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Jacques Gilard

Jacques Gilard el investigador enamorado

gilard_002Desde el primer momento Jacques Gilard fue para mí sinónimo de un intelectual europeo, socialista, orgulloso de sus milenarias raíces campesinas -en su caso occitanas, del sur de Francia- abierto, atento a nuestra mestiza cultura caribeña. No tenía nada que ver con ese ambiente de los círculos literarios parisienses del siglo XIX -al estilo de lo que cuenta José Asunción Silva en su novela De sobremesa, traducida por él al francés- que podíamos imaginar mientras comenzábamos a frecuentar la Alianza Francesa, situada entonces en una casa solariega, a una cuadra del hotel Majestic. Cuando se apareció en nuestra ciudad, por ahí en 1975, ya enseñaba en la Universidad de Toulouse, pero aún no era profesor titular, y estaba investigando para su doctorado en literatura sobre El Grupo de Barranquilla. Nos hicimos amigos de inmediato. Yo acababa de dejar la redacción de EL HERALDO, donde tuve la suerte de iniciarme como periodista al lado de Alfonso Fuenmayor, pero debí esperar como todo el mundo sus investigaciones para acceder a los tesoros guardados en los archivos del diario.

Julio Olaciregui nació en Colombia en 1951. Sus libros: Vestido de bestia (1981), Los domingos de Charito (1986), Trapos al sol (1991) y Dionea (2006). Ha ejercido el periodismo en Colombia (El Heraldo, El Espectador) y París (AFP), donde estudió literatura y donde reside desde 1978. Olaciregui adaptó La Mansión de Araucaima de Álvaro Mutis para la película que filmó Carlos Mayolo en 1985. Tiene obras de teatro inéditas como La novias de Barranca, Talía y el garabato y El callejón de los besos, así como un libro de reportajes.

olaciregui_001Años después, el propio Gabriel García Márquez se admiraría al recibir los volúmenes de su obra periodística, anterior a Cien años de soledad, compilada por este francés que dejaría salir a flote siempre, en sus prólogos, traducciones y rigurosos textos académicos, ‘La obsesión del investigador enamorado'.
Ahora que se ha ido tan de repente al cielo de los buenos recuerdos -uno es lo que es y los recuerdos que va dejando- pienso que en mi decisión de viajar a Francia a estudiar literatura influyó mucho el haberlo conocido en la oficina de El Espectador en Barranquilla, a un paso del llamado Centro Cívico. Él salía de los archivos de EL HERALDO, en ese entonces en su vieja sede, a un costado de la Plaza Colón, y llegaba hasta mi oficina al caer la tarde y me contaba exaltado lo que había encontrado. No habían pasado aún diez años desde la publicación del libro que nos reveló a Gabriel García Márquez y él estaba desenterrando los cimientos, los planos, los ensayos, las cábalas, los juegos imaginativos del creador de Macondo, antes de su cristalización en la gran obra, contenidos en aquellas columnas llamadas ‘La Jirafa'.
Jacques había sido jugador de rugby en sus años mozos. Era alto, fuerte, de manos y brazos pecosos, y su perfume francés, su calva incipiente de intelectual, su seguridad al hablar, recreando nuestra historia literaria en un castellano sin acento, pero con matices habaneros, rioplatenses, madrileños, mexicanos o paraguayos, lo hacían atractivo, interesante, seductor, cualidades que él, aun cuando era tímido, iba descubriendo y aprovechando. Lo que más le gustaba era exponer ante un auditorio sus reflexiones y luego invitarnos a cenar y a tomar vino, rodeado por muchachas, colegas o simples estudiantes.

