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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (31)

Compartiendo lecturas

En los últimos años leo poco, casi no hago más que releer. Pero por dicha, como bellamente dicen los costarricenses, más de la mitad de lo nuevo que he leído es de primerísima calidad.
Pondré sólo tres ejemplos que me vienen primero a la memoria: un ensayo del alemán Patrick Süskind; un relato autobiográfico y estremecedor, titulado El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince; y un libro de cuentos de una senegalesa, Fatou Diome.

En uno de los capítulos del ensayo Sobre el amor y la muerte, del autor mundialmente célebre de El perfume, Patrick Süskind lleva a cabo un análisis del comportamiento de Jesús en el episodio de la resurrección de Lázaro, y es un estudio tan agudo y tan brillante que deja cautivado al lector, y no muy bien parado al profeta de Galilea. Traduzco una muestra de la prosa de Süskind:

Ricardo Bada   España, 1939. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, 1994), Amos y perros (cuento, 1997), Me queda la palabra (ensayos, 1998) y Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, 2000). Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral de Heinrich Böll (Don Enrique, 1995) en castellano.

«Dos señoras amigas de Jesús le mandan un recado: su hermano Lázaro está enfermo, que Jesús venga y lo sane. ¿Qué hace Jesús? Para empezar, no va. Jesús dice: “Esta enfermedad
no es de muerte, sino para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús no se comporta (digamos en justicia que así es como lo narra el evangelista Juan) de una manera distinta a como se comporta cualquier líder político de los tiempos modernos y más recientes, cuando lo confrontan con un acontecimiento inesperado y desagradable. Su primer reflejo es darle la vuelta a tal acontecimiento en favor propio y aprovecharlo para su propia propaganda. Que haya alguien que esté enfermo y sufra, eso es de una importancia secundaria. Mucho más importante es cómo poner en escena la salvación del enfermo de la manera más eficaz posible de cara al público, y con ello elevar la propia imagen y fortalecer el propio movimiento. Jesús lo hace de una manera extremadamente brutal. Espera tanto que Lázaro se muere, y les dice a sus discípulos que se alegra de no haber ido antes donde él, ¿y por qué?: “Para que creáis”. Y es recién entonces que con toda calma se pone en marcha acompañado de su comitiva, hacia el pueblo de Lázaro, adonde llega con cuatro días de retraso. Las dos señoras, de nombre Marta y María, están comprensiblemente defraudadas. “Si hubieras venido antes”, dicen, “nuestro hermano no habría muerto”. Jesús considera esta observación un insulto de lesa majestad, se enrabieta y les echa en cara, de manera imperiosa, delante de todo el grupo doliente, que se dejen de lloriqueos y de lamentos, que lo que deben hacer es creer, y hacerlo en él como Hijo de Dios para quien nada es imposible. Luego ordena que lo conduzcan a la tumba, pero no sin que por el camino haga algo que llegue a los corazones, justamente derramar una lágrima en público, lo que tiene un éxito inmediato entre quienes le rodean. “¡Ved cómo le amaba!”, susurra la multitud. Llegado ante la tumba, una especie de cueva cerrada con una losa, Jesús ordena: “¡Quitad la piedra!” La objección de una de las hermanas, que sería mejor no hacerlo porque el muerto está allí desde hace cuatro días, y ya hiede, Jesús la deja de lado: que cierre el pico y crea, le dice del mismo modo imperioso. Perdón, no lo cito correctamente, el Mesías se expresa de manera un poco menos refinada: “¿No te he dicho que si creyeres, verás la gloria de Dios?” Eso dijo. Y entonces es cuando quitan la losa. Ha llegado el momento decisivo. La multitud contiene el aliento. Se siente cómo miran al fondo de la oscura cueva y luego alzan sus ojos esperanzados hacia Jesús, se siente como secuaces y adversarios (que también los hay) aguzan las orejas y echan mano a sus pizarrines para que no se les escape ninguna palabra del Maestro ni quede sin referir ningún pormenor... La narración de Juan se lee como un reportaje en diferido, uno tiene la impresión de asistir a un espectáculo de masas de nuestro tiempo, lo único que faltan son las cámaras de TV».

Recomiendo sin género de dudas este libro, Sobre el amor y la muerte, y se lo recomiendo en especial a los cristianos seriamente creyentes, aunque en verdad eso sería muy poco público, que me perdonen Süskind y la editorial.

