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Jacques Gilard

Jacques Gilard el sabio que amaba a los gatos

gilard_002Fueron los barranquilleros quienes primero me hablaron del gran Gilard. Lo describían como un francés racionalista y tozudo, trabajador de hierro, inmune al calor y a los mosquitos, paciente como un relojero, duro en su oficio como el pedernal y con la tenacidad de un picapedrero, capaz de ordenar las hemerotecas imposibles del caribe colombiano. Sólo les faltó decir que tenía una personalidad fascinante. Mi primer contacto con él fue por teléfono -"Hola, soy Jacques Gilard", me dijo, con su voz grave y profunda, ante mi desconcierto y asombro, porque aquel profesor que me llamaba a mi casa desde Toulouse era ni más ni menos que el recopilador y organizador de la monumental obra periodística de García Márquez y quien había dado forma y sentido al cacareado "Grupo de Barranquilla". Me quedé perplejo porque además conocía mis trabajos, me había leído y seguido con verdadero mimo intelectual en mis investigaciones sobre el Nobel cataquero y me proponía publicarme una cosilla escrita a propósito de la novela del escritor samario Ramón Illán Baca, titulada "Maracas en la ópera". Meses más tarde, en 1996, vino a verme a Sevilla. En un gesto entre sarcástico y admirativo, Gilard elogió mis rizos caóticos e irreverentes, que tanto "epatarían" a los burgueses, a los curas y a los militares, porque él, desde muy pronto se había quedado con la cabeza pelona y admiraba con una devoción inocente y casi infantil el recurso de las melenas contraculturales.
José Manuel Camacho Delgado (1967), Profesor Titular de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla. Ha sido Premio Extraordinario de Licenciatura (1993), Premio Extraordinario de Doctorado (1996) y Accésit del Concurso Internacional "Nuestra América" (1996). Entre sus libros destacan Césares, tiranos y santos en El otoño del patriarca. La falsa biografía del guerrero, Comentarios filológicos sobre el realismo mágico, Magia y desencanto en la narrativa colombiana ; la edición con prólogo de Los infortunios de Alonso Ramírez y Alboroto y motín de los indios de México de Carlos de Sigüenza y Góngora; Piratas, marinos y aventureros en Cien años de soledad. De las crónicas de Indias a la novela de aventuras y coordinador del volumen homenaje: Gabriel García Márquez, la modernidad de un clásico (en prensa). Es el autor de los capítulos "La narrativa colombiana contemporánea: magia, violencia y narcotráfico" y "La narrativa chilena contemporánea. Criollismo, vocación urbana y desencanto" en la Historia de la Literatura Hispanoamericana . Además, ha publicado una sesentena de artículos dedicados a la narrativa hispanoamericana contemporánea, con especial atención a la novela de la dictadura, novela de la violencia, novela del exilio, el pinochetismo, el fujimorismo, la memoria histórica y las representaciones del mal en la narrativa moderna. Sus artículos han sido publicados en revistas norteamericanas (Revista Hispánica Moderna, Revista de Estudios Colombianos, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana), francesas (CARAVELLE. Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Bresilien), colombianas (Boletín Cultural y Bibliográfico, Estudios de Literatura Colombiana, Huellas, Historia y Cultura, Con-Textos. Revista de Semiótica Literaria, Cuadernos de Literatura, Revista Universidad de Antioquia), mexicanas (La Casa Grande, Metapolítica. Política y Literatura), noruegas (Romansk Forum), peruanas (Escritura y Pensamiento, Ajos & Zafiros) y españolas (Ínsula, Quimera, Letras de Deusto, Philologia Hispalensis, Anuario de Estudios Americanos, Arrabal, Minotauro Digital, Péndulo). Ha sido conferenciante y profesor invitado en Colombia, Francia, EEUU, Inglaterra, Perú, Bélgica y Marruecos.jmcamacho_002Llegó a Sevilla buscando pliegos de cordel y otras perlas de la tradición oral, algunas de las cuales llevaban ya varios siglos durmiendo en alguna gaveta universitaria tan difíciles de encontrar como el propio genio de la lámpara en Las mil y una noches. Sin embargo, nada le espoleaba más la curiosidad y le abría tanto el apetito filológico como estas empresas imposibles donde lo épico y lo humano se trenzaban con una resolución y una energía dignas de admiración. Muchas veces a lo largo de los años le busqué cosas inencontrables, casi invisibles, de las que él tenía siempre una noción precisa y certera, como si esos documentos estuviesen a la vista de todos, colgados en algún escaparate de librería. Gilard había llegado a este universo bibliográfico lleno de documentos misteriosos que hablaban de otra España y de otro Nuevo Mundo, huyendo de las decepciones que le habían zaherido a lo largo de su trasiego académico, en el que no faltaron ni el colega desaprensivo ni el escritor convertido en dios que decidió fulminarlo con su indiferencia.
