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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (27)

En las profundas aguas de lo trivial

 

1867 es el año en que Karl Marx publica El Capital. Es asimismo el año en que nacen Rubén Darío, Arturo Toscanini, Luigi Pirandello y Marie Curie, y el año en que mueren Maximiliano de Austria (fusilado en Querétaro) y Charles Baudelaire (desahuciado en París). Y es además el año en el que Alfred Nobel inventa la nitroglicerina, Joseph Lister opera quirúrgicamente por primera vez en condiciones de asepsia, y el Zar de todas las Rusias le vende a los USA, por 7,2 millones de dólares, un territorio improductivo llamado Alaska.

1867 es también el año en que nace, el 18 de febrero, Ernestine Friederike Elisabeth Mahler, en Nebra del Unstrut, un afluente del Saale, en el actual Estado federado alemán de Sajonia–Anhalt. Es hija de la relación de su madre, soltera, con un barquero fluvial a quien ella sigue como una Madre Coraje cuando lo llaman a filas. Ello sucede durante la guerra llamada “de las Siete Semanas”, entre Prusia y Austria, que cimenta la hegemonía prusiana en Europa central. Una víctima del cólera que eclosionó durante esa guerra fue el padre de la pequeña Elisabeth. Su madre, echada del hogar paterno a causa de su ”deshonra”, se casa poco después, pero su marido rechaza a la niña; hay otra versión según la cuál ese marido muere también en el campo de batalla, y la madre de la niña se ve obligada a desempeñarse como enfermera, así es que entrega su criatura a la tutela familiar de un zapatero remendón.

Ricardo Bada   España, 1939. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, 1994), Amos y perros (cuento, 1997), Me queda la palabra (ensayos, 1998) y Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, 2000). Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral de Heinrich Böll (Don Enrique, 1995) en castellano.

El temperamento de Elisabeth, dado a la fantasía, se deslumbra al asistir a una función de circo y ver el número de la amazona “Hedwig, la novia gitana”, tanto que cuando elige un apodo para publicar sus novelas, desechó el nombre bautismal por el de aquella ecuyère de su infancia. La madre, entretanto, ha conseguido independizarse económicamente y lleva adelante una casa de hospedaje donde requiere la ayuda de su hija de doce años. Pero poco después la chica pasa a servir en una familia acomodada, donde pronto se convierte en la lectora para una vieja dama, en especial de las novelas de Eugenie Marlitt en Die Gartenlaube [El Cenador del Jardín].

Die Gartenlaube era en Alemania la más difundida de las entonces populares publicaciones por entregas semanales (fuente de ingresos para Dumas padre en Francia y Dostoievski en Rusia), y Eugenie Marlitt la más famosa de las firmas que aparecían en sus páginas. La Marlitt, en aquel tiempo una celebridad desdeñada por los aristarcos y los autores de “literatura seria”, tuvo por cierto un valedor inesperado en la persona de Robert Walser, pero dejo este punto para luego.

Elisabeth se coloca a los 18 años, en Leipzig, como dependienta de comercio, y conoce a Fritz Courths, con quien se casa en 1899 y de quien tendría dos hijas, Margarete y Friede, sin que la economía familiar pueda llamarse otra cosa que precaria. Fritz consigue trabajo en una fábrica de muebles, en Chemnitz, y su esposa escribe a escondidas sus primeras novelas, en la cocina de la casa. Por fin, en 1902, un diario de Chemnitz publica como folletón una de ellas, Luz y sombra, y el editor de ese diario se convierte en su promotor y el de una “marca registrada”, Hedwig Courths–Mahler, que haría época en los anales de la literatura alemana.

Poco a poco llega la fama, y a Fritz Courths no le queda otra que aceptar y apoyar la actividad literaria de su esposa, sobre todo a partir de que los honorarios por una de sus novelas alcanzan la cifra de 2.400 marcos oro. Luego, la carrera de HC–M sufre una cesura cuando destinan a su marido a un puesto en Berlín y a ella le toca empezar casi desde cero, dada la fragmentación de la vida intelectual de la época en Alemania. Pero consigue recuperarse del trasplante al nuevo ambiente; en pocos años se hace millonaria y abre un salón de los más renombrados del Berlín guillermino, por el que desfilan las personalidades más encopetadas del momento. Hasta que como una de las fatales secuelas de la Gran Guerra del 14–18, estalla la hiperinflación alemana de 1922/23 y HC–M se queda sin un céntimo.