Y ahora debo decir algo que si no lo dijese, reventaría: le tenía miedo a leer El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince, porque sabía que trataba de cómo y por qué asesinaron a su papá, hasta que un día decidí tirarme al agua a toda madre y me metí a leerlo. Y mi miedo se confirmó de una manera inesperada. Porque yo estaba preparado para la muerte de Héctor Abad padre, para nada más. No para unos capítulos que me dejaron sin aliento, tanto que aunque iba embalado tuve que suspender la lectura, me habían herido, y además me iluminaban una observación del propio Héctor cuando telefoneábamos un 13 de diciembre:
“Que es el día de Santa Lucía”, me dijo, pero que en realidad era y es mucho más para él.

Confieso haber llorado sin vergüenza alguna cuando leí hace tantos años el capítulo donde muere el niño Aliosha en Los hermanos Karamasov. Desde entonces, ninguna muerte me ha impresionado ni me ha conmocionado tanto en un libro.

olvido que seremos 350Me hizo recordar una noche en Valladolid, en el 99, noche de tapas y copas con el que para mí es el mayor poeta vivo español, Antonio Gamoneda, el merecidísimo Premio Cervantes 2006. Estábamos platicando de poesía y de repente me dijo: “Fíjate en lo perversos que somos quienes obtenemos deleite de la lectura de las coplas de Jorge Manrique. Habrá pocas cosas más bellas en castellano que esas coplas, y las gozamos a plenitud, leyéndolas en voz baja o declamándolas. Y ese goce nuestro proviene del dolor de Manrique. Lo que él expresa en ellas es su dolor, y de su dolor derivamos un placer estético. El sadismo se debe parecer mucho a eso, ¿no crees tú, Ricardo?” Antonio es un sabio, y no supe qué contestarle,
ni lo sé todavía. Y mucho menos después de leer este libro de HAF.

Un libro que es hermoso en una dimensión que escapa a los criterios habituales. Acabo de decir que lloré con la muerte de Aliosha, pero Aliosha era una criatura de ficción, aun cuando es posible que Dostoiewski se haya inspirado en alguna muerte de algún niño que le tocara estar cerca. De acuerdo, nunca se escribe en el vacío total, pero en esa novela Aliosha es ya ficción, y si logra conmovernos de esa manera, mucho más lo hará lo que Héctor nos cuenta y cómo lo hace y sabiendo el lector que aquí no hay ficción que valga, que son hechos duros
y puros. Ay... Por eso es hermoso este libro, como lo son las coplas de Manrique que el papá de Héctor se sabía de memoria y su hijo las aprendió a fuerza de oírselas recitar.

Otra paradoja: adoré este libro, y sin embargo debería odiar el mismo hecho de que haya sido necesario escribirlo. Tanto dolor, y tanta hijueputez. ¿Será ese el epíteto que el editor de Héctor le desaconseja en relación con un canalla que viste púrpura en el Vaticano? (Son tantos que puedo permitirme la perífrasis sin ningún riesgo jurídico). Pero bueno, si ése no ¿qué otro pues?

Summa summarum : El olvido que seremos, «lo digo y no me corro» (© by César Vallejo), está predestinado a ser un clásico de la escritura memorialista en lengua española. Sólo añado, de la manera más desvalida que se me ocurre, que ningún escritor debiera pagar nunca un precio tan alto.

Y he dejado como postre de este banquete el libro de cuentos de Fatou Diome, y como creo que todavía no ha sido traducido ni publicado en nuestro idioma, me provoca compartir con ustedes uno de ellos. Es un cuento largo, casi lo que los franceses llaman una “nouvelle”, una de las seis que componen este libro, La préférence nationale, y su título es “Le visage de l’emploi”, que yo traduciría no literalmente como “Cara de sirvienta”.

