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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (25)

Los desastres de la paz

 

Si alguna vez me diese por escribir mis memorias, uno de sus posibles títulos podría ser A mí sí me invitó Klaus Staeck a la fiesta de su 50.º cumpleaños. Un poco largo, desde luego, pero los timbres de gloria de uno... pues la verdad es que no son tantos, y ese sí que lo es. Klaus Staeck celebró sus cincuenta años en el palacio de Heidelberg, y aquella fiesta fue de las que nunca se olvidan.

¿Qué quién es Klaus Staeck? No sé hasta qué punto se le conocerá en América Latina, pero en España se le empezó a conocer recién en 1991, gracias a una exposición itinerante de sus carteles que se mostró en cuatro ciudades. Para los alemanes, en cambio, Klaus Staeck es lo que ellos llaman “ein Begriff”, un concepto sólida y simultánemente anclado en el Arte y la política.

Hace ahora 25 años que me reuní con él en su galería de Heidelberg, en vísperas de su viaje a España para presentar esa exposición. Reescucho la casete de la charla que mantuvimos antaño para la emisora Radio Deutsche Welle, donde yo me desempeñaba como redactor, y me digo que no ha perdido para nada actualidad.

Ricardo Bada   España, 1939. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, 1994), Amos y perros (cuento, 1997), Me queda la palabra (ensayos, 1998) y Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, 2000). Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral de Heinrich Böll (Don Enrique, 1995) en castellano.

Empecé por preguntarle cómo le tendría que explicar a mis oyentes quién es él, quién es esa persona cuyos carteles forman ya parte indisoluble del imaginario de los alemanes. Y él me respondió a su manera nerviosa y sin titubeos:

Pertenezco a una “tradición” alemana fundada a partir del fotomontaje de John Heartfield en los años veinte, un Arte político, comprometido y que se arroga la facultad de “inmiscuirse”. Es una tradición que procuro seguir desarrollando, porque toda tradición debe seguir haciéndolo para poder vivir. Y lo he conseguido desde que empecé en 1971, con un cartel en Nuremberg que mostraba el grabado de Durero donde aparece el rostro de su madre, y un texto que decía “¿Le alquilaría usted un cuarto a esta mujer?” Fue mi primer intento para ver si la cosa funcionaba. El éxito fue grande, así es que sigo en el mismo oficio. Entretanto son varios los millares de carteles, postales y calcomanías que he producido, pero al mismo tiempo me he tenido que enfrentar a cuarenta procesos, lo que quiere decir que la crítica no siempre es bienvenida... para expresarlo de un modo cauteloso. Pero me ayudó mucho el hecho de que soy abogado y pude ganar todos los procesos. Los conflictos con mi obra nacen de que el método que yo uso, la sátira, descoloca mucho a los alemanes, a los viejos y de corte autoritario: todo mensaje basado en una imagen y en un texto lo toman en serio y creen que procede del Estado. Si yo alquilo una columna callejera para anuncios y pego en ella un cartel, la mayoría piensa que ese cartel lo puso ahí el Estado. Su descoloque procede asimismo del uso de la foto en mis montajes, hay mucha gente que ve en la foto el último reducto de la autenticidad, de la verdad. Desconfían de la palabra.

Pensé en el Kabarett (no el nuestro, sino el suyo, esa típica institución alemana donde la sátira política alcanza alturas inenarrables) y se lo pregunté: ¿Desconfían también de la palabra del Kabarett?

Es que cuando la gente va al Kabarett sabe a lo que va. Yo hago Kabarett sin que la gente lo reconozca a primera vista. Es la gran ventaja de mi método, la gente no sabe si es realidad o es una fantasía del artista. Por eso uso siempre imágenes y textos del mundo que nos rodea, o bien invento consignas seudoautoritarias que a primera vista no permiten reconocer que no se trata de algo oficial. De ahí su efecto. Le pondré un ejemplo. Una vez saqué un cartel donde se leía: LOS RICOS TIENEN QUE HACERSE MÁS RICOS. POR LO TANTO, ¡VOTEN DEMOCRACIA CRISTIANA! Muchos electores de la CDU [la DC alemana] tomaron en serio ese cartel, creyeron que su propio partido se anunciaba con él y se enojaron porque pensaban que su partido no podía anunciarse de ese modo. Fue uno de mis primeros procesos. Lo gané.

