros bue-nos libros colombianos enfrentados a la barrera de cruzar la frontera, y no la cruzan. Sólo los conoce un grupo de especialistas extranjeros a nivel de investigadores de la cosa li-teraria colombiana.

- Usted es uno de esos espe-cialistas extranjeros. A su juicio, ¿cómo cumplen los investigadores extranjeros su función?

J.G.- La cuestión en este caso es saber si esos especialistas extranje-ros cumplen con su trabajo; es decir, si tienen un buen sentido crítico. Y desgraciadamente, incluyéndome a mí en ese sector, creo que los críti-cos extranjeros que nos interesamos en la literatura colombiana la hemos promocionado muy mal, y a veces con graves equivocaciones. De eso podría seguirse hablando más tarde.

- Hablemos de la crítica nacional y de los suplementos literarios, para profundizar en las deficiencias de la promo-ción de la literatura colombiana.

J.G.- En Colombia no se puede hablar de falta de edi-toriales; casi que puede decirse que se publica demasiado y con insufi-cientes criterios de rigor estético. El sector de producción literaria nacional que corresponde a novela y cuento, dejando de lado la poesía que, en mi opinión, es abundante y me-diocre, y que ciertas editoriales han publicado mucho de ella últimamente, ese sector es el que llama la aten-ción a los críticos nacionales y es el que aparece "excesivamente" en los suplementos literarios, a nivel del apoyo al amigo y con mucha falta de juicio crítico. Es decir, todo se elo-gia, todo es bueno, todo es impor-tante. Yo entiendo que hay que ha-cer una historia, un repertorio de lo que está apareciendo, pero hay que poner en el desván lo que no sirve y destacar lo realmente valioso. Yo mismo incurrí en ese defecto en una época en que escribía demasiadas reseñas de libros.
Mi experiencia investigativa me demuestra en forma desalentadora que los suplementos literarios co-lombianos, en general, mantienen sus defectos de hace cuarenta años: el lagarteo, el excesivo material historicista mediocre, las fiestas pa-trias, etc. Por ejemplo, un señor que tiene un papel político se dedica a escribir sobre Bolívar, desde luego no aporta nada nuevo y ocupa pági-nas que en mi opinión podrían servir para otros casos. Y no tengo nada contra Bolívar, soy un gran lector de él y de otras figuras libertadoras de América. Pero a ese nivel de beatería patriotera no tiene importancia.
Por otra parte, el amiguismo de "yo escribo sobre tu libro y tú es-cribes próximamente sobre el mío", gira alrededor de los mismos, cam-biando uno que otro nombre, que responden a las mismas encuestas, asisten a las mismas mesas redon-das para hablar de los mismos te-mas de hace cuarenta años: ¿Existe una novela colombiana? ¿Cómo an-da el cuento colombiano? ¿Existe una crítica literaria en Colombia? Esos son los mismos interrogantes de siempre, a veces formulados y respondidos por los mismos autores. Es un círculo vicioso.

- ¿La severidad de su juicio co-bija a todos los suplementos del país o podría hacerse alguna salvedad? -

J.G.- Todo esto es un reproche que en sentido general hago a todos los suplementos literarios colombia-nos. Pero con más énfasis a los bogotanos; porque los de provincia úl-timamente demuestran más bús-queda, más voluntad de promover valores nuevos. Lo importante es que ese problema de los suplemen-tos afecta seriamente la difusión de la literatura colombiana dentro y fuera del país. Y es que los suple-mentos mismos circulan muy poco afuera. Yo afortunadamente cuento con buenos amigos que me los man-dan con bastante regularidad y mu-cha fidelidad. Pero la verdad es que no merecen circular afuera, porque levantan una especie de panta-lla de humo promoviendo, evocando y analizando valores que no sirven. En cambio, lo nacional que es bueno y que ha logrado salir del país es ig-norado.

- ¿Podría Ud. hablarnos de esos verdaderos valores ignorados aquí por los suplementos y los críti-cos nacionales?