Está contado en primera persona, por una chica africana que llega a Estrasburgo (no se nos dice para qué) en pleno invierno, conque la odisea comienza con el choque no sólo cultural sino también térmico. Pero por fin, voilá! es el verano... Y la chica tiene que trabajar, ganar dinero, así es que busca lo que sea, y se postula como baby sitter en una familia típicamente galo–burguesa, los Dupont. Él es racista, o al menos no le gustan los negros, mientras Madame –que también trabaja– no puede atender a su hija y necesita una “muchacha para todo”, y las contrata pero no le duran ni un mes, porque es una mujer imposible, y además celosa. Cuando la protagonista se presenta en la casa, Madame certifica con un grito de triunfo: «Se lo descubrí por el acento, que era africana». Y le empieza a hablar en infinitivos y tuteándola: «¿Tú poder comprender mí?» La protagonista asevera: «Sí, Madame». Llega el marido, Jean–Charles, y le pregunta a su esposa qué es lo que quiere hacer con “éso”. Pero al final Madame la contrata, como baby sitter, sólo que la hace venir media hora antes, a las 8.30 a.m. y además de llevar la niña a la escuela le encarga lavar la ropa, limpiar el piso, etc., en fin, la convierte en una esclava pagada, si es que no hay contradicción en ello.

Como la chica necesita la plata, aguanta dos años, y con una gracia indecible transmite sus observaciones sobre la vida de una familia francesa de la burguesía media provinciana: «Madame cultivaba consecuentemente el estilo de la reina inglesa: un peinado como una lechuga y una apariencia como la de una col. Si esta mujer excita a su hombre, me dije, entonces también debe de haber hombres que encuentren sexy a la Madre Teresa de Calcuta».

Para hacerlo corto: un viernes, la niña se empeña en ver el video de La Cenicienta y le pide a la protagonista que lo instale en la casetera. Ella se niega, porque no es muy ducha en electrónica y teme dañar el aparato. Entonces Madame salta: «¿Tú poder conectar video?» «No, Madame» «¿Tú, cabeza para pensar?» le pregunta Madame, y añade dirigiéndose a Monsieur: «”Cogitum sum”, “lo había pensado”, como dijo Descartes». Y aquí la protagonista se dice (y nos dice): «Esta vez había ido demasiado lejos, la ofensa era demasiado grande, y el legado de Descartes estaba en peligro». E ilustra a Madame: «No, Madame, lo que dijo Descartes fue “Cogito ergo sum”, “Pienso, luego existo”, como puede leerse en su Discurso del método».

Tableau!

El primero que reacciona es Monsieur, preguntándole airado que si pretende darles lecciones. Madame, más circunspecta, le pregunta, siempre tuteándola, pero ya sin infinitivos, que si está haciendo el bachillerato. «No, Madame, hace dos meses terminé mi maestría en Literatura. Sí, Madame, los niños del cholocate Suchard también saben hoy leer y escribir». El matrimonio Dupont desaparece escaleras arriba, él queriéndose escabullir de la vergüenza, ella de él en pos, pero sabiendo que necesita que la protagonista siga en la casa porque ya es indispensable.
La chica les grita «Au revoir!» y se marcha cerrando la puerta.

El lunes regresa, pero no a las 8.30, sino a las 9.00, que es la hora laboral correcta. «Bonjour, Madame!» «Bonjour. La estaba esperando, la niña tiene que ir a la escuela y si la llevo yo, llego tarde al trabajo. ¿No podría venir media hora antes, como hasta ahora? Naturalmente,
se la pagaría». Como ven, ya no hay infinitivos ni tuteo. Y el final lo cito casi sin resumir nada, porque es delicioso:

«La primera semana transcurrió más bien fría. Pero el tiempo fue borrando la vergüenza y el encono. Un par de meses después le di algunas lecciones gratuitas de francés a Madame, que tenía que rendir unos exámenes. Hablaba completamente normal conmigo, nos tuteábamos
y nos llamábamos por nuestros nombres. Hasta su esposo Jean–Charles condescendió a hacerlo. A veces comemos juntos. Las recetas senegalesas parece que les gustan, y a las personas de piel negra no las llaman más “ésos” sino “africanos”».

[Me encanta de manera muy particular el hecho de que chica senegalesa le dé lecciones de francés a Madame. Gratuitas, además].

Y para cerrar el cuento de una manera redonda, la frase que lo redondea: «Sólo hay un problema. Desde que Jean–Charles sabe que he leído a Descartes, tiene la seguridad de que mis firmes muslos de chocolate también saben latín».

 

 

Carta de Alemania (31). Compartiendo lecturas enviada a Aurora Boreal® por Ricardo Bada. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ricardo Bada.  Foto Ricardo Bada © Ricardo Bada. Carátula de la novela El olvido que seremos © tomada de internet.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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