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Invitado Especial

Ludus, realidad y mundo: Julio Cortázar (1914-2014)

cortazar 250Para quien haya leído Julio Cortázar o no lo haya hecho todavía, el que por estas fechas se esté celebrando el centenario de un cronopio con cuerpo de gigante y cara de niño, resulta como una de las más crudas y diáfanas invenciones de alguno de sus famas. No sólo porque es improbable que ya no esté en el angustioso reino de los hombres, lo cual podría ocasionar la explosión de una nube verde, sino por ese ingrediente de más que tiene el humor de los argentinos porteños que les permite tomar del pelo a sí mismos y superar de cinco cuerpos el de los ingleses. Humor negro, re-negro, el de los porteños, mas sin embargo lleno de luces y tan transparente, que les permite, como a cronopioCortázar, además de duplicar su simpatía, y triplicar la capacidad seductora de sus ensueños, inventar su propia muerte y convocar a las celebraciones del centenario, de este vivo y admirable fantasista de las letras mundiales contemporáneas.
Ayer, con Juliofama, redactor de uno de los capítulos de esa gran ficción espuria y mestiza que se llamó por imposición española Nuevo Mundo (como si fuéramos de otro planeta), por equivocación América Latina y por capricho de un francés mediocre Tercer Mundo, nuestra literatura alcanzó los más altos niveles de su historia. Hoy, sin cronopioCortázar, y sus fantomáticos arpegios poéticos, esculpidos en la luz y las colinas de Roma Kaput Mundi, nuestra literatura quedaría como un cuerpo sin corazón o, si se me permite, sin sexo y privado de erotismo. (Confío, alcanzar a decir por qué)

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Félix Terrones -Escritores (4)

arthur rimbaud 001Siempre más allá

En verdad, su nombre no era Charleville sino encierro, polvo y monotonía. También desesperanza. Por eso, Arthur Rimbaud huyó apenas pudo, viajó afuera, lejos, buscando el más allá de la poesía, la visión y los vagabundeos. Sin embargo, la poesía no estaba en París, tampoco en Bruselas, ni tan siquiera en Londres. Del grito salvaje, del incendio voraz, de la fiebre vagabunda no quedaba más que un puñado de burgueses afectados, padres de familia, un poco barrigones, cada cual con una calvicie más o menos pronunciada. Se hacían llamar poetas. Mierda. Entonces, había que salir aún más, viajar a los países de colinas amarillas y lenguas de arena. Alejandría. Aden. Harar. Allá donde el sol quema y la sed combustiona. Fue entonces que el pequeño campesino de Charleville cumplió, finalmente, su sueño. Dejó de ser francés, dejó de hablar una lengua europea, dejó de ser Arthur Rimbaud. Incluso dejó de ser poeta. Cuentan que de, tanto en tanto, recibía algún viajero francés, curioso de saber si en verdad era el poeta de quien todo el mundo hablaba en París, en los salones, los cafés y las galerías. Entonces, respondía algún sarcasmo, escupía al vacío y miraba al cielo negro, repleto de estrellas.
¿Cómo decirle que le hablaban de un muerto, un cobarde que nunca pudo escapar de Charleville?

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Félix Terrones - Escritores latinoamericanos (1)

julio cortazar 051¿Che, viste qué lindo el cielo de la Rayuela?

La última vez que leí Rayuela me ocurrió algo muy raro que hasta ahora no he contado a nadie. Yo iba siguiendo mi lectura - no recuerdo qué número, cada cierto tiempo releo el libro - según el orden propuesto en el "Tablero de dirección" cuando, de repente, ¡zas! ocurrió. De pronto, Traveler y Talita acudían por fin a París, desde su lejano refugio argentino, para darle el alcance a Horacio Oliveira quien los esperaba con la Maga y el pequeño Rocamadour jugando entre los muebles de la casa del mismo Julio Cortázar, el cual los miraba desde sus alturas, satisfecho, contento con el momento. París ya no era París, sino el cielo donde todos se encontraban y no había más búsquedas insensatas ni renuncias. No sé por qué razón cerré las páginas del libro. Cuando quise abrirlo de nuevo me encontré con el conocido capítulo 38 cuando Traveler recibe al amigo de juventud, Horacio Oliveira, en un melancólico Buenos Aires (como si esa ciudad pudiera ser de otra manera). Busqué en las páginas de adelante y también en las que seguían, pero no había rastro alguno del piso parisino de Julio Cortázar. Del episodio que había leído no quedaba rastro alguno. Ahora que escribo me pregunto si no soñé todo eso. Entonces, levanto la mirada y me topo con el retrato de Julio Cortázar que cuelga en una de mis estanterías. Parece querer decirme algo.

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Félix Terrones - Escritores latinoamericanos (3)

clarice lispector 051Cerca del corazón salvaje

Había vivido durante mucho tiempo en un ambiente delicado, de embajadores, viajes por Europa y América, de lecturas en voz alta, en medio de gente cultivada. Una vez de regreso, ya divorciada, tuvo una vida sofisticada en esa ciudad singular que era Rio de Janeiro, reducto de civilización en medio de la barbarie. De la pequeña ucraniana que llegara algún día a esas inhóspitas tierras brasileñas apenas quedaba algo. No obstante, de manera muy secreta, eso que quedaba parecía viciar cada uno de sus gestos mundanos, buscar el revés siniestro de sus palabras. A diferencia de muchos otros, Clarice Lispector era muy consciente de ello. Por eso, cada mañana se levantaba entre sus pulcras sábanas antes de encaminarse a su escritorio. Allí en la hoja latía aquella selva húmeda y profunda en cuyo pálpito ella buscaría, una y otra vez, lo indecible, eso que su vida negaba afirmándolo y que su literatura rodearía como si se tratara del país nunca entrevisto, legión de palabras impronunciables.

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Félix Terrones - Escritores latinoamericanos (2)

mario vargas 051Crimen en la escuela militar

Se trataba de la primera novela que escribía. La había comenzado en la tasca madrileña esa, la de Menéndez y Pelayo, creyendo que tendría para algunas semanas, pero esas semanas se alargaron, haciéndose meses y después años. Conforme avanzaba en el trabajo, tenía la sensación de ir sitiando el momento culminante, de rodear con sus palabras el evento que ineluctable tendría que hacer detonar. Pese a la sensación de urgencia, también a la conciencia de que de todo ello dependía el que se hiciera escritor, no dejaba de pararse a buscar algo, pretextando cualquier excusa que le ayudara a dejar de escribir. El evento era un asesinato durante un ejercicio de tiro en una escuela militar llamada "Leoncio Prado", donde él mismo hizo sus estudios cuando adolescente. En el episodio del asesinato, uno de los personajes, el temible e indómito "Jaguar", se aprovecharía de la confusión para disparar por detrás a Ricardo Arana, aquel que llamaban el "Esclavo". Esa era la única manera que tenía para salvar su honor y castigar al cobarde. Sentado frente a su escritorio, en su buhardilla parisina, Mario Vargas Llosa mira a través de la ventana. Justo en ese mismo momento, cuando debe contar el episodio, son muchos los recuerdos que se acumulan de su periodo en el colegio militar Leoncio Prado. Los castigos. Los golpes. Las vejaciones. El horror. Por eso, siente su respiración enrarecerse. Detrás de su ventana, el delicado paisaje parisino parece indiferente a la obscuridad en la cual se hunde el autor y de la cual se libera como quien se arroja a una trinchera. Cierra los ojos, aprieta los puños y dispara.

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