J.G.- Yo creo que es importante mencionar un libro como Los Parientes de Esther de Luis Fayad, no por mi amistad con el autor, que sí existe. Es, en mi opinión, lo más serio que se ha hecho en novela colombiana después de las novelas de García Márquez. Ese libro no ha recibido prácticamente ninguna atención por parte de los suplementos literarios del país. Eso hay que decirlo. Yo tengo el orgullo de haber escrito la primera nota que se publicó sobre la novela de Fayad, y salió en El Espectador hace algu-nos años. Hay otro ensayo sobre los aspectos urbanos en la narrativa de Fayad publicado en el suplemen-to de Vanguardia Dominical de Bucaramanga, y luego una entrevis-ta que se le hizo a Fayad en El Espectador. Pero no más.
Otro autor sería Rafael Humberto Moreno-Durán, del que habría que hablar mucho porque está haciendo cosas valiosas por la literatura colombiana afuera y es un autor sobre el que se han publicado algunas co-sas en suplementos colombianos, como la primera entrevista que le hizo Harold Alvarado Tenorio, pu-blicada aquí en Barranquilla en el suplemento del Caribe. O sea, que se nota que los suplementos de provincia cumplen o cumplían decorosa mente con su papel. Pero el resto de publicaciones sobre Moreno-Durán en Medellín, Cali y tal vez en Bucaramanga son refritos de periódicos y revistas españolas. Por ejemplo, lo que salió en El Espectador bajo la firma de Julio Olaciregui fue tomado de la revista Viejo Topo, de Barcelo-na. Eso demuestra que la crítica na-cional no se interesa en estos auto-res y sí en otros, y demasiado.
Hay otro autor en el que pienso muy especialmente, es Pedro Gó-mez Valderrama y en su novela La Otra Raya del Tigre, que es una obra decente y digna de ser traduci-da a otros idiomas, y que ha circulado muy poco, aún cuando se publicó en Siglo XXI que es una editorial mexicana, colombiana, argentina, española.
Pienso también en Que Viva la Música, de Caicedo, a pesar de que en mi opinión no es una obra muy lograda, pero que podría circular bien afuera.

- ¿Qué otros nuevos autores consideraría Ud. que deben ser te-nidos en cuenta?

J.G.- Pues Rodrigo Parra Sandoval con su Álbum Secreto del Cora-zón de Jesús, que se editó en Méxi-co, que no ha tenido mucho impacto aunque pienso que pu-do haberlo tenido y que tampoco ha sido muy bien recibido acá en Co-lombia. Habría que hablar también de Carlos Perozzo y de su primera no-vela Hasta el Sol de los Venados, porque, para ser sincero, no he leído la segunda, Juegos de Mente. Pero de esa primera novela de Perozzo que se editó en Planeta de Barcelo-na, y se reeditó en Oveja Negra de Bogotá, no se ha hablado como de-bería. Aunque yo pienso que a pesar del estupendo planteamiento la novela no es un verdadero logro. Creo que Perozzo fracasó allí. Pero, de cualquier for-ma, a ese libro hay que concederle mucha importancia dentro del con-texto de la novelística colombiana actual.

- Ud. decía que hay buenos libros colombianos que no se cono-cen, y que por el contrario hay malos libros que se conocen demasiado. Esa es una falla de la crítica nacional y en parte de la crítica extranjera. Sobre esta última prometimos se-guir hablando. ¿Qué más puede de-cir al respecto?

J.G.- En realidad yo me pregunto si somos críticos, o si en verdad so-mos unos profesores universitarios dedicados a una investigación y/o simplemente curiosos. En mi caso, la investigación no es sino curiosidad por lo que se está haciendo aho-ra. Yo creo que en el fondo fallamos, tal vez por insuficiencia de criterio estético o de sentido crítico. De to-das formas yo creo que no somos más de tres los extranjeros que nos hemos interesado en la narra-tiva colombiana actual: Seymour Menton, Raymond Williams y yo....

- ¿Y el inglés Gordón Brotherston?

J.G.- Sí, efectivamente, pero él estuvo de paso y no creo que haya tenido la constancia de Williams y Menton. Aunque en mi caso la cons-tancia la aplico a la investigación documental, de la que podríamos hablar después. Yo no he cometido la osadía de publicar libros. Sólo no-tas, y eso fue en una época. En cam-bio, prefiero dedicarme a darles du-ro a los que sí han cometido libros. El libro de Menton, por ejemplo, no me parece bueno. Y lo digo públi-camente porque yo se lo he dicho al propio Menton. No hay problemas.

- Y, acerca del libro de Ray-mond Williams, ¿Cuál es su opi-nión?