Recordé entonces que en la fiesta de su 50.º cumpleaños, el representante de los sindicatos alemanes le entregó como regalo de su organización una gran maceta con un árbol. Ojalá no sea un bonsái, comentó Staeck, para bonsái nos basta con el gobierno que tenemos. Y le dije: Usted juega conscientemente con la seriedad de cartón piedra típica de los alemanes.

Claro que sí, y trato de irritar esa sensibilidad que presta crédito total a la imagen, que tiene una fe ciega en ella.

– ¿Contra qué comenzó usted en 1971?

Soy alguien que sufre desde la niñez en presencia de la injusticia. Así de sencillo. No puedo soportar la injusticia, grande o pequeña. Como contra la grande sólo se puede influir de una manera muy ardua, y sólo si acaso, me esfuerzo entonces contra la pequeña y le proporciono argumentos a quien no se puede defender, a quien si no sólo tendría su rabia.

– Cuando uno conoce su obra, y uno es español, piensa mucho en Goya, en sus “Desastres de la guerra”, aunque, claro está, los suyos son “Desastres de la paz”. ¿Siente usted alguna relación con Goya?

Y también con Durero. Recuerde que su mujer vendía sus grabados en el mercado de Nuremberg, eran pioneros de las octavillas de nuestro tiempo. Sólo que de mis obras no hay “originales”. Yo no soy un proveedor del mercado artístico. Ni tengo la ambición de terminar en los museos... aunque ya se me exponga en ellos. Yo comento cosas y casos concretos, pero no la política diaria, no soy un caricaturista que opina sobre los acontecimientos del día. Casi puede decirse que es deprimente ver que mis carteles siguen siendo prácticamente todos tan actuales como cuando los realicé.

– El centro de gravedad de esta exposición suya en España van a ser temas ecológicos.

klaus staeck 350Hace dos años, en Palermo, Sicilia, me dijo sonriendo, eran temas exóticos, veremos ahora en España. Me he vuelto muy moderado en lo que se refiere a las posibilidades de cambiar algo. Cuando miro mis carteles ecológicos y lo que de ellos se ha ido convirtiendo, arduamente, en política ecológica, me doy cuenta de que todo estaba ya en ellos hace mucho, lo dije muy temprano, sin ser por ello un profeta; lo dije incluso cuando mis amigos se reían de lo que yo hacía. Y es que para el Arte, y para la política, hay que disponer de un aliento muy largo. El Arte es trabajo, la política también. Y lo más difícil de todo es tener paciencia. Es un conflicto que afecta sobre todo a la gente joven, porque hemos establecido un sistema basado en el éxito, y entonces lo primero que se pregunta, al instante, es: ¿Qué conseguimos con eso? Queremos ver enseguida los resultados. De tal manera que las cosas que sólo se pueden conseguir a largo plazo, sencillamente nunca se comienzan.

– ¿Y qué es lo que usted teme? Porque me doy cuenta de que teme algo.

Mi temor es que la catástrofe ecológica pronto será tan grande que no podremos dominarla. Y estoy muy bien informado. (Se ríe de esa manera suya explosiva y breve que le sirve para tomar aliento y seguir:) Gracias a que estoy tan bien informado nunca he perdido un proceso. Pero lo que pasa es que somos campeones mundiales del barrido bajo la alfombra.

– ¿Qué quiere decir exactamente cuando dice “somos”?

Me refiero siempre a los alemanes, que son quienes me caen más a mano. Hablando de barrer bajo la alfombra: fíjese en la publicidad. Cuántos hay que hacen publicidad de un artículo con argumentos ecológicos. De productos que no son en realidad ecoviables. Hemos desarrollado un sistema en el que tomamos nota de los problemas que existen, pero no se da el paso decisivo a la consecuencia práctica.

– En algún momento tendría que intervenir la ley.

Exacto, la ley. Yo ya no creo más en la posibilidad del acto voluntario por parte del ciudadano común. Hay cosas que no pueden dejarse a la decisión del particular.

Derivamos en la charla al problema del reciclado. Me cuenta el caso de las latas de uno de los resfrescos más famosos del mundo. Ya no viene en botellas, sino en latas, sólo que, claro, en esas latas aparece un pictograma mostrando al usuario dejando caer algo en un contenedor de basura, y encima una leyenda: COLABORA.