En los catorce años que duró nuestra amistad nos vimos unas cuantas veces, en Sevilla o en Toulouse y siempre con un montón de proyectos sobre la mesa. El último de ellos fue el intento de publicación de una edición definitiva de La casa grande de Cepeda Samudio. Con el pretexto de trabajar en la idea, me invitó a Toulouse para impartir un doctorado a comienzos del 2005, en colaboración con el IPEALT y fue, creo recordar, la última vez que estuvimos juntos en su tierra. Él se encargó de cotejar todas las ediciones importantes que se habían hecho de la novela, para fijar un texto único, lo más limpio posible, donde cada cosa estuviese suficientemente anotada y clarificada para los lectores de habla hispana. Me consta que en los meses siguientes llamó con frecuencia a nuestros colegas barranquilleros Ariel Castillo y a su padre, el viejo y coqueto profesor Castillo, para preguntarle por la última pipirigaña encontrada en el texto. Yo, por mi parte, me encargaría de redactar el prólogo, condicionado siempre a la editorial destinataria del mismo. Dada la magnitud del proyecto me planté en Madrid y se lo ofrecí a Cátedra, pero la insensibilidad de su director y los criterios mercantiles que utilizó para decirnos que Cepeda no vendería nada en la España actual, fue para él otro jarro de agua fría en su trayectoria académica y para mí la constatación de que muchos editores en vez de alma tienen cajas registradoras. A la espera de lo que pueda ocurrir con la edición de la obra de Cepeda, guardo como un verdadero tesoro el trabajo que hicimos juntos durante los últimos años.
Aquel viaje a Toulouse fue muy intenso en lo profesional y definitivo en lo personal. Gilard nos llevó en su coche no sólo por los pueblos del Sur de Francia, sino sobre todo, por los pueblos que cartografiaban su pasado sentimental. Con una memoria prodigiosa y un español tan perfecto como delicioso, el sabio occitano iba dándonos a Cristina y a mí datos de las iglesias y de los pueblos, de los ritos y costumbres de sus gentes, de la ganadería, de la agricultura, de la climatología, sabiéndolo todo sobre las flores, los insectos, los disparates urbanísticos que se estaban haciendo o la maravilla que era ver pasar por esas carreteras de provincia alguna etapa prólogo de las clásicas del ciclismo francés. Era evidente que ese viaje no sólo era espacial, sino sobre todo temporal, de introspección, de reconocimiento del terreno, en un intento desesperado por zurcir con el hilo de su memoria todos los retales familiares perdidos en las refriegas y los escobazos de la vida cotidiana. Después de comer y beber como sólo él podía hacerlo, en un restaurante popular y vacuno, donde todo hacía referencia a las vacas y hasta el más mínimo detalle (el cenicero, la tapa del wáter, las sillas, los manteles, las fotos de las paredes, la caja de cerillas) era una reivindicación gastronómica y política de la ganadería autóctona, siempre amenazada por las arbitrariedades y cacicadas de las directrices económicas de Bruselas, Gilard decidió llevarnos al pueblo de sus padres, a donde había transcurrido parte de su infancia. Me sorprendió su gesto adusto y solemne cuando se dirigió hasta la plaza del pueblo, un lugar sombrío y atravesado por una tristeza de las que terminan anidando en las paredes, como ha retratado magistralmente el escritor Philippe Claudel en algunas de sus novelas. En el centro de la plaza se encontraba un monolito con muchos nombres grabados en la piedra, a modo de epitafios, entre los que se encontraba su abuelo, caído en la Gran Guerra cuando apenas había cumplido los dieciocho años. "Estos pueblos son pueblos de viudas. Nunca han podido levantar la cabeza" me dijo, antes de llorar en silencio como un exorcismo contra las canalladas del pasado. Esa es la última imagen que conservo de él, la de un gigante grande y bueno, sabio y gruñón, hedonista y trabajador espartano, un nieto sesentón de la Francia republicana y culta, arrasada por la ponzoña nazi de comienzos de siglo. Un nieto que está a punto de jubilarse y que llora con desconsuelo al abuelo muerto con la edad de sus propios hijos, como unas décadas antes lo hiciera el propio Albert Camus ante la tumba de su padre.