 

En defensa
de nuestra vocación

 

Han pasado más de 30 años desde entonces. "El tiempo vuela ligero", como dice Totó la Momposina en una canción, y ahora estamos orgullosos, aunque tengamos ‘cenizo el pelo', no solo de tener hijos cumbiamberos, sino de nuestros amigos y del entusiasmo que nos contagian para leer y escribir libros. Puedo dar fe que la fraternal y alentadora presencia de Jacques Gilard en la Universidad de Toulouse, su interés constante por la cultura latinoamericana -literaria, musical, política, deportiva- nos dieron un gran impulso. El ejemplo más palpable de su generosa recepción aquí en Francia es sin duda lo ocurrido con la obra de Marvel Moreno (1939-1995). En un texto suyo de 1997 que puede leerse en Internet, ‘Las tres casas de Marvel Moreno', él describe con humor esa obsesión suya de investigador enamorado, capaz de decir cuántas veces habló (38) con esta escritora, "la mujer más bella que yo había visto, un milagro de adolescencia y madurez, y con su blue-jean, su suéter, su largo pelo suelto y esas huellas leves de un sutil mestizaje (que ya no disimulaba) mucho más bella que la reina de belleza que había sido a finales de los años cincuenta".
En ese entonces Marvel Moreno estaba casada con Plinio Apuleyo Mendoza, agregado cultural de la Embajada de Colombia en París que deseaba ser escritor, pero a quien Jacques Gilard consideraba como "un atolondrado". En una carta del 6 de diciembre de 1979, al enviarme ‘el mamotreto' que era su prólogo a los tomos de la obra periodística de García Márquez, dice "Creo que escribí muchas páginas pensando en Plinio: el problema de la vocación que él desatendió. Eso está como en filigrana: la alternación de pesimismo y optimismo que sentí con relación a él". Entre el 3 y el 5 de abril de 1997, en una inolvidable primavera, Jacques Gilard y su gran amigo y colega colombo-italiano Fabio Rodríguez Amaya, de la Universidad de Bérgamo, organizaron un coloquio sobre la obra literaria de Marvel Moreno. Fue un gran momento para todos, quizás la cumbre, el máximo rendimiento y placer intelectual y amistoso de todos aquellos años de apasionadas lecturas, encuentros y textos.

 


Un pedagogo ético
un hombre tierno


Jacques siempre nos daba buenas sorpresas. En una época, entusiasmado por la obra de Manuel Mejía Vallejo, se dedicó a componer coplas, muchas de ellas de corte erótico, "yo que no escribo con mis tripas sino con mi pobre cabeza". Y cuando no estaba en su escritorio, en su cueva llena de libros, estaba en la ciudad universitaria de Toulouse-Le Mirail, enseñando, hablando sobre Álvaro Cepeda Samudio o la poesía gauchesca y el Martín Fierro, de vallenato o de Julio Cortázar, de José Félix Fuenmayor (Barranquilla, 1885-1966) o de Nicolás Guillén. Soñaba con viajar a seguir investigando, pero con el tiempo ya solo se desplazaba en tren a Barcelona o a Madrid. "Quiero irme de aquí, aunque una vez que esté allí (en Cuernavaca, en Barranquilla) me tenga que desvivir preguntándome qué estará pasando acá y sienta la urgencia de regresar a dar clases y a lavar platos.
Por ahora nada: empiezan las vacaciones, y esto ya me entristece. Quisiera vivir, y solo el trabajo me da la impresión de que estoy viviendo; descansar también va a ser un remedio peor que el mal. Por lo pronto creo que aprovecharé esta noche de final de trimestre para emborracharme dignamente (...) Para el coloquio en la Sorbona, tengo la intención de llevar una vida muy desordenada. Así que probablemente iré al hotel y no a tu casa".
Era un hombre de amistades firmes y durante años, antes de la invención del correo electrónico, se carteó con Tita Cepeda, con Ariel Castillo, con Monserrat Ordóñez, con Beatriz Manjarrés, con la poeta habanera Nancy Morejón. Le gustaba el ciclismo y seguía el Tour de Francia día tras día y llamaba por teléfono cuando algún ciclista colombiano ganaba una etapa.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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