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La columna de Alejandro José López

Vila-Matas o la libertad del escritor

enrique vila 001Cuando una afición te gobierna, hasta la fisonomía se te impregna de sus trazos. Un bibliófilo, por ejemplo, llega a tener una mirada tan insólita que no es posible saber si aquello que la rige es tristeza, abismo, o regocijo. ¿Acaso una mixtura de los tres? En cualquier caso, la lectura brinda una suerte de vida paralela que te habilita para recorrer este mundo a sabiendas de que sólo es uno más entre otros posibles; así, la gravedad de las cosas queda disuelta o, por lo menos, matizada. Y este modo de ver y comprender la vida se le nota al lector, sobre todo al literario, en la cara. Porque sucede que una imaginación corpulenta es el principal recurso para ejercer la libertad.
En esto he pensado cuando me encontré con el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas, quien recibiera el premio Rómulo Gallegos en el 2001 gracias a su novela El viaje vertical (1999). Me dije: se le nota y de muchos modos; empezando por sus propios libros. En éstos, que ya son numerosos, muy traducidos y reeditados, hay una mezcla de reflexión y narración que pone en calzas prietas a los críticos cuando intentan clasificarlos. Pero es sobre todo en el aspecto temático donde aparece de manera explícita su pasión libresca, su vocación de hacer literatura sobre la literatura. Tal es el caso de su Historia abreviada de la literatura portátil (1985), donde da rienda suelta y divertida a su actitud iconoclasta. O el de su Bartleby y compañía (2000), en el cual rastrea aquella saga espiritual de escritores que han optado por el silencio al cabo de pocos o de ningún libro. O el de El mal de Montano (2002), novela en la que se piensa la función de lo literario en el mundo contemporáneo y que le valiera al autor el prestigioso Premio Herralde.

A.J.L.: ¿De dónde le viene, maestro Vila-Matas, esa idea de la novela entendida como combinatoria de ficción y ensayo?

E.V-M.: Son varias las referencias que tengo sobre este tipo de escritura. Una de ellas es la de Sergio Pitol, quien escribió ese magnífico libro que es El arte de la fuga; o bien la de Claudio Magris, en su novela Danubio; o la del escritor alemán W. G. Sebal...


A.J.L.: La verdad es que hay muchas obras maestras escritas bajo esta concepción. Si uno piensa en La muerte en Venecia, de Thomas Mann, resulta difícil saber si se está frente a una novela o ante un tratado sobre la belleza...

E.V-M.: Bueno, pero esta mezcla ya la hacía Lawrence Sterne a mediados del siglo XVIII, en Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy; y esto a su vez viene del Quijote directamente. Por lo tanto, no es una novedad tampoco. Simplemente es la búsqueda de un espacio de libertad para la creación. Si yo quiero contar algo, posiblemente quede mejor de una forma ensayística que de una narrada; o al revés. Finalmente, como tenían que clasificar lo que hago, se empieza a decir que es pensamiento narrado. Y me parece bien. Lo que escribo, creo, son viajes mentales. Uno tiene el cerebro estructurado de tal modo que las cosas le llegan de forma aleatoria.


A.J.L.: Pero lo cierto es que esta noción de libertad creativa no abunda actualmente. Quiero decir que hoy se estilan mucho más las novelas esencialmente narrativas, que parecen guiones; es decir, que están casi listas para ser rodadas en cine.

E.V-M.: Si yo quiero hacer una fotografía, puedo elegir si hacerla en color o en blanco y negro; y con la cámara que quiera, ¿no? Igual uno busca qué es lo más apropiado para lo que desea contar. Si yo escribo algo y quiero comentarlo en forma ensayística después de haberlo narrado, pues lo hago si creo que es necesario. Para esto, quizás, la técnica es muy importante, el hecho de haber escrito mucho antes y así poder elegir lo que conviene mejor.


A.J.L.: De acuerdo, pero insisto: en el mundo del libro hay un montón de restricciones que vienen de lo comercial, de la necesidad de captar lectores, de ciertos estereotipos que se imponen. ¿Cómo tramita usted ese asunto?

E.V-M.: Bueno, lo que escribo actualmente quizás no lo publicaría nadie en España si yo fuera un autor joven. Si se publica, e incluso tiene lectores, es porque hay detrás una larga trayectoria. Tuve que hacer todo lo que he hecho para escribir lo que quiero. Durante quince años hice la travesía del desierto: nadie quería saber nada de lo que hacía, ni era leído, ni entendido, ni interesaba. Pero hubo un momento en que se empezó a comprender. Había nacido un lector nuevo, el lector de libros de Vila-Matas. Y yo creo que se escribe para crear un lector distinto.


