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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (21)

A vueltas con el idioma alemán

 

El pasado jueves 26 de junio festejó Berlín el 52.° aniversario de una de sus fechas míticas, la visita de John F. Kennedy y su discurso ante el ayuntamiento de Schöneberg, cerrado con una frase dicha en alemán, “Ich bin ein Berliner”: una frase que por un olvido freudiano de la gramática, es –desde entonces– una seña de identidad de la ciudad. Y si postulo éso del olvido freudiano de la gramática es porque al referirnos a nosotros mismos no decimos, por ejemplo, “Soy un colombiano”, sino lisa y llanamente “Soy colombiano”. Sólo cuando predicamos algún añadido a la mera condición gentilicia es cuando solemos emplear el artículo, por ejemplo: “Soy un colombiano a carta cabal”, o “de la diáspora”, como lo fue Álvaro Mutis.

Esto que va por delante puede parecer una precisión bizantina, más bien propia del debate acerca del sexo de los ángeles, pero no lo es en el caso de la frase de Kennedy. Porque “ein Berliner”, es decir, “un berlinés”, si no es dicho en tercera persona y refiriéndose de modo expreso a un individuo, designa muy otra cosa que una persona natural y/o vecina de la ciudad de Berlín. Un berlinés, ein Berliner, es el nombre propio y archidefinitorio de un buñuelo dulce, una especie de croqueta casi esférica y azucarada, en cuyo interior el confitero insufla un grumo de mermelada (de ciruela, fresa, grosella, etc., a gusto del consumidor). Y desde luego, en una pastelería, en un puesto callejero, en un chiringuito de verbena, para pedirlo se hace preciso y obligatorio el empleo del artículo: “un” berlinés. La moraleja es que Kennedy, queriendo dejar a la posteridad una frase histórica, se autodefinió como un bollo de masa blanca y azucarada con relleno de mermelada. Nada más, y nada menos. Y es que los idiomas se vengan de quienes no los conocen. El idioma alemán, en particular, es muy vengativo.

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CARTA DE ALEMANIA (20)

Rembrandt

 

Un día del verano de 2005, en Amsterdam, agarré la bicicleta y me mandé una larga pedalada hacia el sudoeste. Llegué hasta el límite de la ciudad, el molino de Sloten, a la orilla de un canal con puente levadizo, y por el camino me estuve preguntando cómo se vería ese paisaje en tiempos de Rembrandt. Y me dije que algo no existiría, con toda seguridad, y es la parafernalia del tráfico rodado. ¡Ni siquiera los caminos para bicicletas! Y una Holanda sin ciclovías sería hoy realmente impensable. Pero cuando a lo lejos se dibujó la silueta del molino pensé que él sí se vería allá en los tiempos de Rembrandt. Craso error: ese molino se construyó en 1847.

Y me viene a la memoria un día gélido de noviembre de 1980, en Rotterdam, desde donde yo estaba informando para mi emisora acerca del Cuarto Tribunal Russell sobre los Derechos de los Indígenas de las Américas, y Eduardo Galeano, miembro del Tribunal, me preguntó si en alguna pausa no podríamos escaparnos a Delft, que sabía que era cerca (como todo en Holanda, dicho sea de paso). Logramos escaparnos allá, y lo que más presente tengo todavía es su gran desilusión cuando me pidió ir al sitio desde donde divisar la famosa vista que pintó Vermeer,
y me tocó desengañarlo diciéndole que para eso habría que reconstruir la ciudad de entonces.

 

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CARTA DE ALEMANIA (18)

Los veranos alemanes

 

En la Alemania guillermina, la Alemania del káiser, los campamentos de instrucción de las tropas coloniales que iban a ser enviadas al África se instalaban cerca de Bonn y en verano, para que se fueran aclimatando. Así se lo contó a mi amigo Jesús Mondría su profesor de alemán, Herr Kunze, el año 1961, y no vemos motivo alguno –antes al contrario– para no creerlo a pie juntillas. Sólo que ello nos plantea la pregunta acerca de cómo son los veranos alemanes, una pregunta que a su vez me remite a otra: ¿cómo olvidar la primera frase de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, cómo olvidar semejante epifanía?: «Un minuto antes era invierno en Ohio». Algo así como el acorde con el que comienza la famosa Toccata y Fuga en re menor de Bach, valga por comparanza.

Pues bien: durante muchos años, cada vez que los amigos me llamaban desde España, México, Costa Rica, Colombia, y me preguntaban que qué tal verano estaba haciendo en esta Alemania de mis culpas y pecados, donde vivo, no siempre resistí la tentación de parafrasear a Bradbury: «Un minuto antes era invierno acá: y un minuto después también». Los sesenta segundos en medio habían sido el verano alemán. Y así, no andaba yo muy lejos de aquella sarcástica observación de Heine, según la cual el verano en Hamburgo es un invierno vestido de verde.

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CARTA DE ALEMANIA (19)

Historia fotográfica de la infamia

 

El 20 de noviembre de 1945, a poco más de seis meses desde el 8 de mayo, fecha de la capitulación incondicional de la Wehrmacht, comenzaron en Nuremberg los procesos contra los principales responsables del Holocausto y los demás crímenes nazis.

Los medios alemanes, que tipifican una rara simbiosis de medios de comunicación de masas y medios de masificación comunicada, no dejarán pasar la ocasión del 70° aniversario de esos procesos ejemplares, que fueron estrenos mundiales de un nuevo concepto internacional de la justicia, y a los que siguieron –entre 1946 y 1949– los procesos complementarios a los juristas, los médicos, los industriales, en fin, a todos aquellos que con su actividad profesional habían hecho posible la puesta en marcha de la maquinaria nazi. Y así, por mor del aniversario, una vez más estamos teniendo en las pantallas de la tele, pero en documentos auténticos, lo que muchos tan sólo conocían a través de la película de Stanley Kramer donde deslumbraron luminarias como Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Judy Garland, Marlene Dietrich, Maximilian Schell (que recibiría el Oscar por su interpretación) y Montgomery Clift, quien también hubiera debido recibirlo por la suya, por más que su aparición en pantalla se reduce a unos escasísimos siete minutos: pero posiblemente sean los siete minutos más desgarradores de la historia del cine.

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CARTA DE ALEMANIA (17)

Schiller

 

Algo que me entristeció mucho ipso fuckto, y aún más post fuckto (pero ya sabemos que post coitum omne animal triste, así es que no se trata de ninguna anomalía), es el hecho de que en el 2005, en el mundo de habla español, pasara prácticamente inadvertido el segundo centenario de la muerte de Friedrich Schiller. Por aquellas calendas escribí un texto que rescato ahora de la gaveta del olvido.

Rememoremos al joven Schiller, pelirrojo, pecoso y estudiante de Medicina, una carrera que no le gustaba y que le impuso la voluntad omnímoda de su déspota. Pese a ello, terminó sus estudios con 20 años siendo el mejor alumno de la Escuela Ducal de Stuttgart, bajo el mecenazgo de boa constrictora del citado déspota; y recibió el título de manos del consejero áulico Goethe, quien acompañaba a su señor, el Duque de Sajonia-Weimar, invitado a la ceremonia académica por su "primo" de Württemberg. Fue la primera vez que se encontraron Goethe y Schiller. La última sería en Weimar, en el monumento de Ernst Rietschel delante del Teatro Nacional, que es el motivo de la tarjeta postal más emblemática de la ciudad, y que los muestra en amor y compañía. Y donde no sé si por razones protocolarias o de mensaje subliminal, Goethe ocupa la derecha y Schiller la izquierda del conjunto.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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