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Entrevistas

Darío Ruiz Gómez entender la modernidad como progreso material, además de erróneo, es peligroso

dario_ruiz_gomez_001Darío Ruiz Gómez (Anori, Antioquia, 1936) narrador, poeta y ensayista, es uno de los nombres más destacados de la literatura colombiana y, sin lugar a dudas, el que mejor ha reseñado la evolución de Medellín, ciudad donde reside y donde ha sido profesor de Teoría de la Ciudad y la Arquitectura, en la Universidad de Antioquia, institución que lo ha distinguido nombrándolo Profesor Emérito y Honorario. Graduado en la Escuela de Periodismo de Madrid en 1961, está íntimamente unido a España donde transcurrió su juventud y donde participó en la vida cultural en los sesenta. Fue redactor en Bilbao del periódico El Hierro donde fue expulsado por motivos políticos. Ha publicado los libros de cuentos Para que no se olvide su nombre, La ternura que tengo para vos, Para decirle adiós a mamá, Sombra de rosa y vino, En tierra de paganos y las novelas Hojas en el patio y En voz baja, así como los libros de poemas Señales en el techo de la casa, Geografía y A la sombra del ángel, al lado de otros diez libros de ensayo en torno a temas de estética y urbanismo. Crímenes municipales, publicado en España en la editorial Mirada Malva, y presentado en Madrid en Casa de América, es su último libro. Se trata de un conjunto de relatos que nos sumerge en el espacio urbano desde la mirada del esteta que ve más allá de lo episódico, y es capaz de captar en una secuencia de imágenes, entre luces y sombras, el paso del tiempo y el proceso de cambios, lentos o vertiginosos que han sufrido nuestras ciudades con la violenta irrupción de la modernidad.

C.T.: Crímenes municipales es el título de este libro que presentas en Madrid. ¿A qué obedece este título tan contundente donde la muerte está presente de forma casi obsesiva? Igual que en el thriller y en la novela negra, aquí hay cadáveres por doquier y rastros de sangre, pero hay algo más allá de la anécdota...

D.R.G.: En este conjunto de relatos, tanto como en el resto de mi narrativa, he querido alejarme de las recetas y del thriller, la única forma que ha encontrado la más reciente literatura en lengua española para poner en evidencia la violencia social. Cada sociedad recurre al crimen bajo diferentes mecanismos tal como lo entendieron Chandler y Hammet, cuya violencia nace en los callejones de las ciudades norteamericanas como muy bien lo señaló Cernuda y que en nada se parece la violencia de Shakespeare ni al crimen en Conan Doyle.

C.T.: Sin duda haces referencia a la actual realidad colombiana y en concreto a lo que ocurre en Medellín, tu ciudad natal...

D.R.G.: Lógicamente hay un escenario concreto y una realidad municipal cuyos valores determinan unas costumbres y unos hábitos, una moral establecida. Aquí el crimen se produce desde la hipocresía social donde los pobres son los únicos criminales hasta el crimen político debido a la más irracional intolerancia. Y luego está el mundo del narcotráfico donde ya el crimen se produce fuera de cualquier contexto jurídico, es decir en la más completa impunidad, pero obedeciendo a algo más terrible: los códigos de honor de la mafia.

consuelo_trivio_006Consuelo Triviño Anzola. Es doctora en filología románica por la Universidad Complutense de Madrid. Reside en España, donde ha sido profesora de literatura hispanoamericana. Está vinculada al Instituto Cervantes. Colabora con la crítica de libros del suplemento cultural «ABCD las Artes y de las Letras», del diario ABC. Consuelo Triviño Anzola obtuvo el primer premio en el Concurso Nacional de Libro de Cuentos de la Universidad del Tolima con Cuantos cuentos cuento (1977) y fue finalista del Premio Nacional de Novela Eduardo Caballero Calderón (1997). Ha publicado Siete relatos (cuentos), El ojo en la aguja (cuentos), Prohibido salir a la calle (novela) y La casa imposible (cuentos), Una isla en la luna (novela). Además Triviño Anzola ha publicado libros de ensayo sobre autores como José María Vargas Vila, Germán Arciniegas, Pompeyo Gener y José Martí, entre otrosC.T.: En libros como En tierra de paganos y en En voz baja trazas los rasgos de una microrrealidad en la frontera entre la provincia y la ciudad, que de repente se ve alterada por una modernidad que irrumpe violentamente...

D.R.G.: Si, la modernidad en países como Colombia se tomó como un progreso material, no como un progreso moral. La presencia de formas económicas contundentes trajo consigo un desequilibrio social disfrazado de muchas maneras y justificado como un logro de la modernidad.

C.T.:Como teórico del desarrollo urbano de tu ciudad, ¿podrías ampliar esta idea?

D.R.G.: El modelo industrial que se implantó hacia 1940 supuso el olvido del campo y un tipo de concentración urbana donde se dio el fenómeno de la lumpenización de las clases pobres, el fenómeno de los desempleados. El narcotráfico supone una inesperada inyección económica de grandes capitales que modifican radicalmente todos los ordenes de la vida colombiana y que implican paradójicamente la entrada del país a la globalización.

