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Invitado Especial

Félix Terrones - Escritores (14)

balzac 250Le moulin à café d'Honoré

 

Lo recuerdo como si fuera ayer. Aquel día llegamos a Saché muy temprano. Como éramos los primeros, recorrimos el castillo de abajo a arriba con morosa delectación. Cuando lo vi, en la recámara donde el gigante francés trabajaba, tuve la idea. Robaría el molino de café con el que Honoré de Balzac se preparaba sus febriles y creativas tazas, lo utilizaría para inspirarme en los libros que todavía no había escrito. Mi idea funcionó de inmediato pues, conforme me tomaba más tazas de café, tenía la sensación de alejarme de esa seca rutina de días sin una palabra o llenas de borrones. Al contrario, poseído por un impulso desconocido, alineé mis palabras que se hicieron legión de cuentos y novelas. Muchos años después, cansado de los honores, las traducciones y la celebridad, decidí vender el dichoso molino, sin temor a que alguien me reconociera como el ladrón. Por eso, no me sorprendió cuando me llamaron de la casa de subastas. Imaginé que, buscando verificar la autenticidad del objeto, se habían puesto en contacto con los administradores del castillo de Saché, qué más daba. Pero en lugar de incriminarme por mi robo juvenil me increparon el haber intentado estafarlos. Para más sonrojo, me señalaron uno de los bordes del molinillo, donde un infame "Made in China" delataba la sustitución.

De Honoré de Balzac solo nos queda el nombre.

 

 

 

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Félix Terrones - Escritores (13)

marcel proust 250Rue Hamelin, n° 44

 

Aquel señor maniático con los ojos inyectados y la respiración rauca, drogado con veronal, exhala su último respiro antes siquiera de que le midan otra vez el pulso. A su alrededor, quienes asisten al espectáculo se rascan la cabeza, carraspean, intercambian miradas. Alguien llora en un rincón. Es su fiel sirvienta, quien no lo dejó un instante durante sus últimas horas, quien siempre lo acompañó pese a sus excentricidades y sus exigencias. Detrás deja numerosas deudas, algunos amantes en flor, unos cuantos amigos y, sobre todo, una multitud de papeles garabateados por todas partes, pegados y después desgarrados, cuadernos negros a los que consagró sus últimos años. Algunas horas después, un cortejo somero sale por la puerta del edificio, encabezado por su hermano Robert, médico como su padre. De lejos, bajo la luz de las farolas, parecen gusanitos arrastrándose contra la tierra húmeda, solitaria, cargada de memoria. En la habitación mortuoria, solamente queda Céleste, ese es el nombre la sirvienta, quien entre sollozos le dice al cadáver que no se muera, le queda un poco más por escribir y también por corregir. Está obscuro, la lámpara apenas ilumina el rostro del fallecido, su barba de varios días, sus párpados ojerosos, en medio del resplandor vacilante, ese globo de luz desprovisto de palabras, tenebroso en su silencio.

Nadie, ni siquiera la sirvienta, lo sabe. Esa noche obscura ha nacido un inmortal.

 

 

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Félix Terrones - Escritores (11)

heartofdarkness 001Después del corazón de las tinieblas

A Emmanuelle Terrones

 

"!El horror! ¡El horror", gritó Kurtz antes de morir en medio de la tupida selva africana. De esa manera, aquel monstruo delirante, convencido de que la mejor solución era exterminar a todos los africanos, rindió el alma. Nada se había salvado del joven educado y sensible europeo que llegara una mañana cualquiera al continente. Sentado en esta mesa de café, rodeado de hombres de perfil respetuoso, mujeres delicadas, la clientela de cualquier café europeo, cierro la novela y recuerdo el viaje de Marlow, los días consagrados a navegar por el río Congo, penetrando en lo más obscuro de África para encontrar al temible y, sin embargo, fascinante Kurtz, reyezuelo de opereta, asesino sanguinario. En el camino se encuentran con algo más que el crimen, algo más que la locura. Aquellas manos y orejas regadas en las orillas del río, esas cabezas clavadas en picotas, esos cuerpos mutilados, sin dedos, manos, ni ojos, son la prueba de lo que puede llegar a hacer el hombre cansado de ser humano. Entonces, miro de nuevo alrededor de mí, esos dedos que sostienen cigarrillos, esas manos que ya levantan sus copas, esos ojos que se miran risueños, agradables, incluso amorosos; en suma, toda esa humanidad extremadamente civilizada, dentro de la cual, sin embargo, dormita, abyecto e indomable, el fulgurante corazón de la tiniebla.

 

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Félix Terrones - Escritores (12)

Josemaria eguren 250Poetas del crepúsculo

 

Se le podía ver todos los días, volviendo a Barranco desde el Centro de Lima. No lo hacía en coche, como todos los demás, sino a pie. Cuentan que se trataba de una vieja costumbre, que de esa manera se inspiraba. También dicen que no tenía los medios materiales para hacerlo de otro modo. Cuántas tonterías se pueden afirmar cuando se trata de un poeta. Sin embargo, José María Eguren apenas escucha lo que se rumorea, antes bien sigue caminando, sigue dejando atrás las casas derruidas, los edificios anónimos, toda esa nube negra que es Lima. Poco a poco, llega al balneario de Barranco, donde vive con sus hermanas, enfermizo y cada vez más achacoso. Saluda con un gesto discreto a los pocos vecinos que lo reconocen por la calle. Los demás, jóvenes oficinistas, señoras aderezadas, niños impertinentes pasan sin verlo. No es raro, con el tiempo se ha convertido en un fantasma que levita por la ciudad. Apenas abre la puerta, siente un resplandor posándose sobre su piel. Voltea hacia el mar, tiene tiempo de ver al sol ponerse; arder en medio de trinos, reyes rojas, libélulas, candiles y tantos otros habitantes de un reino eterno de tan pasajero.

Pero es un instante, ya el sol se ha apagado, Lima es de nuevo Lima.

 

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Félix Terrones - Escritores (10)

samuel beckett 250Godot por fin llega

Cuando Godot llegó no encontró ni a Didi ni a Gogo. Ya se habían ido mucho tiempo antes. Lo mismo habían hecho Pozzo y Lucky, quienes no lo esperaban, es cierto, pero de quienes había escuchado hablar. Miró alrededor y vio que las luces se habían apagado y que en las butacas no quedaba un solo espectador. Nadie. Entonces se sentó a orillas del camino, al lado de un árbol. No sabía dónde podría encontrarlos. Se molestó consigo mismo por haber llegado tan tarde. "Maldita sea, se dijo, al tiempo que se rascaba la cabeza, ahora cómo podré hacerles saber que Godot no soy yo".

 

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