J.G.- A Williams y a su libro Una Década de la Novela Colombiana. La experiencia de los 70s, quiero darle más duro porque creo que ese libro profundiza, agrava y prolonga, más allá de las fronteras, los defectos de la crítica nacional. A pesar de que ese libro fue publicado aquí en Colombia, no merece circular en otras partes. Circulará, si acaso, en el me-dio universitario en el que trabaja Williams. En ese trabajo funciona-ron los amiguismos, hay una muy seria falta de criterio estético, y es dañino para la novela colombiana. Un libro que se organiza por años, escoge la novela del año y menciona algunas más, es un libro que despis-ta; y es caer, además, en el mismo defecto de los suplementos literarios de acá, cual es el de hacer balances de final de año. Así es como llegan a escoger como libro del año en 1979 a la novela Las Estrellas son Negras de Arnoldo Palacio. Algo simi-lar es lo que hace Williams en su trabajo, lo que constituye un criterio periodístico demasiado peligroso.
Hay más: cuando uno ve que al lado de García Márquez figura un autor inexistente como Fernando Soto Aparicio, uno se pre-gunta cuál puede ser la seriedad del libro de Williams. Eso es im-posible, porque si decimos que Soto Aparicio escribió el mejor libro de tal o cual año en Colombia, habría que decir entonces que Corín Tella-do es el principal autor en lengua española de este siglo.
El libro tiene otras fallas, como decir por ejemplo que Álvarez Gardeazábal es el mejor autor colom-biano después o al lado de García Márquez. Eso es inexacto, aunque yo respeto el trabajo de Gardeazábal por ser profesional, y de quien po-dría quedarme con dos libros de su obra: los cuentos de La Boba y el Buda, y su novela Cóndores no entierran todos los días.
Otra falla de criterio estético es la de mencionar de paso a Luis Fayad como autor de cuentos y de una no-vela colombiana en los 70s Y punto. No hay más alusiones a Fayad en ese desgraciado libro de Williams. Eso es gravísimo. Creo que estamos de acuerdo bastantes lectores y yo, en decir que la novela Los Parientes de Esther es de lo mejor que se ha hecho en Colombia. Y olvidarlo o desconocerlo es todo un error, como lo es también dedicarle media pági-na a Pedro Gómez Valderrama, me-dia página a Rodrigo Parra Sandoval y media página a Carlos Perozzo; y en cambio, concederles varias pági-nas a Soto Aparicio y Flor Romero de Nohora. Eso es ausencia total de sentido crítico. Quiero decir con es-to, que los extranjeros que nos in-teresamos en la literatura colombia-na actual cometemos errores, y que no es extraño que los buenos valores circulen poco o circulen mal.


GABO POETA PIEDRACIELISTA

- Esas referencias obligadas a García Márquez nos permiten considerar un aspecto sugestivo de su narrativa: Su dimensión poética. Este aspecto, aunque sin ser estu-diado con mucho rigor, ha sido re-conocido ya por varios críticos li-terarios del país. Andrés Holguín, por ejemplo, decidió incluir la obra de Gabo en su Antología Crítica de la Poesía Colombiana; Harold Alvarado Tenorio hizo notar alguna vez que El Otoño del Patriarca, más que una novela, es un largo poema en prosa, y el propio García Márquez admitió que escribió ese libro con el mismo procedimiento con que se escribe la poesía: Verso a verso; por último, Cobo Borda formuló un aserto que es algo más que una simple boutade y según el cual el autor de Cien Años de So-ledad es el último de los poetas piedracielistas. ¿Cómo ha asumi-do este tópico dentro del tra-bajo investigativo sobre la literatu-ra de García Márquez?

J.G.- Bueno, en primer lugar debo señalar que yo tampoco he estudiado con mucho rigor lo poético en la narrativa de García Márquez, de manera que es poco lo que pue-do decir sobre esta cuestión. Claro que yo vi que Andrés Holguín in-cluyó a García Márquez en su an-tología y, de igual modo, es evi-dente que El Otoño del Patriarca es un libro que tiene mucho de poemas en prosa. Yo no recordaba el juicio de Cobo Borda según el cual García Márquez es el último piedracielista, pero me parece muy acertado. Cuando se habla de la poesía en la obra de García Márquez, yo creo que hay que pensar, sobre todo, en Cien Años de Sole-dad y El Otoño del Patriarca, pues todo el mundo está de acuerdo en ello. Podríamos añadir, a fuer de simple historia literaria, que en la prosa de García Márquez siempre hubo elementos poéticos. Es decir, él siempre fue capaz de practicar más o menos el estilo de Cien Años de Soledad y El Otoño del Patriarca, sólo que la necesidad de hacerlo se impuso muy tardíamente. Pero aún en el periodismo inicial suyo, surge de pronto algo que hace que uno pien-se: "Esto ya es García Márquez". Por otra parte, si generalizamos un poco nos daremos cuenta que la novela no puede progresar sin las conquistas de la poesía. Es así co-mo, por ejemplo, el cultivo de cualquier imagen poética nueva es obra, primero, de los poetas y des-pués de los narradores, de los prosistas. Siempre ha sido así. Los géneros cortos le abren el camino a los géneros más largos, tipo de la novela.