A.J.L.: Sin embargo, para un escritor que empieza, ¿no es un poco suicida, por usar un término exagerado, declararse radicalmente autónomo?

E.V-M.: Depende, porque hay que ser un poco estratega también. Yo nunca he tenido miedo en esto, aunque, claro, me la he pasado fatal por un montón de años al ser un escritor no reconocido, mientras bastantes imbéciles eran muy famosos en España. No obstante, al final hay una compensación.


A.J.L.: Sin duda: la de tener lectores inteligentes...

E.V-M.: Sí, hay que hacer la travesía del desierto, lo cual es ciertamente duro; pero no pasa nada una vez se realiza. No hay que andar escribiendo para agradar a unos o a otros. Lo importante en esto es hacer lo que uno quiere, jamás traicionarse a sí mismo.


A.J.L.: Hablemos un poco de la literatura española. ¿Estamos viviendo actualmente un "boom" de novelistas ibéricos? ¿Cómo ve usted este panorama?

E.V-M.: No me identifico con la narrativa española. No creo en literaturas nacionales; ese es un concepto del siglo XIX. A mí puede gustarme mucho un escritor colombiano; y otro colombiano, de la misma edad, no interesarme en lo más mínimo. Así que no pienso que haya hoy una literatura española, o una colombiana; simplemente hay escritores, individualidades.


A.J.L.: Y entre los escritores colombianos, ¿cuáles le interesan?

E.V-M.: Tengo muchos amigos colombianos que son escritores; así que prefiero no hacer enumeraciones para no entrar en el asunto de las susceptibilidades. Pero puedo decirle que fui jurado del premio Rómulo Gallegos en el 2003, cuando le fue otorgado a Fernando Vallejo por su excelente novela El desbarrancadero. Él es un escritor realmente diferente de García Márquez; y en un país como Colombia, que está dominado por la escritura de Gabo, quien hace una literatura espléndida pero que no es la única en el mundo, está muy bien la presencia de alguien como Vallejo, que es distinto.


A.J.L.: ¿Qué me diría si le pregunto por sus fuentes literarias?

E.V-M.: Indiscutiblemente, le hablaría de Kafka. Él es para mí el escritor más importante. No porque me le parezca literariamente; al contrario, de hecho tengo mucho menos sufrimiento que él. Pero no es necesario que te parezcas a alguien para que te guste lo que escribe. Bueno, después, para mí, están Borges y Pessoa.


A.J.L.: ¿No se siente usted hijo de la herencia cervantina?

E.V-M.: Totalmente. Vida y literatura es lo que yo mezclo; y, vamos, esto es Cervantes puro. En España, a veces, la gente se extraña de lo que hago, cuando ya lo hacía El Quijote. Pero es que yo creo que en España no son quijotescos. El Quijote tiene mucho humor y esto no es castellano. El segundo apellido de Cervantes es Saavedra, que es gallego. Mire usted: hay una relación muy fuerte del humor y la ironía con el mar. Y Castilla es seria y seca.


A.J.L.: ¿Le habría llegado el humor a Cervantes a través de sus innumerables viajes por el Mediterráneo?

E.V-M.: Bueno, eso ya es imposible de saber.


A.J.L.: ¿Y por dónde le llegó a Vila-Matas?

E.V-M.: Sigo sin saberlo. Me parece que es innato, supongo que forma parte de cómo soy. Siempre creí que mi humor era el mismo que tenían todos los demás y luego descubrí que no era así.


A.J.L.: Se trata de una constante en sus libros. También he visto algunas entrevistas suyas y me ha dado la impresión de que lanzaba dardos envenenados y se quedaba impávido. Apela usted a un humor agudo y fino, aunque un poco negro.

E.V-M.: Lo que pasa es que nunca me río de lo que digo. Eso sería muy absurdo.


A.J.L.: Pero, ¿se ríe de usted mismo?

E.V-M.: He escrito un libro, París no se acaba nunca, donde se ve claramente que sí.

 Alejandro José López Cáceres
Colombia, 1969. Ha publicado dos libros de ensayos: Entre la pluma y la pantalla (2003) y Pasión crítica (2010), dos de crónicas y entrevistas: Tierra posible (1999) y Al pie de la letra (2007), dos de cuentos: Dalí violeta (2005) y Catalina todos los jueves (2012), y una novela: Nadie es eterno (2012). Entre los años 2004 y 2008 dirigió la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Actualmente reside en Colombia y es candidato a doctor en literatura por la Universidad Complutense de Madrid.

 

Vila-Matas o la libertad del escritor enviado a Aurora Boreal® por el escritor Alejandro José López. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Alejandro José López. Foto Alejandro José López y Enrique Vila-Matas © cortesía Óscar Agredo. Entrevista realizada en Cartagena de Indias en el 2007.

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