Al año siguiente vino a visitarnos junto con Elena (o Helena), la gran mujer que había soportado con estoicismo occitano los excesos del hispanista caribeñizado, inculcándole un respeto casi místico por las cosas de la ecología y habiéndolo metido en cintura con los atracones pantagruélicos derivados del placer sin límites que le proporcionaba siempre una mesa generosa en la que nunca faltaron ni la hogaza de pan, ni el buen vino, ni los quesos ni el buen jamón de pato. Tengo que decir que verlo comer era un espectáculo digno de admiración, como lo era oírlo durante horas y horas disertar sobre cualquier tema en un arco de posibilidades en el que los asuntos más trascendentes de la vida actual compartían espacio con su pasión por el ciclismo, su preocupación por la selección francesa de fútbol o su amor sin fisuras y casi paternal por los gatos de la casa, a los que hablaba en un francés cariñoso y culto, como si pudieran entenderlo. Es más, el apego que les tenía a sus felinos fue determinante para que cada vez fuera más reticente a salir de su tierra natal, y fue, hasta el final de sus días, muy grande su preocupación por la suerte de su trupe minina.
La noticia de su enfermedad me llegó como un calambre y una extraña coincidencia, mientras velaba a mi padre moribundo en un hospital de Sanlúcar. A pesar de las sesiones de quimioterapia que le dejaban el cuerpo estragado, Gilard había puesto todo su empeño en sacar un número de la revista Caravelle, dedicado a las relaciones entre la Literatura y el Periodismo. A pesar de que el trabajo que me encomendó resultaba inabarcable -El boom y su narrativa en el diario El País- no sólo por las dimensiones del mismo, sino también por mis propias circunstancias familiares, debo decir en su honor y en su memoria que leí como un poseso día y noche y conseguí escribir mi ensayo entre pasillos de hospital, olor a cloroformo y los delirios de un padre que se me moría a chorros. En tales circunstancias no se le pueden pedir peras al olmo, pero Gilard se puso muy contento porque su discípulo en la distancia, "su hijo académico", como me llamó más de una vez, había entregado el encargo a tiempo. Ahora que han pasado los meses tengo la impresión de que aquel trabajo frenético y delirante fue una terapia para frenar los efectos abrasivos de la enfermedad y la muerte. Muerte del padre biológico y muerte del padre académico, dos alfileretazos en la conciencia y en el corazón para recordarme lo solos que a veces nos quedamos los vivos.
Consideraba Cicerón en su obra De senectute que llegado el hombre a la edad en que todos envejecemos, debía dedicarse éste a cultivar las artes y las letras sin la tiranía de las obligaciones cotidianas, debía ahondar en las relaciones familiares, estrechar los vínculos con los amigos y tener tiempo libre para dedicarlo a la agricultura, como así pretendía hacerlo Jacques Gilard, una vez que se había jubilado de la parte más farragosa de la vida académica y andaba metido en mil trajines propios de la investigación y la publicación de Caravelle, la importantísima revista en la que navegó durante muchos años, lleno de ilusión y entusiasmo con la casita de verano que se había comprado en una población muy cerquita de sus ancestros. A Gilard le faltó tiempo al final de su vida laboral para recordar a los hombres ilustres, como aconsejaba Cicerón, siendo él mismo parte importante de ese panteón de las glorias americanistas que ha dado lo mejor de la cultura francesa y europea.
Yo por mi parte no voy a esperar a la vejez para recordar y alabar al honorable amigo muerto. Lo hago todos los días, porque en mi cotidianidad hay mil cosas que se refieren a él, mil bromas que nos hacen sonreír a los que lo conocimos y quisimos y todos, de alguna manera, somos cómplices de un sinfín de anécdotas que revelan su grandeza y su humanidad. Para mí Jacques Gilard fue más que un maestro. Fue un guía, un amigo, un apoyo incondicional, un espejo en el que mirarme más allá de la tacañería y las zancadillas de nuestra vida académica. Su muerte me deja atravesado por un rayo de dolor y amargura, como escribió Miguel Hernández en su "Elegía", arrastrando un luto que me ha de acompañar mucho tiempo, tanto como el tiempo que voy a necesitar para drenar todo este llanto que llevo dentro. Descansa en paz, querido maestro.

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