- ¿Podría particularizar la relación de García Márquez con el piedracielismo?

J.G.- A mí me parece que esa relación es clara. La formación litera-ria de García Márquez tuvo lugar en una época en la que reinaba en Colombia el piedracielismo. El fue un gran lector de la poesía de ese movimiento. A este respecto, debo recordar que, hace algunos años, un señor con una excelente memo-ria, quien había sido condiscípulo de García Márquez en Zipaquirá, le repitió a un periodista colom-biano algunos poemas de García Márquez, correspondientes a aquella época estudiantil suya, y que eran muy buenos poemas piedracielistas. García Márquez en-contró en el piedracielismo una ruptura con relación a la vieja retó-rica colombiana y a las normas de la literatura continental del siglo XIX, y un intento por forjar una expresión que fuera más universal O sea que hay efectivamente una deuda con el movimiento de Piedra y Cielo, una deuda que se puede prolongar hasta ciertas metáforas, cierta clase de figuras retóricas, como el oxímoron, que él todavía practica. Y no creo que esto último haya podido venirle de Borges, como me lo señalaba Ariel Casti-llo. Por ejemplo, García Márquez cultivó excesivamente en su juven-tud el oxímoron (lo cual se ve muy claro en el periodismo de Cartage-na de los años 48 y 49) y yo sé que él no había leído a Borges todavía, pues a Borges lo descubriría en Barranquilla, con e! grupo de Barranquilla, en 1950. De eso no me cabe la menor duda, García Már-quez se educó literariamente en un baño de piedracielismo y, lo repi-to su periodismo juvenil de Carta-gena evidencia una fuerte, una ex-cesiva influencia de ese movimien-to, influencia que él fue después decantando mucho más, mientras iba buscando y definiendo su pro-pia retórica.

- De modo que podemos decir que en su retórica actual subyacen todavía algunos elementos piedracielistas.

J.G.- Me parece que sí. Justamente, en los prólogos que yo escribí para la serie de recopilaciones que hice de su obra periodística, he tratado de mostrar como García Márquez, a partir de esa influencia inicial, fue poco a poco definiendo su pro-pia retórica, hasta llegar al punto notable y tal vez extremo que en-contramos en Crónica de una Muerte Anunciada y en la actual columna periodística de El Espec-tador.
O sea que es todo un proceso que ha continuado hasta hoy y que tal vez siga por vías que nosotros to-davía no podemos imaginar o in-tuir. Sin embargo, yo creo que hay una influencia que se ha señalado muy poco y que tiene que ver con la preocupación de estilista, que siempre ha tenido García Már-quez. A él le preocupa mucho el estilo; él siempre ha tratado de es-cribir muy bien. Aunque eso no quiere decir que no tuviera la preocupación por lo que podríamos llamar la forma, porque si nos fijamos en una novela como La Ho-jarasca, hay que reconocer que esa combinación de tres narradores distintos constituye una extraordi-naria audacia en la América Latina de 1950. Esto se ha recordado muy poco y, en mi opinión, cuando se haga un estudio muy serio de la evolución de las formas en la nove-la latinoamericana podrá verse que García Márquez no ha sido sólo un estilista, sino un autor que real-mente he pensado el problema de la novela. Pero volviendo a la cues-tión del estilo, hay que decir que él siempre fue un escritor muy cuidadoso, hasta tal punto que esta ca-racterística suya es la que ha ayu-dado a reconocer notas anónimas de él, notas que de pronto uno se encuentra en una colección de pe-riódicos y que probablemente fue-ron escritas a la carrera, en medio del apremio, el ruido y el desorden de una sala de redacción, pero que revelan un trabajo muy cuidadoso y muy serio. Está claro, pues, que a él le preocupaba mucho el estilo, y en ello influyó, tanto o más que los piedracielistas, un escritor es-pañol que hoy está bastante olvi-dado: Ramón Gómez de la Serna. Yo señalo esa influencia en el pró-logo del primer tomo de las reco-pilaciones periodísticas, aunque lo hago sólo de paso. Ramón Gómez de la Serna pudo influir en Gar-cía Márquez no sólo como escritor sino también como periodista. Creo que es muy importante recordar aquí el periodismo de Gómez de la Serna, que García Márquez tuvo la oportunidad de leer abundantemente en la misma época en la que, supongo, estaba leyendo sus primeros poemas piedracielistas, porque Gómez de la Serna se hallaba entonces re-fugiado en Argentina, a raíz de la guerra Civil Española y desde ''ese país escribía una columna pe-riodística que él mandaba a mu-chos diarios del continente, entre los cuales estaba El Tiempo, de Bogotá que durante aproximadamente un año y medio (entre los años 40 y 41) estuvo publicando esa columna, que se llamaba La Esquina de Ramón y que era una nota muy breve, como de quince o veinte líneas, estupendamente bien escritas y de un humor magnifico. Yo creo que esa columnita, que García Márquez pudo leer cuando tenía trece o catorce años y empezaba a interesarse por la literatura y el periodismo, consti-tuye un buen antecedente de La Jirafa, y de las anónimas que él publicaba en la sección Día a Día de El Espectador, en los años 54 y 55. Y también un antecedente de su actual columna periodística, con la diferencia de que Gómez de la Serna llegaba a una densi-dad de expresión que el periodis-mo de García Márquez, ha tenido muy poco. Por ejemplo, las quince o veinte líneas que tenía La Esquina de Ramón en los años 40 y 41 contrastan con la actual columna periodística de García Márquez, que normalmente es una doble columna de toda una pá-gina entera. En conclusión: la influencia de Gómez de la Serna en el estilo de García Márquez me parece fundamental, y yo la quiero señalar al lado de la influencia piedracielista, que también me pa-rece indudable y que es, incluso, perceptible hasta hoy.