Después de superar mi rechazo, compro una de esas latas y quiero saber qué hago con ella cuando está vacía. La envío una carta a la firma productora. La firma productora me contesta diciendo que le han remitido mi carta a la Asociación de Fabricantes de Chapa Moldeable. De allí me mandan un folleto titulado YO ERA UNA LATA, en donde se me explica todo lo que se puede hacer con una lata, un bote vacío. Puedo plantar una macetita, por ejemplo. Entonces, ¿se da cuenta?, el pictograma es una parte de la estafa ecológica. Sólo tiene una función y es la de tranquilizarle la conciencia a quien duda en comprar el refresco en una lata; así se le da la sensación de que está participando en una campaña ecológica. Hay dos puntos importantes a tomar en cuenta. Uno es el evitar la acumulación de residuos. Otro es el ahorro de energía. ¿Conoce usted a alguien que ahorre energía, que por ejemplo en su casa apague las luces que no necesita?

– Conozco, pero no por conciencia ecológica, sino por espíritu ahorrativo, me crié en la menesterosa posguerra española.

Bendito sea ese espíritu ahorrativo. Fíjese en que el factor central de destrucción es el hombre común, que si pudiera se iría con su auto hasta la cama, pero luego se queja de lo enrarecido que está el aire de su ciudad. En nuestro Estado federal más populoso, en Renania del Norte–Westfalia, hay más autos que en todo África. Y nuestra “misión” occidental, nuestra meta de valores parece que consiste en que todo el mundo alcance un día la densidad del parque móvil que tiene hoy ese Estado federal. En eso consiste nuestro altruismo. Pensándolo en serio, sólo se puede decir que somos unos locos que vamos 100% derechos a la catástrofe. La locura comienza ya definiendo la libertad en términos automovilísticos: es la libertad de manejar a 200 km/h por la autopista.

– ¿Qué van a pensar mis oyentes de esta charla que presuntamente es un diálogo con un artista?

Y Klaus Staeck no se detuvo ni una milésima de segundo para reflexionar su respuesta, le salió como el disparo desde la cadera de un sherif bueno en una película donde mi pesimismo innato me dice que no van a ganar los “buenos”.

Siempre he entendido mi trabajo como un sendero fronterizo entre el Arte y la política. Todo lo que llevo dicho implica un fracaso de los políticos, pero no sólo de ellos, porque en la democracia no se le puede echar la culpa de todo a los políticos, no son ellos solos los “malos” de la película, puesto que todos somos responsables de los políticos que elegimos.

Se me ocurre en este instante el tema del pictograma dizque ecológico del hombrecito que introduce algo en el contenedor. ¿No es también – sugerí, hereje – un pictograma de las elecciones democráticas, no se han convertido ellas, para el hombre de la calle, en la coartada de su responsabilidad?

La democracia – matizó – sigue siendo la mejor, pero también la más complicada forma estatal, puesto que reclama la colaboración de todos y cada uno de nosotros. Lo que pasa es que muchos se conforman con ser espectadores. La democracia no consiste sólo en participar en las elecciones. No sólo hay que tener en cuenta el Principio Esperanza, sino también el Principio Responsabilidad. Es muy sencillo echarle la culpa a los políticos. Pero la basura que producimos por millones de toneladas... ¡No hay tantos políticos como para producirla ellos solos! Y la contaminación ambiental también es obra nuestra.

Todo el tiempo de la charla estuve mirándole y dicéndome que este Klaus Staeck no sólo era, y lo sigue siendo, el mayor artista gráfico alemán, uno de los pocos pensadores que hace pensar a su país, sino también el galerista y amigo de Günter Grass y de Joseph Beuys, y el amigo y editor de un poeta secreto llamado Heinrich Böll (quien le dedicó su hermoso cuento “Viajas demasiado a Heidelberg”), así como el promotor de los pintores antifranquistas –Canogar, Equipo Crónica– en Alemania. Y recordé algo que me dijo un amigo común durante la fiesta de sus 50 años: «Cuando le conocí, lo único que sabía decir en español era “Los olvidados”».

  

Carta de Alemania (25). Los desastres de la paz enviada a Aurora Boreal® por Ricardo Bada. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ricardo Bada. Foto Ricardo Bada © Ricardo Bada. Fotos cortesía Ricardo Bada. Esta entrevista apareció originalmente en La Jornada Semanal, México DF. Foto de Klaus Staeck © tomada de internet.

 

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