C.T.: ¿Y este fenómeno cómo conecta con tus ideas estéticas y con tu proyecto literario, que parece seguir un desarrollo muy coherente en cuanto al seguimiento de esa realidad urbana cambiante? Porque, entre el esplendor y la caída, se intuye en tu narrativa que tales cambios son efímeros y que aquellos logros pueden desaparecer en cualquier momento, ¿no es así?
D.R.G.: Estos conflictos producen fenómenos escandalosos como el de la especulación urbana que arrasa los antiguos escenarios, destruyendo la referencia sentimental hacia la ciudad de todos los grupos tradicionales, tal como se vislumbra ya en mi novela Hojas en el patio donde se percibe la catástrofe inminente que se da siempre con una crisis de las sentimentalidades, con esa constatación de que se ha perdido la confianza y de que el amor ha desaparecido. Concomitante con esto, el decorado arquitectónico va dejando de tener sentido.

C.T.: Evidentemente en ese horizonte temporal que se ve una carrera literaria de más de diez libros, entre novelas, relatos y poemarios, te permite percibir los cambios en una sociedad que ha modificado sus gustos, su percepción de las cosas y su manera de leer, ¿cómo se ha recibido tu obra a lo largo de este proceso?

D.R.G.: Desde mi primer libro de cuentos Para que no se olvide su nombre (1967), hasta hoy, a pesar de haber sido publicados por pequeñas editoriales, mis libros han tenido una gran acogida entre la crítica especializada. La dificultad más grande ha consistido en luchar contra la soterrada violencia que ha impuesto el marketing, al intentar borrar de cuajo la literatura que no le pertenece, es decir nuestra tradición literaria, tarea que ya habían emprendido los grupos de poder en el pasado. Estos grupos excluyentes hundieron y silenciaron a autores cuyos discursos no encajaban con el proyecto de país que nos impusieron. Por eso tenemos casos como el José Antonio de Osorio Lizarazo que fue el primero en introducirnos en la sordidez de la ciudad: pensiones, inquilinatos y zaguanes malolientes. De hecho en mi relato Espera a que te llame le rindo un sentido homenaje. También tenemos el ejemplo de una novela insólita como Cuatro años a bordo de mí mismo de Eduardo Zalamea Borda publicada en 1934, que rompe con la retórica, con el folclor y redimensiona el concepto de individuo en la modernidad. Todos estos hallazgos que podrían servir de referentes necesarios a las nuevas generaciones no pueden ser soslayados, como tampoco se puede decir que la literatura se inventa todos los días, al margen de que cada quien vaya armando su propia biblioteca.

C.T.: Si la literatura "con mayúscula" es universal; si tenemos a Proust, a Joyce y Borges, ¿por qué tenemos que leer a los autores de la tradición nacional?

Darío Ruiz Gómez. Poeta, ensayista y narrador colombiano nacido en 1935, es autor de: Señales en el techo de la casa (1974), Para que no se olvide su nombre (1974), Geografía (1978), A la sombra del ángel (1990) En tierra de paganos (1991) y La muchacha de la leyenda (2001)D.R.G.: Para un creador, la tradición no es un peso muerto sino una escogencia de libertad, pues la idea de patria es ya una idea que carece de fundamento, así como es relativa la idea de localidad, en la medida en que fenómenos como la velocidad, el desarrollo de las comunicaciones, han cambiado la idea de mapa y la idea de región. "El mapa", decía Wittgenstein, no es el territorio. La noción de lugar es una noción que hay que construir y por lo tanto ya no pertenecemos de manera fatal a una geografía signada. El territorio va con uno, de modo que la idea de provinciano se aclara como lo señala Pavese, cuando subraya que no es lo mismo vivir en una región que ser regionalista. Pero recordando igualmente que la raíz es la región, como un nervio necesario de experiencias concretas, de hablas y lenguajes concretos, viene al caso volver a leer a un formidable escritor como Carlo Emilio Gada. En este sentido es obvio que una literatura se ve enriquecida por las renovados raíces que traen los cambios de vida, con todo lo que arrastran de su pasado.

C.T.: A cada ciudad un escritor: Proust, a París; Joyce, a Dublín; Mallea, a Buenos Aires; Dos Passos, a Nueva York...Sin duda tú eres el escritor de Medellín, ¿verdad?

D.R.G.: La ciudad, como se ha dicho, es el gran invento de la humanidad porque significa dejar atrás la servidumbre del campo, la fatalidad de la naturaleza y entrar en una compleja red donde aparecen los otros, donde la relación humana establece límites y descubre fronteras imprevistas. Es el horror, pero también, la poesía, tal como lo dimensiona Walter Benjamin en su retrato del Baudelaire de París. La ciudad no existe apriori, se va haciendo con uno, como sucede con el flâneur, que en la medida en que camina y medita, va descubriendo los palimpsestos de otras ciudades que lo habitan. En Medellín es evidente este proceso hacia la aparición de un urbanita que necesita, a partir de cero, crear su propia tradición. La ciudad industrial crea un tipo urbano que nada tiene que ver ya con el campo y en su desamparo existencial escoge el tango como la música que lo representa en su sentimentalidad, en algo propio del ser ciudadano, o sea, la nostalgia de algo. Todo esto lo he recogido, no como historia con mayúsculas, sino como una memoria que se convierte en un eterno presente, con personajes y escenarios desde los cuales la vida se llenó de determinados contenidos y en los cuales descubrí lo transitorio de cualquier empeño humano, la idea de la muerte, la idea, de la derrota. Para repetir el verso de Kavafis, siempre estarás regresando a tu ciudad.

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