- Conozcamos ahora su opinión acerca de los dos libros publicados por García Márquez después de su conocida y prolongada huelga li-teraria. Hacemos referencia a Crónica de una Muerte Anunciada y a El Olor de la Guayaba. Estos libros no fueron muy bien recibidos, pues del primero se dijo que cons-tituía una obra menor dentro de la producción literaria de Gabo, y del segundo, un concepto peor; que era, sencillamente una estafa. ¿Qué piensa al respecto?

J.G.- Sobre Crónica de una Muerte Anunciada hay que recalcar pri-mero que el libro salió cuando ya había empezado a aparecer mi re-copilación sobre el periodismo de García Márquez; y, en segundo lugar, que cuando se publicó su li-bro anterior (El Otoño del Patriar-ca), yo no había iniciado aún la in-vestigación sobre García Márquez. Es decir, cuando salió Crónica de una Muerte Anunciada, ya yo ha-bía concluido esa investigación y estaban entregándose ya al públi-co los resultados de ella. De modo que Crónica de una Muerte Anun-ciada me llegó como amortiguada por la cantidad de textos de García Márquez que yo había estado reco-giendo y analizando a lo largo de cinco ó seis años, lo cual hizo que, en primera instancia, me costara entrar en ese relato. Casi me decepcionó. No lo sentí. Sólo cuando me senté con la intención de reba-sar esa primera lectura y de anali-zar el libro de verdad, fue cuan-do realmente empecé a saborearlo y a emocionarme bastante con él. Si vamos a tratar de establecer una jerarquía con el resto de las obras de García Márquez, entonces sí se podría decir que se trata de una obra menor. Aunque es difícil de-terminar qué es una obra menor dentro de la producción de un gran escritor. Yo creo que es un li-bro importante. Claro que no pue-de preferir un libro a otro libro dentro de la producción de García Márquez. Para referirnos, por ejemplo, a un libro que tiene mas o menos el mismo tamaño que Cró-nica de una Muerte Anunciada, yo diría que si me ponen a escoger, prefiero quedarme con El Coronel no tiene quien le escriba. Pero eso no quita que, de todas maneras, Crónica., me parezca un libro bue-no e importante. Por el contra-rio, creo que es un libro que ha sido recibido en una forma un poco injusta, y en ello han influido mu-chas cosas. En primer lugar es-tá el hecho de que García Márquez todavía tiene que pagar ante cier-tos medios el éxito de Cien Años de Soledad, lo cual ya se había visto con relación a El Otoño del Pa-triarca. En segundo lugar, las cir-cunstancias escandalosas del lanzamiento de Crónica pudieron haber molestado un poco, lo cual no me parece correcto, pues no se debe confundir de esa manera la literatura con lo que la ro-dea. Pero hay que decir que en otras partes el libro ha tenido me-jor acogida que en Colombia, don-de hay gente que todavía ignora que García está mucho más allá de ese tipo de críticas. En este aspec-to sigue funcionando lo que hay que llamar el provincianismo co-lombiano, pero, bueno, eso es se-cundario. En el libro yo veo mu-chas cosas, a pesar de que, como ya he dicho, tuve que hacer un es-fuerzo para verla, porque había demasiadas cortinas entre el li-bro y mi lectura. Pero, en fin, veo muchas cosas en el libro. En par-ticular su riqueza mítica, dado que es una bellísima historia de amor y de muerte, que pertenece a la tra-dición occidental, específicamente a esa que se remonta a los trova-dores de la Edad Media y que con-tinúa en las comedias del Siglo de Oro y que, más recientemente, se manifiesta en el bolero, el tango, la ranchera, el vallenato, la radio-novela y ahora la telenovela. En todas esas cosas encontramos el tema del amor y de la muerte, que son los dos polos de la mitología afectiva de occidente. De modo que, al menos en este aspecto, hay que reconocer que ese es un libro que tiene trayectoria. Y si profun-dizáramos mucho más encontra-ríamos en él otros aspectos, pero el que más me llama la atención es ese que ya he señalado. Ahora, ha-blando desde el punto de vista de mí investigación y de las recopila-ciones que yo he hecho, cierto es que Crónica... sigue una línea de la producción periodística de García Márquez, que tiene que ver con el gran interés que él sentía por las historias de amor del jet-set, de las princesas y de los actores. Es de-cir, toda esa vieja línea suya de la cursilería occidental se reconoce en esta historia de Crónica..., que es una historia sumamente banal en América Latina: una desflora-ción, un machetazo, en síntesis, amor y muerte, simplemente.