A partir de ahí tiene que rehacer su vida, y la rehace a fuerza de publicar una tras otra de sus novelas, siendo ya sin duda alguna la autora más leída de la literatura alemana, y traducida a 17 idiomas. Tal es su fama que cuando los nazis llegan al poder, el 31.l.1933, su taimado ministro de Propaganda, el fanático Joseph Goebbels, intenta ganarla para “la causa”; para lo cual sólo le bastaría con que los protagonistas masculinos de sus novelas fueran jerarcas del partido. HC–M se niega sin apelación («¡Ese Goebbels, para mí, es un enanito de jardín!») y abandona Berlín, se va a vivir a las orillas del Tegernsee, en Baviera, sabiendo de sobra que no podrá publicar nada mientras dure el III Reich, el Imperio milenario de los nazis que, por fortuna, sólo duró doce años.

Tras la liberación de Alemania, en 1945, retomó su carrera literaria contando una vez más con el favor del público, y escribiría en 1948 su último relato, La huida a la paz. El 26.11.1950, en su mansión bávara Mutterhof, sentada en su sillón y con un libro en las manos, murió HC–M, dejando un legado de 208 novelas que la editorial Lübbe, de Colonia, continúa reeditando sin que amengüe el interés de los lectores hacia las ficciones imaginadas por ella. Casi se le puede aplicar el eslogan del viejo Volkswagen escarabajo, que se ha vuelto lugar común y proverbial en alemán para hablar de algo incombustible: «Und er läuft und läuft und läuft... [Y sigue, y sigue, y sigue...]

Nota bene: Casi medio siglo después de la muerte de HC–M , en su lugar natal fue donde se hizo el descubrimiento del famoso “disco celeste de Nebra”, una preciosa reliquia prehistórica de bronce, que es por ahora la representación más antigua que se conoce del firmamento. No se puede evitar pensar en el partido narrativo que la autora le hubiese sacado al hecho: ya la sola denominación del objeto (El disco celeste de Nebra) parece el título de una de sus novelas.

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Me he detenido a propósito en la biografía de HC–M por lo desconocidas que son, para lectores de nuestro ámbito cultural, tanto su vida como su obra. Pero también lo hice para mostrar algo del revés de la trama de sus novelas. Hay quien las quintaesencia diciendo que están «llenas de amor, aventura, sentimientos, tensión; todas parecidas, ni siquiera dos iguales, nunca aburridas, en general emocionantes, casi siempre conmovedoras, y siempre con un final feliz». (Menos una, que fue un fracaso). Más de 80 millones de ejemplares vendidos hasta la fecha dan fe de la eficacia de la fórmula.

Una fórmula que en mucho se deriva de la propia experiencia vital. No pocas de sus heroínas se han tenido que ir aupando en la vida a partir de las más desfavorables condiciones de salida, al igual que la autora. Sus novelas pueden leerse como cuentos de hadas modernos cuya matriz común es la historia de Cenicienta. Pero una Cenicienta a la que no es ajena una mirada crítica al escalón social superior donde quiere acceder: así, en una de sus primeras novelas, En terreno falso, la emprendió tan sin andarse por las ramas contra las pretenciosas ínfulas de la burguesía provinciana que a sus lectores de Chemnitz los dejó con la boca abierta.

Por otra parte, es falso lo que han sostenido cicateramente sus críticos y detractores, que todos sus protagonistas son barones, príncipes y militares de carrera; también se cuentan entre ellos intelectuales empobrecidos, madres solteras y sirvientas desgraciadas. Pero HC–M tenía uñas de sobra para defenderse. Al más recalcitrante de sus ninguneadores, el kabarettista Hans Reimann, de quien hoy no se acuerda nadie, y llegó al extremo de la infamia al reescribir su nombre como Kurz–Malheur [=breve desgracia], le dirigió una carta abierta de la que traduzco este párrafo: «Érase una vez un espíritu gigantesco que se creía por encima de todas las cosas y que pretendía imponerle su opinión a todos los mortales, por mucho que se defendieran de ella. Pendulaba semanalmente por los campos amarillos de la envidia y se cebaba hasta el hartazgo con los pequeños espíritus que sacrificaba inmisericorde, hasta que por último reventó y dio de sí un libro amarillo. En la primera página del libro se leía en letras luminosas: “Yo”. Y con eso bastaba. El mundo ya no necesitaba otros libros».

