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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (9)

ricardo bada 008ricardoVivir en otra lengua

Intento meterme en la piel de un español o un hispanoamericano con vocación de escritor
o periodista, o ambas cosas, que emigra a los Estados Unidos, a Dinamarca, incluso Australia,
y que quiere salir adelante con esa vocación. Sé de lo que hablo porque llegué a Alemania en febrero de 1963 con el propósito de aprender el idioma alemán, pero de seguir escribiendo en el mío. Tuve la inmensa fortuna de que al poco tiempo de estar en el país me contrataran en la redacción latinoamericana de la emisora Radio Deutsche Welle, y así fue que pude realizar mi sueño... aunque a decir verdad nada más lo conseguí a medias, porque si bien me gané la vida escribiendo en castellano, mi alemán oral deja mucho que desear.

Entretanto han pasado ya cuarenta años, y soy abuelo de nietos alemanes, pero sigo pensando en el problema de la vocación, sobre todo cuando me reúno con mi amigo José F. A. Oliver, que es español de pura cepa, español de corazón. Pero nació de padres malagueños nada menos que en la Selva Negra y hoy cuenta como uno de los mejores poetas alemanes de los últimos tiempos. Hasta del mítico Instituto de Tecnología de Massachussets lo han invitado para que vaya a Boston a dar recitales de su poesía. Debe ser porque José vale, ya que en Boston, y sin llamarte Cabot o Lowell, no te invitan tan fácilmente. [Recuerden la acerada observación de JRJ en Diario de un poeta recién casado: «Andan por New York –mala amiga ¿por qué? de Boston, la culta, la Ciudad-Eje– unos versillos que dicen así:
                       Here is to good old Boston
                       The town of the beacon and the cod,
                       Where the Cabots only speak to the Lowells
                       And the Lowells only speak to God.
He conocido bien a una Cabot. ¡Cómo deben de aburrirse los Lowell! He leído La fuente de Lowell. ¡Cómo debe de estarse aburriendo Dios!»]

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CARTA DE ALEMANIA (8)

ricardo bada 008ricardoCervantes en tierra de tedescos

Mi Carta de Alemania del pasado mes de julio concluía de la siguiente manera: "Don Quijote y el idioma alemán. Todo un tema. Pero también Cervantes y el idioma alemán, donde a cuatro años de la publicación de Rinconete y Cortadillo, y por el sencillo procedimiento de convertir Sevilla en Praga, le infirieron un plagio que merece toda una Carta aparte, él solo. Queda prometida para una próxima vez". Y esa vez es hoy.

Una buena manera de introducirnos en el asunto es decir que a Cervantes le salieron en la vida dos Avellanedas: uno en la propia España, otro en tierra de tedescos, y que de ninguno de los dos se sabe cosa alguna a ciencia cierta. El compatriota se atrevió a continuar con una segunda parte las hazañas de Don Quijote, y el alemán tuvo la desfachatez de traducir Rinconete y Cortadillo a su idioma, "hinchando el perro" hasta casi el doble de su tamaño, trasladando su acción de las orillas del Guadalquivir a las del Moldava, y sin perder el tiempo en pequeñeces tales como darle crédito al autor de la historia original. Si bien es verdad que al final de su (¿su?) libro, hablando de Zuckerbastel –el nombre con que rebautizó a Monipodio–, deja caer las siguientes palabras: "(dessen Legenda gleichwol auch anderwärts in forma authentica beschrieben)", paréntesis muy significativo dentro del cual admite que la leyenda de Zuckerbastel anda descrita ya en otras latitudes, y lo que es mejor: "in forma authentica".

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CARTA DE ALEMANIA (6)

ricardo bada 008ricardoDon Quijote, Kafka, Golo Mann

El 16 de enero del año del Señor de mil y seiscientos cinco se puso a la venta en la casa madrileña de Francisco de Robles, "librero del rey nuestro señor", la primera parte del libro titulado El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, y hay quien asegura que en el corso del Carnaval de Heidelberg de 1613, pasados tan sólo ocho años de ese feliz acontecimiento, Don Quijote ya se encontraba entre las figuras que hicieron las delicias de los carnestolendos ribereños del Neckar. Pero ésta es tan sólo una de las dos versiones que conozco: según otra, un disfraz de Don Quijote habría destacado aquél mismo año entre las grandes atracciones en la Corte heidelberguense, durante la boda del rey Federico del Palatinado con Elizabeth, la hija de Jacobo II de Inglaterra.

Abona esta segunda versión el hecho cierto de que los ingleses ya disponían de una traducción del libro de Cervantes, la de Shelton, desde el año anterior (1612) a la boda de su princesa. Mientras que la primera al alemán de que se tiene noticia data de 1621, es incompleta y, por si todo ello fuera poco, no pudo darse a la imprenta hasta el final de la guerra de los Treinta Años, es decir: 1648. Y habría que esperar a 1799-1801 para que al fin, gracias a la férvida labor de Ludwig Tieck, se tuviera en lengua tedesca una traducción íntegra de la novela de don Miguel.

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CARTA DE ALEMANIA (7)

ricardo bada 008ricardoCortázar (* Bruselas, 26.8.1914)

En diciembre del 2000 me encontraba en Madrid, en un restaurante vasco, almorzando con uno de los grandes teóricos de la arquitectura contemporánea, el profesor Javier Maderuelo, a quien tuve la suerte de conocer hace ya más de veinte años y desde entonces somos amigos. En sus ratos libres, que son poquísimos y contabilizables con cuentagotas, Javier se dedica a la crítica de arte.

Ese día decembrino me preguntó si continuaba profesando la fe cronopial, es decir, si seguía siendo un fiel y acendrado admirador de la persona y la obra de Julio Cortázar. Que sí, le contesté. «Pues de postre a este almuerzo te voy a dar una sorpresa», me dijo. Y el postre–sorpresa consistió en llevarme a la Galería Sen, en el 43 de la calle del Barquillo, muy cerca de Alcalá y la Cibeles, muy cerca del palacio de Buenavista, donde hice mi servicio militar.

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Carta de Alemania (5)

El milagro de Berna

El 2 de enero de 1492 fue una fecha liminar en la historia de esto que nos hemos acostumbrado a llamar España, y que en aquel momento no era sino la unión de dos reinos: Castilla y Aragón. Firmadas las capitulaciones de Santa Fe en noviembre del 91, Boadil entregó Granada a Ysabel y Fernando, y se retiró dizque llorando a las Alpujarras, que se le concedían como reino a guisa de consuelo. Aunque posiblemente fueron pocos los que se dieron cuenta dello, ese 2 de enero, con la entrada de los Reyes Católicos en la Alhambra, puede afirmarse sin temor a marrarla mucho que es la data fundacional del país España. Del nacimiento como nación de la nueva Alemania, en cambio, hubo una conciencia universal, entre los alemanes y en el mundo entero.

Porque esa Alemania democrática surgida de la segunda guerra mundial tiene también su fecha liminar, pero no es precisamente el 24 de mayo de 1949, cuando se creó un ente estatal llamado República Federal de Alemania. No, el honor de la data fundacional del país, en los corazones de sus habitantes, le estaba reservado al 4 de julio de 1954, cuando en el estadio Wankdorf de la capital suiza, Berna, el seleccionado alemán derrotó en la final del campeonato mundial de fútbol, por 3:2, al once magiar tenido por invencible en aquella época: desde mayo del 50, de 31 partidos jugados, había ganado 27 y empatado el resto.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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