- ¿Y El Olor de la Guayaba?

J.G.- Sobre ese libro, yo hablo con otra posición, la posición del tra-ductor, ya que el libro se hizo para aparecer primero en francés. Con-cretamente, la idea de un libro de diálogos entre Plinio Apuleyo Mendoza y García Márquez, par-tió de la Editorial Belfonde, de Pa-rís, y conozco el proceso del libro desde adentro porque yo hice la traducción al francés. Tú dices que en Colombia se asegura que el li-bro es sencillamente una estafa. Bueno, hay que tener en cuenta que éste se anunció, en cierto mo-do, como una obra más de García Márquez, cuando en realidad no lo es. Se trata de un libro de diálo-gos, aunque es evidente que el escritor entrevistado es el que justifi-ca la existencia del libro, y por lo tanto, a él se le concede más im-portancia; pero es un libro que se hace a dos voces o a cuatro manos, así que por ese lado no hay estafa. El libro es simplemente decepcio-nante, y creo que yo mismo me sentía decepcionado mientras lo iba traduciendo. Se le pueden ha-cer muchos reproches. En primer lugar, hay que anotar el hecho de ser poco novedoso, ya que allí re-conocemos grandes pedazos de entrevistas muy viejas que todo el mundo conoce y se sabe de memo-ria. Es decir, no es un libro total-mente original. También se puede señalar la superficialidad de algu-nos de sus capítulos. Plinio Apuleyo Mendoza conoce a García Márquez desde hace mucho tiem-po y no se puede decir que ese co-nocimiento haya influido mucho en el libro. No se trataba, claro esta, de revelar secretos de amistad, pero tal vez por pudor, el entrevistador se abstuvo de tocar ciertos aspectos y ciertos temas que uno siente que hacen falta en el libro. La superficialidad se nota, asimismo, en la insuficiencia de ciertas preguntas sobre el aspecto propia-mente literario. A mí, por ejemplo, el capítulo sobre El Otoño del Pa-triarca y el capítulo sobre Cien Años de Soledad, me decepciona-ron mucho. Y me decepcionó tam-bién el hecho de que se le conce-diera poca importancia a libros como El Coronel no tiene quien le escriba, La Hojarasca y La Mala Hora, lo cual, sin embargo, tal vez pueda explicarse por razones de que el libro se hizo primeramen-te para una editorial francesa y pa-ra salir en un país en donde lo que se ha celebrado de García Már-quez son Cien Años de Soledad y El Otoño del Patriarca. Otro as-pecto que se puede reprochar lo son esos capítulos que Plinio Apuleyo Mendoza intercaló en los diá-logos. Creo que tienen muchos cli-chés y muchas inexactitudes y no aportan nada a la obra sino que son una especie de reforzamiento de las leyendas de García Márquez cuando de leyendas suyas esta-mos hasta la coronilla. Ahora, es-tas acaso habrían resultado inte-resantes si se hubiese dejado que las contara el propio García Márquez. Otro aspecto indiscutible es esa forma de retomar la ac-tual columna de los domingos en El Espectador, de la cual uno reco-noce fragmentos enteros en el li-bro. Pero, por otro lado, hay capí-tulos que si son novedosos, lo cual yo mismo pude comprobar al reci-bir los originales para traducirlos. Recuerdo bien, por ejemplo, el ca-pítulo en el que García Márquez habla de las relaciones con sus padres, eso si me parece interesante y novedoso. Pero, en términos generales, creo que dentro de todo, lo nuevo aparece cuando él empieza a escribir sus falsas memorias
El Olor de la Guayaba perderá de-finitivamente vigencia y será en-tonces como la escoria de lo que vaya a publicar García Márquez. En ese sentido me parece que hay una continuidad que va de la co-lumna periodística actual al libro que estamos comentando, y de és-te las futuras memorias. Puede verse, pues, que El Olor de la Guayaba constituye sólo un mo-mento fugaz y decepcionante den-tro de esta necesidad que sentimos los lectores de García Márquez de saber más de él.