Para ser la obra de una mujer que sólo acudió cuatro años a la escuela primaria, y cosechó en ella malas notas en la asignatura Lengua Alemana, convengamos en que disponía de una pluma elocuente y muy versada en el uso del idioma. Era, además, una excelente ama de casa y una buena cocinera. Una de sus hijas la definía diciendo que «mamá se hallaba entre la compota de ciruelas y los ramos de rosas rojas», para caracterizar la actividad de la madre, entre la cocina y la mesa escritorio. Y acá tal vez sea oportuno añadir que ambas hijas le salieron afines, ambas fueron escritoras, y la menor, Friede, que no era buena para callarse y agachar la cabeza, pronto fue objeto de persecución por la Gestapo, hasta que le prohibieron volver a publicar (como ya le sucedía a la madre) y finalmente la condenaron a trabajos forzados en una fábrica de armas: en ella sufrió un accidente que le malhirió una pierna, y la septicemia pudo matarla, a no ser por la decidida intervención de HC–M, quien logró internarla en una clínica y salvarle la vida y la pierna, aunque quedase renga para el resto de sus días. Esto se cuenta y se lee como si fuese un folletín, pero es materia vital de la que se alimentó la obra de “la Courths–Mahler”.

Se impondría al llegar aquí la comparación –a modo de espejo– con la obra de Corín Tellado, pero a mi juicio no hay comparación posible. Las 208 novelas de HC–M son apenas el 4% de las 5.000 que se le acreditan a la asturiana, quien además ha tenido a su favor el desarrollo de las técnicas editoriales, y la suerte de haber atraído la atención de intelectuales de alto pedigrí, como por ejemplo Guillermo Cabrera Infante, quien le dedicó un capítulo de 22 páginas en su libro O. En cambio, creo que difícilmente podría hallarse un autor hispanoamericano de la talla de un Robert Walser, quien el 16.5.1943 le dice a Carl Seelig en el curso de uno de sus paseos:
«Mire usted, ¡todo son maldiciones contra la Marlitt! Son correcciones de maestros de escuela, injustos y estrechos de mira. Hace poco, en una vieja revista, he leído En la casa del Consejero Comercial, y tengo que decirle cómo me han impresionado su espíritu liberal, su comprensión de los cambios sociales y sociológicos. En esos libros se encuentra más tacto y más alma que en los mamotretos premiados. ¿Me equivoco si la nombro como una de las primeras paladinas alemanas de los derechos femeninos, que lucharon de manera consecuente contra la arrogancia clasista y la beatería autocomplacida?»

Son palabras de Robert Walser sobre Eugenie Marlitt, pero pueden aplicarse 100% a Hedwig Courths–Mahler, su tan digna sucesora. Y en 1927, un renombrado autor berlinés de aquellos tiempos, Georg Hermann, le dedica estas otras a la propia HC–M: «Conozco muchas parodias de sus obras, y todas son falsas. Usted, estimada señora, es harto más genuina que todas esas parodias. Usted es inimitable, como Rembrandt. Nadie que lea 30 novelas suyas puede llegar a escribir la trigésimo primera». Hay también un testimonio de nadie menos que Bertolt Brecht, tan avaro del elogio, quien dijo de ella que era «la gran realista. Así es exactamente como se comporta la gente, así, así exactamente es como sucede la vida». Pero conociendo la mala uva ingénita de don Bertoldo, le cito cum grano salis: de repente se trata de una ironía.

 

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Last but not least: Este artículo es en el fondo un homenaje al primer libro alemán que leí en mi vida. Yo tendría 11, a lo más 12 años, y mi padre era viajante de comercio pro domo, o sea, representando los productos que él mismo fabricaba en su Manufactura de Calzados Bada. Y cada vez que volvía de uno de sus dos viajes anuales, yo me abalanzaba sobre su maleta y la abría a la busca de las novelas que hubiera comprado en las librerías de las estaciones de tren por donde pasó. Una literatura dizque barata, para distraerse durante aquellos interminables trayectos de los ferrocarriles españoles en la posguerra civil.

hedwig courhs 350Una vez, entre las tres o cuatro que siempre traía consigo, venía la de una autora no española, de un nombre casi imposible de pronunciar por mí en aquel entonces: Hedwig Courths–Mahler.
Se titulaba Creo en ti, y la leí de un tirón, era apasionante, y hasta yo, con mis pocos años, me daba cuenta de que militaba en una Liga superior a la Primera División de la literatura popular en nuestro país y en nuestro idioma. Hace un par de meses, al registrar que el sesquicentario del nacimiento de su autora estaba a la vuelta de la esquina, la volví a leer, pero ahora en su alemán original, Ich glaube an Dich, y me fascinó lo mismo que hace más de sesenta años.

Así es que, como diría Cervantes: Vale. (Aplica también a HC–M, y a su obra)

 

 

  

Carta de Alemania (27). En las profundas aguas de lo trivial enviada a Aurora Boreal® por Ricardo Bada. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ricardo Bada. Foto Ricardo Bada © Ricardo Bada. Fotos cortesía Ricardo Bada. Foto de Hedwig Courths–Mahler © tomada de internet. Publicado originalmente en Nexos, México.

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