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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (18)

Los veranos alemanes

 

En la Alemania guillermina, la Alemania del káiser, los campamentos de instrucción de las tropas coloniales que iban a ser enviadas al África se instalaban cerca de Bonn y en verano, para que se fueran aclimatando. Así se lo contó a mi amigo Jesús Mondría su profesor de alemán, Herr Kunze, el año 1961, y no vemos motivo alguno –antes al contrario– para no creerlo a pie juntillas. Sólo que ello nos plantea la pregunta acerca de cómo son los veranos alemanes, una pregunta que a su vez me remite a otra: ¿cómo olvidar la primera frase de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, cómo olvidar semejante epifanía?: «Un minuto antes era invierno en Ohio». Algo así como el acorde con el que comienza la famosa Toccata y Fuga en re menor de Bach, valga por comparanza.

Pues bien: durante muchos años, cada vez que los amigos me llamaban desde España, México, Costa Rica, Colombia, y me preguntaban que qué tal verano estaba haciendo en esta Alemania de mis culpas y pecados, donde vivo, no siempre resistí la tentación de parafrasear a Bradbury: «Un minuto antes era invierno acá: y un minuto después también». Los sesenta segundos en medio habían sido el verano alemán. Y así, no andaba yo muy lejos de aquella sarcástica observación de Heine, según la cual el verano en Hamburgo es un invierno vestido de verde.

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CARTA DE ALEMANIA (17)

Schiller

 

Algo que me entristeció mucho ipso fuckto, y aún más post fuckto (pero ya sabemos que post coitum omne animal triste, así es que no se trata de ninguna anomalía), es el hecho de que en el 2005, en el mundo de habla español, pasara prácticamente inadvertido el segundo centenario de la muerte de Friedrich Schiller. Por aquellas calendas escribí un texto que rescato ahora de la gaveta del olvido.

Rememoremos al joven Schiller, pelirrojo, pecoso y estudiante de Medicina, una carrera que no le gustaba y que le impuso la voluntad omnímoda de su déspota. Pese a ello, terminó sus estudios con 20 años siendo el mejor alumno de la Escuela Ducal de Stuttgart, bajo el mecenazgo de boa constrictora del citado déspota; y recibió el título de manos del consejero áulico Goethe, quien acompañaba a su señor, el Duque de Sajonia-Weimar, invitado a la ceremonia académica por su "primo" de Württemberg. Fue la primera vez que se encontraron Goethe y Schiller. La última sería en Weimar, en el monumento de Ernst Rietschel delante del Teatro Nacional, que es el motivo de la tarjeta postal más emblemática de la ciudad, y que los muestra en amor y compañía. Y donde no sé si por razones protocolarias o de mensaje subliminal, Goethe ocupa la derecha y Schiller la izquierda del conjunto.

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CARTA DE ALEMANIA (15)

La Holanda del XVIII

Rememoro aquí la exposición titulada "De la nobleza de la pintura", entendiendo "nobleza" en el sentido de "aristocracia", que se mostró años ha en el Museo Wallraf–Richartz de Colonia.

La premisa de esta muestra no podía ser, a primera vista, ni más simple ni más esclarecedora. Basta repasar los nombres de El Bosco (1450?–1516) –tan admirado por Felipe II–, Frans Hals (1585?–1666), Rembrandt (1606–1669), Vermeer (1632–1675) y Ruysdael (1628?–1682), para comprobar cómo desde aquí se abre un paréntesis histórico que abarca hasta mediados del siglo XIX, cuando a su vez se abre el de una breve biografía, la de Vincent van Gogh (1853–1890). ¿Qué hubo enmedio, qué se pintó en los Países Bajos entre su sedicente Siglo de Oro, el XVII, y la obra atormentada del pelirrojo que murió pobre y desconocido, y al que luego la ciudad de Ámsterdam le tuvo que dedicar nada menos que todo un museo para nada más que sólo una parte de su obra? Dicho sea en otras palabras: ¿qué pasó pictóricamente hablando, en los Países Bajos, durante el siglo XVIII?

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CARTA DE ALEMANIA (16)

In dubio, pro Grass

NOTA PREVIA: Reciente aún la muerte de Günter Gras, rescato aquí un texto mío del año 2006, sin enmendar nada, lo que explica el aparente anacronismo de ciertos pasajes.

***

A los quince años de su edad, en Danzig, Günter Grass se presenta voluntario para ingresar
en el cuerpo de submarinistas, donde lo rechazan. Poco después, ya en las postrimerías de la segunda guerra mundial, es llamado a filas y pasa a ser miembro de una división acorazada de las SS. Y ahora, cuando han transcurrido sesenta años, convertido en alguien mundialmente célebre, Premio Nobel de Literatura y conciencia e instancia moral de su nación, Günter Grass va y lo reconoce en su último libro, Beim Häuten der Zwiebel (Pelando la cebolla) –puesto a la venta a mediados de agosto en Alemania–, desencadenando así una polémica tempestuosa.

Esta revelación ya la podía haber hecho en 1967, cuando en un lugar tan arriesgado como Israel no tuvo inconveniente en admitir que había formado parte de las Juventudes Hitlerianas. O en 1976, cuando con Heinrich Böll y Carola Stern fundó la revista L'76: ahí podía haber tomado ejemplo de la Stern (nacida en 1925 como Erika Assmus), una joven nazi convencida y activista, que al acabar la guerra, aterrada por su ceguera, mudó radicalmente de pensamiento hasta el punto de adoptar un seudónimo judío, como expiación. Sí, mal que nos pese, han sido varios los momentos significativos en que Grass pudo haber hecho público lo que hizo ahora.

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CARTA DE ALEMANIA (14)

Aún hay jueces en Berlín

Si al corresponsal le gustase hacer frases escribiría algo así como: El corazón de los alemanes es una caja fuerte, y cuando consigues abrirla encuentras una póliza de seguros. El corresponsal también podría escorarse del lado de la filología y asegurar, con bastante más aproximación a la verdad (o al menos con no tanto sarcasmo como en el caso anterior), que la palabra clave del idioma alemán es la palabra seguridad, precediendo en el ranking al también sustantivo póliza, esto es: una seguridad asegurada por una compañía de seguros.

Semejante conocimiento no se adquiere de inmediato. Hace falta vivir algún tiempo en el país para darse cuenta de cuál es la clave del alma alemana. Más fácil es descubrir otra característica suya, por lo externo de sus manifestaciones: la queja, el lamento, el andar renegando. El alemán que no se queja ni se lamenta ni reniega, ha dado un gran paso adelante hacia la pérdida de sus señas de identidad nacionales. El alemán es un jeremías innato, que por lo demás siempre está dispuesto a llevar sus quejas hasta el juzgado. No creo que exista ningún país en el mundo con un mayor coeficiente de procesos judiciales por ciudadano.

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Centro Internacional Antonio Machado

Los amigos invisibles - próxima publicación

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