La Literatura del Exilio


- Por estos días corre el rumor que anuncia el retorno del notable ensa-yista uruguayo Eduardo Galeano, a su país. Como se sabe, se encuentra en el exilio al igual que sus compatriotas Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti. Julio Cortázar, escritor argentino, también exiliado, destacaba en un escrito suyo de aquellos días la de-sesperada situación de algo más de quinientos mil compatriotas suyos dispersos en todo el globo terrá-queo a causa de su forzoso des-tierro. Gabriel García Márquez hacía apenas un año tomó igual camino para proteger su vida. A ello se suma la reciente aparición en las libre-rías de la más reciente obra del escri-tor Ramón Molinares Sarmiento, cuya temática versa sobre las condiciones en que se de-senvuelve una familia de chilenos en el exilio. Hay pues suficientes mo-tivos para cimentar una preocupación: ¿Dadas estas circunstancias se podría, a partir de estas experien-cias, hablar de una literatura del y sobre el exilio?

J.G. - El tema del exilio es cada vez más frecuente en las últimas pro-ducciones literarias de los latinoa-mericanos. Hablar de ello tal vez nos permita teorizar so-bre una temática que por sus carac-terísticas adquiere visos especiales: Las vivencias del exilio enri-quecen la experiencia latinoameri-cana; hay quienes, después de ha-ber vivido en México, Argenti-na, Chile, Puerto Rico, Colombia, Uruguay, salen, y allí, frente a las presiones de un medio como el eu-ropeo siguen desarrollando una manera de ser con añoranza, enfren-tándose con el racismo, con el pro-blema del idioma, con una comida distinta, con actitudes afectivas o sexuales que son otras, etc. Obliga-toriamente están pasando por un trauma, pero también están adqui-riendo una experiencia y eso, algún día, vuelve a su forma original de ser, enriquecida. En otras épo-cas América Latina se comporta-ba como una especie de esponja que recibía influencias de los países ex-tranjeros y los asimilaba a su mane-ra. Esta vez se da el caso de una generación, tal vez más, eso empezó desde los tiempos de Carpentier (en el caso de los colombianos, con García Márquez en los años cincuenta) de latinos que llegan a Europa y allá mismo incor-poran valores (aunque también los critican a partir de los suyos, nati-vos) enriqueciéndose, filtrando las influencias, asimilando lo que pue-de ser asimilado.

- El exilio es una etapa de enriquecimiento, nos parece que América Latina -a través de sus exi-liados de todo tipo- está viviendo una época muy importante que va a ge-nerar una buena cantidad de obras.

J.G. - El exilio es también una forma de hacer patria. La emigración latinoa-mericana -sobre todo la forzo-sa- no incurre en el error que come-tió la emigración republicana espa-ñola con relación a Franco. La gen-te trata de volver más pronto, sin es-perar que caigan los responsables del destierro. En efecto, del exilio forzoso están saliendo obras y ya han empezado a repercutir.Si bien ese inicial aleja-miento es una mutilación, es un trauma, prontamente se converti-rá en algo positivo. Hay obras. El autor más indicado para mencionar-lo es el chileno Antonio Skarmeta quien re-cientemente publicó en Barcelona una novela que habla de las expe-riencias de una familia chilena en Berlín. Recordemos también al puer-torriqueño José Luis González que tiene cuentos de compatriotas suyos en París. Me parece interesan-te que un barranquillero como Ra-món Molinares Sarmiento, escriba sobre es-te tema (tengo entendido que lo su-yo es una especie de novela testi-monial, sé que han publicado algu-nos fragmentos en suplementos literarios, pero aún no he tenido tiempo de leerlos, o sea que aún no puedo decir nada sobre su obra). Antes Plinio Apuleyo Mendoza lo había hecho con "Años de fuga", "El desertor" y el cuento "El pri-mer día". El mismo tema tam-bién está presente en la obra de Carpentier. Es una constante en la obra de los escritores latinoameri-canos.

- Pero son muchos los casos de los exiliados, casi que se podría hablar de subtemas en relación con es-tos.

J.G. - En efecto, hay muchas situa-ciones distintas. Está la situación del exiliado político de verdad que si se queda en su país lo matan. Es-tá la de quien estuvo en un campo de concentración (chileno, por ejem-plo) y salió al cabo de determinado tiempo. Está el caso del argentino que estuvo encarcelado, tortura-do y llega destrozado a Europa. Es-te es la situación más dramática. Hay otros casos de latinoamericanos que, sin ser proscritos, quieren vi-vir en Europa pues dicen que nece-sitan tomar distancia con respecto a su propia realidad. Yo creo que este es el caso que más se encuentra en-tre los colombianos. Exiliados políticos de este país no creo que los haya hoy. Estuvo el médico Tulio Bayer, escritor y exguerrillero, quien acaba de morir en París. Él tenía un estatuto de refugiado en Francia por motivos ya bastante antiguos. Hay también otros casos me-nos dramáticos. Entre los que estu-dian hay diferentes situaciones: el que viajó con una beca, los que sin beca viven milagrosamente de la caridad de los amigos y que al tiempo que estudian pasan hambre y hacen trabajitos clandes-tinos, aunque por la crisis econó-mica que-vive Europa dichas la-bores son cada vez más difíciles de conseguir, lo que agrava las cosas para estos amigos.
Está el caso del que vive aleja-do del país por su oficio de periodis-ta, a veces como diplomático, a ve-ces como exiliado, en fin, la le-janía se vive de maneras distin-tas, según los casos -hablando de situaciones materiales- y dentro de cada situación puede haber muchas relaciones con la literatura pues es-tá el que escribe sobre el exilio y el que escribe sobre sus vivencias de antes del exilio, desconociendo, o no integrando a su ficción las vi-vencias de Europa. Ese puede ser un aspecto interesante. Saber có-mo se vive en el exilio, y cómo se manifiesta esa vivencia en litera-tura.

- Y ¿cómo se vive en el exilio? eEs decir, en los casos que Ud. conoce.

J.G. -Los casos que yo conozco no son muchos. Po-seo el texto de una ponencia que un escritor colombiano leyó en un con-greso en Nueva York, en diciembre del 81, donde le caía a palos a dos categorías de escritores: a los marxistas y a los exiliados, diciendo más o menos que quienes habían salido para Europa eran unos trai-dores. No. Sobre eso yo diría que ca-da quien actúa como cree conveniente en su compromiso con su propia obra. El que se quiere quedar que se quede. El que se quiere ir que viaje. Cada quien hace lo que cree conveniente para el desarrollo de su propia creación. Sin más. En cuanto a hablar de cobardía, la verdad es que la mayoría de los que han salido viven muy mal en Euro-pa, les hace falta más coraje para enfrentarse con la vida cotidiana. Lo digo por haberlos visto muy de cerca a veces.

Con la última de las humeantes tazas del chocolate que animaron nuestra conversación, pusimos punto final a esta larga conversación. Con Gilard se podía hablar de cualquier tema, a cualquier hora, pero ya habíamos agotado el de hoy que, por cierto, fue bastante variado, aunque él -así nos lo dijo- prefería hacerlo de literatura, sobre todo de la colombiana. Y así lo hizo, en una forma juiciosa y decorosa, sin caer en los dislates o en los excesos que son habituales en nuestro medio. De ahí que creemos haber cumplido con el propósito de no perder la oportunidad que tal circunstancia nos ofreció para disfrutar con él de su conversación que, está de más decirlo, siempre se nos insinuó interesante y sabrosa.

 

La entrevista fue realizada a tres voces en 1982. La entrevista y todo el material fotográfico de este artículo son cortesía de Álvaro Suescún T.

 

 

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